Pero, ¿qué está pasando? suspiró Luis arrodillándose ante su hija, contemplando las manchas rosadas en sus mejillas. Otra vez
Aina, con apenas cuatro años, permanecía en medio del salón, serena y sorprendentemente madura para su edad. Ya estaba acostumbrada a esas revisiones, a los gestos preocupados de sus padres, a las pomadas, pastillas y preguntas constantes.
Clara se acercó despacio, se agachó junto a su esposo y con gentileza apartó un mechón de pelo de la cara de la niña.
Estos medicamentos no hacen nada. Nada de nada murmuró con el fastidio entre las cejas. Como si le diéramos agua. Y en el ambulatorio de médicos no tienen nada. Van por la tercera pauta, y seguimos igual.
Luis se levantó, se frotó el puente de la nariz. Tras la ventana, Madrid despertaba entre un cielo plomizo: el día prometía la misma tristeza gris de los anteriores. Salieron con prisa: abrigaron a Aina con su chaqueta, y media hora después ya estaban en el piso de su madre.
Mercedes suspiraba, movía la cabeza, acariciando la espalda de su nieta.
Tan chiquitina y ya con tantas medicinas. Qué carga para el cuerpo la sentó en su regazo y la niña se apretó a ella instintivamente. Da pena verla así.
Si pudiéramos evitarle todo esto Clara se sentaba en el borde del sofá, con las manos entrelazadas. Pero la alergia no cede. Lo hemos quitado todo. Todo. Solo come lo básico. Y, aún así, sus mejillas
¿Y los médicos? ¿Qué dicen ahora?
Nada claro. No saben localizarlo. Análisis, pruebas y Clara agitó la mano. Aquí está el resultado: sus mejillas.
Mercedes suspiró hondo y acomodó el cuello de la chaqueta de Aina.
Ojalá lo supere. Hay críos que al final lo dejan atrás. Pero por ahora, hijas, no hay consuelo.
Luis la miraba en silencio. Tan pequeña, tan delgada. Ojos enormes y meticulosos. La acarició en el pelo. Por un momento recordó su infancia en Salamanca: los hornazos de sábado, los caramelos, aquel dulce de membrillo que su madre le servía a cucharadas. Ahora su hija hervidos, carne cocida y agua. Ni fruta, ni dulces, ni comida de verdad de niños. Cuatro años y su dieta era más estricta que la de un ulceroso.
Ya no sé qué quitar reconoció muy bajito. La dieta ya no queda casi nada.
El camino de vuelta fue puro silencio. Aina se quedó dormida en el asiento trasero, y Luis la iba observando por el retrovisor. Dormía tranquila. Al menos no se rascaba.
Mi madre llamó dijo Clara de pronto. Quiere llevar a Aina el próximo fin de semana. Ha comprado entradas para el teatro infantil, quiere hacerle ese regalo.
¿Teatro? Luis cambió de marcha. Será bueno. Que se distraiga.
Eso pensé yo. Falta le hace.
El sábado Luis frenó frente al portal de la suegra y sacó a Aina de la sillita. La niña, medio dormida, frotándose los ojos con los puños. La alzó y enseguida Aina se acurrucó contra su cuello, cálida y ligera como un pajarillo.
Carmen se asomó con bata de flores a la puerta, haciendo aspavientos como si viera a una náufraga rescatada.
¡Ay, mi tesoro, mi sol! abrazó a Aina contra su pecho y la palpó. Qué blanquita está, tan delgadita. Se os va a quedar en los huesos con tanta dieta, que la vais a desgraciar.
Luis guardó las manos en los bolsillos, conteniéndose. Cada visita siempre era igual.
Todo esto lo hacemos por su bien. No porque queremos.
¿Por su bien? Carmen le lanzó una mirada dura mientras inspeccionaba a la niña. Si se ve claramente que lo que le falta es comida de verdad. Necesita crecer, y vosotros la tenéis hambrienta.
Se llevó a Aina adentro, sin mirar atrás. La puerta se cerró suavemente. Luis se quedó plantado en el portal, sintiendo cómo algo tironeaba en su interior, una idea difusa que no acababa de formarse. Se frotó la frente, escuchó el silencio en aquel patio desconocido. Luego dio media vuelta y se fue.
El fin de semana sin su hija se le hizo extrañamente largo. El sábado, él y Clara fueron al Alcampo, recorrieron pasillos, llenaron el carro de víveres para la semana.
En casa, Luis pasó tres horas peleando con el grifo del baño, que goteaba desde hacía dos meses. Clara ordenó armarios, tiró toda la ropa vieja en bolsas para donar. La rutina, pero sin la voz infantil, hacía del piso algo extrañamente vacío.
En la cena pidieron pizza la de mozzarella y albahaca, la favorita que Aina nunca podía probar. Abrieron una botella de Rioja. Charlaban sobre cosas banales, hacía tiempo que no lo hacían: el trabajo, el verano, el eterno problema del salón sin acabar.
Qué tranquilidad susurró Clara, cortándose. Se mordió el labio. Ya sabes Sólo eso, que está todo tan calmado.
Lo sé Luis frotó su mano con la de ella. Yo también la echo de menos. Pero nos viene bien desconectar.
El domingo, Luis fue a por Aina casi al anochecer. El sol caía, dorando las calles madrileñas. El chalet de Carmen estaba escondido tras viejos manzanos y parecía acogedor bajo la luz naranja.
Luis cruzó el portón con el corazón acelerado y, al pisar el patio, se detuvo en seco.
En las escaleras, su hija. Junto a ella, Carmen, con cara de absoluta satisfacción. En la mano, un bollo de manteca grande, reluciente de aceite. Y Aina, lo mordía. Las mejillas manchadas, el mentón lleno de migas, pero sus ojos Felices, brillantes, como hacía meses no los veía.
Luis se quedó mirando, helado. Luego algo rabioso, caliente, se desbordó en su pecho.
Corrió, agarró el bollo de las manos de la suegra.
¡¿Qué demonios es esto?!
Carmen tembló de pies a cabeza, se retiró. El rubor subió desde el cuello hasta la raíz del pelo.
Se agitaron sus manos, queriendo quitarle hierro al asunto:
¡Pero si es solo un trocito, nada más! Un bollito pequeñísimo. No pasa nada por un bollo
Luis ya no escuchaba. Cogió a Aina en brazos la niña se aferró a él, asustada, la llevó al coche y la sentó. She le puso el cinturón, con los dedos temblorosos. Aina lo miraba con ojos redondos, el labio igualito a punto de romperse en llanto.
No pasa nada, mi amor la acarició, forzando la voz tranquila. Quédate aquí un minutito. Ahora vuelve papá.
Cerró la puerta y regresó. Carmen seguía en el portal, nerviosa, retorciendo la bata entre los dedos.
Luis, tú no entiendes
¿No entiendo? quedó a dos pasos, explotando. ¡Seis meses! ¡No hemos entendido nada seis meses! Pruebas, análisis, eliminando alimentos, ¿tienes idea de lo que nos ha costado? ¿De los nervios, de las noches sin dormir?
Carmen retrocedió hasta la puerta.
Yo solo quería ayudar
¿Ayudar? ¿De qué manera? Luis se acercó. Solo la hemos alimentado con agua y pollo hervido, quitándole todo. ¿Y tú de tapadillo, a darle bollos fritos?
Quería fortalecerle el cuerpo Carmen se armó de valor, levantando el mentón. Para que el organismo se acostumbrara. Si le doy poquito, al final se pasa solo. Yo sé lo que hago, he criado a tres hijos.
Luis la miraba sin reconocerla. Todos esos años aguantándola por su mujer, por la armonía familiar Y ahora, ella envenenaba a su hija, creyéndose más experta que los médicos.
Tres hijos, sí repitió con voz baja, y Carmen palideció. Pero cada niño es un mundo. Y Aina no es tu hija, es mía. Ya no la verás más.
¡¿Qué dices?! Carmen se agarró la baranda. ¡No tienes derecho!
Lo tengo.
Se dio la vuelta y regresó al coche. Tras él, los gritos de Carmen. Pero no miró atrás. Arrancó y vio en el retrovisor la figura de su suegra agitando los brazos en el portón. Pisó el acelerador.
Clara les esperaba en la entrada, la cara le cambió de color al verlos. Sin palabras, supo.
¿Qué ha pasado?
Luis lo contó, rápido, sin emoción; las emociones las había gastado en la casa de Carmen. Clara lo escuchaba fría, parada, hasta que se endureció la mandíbula. Sacó el móvil.
Mamá. Sí, Luis me lo ha dicho. ¿¡Cómo has podido?!
Luis se llevó a Aina al baño para limpiar los restos de bollo y lágrimas. Tras la puerta, la voz de Clara subía, nunca la había oído tan dura. Al final, dijo rotunda: «Hasta que no sepamos la causa de la alergia, no verás a Aina».
Pasaron dos meses
El almuerzo de domingo en casa de Mercedes ya era costumbre. Hoy en la mesa había una tarta: bizcocho, nata y fresas. Y Aina comía. Sola, con una cuchara, llena de dulce hasta las orejas. Sus mejillas lucían limpias, ni rastro de esas manchas rosadas.
Nadie lo habría dicho Mercedes movía la cabeza. Aceite de girasol. Qué alergia más rara.
El médico dijo que apenas se ve, uno por cada mil críos Clara untaba pan con mantequilla. En cuanto lo quitamos y usamos solo aceite de oliva, en dos semanas los granos se fueron.
Luis la contemplaba sin cansarse. Sus mejillas rosadas, los ojos vivos, la nata en la nariz. Su niña feliz por fin comiendo como cualquier otra. Tartas, galletas, todo lo hecho sin ese aceite. Y eso, descubrieron, era casi todo.
Con Carmen la relación seguía fría. Pedía perdón por teléfono, lloraba. Clara respondía escueta. Luis, nada.
Aina cogió otra cucharada de tarta y Mercedes le acercó la bandeja.
Come, pequeña. Come tranquila.
Luis se reclinó en la silla. Fuera llovía, pero dentro olía a pan y dulces. Su hija estaba sana. Y todo lo demás, sencillamente, no importaba.







