Yo, Inmaculada Fernández, tengo ya muchos años y recuerdo con amargura el día en que, con apenas dieciséis primaveras, descubrí que estaba encinta del muchacho que había conquistado mi corazón. Rafael Gómez era mi compañero de clase en el instituto de Sevilla; llevábamos un año de noviazgo cuando la noticia nos cayó como una piedra. Temerosos, callamos a nuestros padres y, cuando al fin lo supieron, se encendieron como fuego.
Nuestra familia era considerada ejemplar en el barrio de Triana. Yo, hija única, sobresalía en los estudios y mis padres soñaban con que Rafael y yo ingresáramos a la Universidad de Granada para luego ejercer respetables profesiones. Un hijo, según ellos, echaría por tierra esos planes.
Así, mi madre, Doña Carmen, me obligó a someterme a un aborto. Aún era legal y la intervención resultó sin complicaciones. Tras ello, retomamos nuestra vida cotidiana; continuamos viéndonos, terminamos el instituto, comenzamos la carrera y, al año, nos casamos sin objeciones de nuestros progenitores.
Pasó el tiempo y volví a quedar embarazada. La alegría inundó nuestra casa, pero, al sexto mes, comencé a sangrar. El niño nació diminuto, pese de apenas un kilo y quinientos gramos, y falleció tres horas después.
Los médicos, incapaces de detener la hemorragia, tuvieron que extirparme el útero. Desde entonces, jamás podré ser madre. Doña Carmen me visitó en el hospital, confesando su arrepentimiento por haberme obligado al aborto, pero sus palabras no aliviaron mi dolor.
El pasado ya no vuelve, y los errores no pueden repararse. Ahora sé que nunca podré tener hijos y dudo que Rafael y yo logremos sostener nuestro matrimonio; en nuestra cultura, los hijos son la esencia de una familia normal.







