La niñera de mi hermano —¿Qué ha pasado, Yoli? ¿Otra vez no contesta? —¡No contesta! —Yulia dejó el móvil sobre la encimera—. ¡Desde las seis de la tarde! Por su culpa no he ido a ver a mamá… Tengo que cocinar aquí y en casa de ella, y a Santi no lo puedo dejar con nadie… ¡Pues menuda ayuda hemos criado! En ese momento sonó el clic de la cerradura. —¿Aún no os habéis acostado? —soltó Lera por encima del hombro, sin quitarse los auriculares, e ignorando a sus padres entró en su cuarto. Pero su madre no la iba a dejar pasar. —¡Lera! ¡Quietecita! —el grito de mamá hizo que Lera se parase, sin girarse—. ¿A dónde vas? Has llegado… ¿cuánto? ¡Seis horas tarde! ¿No crees que deberías explicarte? Lera se quitó los auriculares. —¿Otra vez con los nervios? —¡Lo prometiste! —le recriminó Yulia—. Prometiste que cuidarías de Santi. Lera, que solo soñaba con tumbarse en la cama, masculló: —No ha podido ser. Nadie se ha muerto. Además, tú estabas en casa. —Te llevé avisando toda la semana de que hoy tenías que cuidar a tu hermano, porque tu padre tenía turno de tarde, él no llega y yo debía ir a casa de mi madre. ¡No te da pena ni tu hermano, ni tu abuela! ¡Ni siquiera tu propia madre! Lera simplemente no había podido. Se le fue el tiempo con sus compañeros y luego Iván les propuso ir todos a su casa… Cuando quiso darse cuenta, las horas habían volado. Se despistó. Así, Lera se excusaba ante sí misma. Porque el móvil no se le había quedado sin batería; lo apagó aposta. —Lo prometí, mamá, pero luego cambié de planes. —A ver, respira —le ordenó su madre. —¿Qué pasa, que esto ahora es una cárcel? —espetó Lera. —Has bebido —constató su madre—. Las fiestas siempre son más importantes que la familia, ¿verdad? Y Lera explotó. —¡Pues sí, lo son! Yo no me apunté para ser vuestra niñera y no pienso quedarme aquí cuidando de Santi. Os lo montáis vosotros. Si queríais jugar a ser padres a estas alturas, disfrutadlo. Pero yo tengo mi vida. El padre, que jamás había alzado la voz ni regañado a Lera, escuchó todo y finalmente intervino: —No te tratamos como niñera. Apenas te pedimos nada. Pero hoy era importante y dijiste que sí… Lera, has llegado seis horas tarde. Apagaste el móvil. ¿Encima nos lo echas en cara? —No os echo nada en cara, pero Santi es vuestra responsabilidad. Además, tenía plan. Todos fueron, ¿por qué yo no? No se esforzaban en sobrecargarla con tareas. No hacía tanto que Lera fue una niña, estudiante de bachillerato, y ahora iba a la Complutense a una carrera dura. Lo comprendían y la cuidaban. Pero Lera, en cambio, no ofrecía ningún cuidado. —¿Sabes lo que es peor? —intervino la madre—. Que por tu culpa no he podido ir a casa de la abuela. ¡Ni siquiera puede cocinar! ¡No puedo seguir partiéndome entre un niño de tres años y mi madre enferma! Lera, aflojándose el peinado que le había hecho una compañera, replicó con frialdad: —Eso es un problema tuyo, mamá. Quisiste tener un hijo tan tarde, ahora te apañas. Yo no os debo nada. Fue tan hiriente que el padre tembló. —¡Lera, eso ya es pasarse! —¿Por qué pasarse? Estoy estudiando, tengo derecho a relacionarme con mis amigos, buscarme la vida, conocer a alguien… ¡No a quedarme en casa haciendo de canguro de vuestro hijo! Su padre la sentó en una silla. —Escucha, Lera. Nadie te pide que trabajes como niñera a jornada completa. Era solo un favor, una ayuda a la familia; dijiste que sí. Lera, sin ganas de recular, respondió tajante: —Dije que sí, pero cambié de idea. La vida cambia. —Cambia, pero aquí cambiaste tus planes sin avisar —replicó el padre—. Entiendo que estés estudiando, que tienes amigos. Pero eres parte de la familia. Nadie te encierra, pero también pedimos ayuda a veces. ¿Puedes sacar un par de horas a la semana para cuidar a tu hermano? ¿Unas horas para que podamos ver al médico o a la abuela? Lera ni le dejó acabar. Resopló con la cabeza hacia atrás y las horquillas cayeron de su melena. —No. —¿Por qué? —Porque no es mi responsabilidad, papá. Yo no tengo por qué sacrificar mi vida por vuestros deseos. Por dentro, Lera se preparaba para una bronca monumental. Sus padres ahora sí que le montarían una… —Vale, —dijo el padre de repente, sorprendentemente sereno—. Te he oído. ¿Le había oído? ¿Y los gritos? ¿Y quitarle el móvil? ¿Y el discurso sobre arrepentirse cuando ellos no estuviesen ya? —¿Y ya está? —preguntó Lera. —Ya está. Por hoy, eso es todo. Un poco desconcertada por lo fácil que había salido, Lera fue directa al baño a desmaquillarse y luego dormir, dormir… la noche había sido agotadora. ¡Y encima los padres molestando! Pero los padres aún continuaron la conversación en su dormitorio. —Andrés, ¿cómo puede ser tan fría? —preguntó Yulia, ya no enfadada sino triste—. La hemos cuidado como a todo el mundo, nada de prohibiciones sin sentido… ¡Y parece que no nos quiere nada! ¿Y ahora qué? ¿Suplicarle que se quede con su hermano si es necesario? —No —Andrés negó con la cabeza—. No le vamos a suplicar nada. Si cree que no nos debe nada, nosotros a ella tampoco. Hasta que aprenda lo que es valerse sola. *** El día siguiente no empezó con café, sino con la sensación de que el conflicto ni mucho menos había terminado. Lera salió la primera a la cocina. Bebió agua. Picoteó los sándwiches del frigorífico. Cuando entró su madre con Santi, Lera se aferró al móvil para evitar sermones. Mamá desayunó en silencio. Luego vino papá y hasta la saludó: —Buenos días —le dijo. —¡Vaya, hasta me habláis! —ironizó Lera. Papá abrió un archivo con las cuentas familiares. —Lera, tenemos que hablar. Ella puso los ojos en blanco. —¿Otra vez con mi falta de responsabilidad? Ya os dije que no… —No, no va de responsabilidad —le interrumpió—. Bueno, también… pero sobre todo va de dinero. Este mes esperamos tu contribución con la comida y los gastos de la casa. Tu parte de la factura. Lera se rió, pensando que era una broma tras lo de ayer, para darle la vuelta a la tortilla y picarla por la mañana. “Yo ayer os incordié, hoy me devolvéis la jugada”. Estabilidad y equilibrio. —Ja, papá. El humor no es lo tuyo. No cuela. Pero su padre lo tenía todo preparado. —No es broma, Lera. Desde hoy, como persona adulta, pagas tu parte de los gastos. Todo. Incluso Santi, que ya estaba embadurnando la mesa de desayuno, miró a su padre. Aún no comprendía el tema económico, pero el tono le asustaba. —¿Cómo? —Lera se quedó sin respiración. —Has dicho que no nos debes nada. Pues perfecto. Tampoco dependes ya de nosotros. Pagas tu comida, tu parte de los suministros y —lo más importante— tu matrícula. Lera cayó en que no era una provocación: iban en serio. Se habían sentido mucho más heridos de lo que ella imaginaba. —Papá, ¿te oyes? ¿No queréis darme de comer, pero lo de la uni es sagrado! No te lo perdonarías, lo sabemos los dos. —Sí que puedo —dijo él—. Eres mayor de edad. Tienes 19 años. Ya eres adulta. Y los adultos pagan sus cosas. Siempre dijimos que te apoyaríamos mientras estudiaras y vivieras aquí, pero esa ayuda implica respeto y colaboración con la familia. Tú has rechazado hacerlo. Así que también renuncias a nuestro apoyo. Yulia, que ni siquiera intentaba dar de comer al pequeño, miró a su marido: “¿No estaremos pasándonos?” Lera, que tenía un trozo de queso en la mano, lo arrojó de vuelta al plato y, levantándose bruscamente, soltó: —Pues nada, ¡que no cene nadie! ¡A ver si encima me vais a poner en las deudas! Acabaron de desayunar solos. Lera se vistió en su cuarto, haciendo todo el ruido posible, y salió a clase, todavía con la matrícula pagada. —¿No estaremos pasándonos? —preguntó Yulia. Andrés tragó el queso, que ni le entraba. Pero gruñó: —Justo, Yulia. Si aquí nadie debe nada a nadie, pues que pague lo suyo. Que duela, pero es necesario. Se está acostumbrando demasiado a aprovecharse… Desde entonces, Lera apenas coincidía con sus padres. Salía pronto, volvía tarde, no comía en casa. Yulia, aunque Andrés se lo había prohibido, preguntó con timidez si su hija no pasaba hambre. Lera respondió solo con una mirada dolida y siguió su camino. Consiguió trabajo en una cafetería un día que sustituyó a una amiga. La amiga se marchó y Lera empezó a trabajar cuatro horas diarias tras sus clases, sirviendo mesas; al menos, así tenía algo de dinero. Los padres, inquietos, mantenían su postura. —Otra vez se ha saltado la cena, Andrés. Estará pasando hambre. Educación, educación, pero… ¿hasta dónde va a llegar? —comentaba Yulia. —Ya se le pasará, Yulia. Cuando entienda que en la familia todos se ayudan. Está en modo orgullo; a ver quién cede primero. Al tercer mes de ese boicot mutuo, Lera cedió: —Vale, considerad que vuestro chantaje ha funcionado. No puedo estudiar y trabajar tanto, y además pagan fatal… Accedo a quedarme con Santi. Varias veces a la semana, tres horas cada vez. Consideradlo mi trabajo ahora. Habéis ganado. Y aquí tenéis mi parte del alquiler: he ahorrado lo que he podido. Puso 500 euros sobre la mesa. No pudo más. Pero los padres no recogieron el dinero. —Lera… no queríamos hacerte daño. No es un chantaje —dijo mamá—. Te hemos cuidado no por obligación, sino porque somos tus padres y te queremos. Solo te pedimos que nos correspondas, que participes. —Lo entiendo, perdonadme… —y fue ella quien los abrazó.

Niñera para el hermano

¿Qué pasa, Lucía? ¿Otra vez no responde?

¡No responde! bufó Lucía mientras dejaba el móvil sobre la encimera. ¡No responde desde las seis de la tarde! Por su culpa no fui a ver a mamá Tenía que cocinar aquí, tenía que cocinar allí, y encima nadie con quien dejar a Mario ¡Menuda ayudanta hemos criado!

En ese momento se oyó el sonido de la cerradura de la puerta.

Ah, ¿aún no os habéis acostado? soltó Clara sin darse la vuelta, auriculares bien metidos, mientras se dirigía directamente a su habitación, pasando olímpicamente de sus padres.

Pero su madre, por supuesto, no iba a dejarlo pasar tan fácilmente.

¡Clara! ¡Para ahí! el grito de su madre hizo que Clara se detuviese, aunque no se volvió. ¿Dónde vas? Has llegado con ¿cuánto? ¡Seis horas de retraso! ¿Te parece normal ni siquiera dar una explicación?

Clara se quitó los auriculares.

¿Por qué el drama?

¡Me lo prometiste! dijo Lucía con resignación. Me prometiste que te quedabas con Mario.

Clara, que lo único que quería era tirarse en la cama y dormir, soltó entre dientes:

Bueno, no se pudo. Nadie ha muerto. Estabas en casa.

Te avisé con una semana de antelación de que hoy debías quedarte con tu hermano. Porque tu padre está de turno de tarde, no llega a tiempo, y yo tenía que ver a mamá. ¡Parece que te da igual tu hermano, tu abuela y hasta tu madre!

Clara no pudo evitar justificarse, recordándose a sí misma que fue cosa del momento: se entretuvo con los compañeros en una cafetería y luego Iván propuso seguir la fiesta en su casa Cuando se dio cuenta, ya era tardísimo. Se olvidó.

Aunque, siendo sinceros, el móvil nunca se le quedó sin batería: lo apagó aposta.

Lo prometí, mamá, pero luego cambiaron los planes.

A ver, respira sospechó su madre, acercándose.

¿Ahora esto es una cárcel o qué? preguntó Clara, mientras su madre olía el aliento.

Has bebido, claro confirmó su madre. Las fiestas, por lo visto, son lo primero.

Clara perdió los nervios.

¡Pues sí, lo primero! Yo no me apunté aquí de niñera. Si queréis hacer de padres a última hora, pues disfrutadlo. Yo tengo mi propia vida.

Su padre, Javier, que nunca le había levantado la voz, intervino con su habitual calma:

No te estamos haciendo niñera. Rara vez te pedimos algo. Pero hoy era importante y te comprometiste. Clara, llegaste seis horas tarde. Apagaste el móvil. Y encima le das la vuelta a la situación.

No le doy la vuelta, pero Mario es vuestra responsabilidad. Todos mis amigos salieron, ¿qué iba a hacer, quedarme yo sola?

Siempre habían procurado no sobrecargar a Clara con tareas. Hace poco fue alumna de instituto, seguía siendo una cría, y ahora estudiaba una carrera exigente en la Autónoma. Lo entendían y la mimaban. Pero Clara no solía corresponder.

¿Sabes qué es peor? intervino su madre. Lo peor es que por tu culpa no pude visitar a tu abuela. ¡No se puede ni preparar una cena sola! ¡Y yo no puedo estar dividida entre cuidar a un niño de tres años y a mi madre enferma!

Clara, deshaciendo la trenza complicada que le había hecho una compañera, contestó fría y tajante:

Ese es tu problema, mamá. Fuiste tú la que decidió tener otro hijo a última hora. Pues ahora te ocupas tú. Yo no os debo nada.

Lo dijo de tal manera que hasta su padre sintió un escalofrío.

¡Clara, eso ya es pasarse!

¿Por qué? Estoy estudiando. Necesito estar con gente de mi edad, hacer amigos, buscar pareja, lo que sea. No puedo quedarme en casa cuidando a vuestro hijo.

Su padre la sentó en una silla.

Clara, escúchame. No te estamos pidiendo que seas niñera a jornada completa. Te pedimos un favor puntual. No es un trabajo, es ayudar a tu familia. Y aceptaste.

Clara, ya con el genio desatado, respondió de mala gana:

Acepté, sí, pero luego cambié de idea. La vida es así.

La vida cambia, pero esta vez fuiste tú la que cambió los planes sin avisar replicó Javier. Entiendo que estudias. Entiendo que tienes amigos. Pero, hija, eres parte de esta familia. No estamos encerrándote. Pero a veces también necesitamos algo de ayuda. ¿Podrías, al menos, encontrar un par de horas a la semana para estar con tu hermano? Un par de horas para que podamos ir al médico o, como hoy, a ver a la abuela.

Clara, sin dejarle acabar, soltó un bufido, echó hacia atrás la cabeza y las horquillas de su peinado terminaron en el suelo.

No.

¿Por qué?

Porque no es mi responsabilidad, papá. No tengo que sacrificar mi vida por vuestros deseos.

Por dentro, Clara se preparó para una batalla de gritos. Sus padres estaban a punto de montarle un buen escándalo

De acuerdo dijo su padre sorprendentemente tranquilo. Te he entendido.

¿Ya? ¿Dónde están los gritos, los castigos, las amenazas de que, cuando falten, se arrepentirá de sus palabras?

¿Y ya está? preguntó Clara.

Sí. Por hoy, está todo dicho.

Clara, algo desconcertada por lo fácil que le dieron vía libre, corrió al baño a desmaquillarse y caerse redonda en la cama. Vaya noche agotadora, y encima los padres con sus historias.

Pero en el dormitorio de sus padres el tema seguía sobre la mesa.

Javi, ¿cómo puede ser tan fría? preguntó Lucía, más triste que enfadada. La hemos criado con cariño, como los demás padres Nunca le faltó nada, nada se le prohibía sin razón, nunca la presionamos Pero ahora parece que no nos quiere ¿Y qué vamos a hacer? ¿Rogar que se quede con el hermano si hace falta?

No Javier negó con la cabeza. No le vamos a rogar. Si ella considera que no nos debe nada, pues nosotros tampoco le debemos nada a ella. Al menos hasta que entienda lo que es la vida adulta.

***

La mañana empezó sin café, con la sensación de que el conflicto de ayer no había terminado.

Clara salió la primera a la cocina. Bebió agua e intentó comer los bocadillos insípidos guardados en la nevera desde la noche anterior. Cuando entró su madre con Mario en brazos, Clara se refugió en el móvil para evitar sermones. Pero su madre desayunó en silencio. Luego apareció su padre y hasta la saludó:

Buenos días le dijo Javier.

Vaya, ¿ahora hasta se me habla? ironizó Clara.

Su padre abrió un archivo en el portátil donde tenía las cuentas familiares.

Clara, tenemos que hablar.

Ella puso los ojos en blanco.

¿Otra vez lo de mi responsabilidad? Ya os dije que no

No, no va de responsabilidades la interrumpió. Bueno, un poco sí. Pero esto es más sobre el dinero. Desde este mes esperamos tu parte para la comida y los gastos de la casa. Tu parte de los pagos.

Clara sonrió, convencida de que era una broma extraña de su padre para devolverle la jugada tras el conflicto de anoche. Por la noche les dio la lata; por la mañana, se la devolvían, equilibrio familiar.

Ja, papá. Lo tuyo no es el humor, pero no voy a caer.

Pero su padre lo tenía claro.

No es humor, Clara. Desde hoy, como persona adulta, tú pagas tu parte. Toda.

Hasta Mario, que untaba el desayuno por toda la mesa hinchando los mofletes, miró a su padre; aún no entendía de gastos, pero la voz le asustaba.

¿Cómo? susurró Clara.

Dijiste que no nos debías nada. Perfecto. Entonces, desde ahora, no dependes de nosotros en nada práctico. Este mes pagas tu parte de la comida, la luz, el agua y lo más importante: tus estudios.

Clara comprendió que esto iba en serio. Su padre no bromeaba ni planeaba ceder.

Papá, ¿te escuchas? Vale que no quieras alimentarme, pero los estudios eso es sagrado, nunca dejarías de pagarme la matrícula, lo sé.

Sí podría replicó. Ya eres mayor de edad. Tienes diecinueve. Los adultos pagan lo suyo. Siempre dijimos que te apoyaríamos mientras estudiaras y vivieras aquí, pero ese apoyo es recíproco: implica respeto y cierta participación en la vida de la familia. Si renuncias a ayudar, renuncias también a nuestro apoyo.

Lucía miró a su marido con preocupación: ¿Nos estamos pasando?

Clara, dejando caer el queso sobre el plato y levantándose bruscamente, refunfuñó:

Mejor no desayuno. No sea que luego me paséis la factura.

Desayunaron los tres en silencio. Clara se vistió con ruidos innecesarios y salió disparada a clase, mientras aún le quedaban las tasas pagadas.

¿No estaremos exagerando? preguntó Lucía.

Javier masticaba el queso con dificultad pero se mantuvo firme:

Es lo justo, Lucía. Si nadie le debe nada a nadie, entonces que se haga cargo de lo suyo. Es duro pero necesario; que aprenda a valerse por sí misma

Los encuentros con Clara en casa fueron, desde entonces, esporádicos. Salía temprano, volvía tarde. Ni siquiera cenaba en casa. Lucía, desobedeciendo a Javier, se preocupó por si su hija pasaba hambre; Clara la fulminó con la mirada y siguió de largo.

Consiguió un trabajo en una cafetería, sustituyendo a una amiga. Al cabo de poco, la amiga lo dejó, y Clara terminó sirviendo mesas después de clase. Al menos así tenía algo de dinero.

Los padres seguían preocupados, pero mantuvieron su decisión.

Otra vez sin cenar, Javi. Está pasando hambre, por muy estrictos que queramos ser decía Lucía.

Ya se le pasará, Lucía. Entenderá que en una familia todos ponen de su parte. Tiene que darse cuenta.

Al tercer mes de este pulso, Clara anunció:

Vale, acepto. No puedo más con la universidad y el trabajo. Las propinas son una miseria Me comprometo a cuidar de Mario unas cuantas veces por semana, tres horas cada vez. Considerad que ya es mi trabajo. Habéis ganado. Y aquí está lo que he ahorrado para el alquiler.

Dejó mil euros sobre la mesa. No tenía más. Pero los padres no cogieron el dinero.

Clara No queríamos hacerte daño. No es chantaje dijo su madre. Te cuidamos no por obligación, sino porque somos tus padres y te queremos. Solo pedimos algo a cambio: un poco de participación y cariño.

Lo he entendido, perdonadme y fue ella quien los abrazó.

Y así, Clara aprendió lo importante que es ayudarse en familia y que el cariño no se mide por lo que se recibe, sino por lo que se da.

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MagistrUm
La niñera de mi hermano —¿Qué ha pasado, Yoli? ¿Otra vez no contesta? —¡No contesta! —Yulia dejó el móvil sobre la encimera—. ¡Desde las seis de la tarde! Por su culpa no he ido a ver a mamá… Tengo que cocinar aquí y en casa de ella, y a Santi no lo puedo dejar con nadie… ¡Pues menuda ayuda hemos criado! En ese momento sonó el clic de la cerradura. —¿Aún no os habéis acostado? —soltó Lera por encima del hombro, sin quitarse los auriculares, e ignorando a sus padres entró en su cuarto. Pero su madre no la iba a dejar pasar. —¡Lera! ¡Quietecita! —el grito de mamá hizo que Lera se parase, sin girarse—. ¿A dónde vas? Has llegado… ¿cuánto? ¡Seis horas tarde! ¿No crees que deberías explicarte? Lera se quitó los auriculares. —¿Otra vez con los nervios? —¡Lo prometiste! —le recriminó Yulia—. Prometiste que cuidarías de Santi. Lera, que solo soñaba con tumbarse en la cama, masculló: —No ha podido ser. Nadie se ha muerto. Además, tú estabas en casa. —Te llevé avisando toda la semana de que hoy tenías que cuidar a tu hermano, porque tu padre tenía turno de tarde, él no llega y yo debía ir a casa de mi madre. ¡No te da pena ni tu hermano, ni tu abuela! ¡Ni siquiera tu propia madre! Lera simplemente no había podido. Se le fue el tiempo con sus compañeros y luego Iván les propuso ir todos a su casa… Cuando quiso darse cuenta, las horas habían volado. Se despistó. Así, Lera se excusaba ante sí misma. Porque el móvil no se le había quedado sin batería; lo apagó aposta. —Lo prometí, mamá, pero luego cambié de planes. —A ver, respira —le ordenó su madre. —¿Qué pasa, que esto ahora es una cárcel? —espetó Lera. —Has bebido —constató su madre—. Las fiestas siempre son más importantes que la familia, ¿verdad? Y Lera explotó. —¡Pues sí, lo son! Yo no me apunté para ser vuestra niñera y no pienso quedarme aquí cuidando de Santi. Os lo montáis vosotros. Si queríais jugar a ser padres a estas alturas, disfrutadlo. Pero yo tengo mi vida. El padre, que jamás había alzado la voz ni regañado a Lera, escuchó todo y finalmente intervino: —No te tratamos como niñera. Apenas te pedimos nada. Pero hoy era importante y dijiste que sí… Lera, has llegado seis horas tarde. Apagaste el móvil. ¿Encima nos lo echas en cara? —No os echo nada en cara, pero Santi es vuestra responsabilidad. Además, tenía plan. Todos fueron, ¿por qué yo no? No se esforzaban en sobrecargarla con tareas. No hacía tanto que Lera fue una niña, estudiante de bachillerato, y ahora iba a la Complutense a una carrera dura. Lo comprendían y la cuidaban. Pero Lera, en cambio, no ofrecía ningún cuidado. —¿Sabes lo que es peor? —intervino la madre—. Que por tu culpa no he podido ir a casa de la abuela. ¡Ni siquiera puede cocinar! ¡No puedo seguir partiéndome entre un niño de tres años y mi madre enferma! Lera, aflojándose el peinado que le había hecho una compañera, replicó con frialdad: —Eso es un problema tuyo, mamá. Quisiste tener un hijo tan tarde, ahora te apañas. Yo no os debo nada. Fue tan hiriente que el padre tembló. —¡Lera, eso ya es pasarse! —¿Por qué pasarse? Estoy estudiando, tengo derecho a relacionarme con mis amigos, buscarme la vida, conocer a alguien… ¡No a quedarme en casa haciendo de canguro de vuestro hijo! Su padre la sentó en una silla. —Escucha, Lera. Nadie te pide que trabajes como niñera a jornada completa. Era solo un favor, una ayuda a la familia; dijiste que sí. Lera, sin ganas de recular, respondió tajante: —Dije que sí, pero cambié de idea. La vida cambia. —Cambia, pero aquí cambiaste tus planes sin avisar —replicó el padre—. Entiendo que estés estudiando, que tienes amigos. Pero eres parte de la familia. Nadie te encierra, pero también pedimos ayuda a veces. ¿Puedes sacar un par de horas a la semana para cuidar a tu hermano? ¿Unas horas para que podamos ver al médico o a la abuela? Lera ni le dejó acabar. Resopló con la cabeza hacia atrás y las horquillas cayeron de su melena. —No. —¿Por qué? —Porque no es mi responsabilidad, papá. Yo no tengo por qué sacrificar mi vida por vuestros deseos. Por dentro, Lera se preparaba para una bronca monumental. Sus padres ahora sí que le montarían una… —Vale, —dijo el padre de repente, sorprendentemente sereno—. Te he oído. ¿Le había oído? ¿Y los gritos? ¿Y quitarle el móvil? ¿Y el discurso sobre arrepentirse cuando ellos no estuviesen ya? —¿Y ya está? —preguntó Lera. —Ya está. Por hoy, eso es todo. Un poco desconcertada por lo fácil que había salido, Lera fue directa al baño a desmaquillarse y luego dormir, dormir… la noche había sido agotadora. ¡Y encima los padres molestando! Pero los padres aún continuaron la conversación en su dormitorio. —Andrés, ¿cómo puede ser tan fría? —preguntó Yulia, ya no enfadada sino triste—. La hemos cuidado como a todo el mundo, nada de prohibiciones sin sentido… ¡Y parece que no nos quiere nada! ¿Y ahora qué? ¿Suplicarle que se quede con su hermano si es necesario? —No —Andrés negó con la cabeza—. No le vamos a suplicar nada. Si cree que no nos debe nada, nosotros a ella tampoco. Hasta que aprenda lo que es valerse sola. *** El día siguiente no empezó con café, sino con la sensación de que el conflicto ni mucho menos había terminado. Lera salió la primera a la cocina. Bebió agua. Picoteó los sándwiches del frigorífico. Cuando entró su madre con Santi, Lera se aferró al móvil para evitar sermones. Mamá desayunó en silencio. Luego vino papá y hasta la saludó: —Buenos días —le dijo. —¡Vaya, hasta me habláis! —ironizó Lera. Papá abrió un archivo con las cuentas familiares. —Lera, tenemos que hablar. Ella puso los ojos en blanco. —¿Otra vez con mi falta de responsabilidad? Ya os dije que no… —No, no va de responsabilidad —le interrumpió—. Bueno, también… pero sobre todo va de dinero. Este mes esperamos tu contribución con la comida y los gastos de la casa. Tu parte de la factura. Lera se rió, pensando que era una broma tras lo de ayer, para darle la vuelta a la tortilla y picarla por la mañana. “Yo ayer os incordié, hoy me devolvéis la jugada”. Estabilidad y equilibrio. —Ja, papá. El humor no es lo tuyo. No cuela. Pero su padre lo tenía todo preparado. —No es broma, Lera. Desde hoy, como persona adulta, pagas tu parte de los gastos. Todo. Incluso Santi, que ya estaba embadurnando la mesa de desayuno, miró a su padre. Aún no comprendía el tema económico, pero el tono le asustaba. —¿Cómo? —Lera se quedó sin respiración. —Has dicho que no nos debes nada. Pues perfecto. Tampoco dependes ya de nosotros. Pagas tu comida, tu parte de los suministros y —lo más importante— tu matrícula. Lera cayó en que no era una provocación: iban en serio. Se habían sentido mucho más heridos de lo que ella imaginaba. —Papá, ¿te oyes? ¿No queréis darme de comer, pero lo de la uni es sagrado! No te lo perdonarías, lo sabemos los dos. —Sí que puedo —dijo él—. Eres mayor de edad. Tienes 19 años. Ya eres adulta. Y los adultos pagan sus cosas. Siempre dijimos que te apoyaríamos mientras estudiaras y vivieras aquí, pero esa ayuda implica respeto y colaboración con la familia. Tú has rechazado hacerlo. Así que también renuncias a nuestro apoyo. Yulia, que ni siquiera intentaba dar de comer al pequeño, miró a su marido: “¿No estaremos pasándonos?” Lera, que tenía un trozo de queso en la mano, lo arrojó de vuelta al plato y, levantándose bruscamente, soltó: —Pues nada, ¡que no cene nadie! ¡A ver si encima me vais a poner en las deudas! Acabaron de desayunar solos. Lera se vistió en su cuarto, haciendo todo el ruido posible, y salió a clase, todavía con la matrícula pagada. —¿No estaremos pasándonos? —preguntó Yulia. Andrés tragó el queso, que ni le entraba. Pero gruñó: —Justo, Yulia. Si aquí nadie debe nada a nadie, pues que pague lo suyo. Que duela, pero es necesario. Se está acostumbrando demasiado a aprovecharse… Desde entonces, Lera apenas coincidía con sus padres. Salía pronto, volvía tarde, no comía en casa. Yulia, aunque Andrés se lo había prohibido, preguntó con timidez si su hija no pasaba hambre. Lera respondió solo con una mirada dolida y siguió su camino. Consiguió trabajo en una cafetería un día que sustituyó a una amiga. La amiga se marchó y Lera empezó a trabajar cuatro horas diarias tras sus clases, sirviendo mesas; al menos, así tenía algo de dinero. Los padres, inquietos, mantenían su postura. —Otra vez se ha saltado la cena, Andrés. Estará pasando hambre. Educación, educación, pero… ¿hasta dónde va a llegar? —comentaba Yulia. —Ya se le pasará, Yulia. Cuando entienda que en la familia todos se ayudan. Está en modo orgullo; a ver quién cede primero. Al tercer mes de ese boicot mutuo, Lera cedió: —Vale, considerad que vuestro chantaje ha funcionado. No puedo estudiar y trabajar tanto, y además pagan fatal… Accedo a quedarme con Santi. Varias veces a la semana, tres horas cada vez. Consideradlo mi trabajo ahora. Habéis ganado. Y aquí tenéis mi parte del alquiler: he ahorrado lo que he podido. Puso 500 euros sobre la mesa. No pudo más. Pero los padres no recogieron el dinero. —Lera… no queríamos hacerte daño. No es un chantaje —dijo mamá—. Te hemos cuidado no por obligación, sino porque somos tus padres y te queremos. Solo te pedimos que nos correspondas, que participes. —Lo entiendo, perdonadme… —y fue ella quien los abrazó.