La viuda negra La encantadora y perspicaz Lilia, a punto de graduarse en la Facultad de Periodismo, conoce a Vlado, mucho mayor que ella. Como es natural, fue Vladislao Romanovich quien se fijó primero en la esbelta y delicada Lilia. Hombre muy conocido en la ciudad, autor de canciones que, además, gustaban y sonaban en emisoras locales. Vlado era uno más entre la gente, casi todos en la televisión local le conocían, y eso hizo sencillo que Lilia, tras acabar sus estudios, entrase como presentadora en su programa. Poco después, su primera emisión, titulada “Conversaciones del alma”, contó con un psicólogo famoso y otros invitados, desarrollándose en formato de preguntas y respuestas sobre situaciones cotidianas. —Muy bien, Lilia —la felicitó Vlado tras ver el programa—, esto hay que celebrarlo. A sus cuarenta y cinco años, Vladislao Romanovich había estado casado tres veces, pero su energía inagotable y multitud de amistades no encajaban en la vida familiar. Hombre creativo y autodenominado casi compositor laureado, frecuentaba restaurantes, cafeterías y saunas, era siempre bien recibido y solía beber bastante. Lilia se hizo popular en la ciudad, se casó con Vlado y su programa reunió gran audiencia. Siempre impecable y amable, jamás tenía nada demoníaco: una auténtica estrella de televisión. Pero el matrimonio pronto le demostró que no había elegido bien; al poco tiempo su marido estaba casi siempre bajo los efectos del alcohol. —Vlado, no te pases —le advirtió su amigo Simón cuando intentó humillar a Lilia estando borracho—, esa chica te va a dar vuelta y media. —No, Simón, nunca he escogido esposas inteligentes —respondió Vlado, dándose a sí mismo toda la razón y pellizcando a Lilia en la mejilla mientras estrechaban en el café. Mientras intentaba conquistarla, Vlado se comportaba como un caballero, flores y canciones incluidas. Pero tras la boda, la atención se esfumó, tratándola igual que a un gato doméstico, con voces de por medio. —Ingenuamente creí que su ayuda me convertiría en estrella —pensaba Lilia. Pero la realidad fue distinta. En la universidad estudió francés, nada útil para viajar, y Vlado la presionaba: —Aprende inglés, que en el extranjero pareces paleta. Ir al gimnasio es perder el tiempo, mejor aprovecha para el inglés. Lilia, por despecho, no quiso aprender inglés, aunque cuando Simón —culto y leído— proclamó: —El inglés para una mujer elegante es tan natural como los tacones, Ella buscó cursos y profesor al día siguiente. Vlado bromeaba sobre la influencia de Simón en Lilia. Vivían en un piso heredado por él del abuelo médico. Tenían una asistenta, Vera, mujer de 43 años, sola y envidiosa, pero hábil disimulando; toda la vida de la pareja pasaba por sus ojos. Una mañana, Lilia vio a Vera sujetando una botella vacía de coñac. Su marido apareció borracho y la asistenta avisó de acudir a urgencias. Tras quince minutos, Lilia llegó con Vlado a la clínica; ingresado de inmediato, los médicos no daban esperanzas. Por teléfono, esa noche le comunicaron que su marido había fallecido. —No puedo creerlo… aún era joven —musitó, devastada. El entierro fue multitudinario, Simón dedicó palabras de homenaje y consuelo, la gente murmuraba que Vlado lo tuvo todo en la vida. Lilia al principio no soportó la ausencia, sólo el silencio triste en casa, Vera esperando su destino y colegas animándola por la herencia de Vlado, que compartió con el hijo de su primer matrimonio, aunque Lilia ya ganaba bien. Buscaba estar con sus amigos, evitaba quedarse sola. Tras grabar un nuevo programa, entró en un café cerca de casa, degustando pausadamente un vino español. Se le acercó un robusto hombre, sonriente y educado, pidió sentarse con ella. —¿Puedo? —Ella asintió. —Inocencio —se presentó. Charlaron, y aunque no era guapo, su encanto y sentido del humor conquistaron a Lilia, que acabó aceptando una cita. Al día siguiente, despidió a Vera, quien tras suplicar y lágrimas, consiguió quedarse. Inocencio, apodado “Kesha” por Lilia con ternura, la adoraba. Tres meses después se casaron y, aunque la boda fue sencilla, él la llevó de luna de miel a Maldivas, viajando en primera clase y alojándose en villa de lujo. Lilia no preguntaba por el dinero, sólo disfrutaba la ternura de Inocencio, que cuidaba de ella al detalle, aunque vio que se administraba insulina por su diabetes. Él lo minimizó y dijo vivir plenamente. En Maldivas pensó: —¿Será mi billete de la suerte? Aun así, añoraba compartir la estancia con un hombre atlético y no con su “oso de peluche”, hasta que Inocencio confesó que no podría adelgazar por problemas metabólicos. Lilia lo aceptó, pero pronto sintió que lo suyo no era amor verdadero; anhelaba pasión y emociones fuertes. Los colegas, entre bromas, le insinuaban que no engañaba a su “peluche”. Pero ella simplemente no quería herirlo. En la fiesta de Año Nuevo en la oficina, algo ebria, aceptó que la llevasen a casa en coche; el amigo de un compañero, Arturo, la conoció y se mostró irresistible. Al despedirse, la besó: Lilia no lo rechazó, se sentía atraída por él. Arturo se convirtió en su amante ideal: directo y potente, sin dulzuras innecesarias. Inocencio, siempre ocupado, no sospechaba nada. Una noche, mientras estaba con Arturo, sonó el timbre: era Inocencio, quien al descubrir la infidelidad, se sintió mal y colapsó. Lilia reaccionó rápido, usó la insulina de emergencia, pero no logró salvarlo. El médico certificó su muerte. Vera le sugirió que la amiga podía haber avisado a Inocencio, pero Lilia no insistió. Tras el entierro, apareció la hija del primer matrimonio de Inocencio con su marido-abogado y despidió a Lilia de la casa, ofreciéndole un fajo de dinero y sólo tres días para marcharse junto a Vera. Lilia aceptó y regresó al piso de Vladislao Romanovich. El tiempo pasó y Lilia, apoyada por Arturo, nunca recibió propuesta de boda, pero lo aceptó. Pronto, un colega llamó: —Lilia, siéntate… Arturo ha muerto, accidente instantáneo… Lilia reflexionó: —¿Por qué todos mis hombres mueren? Soy como una viuda negra, pronto me llamarán así. Debo tener un aura negra que los hace desaparecer. Después, conoció a Macario en su programa y se enamoró perdidamente. Él también se enamoró y le dijo que quería casarse. Un día, curiosa, buscó información sobre Macario y descubrió que era uno de los más ricos del país, algo que la sorprendió y asustó pensando que también podría perderlo. Finalmente, Macario fue hospitalizado por un problema cardíaco, pero los médicos tranquilizaron a Lilia, asegurando que viviría. Él la recibió sonriente y le confesó su amor, que quería casarse en cuanto saliera del hospital. Lilia aceptó y pensó que ahora sí tenía ante sí una vida y una felicidad verdaderas. Gracias por leer, suscribirte y tu apoyo. ¡Te deseo toda la suerte y felicidad!

La Viuda Negra

La encantadora y lista Lucía, justo cuando terminaba la carrera de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, conoció a Valentín, bastante mayor que ella. Cómo no, fue Valentín Roldán el primero en fijarse en la esbelta y delicada Lucía. En Madrid era de sobra conocido: escribía canciones que, para más inri, gustaban y sonaban por toda la ciudad.

Valentín era el colega de todos, en Telemadrid tenía enchufe hasta con el vigilante de seguridad. Por eso no le costó nada colocar a Lucía como presentadora de su propio programa después de acabar la carrera. Pronto, Lucía estrenó el primer episodio de Conversaciones Con Alma, invitando a un psicólogo famoso y un par de expertos más. El programa era preguntas y respuestas, todo muy ejemplo de la vida misma.

¡Ole tú, Lucía! la felicitó Valentín tras ver el programa. Hay que celebrarlo.

Valentín Roldán, cuarenta y cinco castañas, tres matrimonios fracasados y una energía que no había manera de canalizar en una vida doméstica. Un genio, según él mismo: compositor, cantautor honorífico y habitual de bares, restaurantes y saunas. Conocía a media ciudad y no hacía ascos al vino, al brandy ni al whisky.

El tiempo pasó. Lucía se hizo famosa, se casó con Valentín y su programa era de los más vistos de la capital. Siempre impecable, elegante y educada, una belleza de la tele, eso decían todos. Pero, claro, con el tiempo se dio cuenta de que Valentín no era precisamente el príncipe que esperaba. Lo entendió sobre todo cuando pasaba más tiempo en estado de euforia alcohólica que sobrio.

Valentín, no te vengas tan arriba le dijo una vez su amigo Simón en un bar. Esta chavala te va a quitar la tontería.

Que no, Simón, que yo mujer inteligente jamás se jactaba Valentín, creyéndose el listo del grupo.

Mientras la cortejaba, Valentín era un caballero: flores, regalos y hasta dos canciones que le escribió a Lucía. Pero en cuanto se casaron, se acabó el romanticismo. A la mujer le prestaba la misma atención que al gato que tenían en casa: poco y con alguna bronca ocasional.

Ingenua de mí, pensando que me haría famosa a su sombra reflexionaba Lucía.

Y todo fue al revés. En la facultad estudió francés (lo cual, sinceramente, ni fu ni fa para viajar por ahí). Valentín se lo repetía una y otra vez:

Aprende inglés, mujer, que luego vas por Europa y pareces de pueblo. Ir al gimnasio, ni caso, tiempo para esas tonterías sí, pero inglés ni hablar.

Así que, por despecho, Lucía se negó a aprender inglés hasta que Simón, el amigo ilustrado, soltó en una cena en casa:

El inglés para una mujer con estilo es tan básico como tacones y al día siguiente Lucía se apuntó a una academia de idiomas.

Tío, Simón, has cambiado a mi esposa se reía Valentín. Se ha comprado todos los libros, y en el coche, ahora, nada de radio, solo clases de inglés.

Vivían en un pisazo por la zona de Chamberí, herencia de un abuelo médico ilustre. Tenían una asistenta, Verónica, mujer soltera de cuarenta y tres tacos, que era medio bruja, medio arpía, pero lo disimulaba bien. De Verónica no podías ocultar nada, se pasaba la vida en su casa como espía doméstica.

Una mañana Lucía se levantó y, de nuevo, Valentín había dormido en el despacho, llegó tarde y con olor a coñac. En la cocina, Verónica sostenía una botella vacía.

Anoche estaba llena. ¿Y ahora qué le pongo para desayunar?

Un vaso de gazpacho refunfuñó Lucía, y se fue directa a la ducha.

Después de siete años de matrimonio con Valentín, hija, ni hablar: él tenía ya un hijo del primer lío, y la vida familiar con él era una decepción total. Nada de niños, y Lucía tampoco estaba muy interesada, ocupada como estaba en su carrera. Luego del desayuno mandó a Verónica al despacho. Valentín estaba tumbado, boca abajo, y la almohada tenía una mancha roja.

Lucía gritó Verónica, llama a una ambulancia.

¿Qué le pasa?

Ni idea.

Quince minutos después, Lucía estaba en la ambulancia camino del hospital con su marido. Nada más llegar, directo a Urgencias. Los médicos dictaminaron:

Es grave. No le podemos prometer nada.

Por la noche, la llamaron por teléfono:

Su marido ha fallecido.

No puede ser musitó ella, derrotada. Si era joven aún. El entierro fue una gran ceremonia. Simón, el amigo, dirigió todo; había muchísima gente, era famoso. En la despedida, Simón soltó:

No lloremos demasiado. Valentín vivió a lo grande, se merece el descanso eterno.

A este hombre no le faltó de nada susurró alguien junto a Lucía.

Costó acostumbrarse a la ausencia, la casa retumbaba de silencio. Verónica la miraba esperando la sentencia: ¿la despediría o no? Los compañeros lo tenían claro:

Lucía, ni se te ocurra estar triste. Eres joven, libre y, sobre todo, con pasta. Dos buenas cuentas bancarias, que se repartió con el hijo de Valentín. Además de su buen sueldo. Lucía prefería salir con amigos, odiaba estar sola en casa, y a veces se acercaba al bar de la esquina.

Un día, tras grabar otro programa, paró en una cafetería cerca de casa. Absorta, apuraba su vino de Valdepeñas a sorbitos cortos. Se le acercó un hombre corpulento y, con una sonrisa, pidió permiso para sentarse.

¿Me deja acompañarla? ella asintió y respondió. Ignacio, encantado y tras presentarse, no tardó en añadir. Es una pena verla triste, con lo guapa que es usted.

Hoy ando plof.

Ignacio tendría unos cuarenta o así, hombretón, castaño, poco agraciado, con la cara ancha y Lucía de inmediato vio en él un oso de peluche. No perdió la sonrisa.

Déjeme invitarla. ¿Vino, cóctel, pastelito lo que guste?

Gracias, sólo el pastel ella nunca fue muy golosa.

Ignacio, aunque no era guapo, tenía el encanto del oso peluche. Sabía unas historias buenísimas y tenía sentido del humor, se ganó a Lucía al instante. Ella reía y reía, luego la acompañó a casa y quedaron para una cita.

La mañana siguiente, Lucía decidió comunicárselo a Verónica:

Te voy a despedir, Verónica. Ya soy adulta, puedo limpiar, cocinar y lavar mi ropa.

Ay, Lucía, tantos años contigo ¿Me echas a la calle? ¿Dónde iré yo ahora?

Pues a buscar otra familia, o a trabajar de conserje.

Me quieres fuera lloró Verónica. Me va a costar un mundo.

Bueno, no me voy a arruinar, ni ventanas ni baños tendré que limpiar pensó Lucía para sí.

Al final, viendo llorar a Verónica, cedió.

Bueno, vale, puedes quedarte si quieres.

¡Gracias, Lucía! Os cogí cariño a ti y a Valentín, sois casi mi familia. Se me fue Valentín de golpe y ahora me quieres echar

Así siguieron, con Ignacio (apodado Nacho, por Lucía) de visita constante. Él la adoraba y, a los tres meses, Lucía aceptó casarse con él. Organizaron una boda pequeña, pero luego Nacho se la llevó de luna de miel a Mallorca. Era emprendedor y bien situado.

Lucía pensó que su luna de miel sería igual que la anterior: vuelo directo, hotel decente, y las típicas actividades para turistas. Pero el planteamiento de Nacho, su oso de peluche, era pura fantasía. Viaje en primera clase, recibimiento en el aeropuerto con un guía personal y barco privado. En la isla, los acogieron como VIPs, fuegos artificiales, cócteles y hasta baile regional.

La villa donde vivían era divina: cuatro dormitorios, dos baños y piscina en el jardín, playa privada.

Madre mía, ¿cuánto habrá pagado Nacho por esto? pensaba Lucía.

Nunca se interesó por su dinero, solo sabía que Nacho podía permitírselo. Era cariñoso, la arropaba, le acariciaba la cabeza y que en el desayuno no faltara tostada de tomate y jamón.

Valentín era un grano, humillaba, daba órdenes, decía que me llevaba de la mano a su nivel. Nacho, aunque no sea un Adonis, vive pendiente de mí y me escucha, y eso me encanta se decía Lucía.

Verónica también lo idolatraba y celebraba que vivieran con ellos, ahora en un enorme chalet en la sierra madrileña. El único susto que se llevó Lucía fue al ver a Nacho inyectarse con una aguja.

¿Eso qué es? preguntó, alarmada.

Nada de miedo, nena, es insulina, tengo diabetes, pero llevo buena vida.

Con la brisa mallorquina, Lucía meditaba vagamente:

¿Habré sacado la lotería?

Se acostumbró a la buena vida, aunque reconocía que su marido era más bien fofo y torpe, nada de entrenador de tenis ni monitor de surf.

Tengo que poner a mi oso de peluche a dieta y mandarlo al gimnasio.

Pero él se puso serio al hablar del asunto:

Me gustaría, Lucía, pero tengo desajustes con el metabolismo. Tan fuerte como un culturista, no puedo ser. Diabético dependiente de la insulina.

Pues nada, así te quiero.

Tras la luna de miel, Lucía se sumergió en el trabajo. Cada vez se cuestionaba más si alguna vez ha sentido lo que llaman amor verdadero. Echaba de menos la pasión, deseaba sentir el vértigo del deseo por alguien distinto, por un galán musculoso y guapo. En la tele, las compañeras se cachondeaban:

Lucía, ¿me vas a decir que eres fiel a tu peluche? No te lo creemos.

Pero no era tan ejemplar, simplemente no quería hacerle daño a su buenazo de marido. En la fiesta de Nochevieja en la tele, se pasó un poco con el Ribera de Duero y su compañero Kiko llamó a su amigo Arturo para llevarla a casa.

Lucía, ¿te quedas con nosotros en el coche? proponía el colega borracho, y ella se subió.

Arturo sentó a Lucía a su lado:

¿Por qué no me has presentado a Lucía antes, Kiko? bromeó. Lucía lo miraba como si le hubiese tocado el gordo.

Atractivo, en un coche de alta gama, la llevaba a casa sin perderla de vista. Después de dejar a Kiko, le pidió el teléfono a Lucía. En la puerta de casa la sujetó y, sin rodeos, la besó con pasión. Ella, lejos de apartarse, se derritió. Arturo era exacto lo que le gustaba: fuerte y atrevido.

Como amante no tenía rival. Con Nacho en casa era todo dulzura, mientras que Arturo no perdía ni un segundo en mimos. Siempre la citaba en su piso de soltero: directo, intenso. Y luego solo decía:

Me haces sentir genial.

A los dos les valía la relación. Nacho llegaba tarde del curro, mucho lío en la empresa con la cuesta de enero, y ni se enteraba de las escapadas de Lucía. Un día Lucía acudió a casa de Arturo, ya estaba tumbada en la cama cuando él salió de la ducha. Entonces, insistente, alguien apretó el timbre: ¡Ring, ring!

Me van a montar una escena murmuró Arturo y se dirigió a la puerta.

Lucía reconoció dos voces: la de su marido y la de Arturo. Se puso histérica, recogió la ropa al vuelo y, al abrir Arturo la puerta, Nacho ya estaba en el umbral y no decía ni pío. Hubiera sido mejor que gritase.

Nacho Esto no es lo que parece

Arturo callaba: ni defendió el piso.

¿Quién me ha delatado? preguntó Lucía.

¿Qué más da? Dudaba, pero tenía que verlo con mis propios ojos.

Lucía percibió el mal aspecto de Nacho, pálido, sudoroso, cayó al suelo. Lucía corrió a auxiliarlo: respiraba mal.

¡Ambulancia, rápido! gritó.

Arturo llamó. Lucía buscó la pluma-insulina que su marido llevaba encima, la encontró y le dio la dosis. Nada. No reaccionaba. Llegó la ambulancia, y el médico confirmó:

Ha fallecido.

Lucía, temblorosa, volvió a casa acompañada por Arturo. Verónica salió a recibirla:

Lucía, ¿qué ha pasado? Tienes una cara

Lucía pensó, por un momento:

Seguro que ha sido Verónica quien fue de chivata. Siempre preguntando por Arturo… Pero decidió callárselo; para qué darle vueltas.

Tras el funeral, Lucía tardó en recuperarse. A los pocos días, apareció la hija de Nacho del primer matrimonio, con su marido abogado. La echaron del chalet, advirtiendo que si llegaba el caso a juicio, no iba ver ni la casa ni la empresa. Tiró un fajo de billetes en la mesa (uros, claro) y le dio tres días para que hiciera las maletas, con Verónica incluida.

Lucía no quería pleitos de herencia y se largó. Ella y Verónica volvieron a su pisazo de Chamberí, cortesía de Valentín Roldán.

El tiempo pasó. Lucía se fue recomponiendo; Arturo la ayudaba, se veían, aunque no hablaba de boda. Ella sabía que marido de ese no iba a sacar, pero seguía el rollo. Hasta que un día, su compañero Kiko la llamó:

Lucía, siéntate Arturo ha muerto, accidente, instantáneo.

En ese momento, Lucía se cuestionó seriamente:

¿Por qué todos mis maridos y amantes acaban muertos? Como siga así, van a empezar a llamarme la Viuda Negra. Debo de tener un aura más negra que el betún.

Al cabo de un tiempo, invitó a su programa a un joven llamado Marcos. Lucía notó que no le quitaba los ojos de encima y, tras la grabación, la invitó a tomar algo.

Vale aceptó Lucía, que ya pensaba que era hora de rehacerse.

Marcos conquistó a Lucía. Ella se enamoró, sintió emociones que nunca había sentido, salpicaba felicidad por cada esquina.

Así que esto era el amor. No respiro sin Marcos, y mucho menos puedo vivir. Y aún me da miedo que le pase algo.

Marcos también se enamoró: compartían de todo, era fácil y liviano con él, tenía siempre algo interesante que contar. Lucía ni preguntaba por familia, solo sabía que no tenía hermanos y relación escasa con el padre.

Vivían juntos en el piso de Lucía. Un día, curioseando por internet, introdujo el nombre completo de Marcos. El primer resultado la dejó sin habla: Marcos, persona sencilla, amorosa, estaba en la lista Forbes de los más ricos de España. Lucía se quedó paralizada. Tenía fortuna para varias vidas.

No me puedo creer lo que veo soltó entre ataques de risa histérica. ¡Toma bombazo! y enseguida el temor le volvió. ¿Y si le pasa algo a él también?

Al final se calmó y se fue a trabajar. Hacia el final del día llamó a Marcos y, como no respondía, contactó con su oficina.

¿Puede pasarme con Marcos, por favor? pidió a la secretaria.

¿Quién le llama?

Lucía.

A Marcos se lo han llevado al hospital le indicó cuál.

Lucía voló al hospital.

¿Qué ha pasado? preguntó cuando llegaba.

El médico la tranquilizó:

Nada grave, le ha dado un susto el corazón, pero vivirá, está controlado.

¿Puedo verle? Diez minutos

Lucía entró despacio. Marcos la esperaba, sonriente. Ella se sentó junto a él y le agarró las manos.

Todo irá bien, Lucía. Te quiero. Salgo de aquí y, si me dejas, nos casamos, ¿sí?

Por supuesto y lo besó. Nos queda toda una vida y felicidad. De la buena, de la verdadera.

Gracias por leernos, por seguirnos y por vuestro apoyo. ¡Mucha suerte y que nunca os falte la pasión!

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MagistrUm
La viuda negra La encantadora y perspicaz Lilia, a punto de graduarse en la Facultad de Periodismo, conoce a Vlado, mucho mayor que ella. Como es natural, fue Vladislao Romanovich quien se fijó primero en la esbelta y delicada Lilia. Hombre muy conocido en la ciudad, autor de canciones que, además, gustaban y sonaban en emisoras locales. Vlado era uno más entre la gente, casi todos en la televisión local le conocían, y eso hizo sencillo que Lilia, tras acabar sus estudios, entrase como presentadora en su programa. Poco después, su primera emisión, titulada “Conversaciones del alma”, contó con un psicólogo famoso y otros invitados, desarrollándose en formato de preguntas y respuestas sobre situaciones cotidianas. —Muy bien, Lilia —la felicitó Vlado tras ver el programa—, esto hay que celebrarlo. A sus cuarenta y cinco años, Vladislao Romanovich había estado casado tres veces, pero su energía inagotable y multitud de amistades no encajaban en la vida familiar. Hombre creativo y autodenominado casi compositor laureado, frecuentaba restaurantes, cafeterías y saunas, era siempre bien recibido y solía beber bastante. Lilia se hizo popular en la ciudad, se casó con Vlado y su programa reunió gran audiencia. Siempre impecable y amable, jamás tenía nada demoníaco: una auténtica estrella de televisión. Pero el matrimonio pronto le demostró que no había elegido bien; al poco tiempo su marido estaba casi siempre bajo los efectos del alcohol. —Vlado, no te pases —le advirtió su amigo Simón cuando intentó humillar a Lilia estando borracho—, esa chica te va a dar vuelta y media. —No, Simón, nunca he escogido esposas inteligentes —respondió Vlado, dándose a sí mismo toda la razón y pellizcando a Lilia en la mejilla mientras estrechaban en el café. Mientras intentaba conquistarla, Vlado se comportaba como un caballero, flores y canciones incluidas. Pero tras la boda, la atención se esfumó, tratándola igual que a un gato doméstico, con voces de por medio. —Ingenuamente creí que su ayuda me convertiría en estrella —pensaba Lilia. Pero la realidad fue distinta. En la universidad estudió francés, nada útil para viajar, y Vlado la presionaba: —Aprende inglés, que en el extranjero pareces paleta. Ir al gimnasio es perder el tiempo, mejor aprovecha para el inglés. Lilia, por despecho, no quiso aprender inglés, aunque cuando Simón —culto y leído— proclamó: —El inglés para una mujer elegante es tan natural como los tacones, Ella buscó cursos y profesor al día siguiente. Vlado bromeaba sobre la influencia de Simón en Lilia. Vivían en un piso heredado por él del abuelo médico. Tenían una asistenta, Vera, mujer de 43 años, sola y envidiosa, pero hábil disimulando; toda la vida de la pareja pasaba por sus ojos. Una mañana, Lilia vio a Vera sujetando una botella vacía de coñac. Su marido apareció borracho y la asistenta avisó de acudir a urgencias. Tras quince minutos, Lilia llegó con Vlado a la clínica; ingresado de inmediato, los médicos no daban esperanzas. Por teléfono, esa noche le comunicaron que su marido había fallecido. —No puedo creerlo… aún era joven —musitó, devastada. El entierro fue multitudinario, Simón dedicó palabras de homenaje y consuelo, la gente murmuraba que Vlado lo tuvo todo en la vida. Lilia al principio no soportó la ausencia, sólo el silencio triste en casa, Vera esperando su destino y colegas animándola por la herencia de Vlado, que compartió con el hijo de su primer matrimonio, aunque Lilia ya ganaba bien. Buscaba estar con sus amigos, evitaba quedarse sola. Tras grabar un nuevo programa, entró en un café cerca de casa, degustando pausadamente un vino español. Se le acercó un robusto hombre, sonriente y educado, pidió sentarse con ella. —¿Puedo? —Ella asintió. —Inocencio —se presentó. Charlaron, y aunque no era guapo, su encanto y sentido del humor conquistaron a Lilia, que acabó aceptando una cita. Al día siguiente, despidió a Vera, quien tras suplicar y lágrimas, consiguió quedarse. Inocencio, apodado “Kesha” por Lilia con ternura, la adoraba. Tres meses después se casaron y, aunque la boda fue sencilla, él la llevó de luna de miel a Maldivas, viajando en primera clase y alojándose en villa de lujo. Lilia no preguntaba por el dinero, sólo disfrutaba la ternura de Inocencio, que cuidaba de ella al detalle, aunque vio que se administraba insulina por su diabetes. Él lo minimizó y dijo vivir plenamente. En Maldivas pensó: —¿Será mi billete de la suerte? Aun así, añoraba compartir la estancia con un hombre atlético y no con su “oso de peluche”, hasta que Inocencio confesó que no podría adelgazar por problemas metabólicos. Lilia lo aceptó, pero pronto sintió que lo suyo no era amor verdadero; anhelaba pasión y emociones fuertes. Los colegas, entre bromas, le insinuaban que no engañaba a su “peluche”. Pero ella simplemente no quería herirlo. En la fiesta de Año Nuevo en la oficina, algo ebria, aceptó que la llevasen a casa en coche; el amigo de un compañero, Arturo, la conoció y se mostró irresistible. Al despedirse, la besó: Lilia no lo rechazó, se sentía atraída por él. Arturo se convirtió en su amante ideal: directo y potente, sin dulzuras innecesarias. Inocencio, siempre ocupado, no sospechaba nada. Una noche, mientras estaba con Arturo, sonó el timbre: era Inocencio, quien al descubrir la infidelidad, se sintió mal y colapsó. Lilia reaccionó rápido, usó la insulina de emergencia, pero no logró salvarlo. El médico certificó su muerte. Vera le sugirió que la amiga podía haber avisado a Inocencio, pero Lilia no insistió. Tras el entierro, apareció la hija del primer matrimonio de Inocencio con su marido-abogado y despidió a Lilia de la casa, ofreciéndole un fajo de dinero y sólo tres días para marcharse junto a Vera. Lilia aceptó y regresó al piso de Vladislao Romanovich. El tiempo pasó y Lilia, apoyada por Arturo, nunca recibió propuesta de boda, pero lo aceptó. Pronto, un colega llamó: —Lilia, siéntate… Arturo ha muerto, accidente instantáneo… Lilia reflexionó: —¿Por qué todos mis hombres mueren? Soy como una viuda negra, pronto me llamarán así. Debo tener un aura negra que los hace desaparecer. Después, conoció a Macario en su programa y se enamoró perdidamente. Él también se enamoró y le dijo que quería casarse. Un día, curiosa, buscó información sobre Macario y descubrió que era uno de los más ricos del país, algo que la sorprendió y asustó pensando que también podría perderlo. Finalmente, Macario fue hospitalizado por un problema cardíaco, pero los médicos tranquilizaron a Lilia, asegurando que viviría. Él la recibió sonriente y le confesó su amor, que quería casarse en cuanto saliera del hospital. Lilia aceptó y pensó que ahora sí tenía ante sí una vida y una felicidad verdaderas. Gracias por leer, suscribirte y tu apoyo. ¡Te deseo toda la suerte y felicidad!