Tenía ocho años cuando mi madre se fue de casa. Bajó la calle Mayor, pidió un taxi en la plaza y nunca regresó. Mi hermano apenas tenía cinco.
Desde entonces, nuestro hogar cambió por completo. Mi padre empezó a hacer cosas que jamás antes había hecho: se levantaba temprano para prepararnos el desayuno, aprendió a lavar la ropa, a planchar los uniformes para el colegio y, con torpeza, nos peinaba antes de salir. Yo lo veía equivocarse en las medidas del arroz, quemar la comida o dejar la colada mezclada entre ropa blanca y de color. Aun así, nunca permitió que nos faltara nada. Volvía agotado del taller y se sentaba a revisar nuestros deberes, firmaba los cuadernos y dejaba listas las meriendas de la mañana siguiente.
Mi madre nunca vino a visitarnos. Mi padre jamás trajo otra mujer a casa, ni la presentó como su compañera. Sabíamos que salía, a veces llegaba tarde, pero su vida personal se mantenía fuera de los muros de nuestro piso. Dentro de casa éramos solo mi hermano y yo. Jamás lo escuché decir que se había vuelto a enamorar. Su rutina era trabajar, volver, cocinar, lavar, acostarse y repetir al día siguiente.
Los fines de semana nos llevaba al parque, al río Manzanares, o a la Gran Vía a mirar escaparates. Aprendió a trenzar el pelo, a coser botones, a preparar tapas en casa. Cuando había fiestas escolares y necesitábamos disfraces, él los hacía con cartón y retazos viejos. Nunca se quejaba. Nunca decía: Eso no es de hombres.
Hace un año, mi padre se marchó con Dios. Todo ocurrió tan rápido que no hubo tiempo para despedidas largas. Al ordenar sus cosas, encontré cuadernos antiguos donde apuntaba los gastos del mes, fechas importantes, notas como pagar el recibo de la luz, comprar zapatos, llevar a la niña al médico. No había cartas de amor, ni fotos con otra mujer, ni rastro alguno de una vida romántica. Solo las huellas de alguien que vivió para sus hijos.
Desde su ausencia, una pregunta me ronda sin paz: ¿fue feliz? Mi madre se marchó en busca de su propia felicidad. Mi padre se quedó y parecía que renunció a la suya. Jamás volvió a formar una familia; nunca tuvo hogar con pareja. No volvió a ser la prioridad de nadie, salvo de nosotros dos.
Hoy sé que tuve un padre extraordinario. Pero también entiendo que fue un hombre que se quedó solo, para que nosotros no lo estuviésemos. Y eso pesa. Porque ahora, sin él, no sé si alguna vez recibió el cariño que de verdad merecía.







