Una sola nota La llave del piso de mi madre estaba en el bolsillo de la chaqueta de Sergio, junto al recibo del anticipo. Tocaba el papel a través de la tela, como si así pudiera mantener la situación bajo control. En tres días firmarían el contrato de compraventa ante el notario; los compradores ya habían transferido cien mil euros y el agente inmobiliario enviaba cada noche recordatorios sobre los plazos. Sergio respondía escuetamente, sin emoticonos, y notaba que leía aquellos avisos como amenazas. Subió al quinto piso sin ascensor, se detuvo ante la puerta, tomó aire y solo entonces llamó. Su madre tardó en abrir. Detrás de la puerta se oyó un arrastre, luego el clic de la cerradura. — ¿Sergio? Espera… la cadena… — hablaba más alto de lo necesario, con tensión, como si ya se estuviese disculpando. Sergio sonrió como mejor supo y le enseñó la bolsa. — He traído comida. Y podemos revisar el contrato otra vez. — El contrato… — la madre retrocedió por el pasillo, dejándolo pasar — Lo recuerdo. Solo no me apures. La casa tenía calor, los radiadores ardían, junto a la entrada reposaba una bolsa con medicinas sobre el taburete. En la mesa de la cocina había un plato con una manzana a medias, al lado un cuaderno donde su madre apuntaba en grandes letras: “Tomar las pastillas”, “Llamar a la comunidad”, “Sergio viene”. Sergio colocó la compra, guardó la leche en la nevera, comprobó si la puerta cerraba bien. Su madre le miraba como si aquello también formara parte del trato. — Has comprado el pan equivocado otra vez — dijo, pero sin enfadarse. — No había otro — contestó Sergio — Mamá, ¿recuerdas por qué vendemos? Ella se sentó, juntó las manos en el regazo. — Para que sea más fácil para mí. Para no tener que subir estos pisos. Y para que vosotros… — dudó, como si el ‘vosotros’ pesara — Para que no discutáis. Sergio sintió el coraje subir, no hacia ella, sino hacia la frase. Discutían, sí, pero susurros por teléfono para que su madre no oyera. — No discutimos — mintió — Lo estamos resolviendo. Ella asintió, pero su mirada era clara, terca. — Quiero ver la nueva casa antes de firmar. Dijiste que iríamos. — Mañana vamos — prometió — Es la planta baja, hay patio, comercio cerca. Sacó los papeles de la carpeta: contrato previo, recibo, nota del registro, fotocopias de los DNI. Todo ordenado, como si el archivo compensase el desorden familiar. — ¿Y esto? — su madre señaló otra hoja, desconocida para Sergio. Era fina, con sello del ambulatorio y firma de un médico. Arriba, “Informe”. Abajo, frases que le secaron la boca a Sergio: “signos de deterioro cognitivo”, “se recomienda valorar tutela”, “posible capacidad limitada”. — ¿De dónde ha salido esto? — preguntó, esforzándose por sonar plano. Ella lo miró como si fuera ajeno. — Es… me lo dieron. En el centro de salud. Pensaba que era para el balneario. — ¿Quién? ¿Cuándo? Se encogió de hombros. — Fui con… — buscó la palabra — con Pablo. Dijo que mejor comprobar la memoria, por si alguien me engañaba. Yo acepté. En el mostrador pidieron mi firma y yo firmé. No leí, no tenía las gafas. Sergio sintió cómo la imagen cobraba forma, empeorando todo. Su hermano menor, Pablo, llevaba meses repitiendo: “Mamá no puede estar sola, se le olvida todo, la van a engañar”. Lo decía con cuidado, pero sonaba a cansancio. — Mamá, ¿sabes qué significa esto? — Sergio alzó el papel. — ¿Que soy… tonta? — No. Que alguien empezó a tramitar que no puedas firmar sola. Que decidan por ti. Ella levantó la cabeza de golpe. — No soy una niña. Sergio vio cómo se le temblaban los labios. No lloraba, pero tenía los ojos húmedos, como de un disgusto que no se puede mostrar. — Sé dónde guardo mi dinero — dijo rápidamente — Sé que os llevaba al colegio. Sé que el piso es mío. No quiero que me… — no acabó la frase. Sergio devolvió con cuidado el papel a la carpeta, como si quemara. — Me encargaré yo — dijo — Hoy mismo. Salió al balcón para llamar a su hermano. Allí estaban los botes de pepinillos de su madre, vacíos, limpios, metidos en una caja. Las tapas aparte, ordenadas. Su madre podía olvidar dónde puso las gafas, pero nunca el orden de los botes. Pablo contestó al momento. — ¿Cómo va todo? — le decía con su tono animado, el que usaba para fingir seguridad. — ¿Tú llevaste a mamá al ambulatorio? — preguntó Sergio. Pausa. — Sí. Y qué. Lo dije, hacía falta. Se lía mucho, Sergio; lo has visto. — La veo cansada. No es igual. ¿Sabes que le han dado un papel sobre tutela? — No exageres. Es consejo. Para que el notario no se ponga quisquilloso. Hoy en día, todos temen a los estafadores. Sergio apretó el móvil. — El notario no “quisquilloso”; verifica la capacidad. Si ahora figura “posiblemente limitada”, pueden echar atrás la operación. — ¿Y si la hacemos y luego se impugna? ¿Quieres que nos lleven a juicio? — Pablo soltaba sus argumentos rápidos — Solo quiero que salga todo claro. — Claro sería si mamá entiende lo que firma. No si le meten papeles sin gafas. — ¿Siempre me lo achacas? — a Pablo se le notaba el enfado — Yo voy más que tú. Sé que se le olvida apagar el gas. Sergio recordó cómo su madre le llamó el día anterior para preguntar la fecha, pero luego repitió la cifra del anticipo y si el recibo era correcto. — Voy hoy al centro de salud y al notario — dijo Sergio — Y tú vendrás por la tarde. Lo hablamos con mamá. — No delante de ella, se pone nerviosa. — Sí delante. Es su asunto. Sergio volvió a la cocina. Su madre se quedó mirando la ventana, como si allí estuviese la respuesta. — No te enfades conmigo — dijo sin girarse — Pablo es buen chico. Solo tiene miedo. Sergio sintió que algo se movía por dentro. Incluso ahora, su madre protegía al hermano. — No estoy enfadado con él — dijo — Me molesta que no te pregunten. Recogió la carpeta, metió la hoja en un nuevo archivo y guardó en la bolsa. Antes de irse comprobó la cocina y las ventanas. Su madre le acompañó a la puerta. — Sergio — susurró — No des mi piso a cualquiera. — A nadie — respondió él — Y a ti tampoco. En el centro de salud, Sergio pasó casi dos horas entre colas y despachos, explicando por qué quería información. En recepción, una mujer con cara cansada dijo: — Ley de protección de datos. Solo con autorización. — Es mi madre — Sergio se contuvo para no subir el tono — No sabe lo que ha firmado. Al menos quiero saber quién inició la anotación. — Que venga ella — cortó la mujer. Fuera, llamó a su madre. — Mamá, ¿puedes venir ahora? — preguntó. — ¿Ahora? — sonaba inquieta — Yo… no estoy preparada. — Te recojo, es importante — prometió. Volvió al quinto piso, ayudó a mamá con el abrigo, encontró sus gafas en el alféizar, “para no olvidarlas”. Ella caminaba despacio, firme. En el centro de salud, esperaron otra cola. Ella observaba a la gente y los carteles como si se encogiera. — Como una colegiala — murmuró cuando llegaron al mostrador. — Eres adulta — la tranquilizó Sergio — Esto son trámites. Con ella, en recepción fueron amables. Recogieron DNI, tarjeta, revisaron el historial. — Fue al neurólogo hace dos semanas. Al psiquiatra por indicación médica. Su madre se sobresaltó. — ¿Al psiquiatra? Nadie me avisó. — Es lo normal en problemas de memoria — apuró la recepcionista, sin convicción. Pidieron un resumen de visitas y copia del informe. Denegaron a Sergio, pero permitieron a su madre pedir una anotación para el notario. Firmó el formulario, esta vez con gafas, leyendo despacio. — Tomen, — la recepcionista les dio la hoja — Vayan a hablar con la directora si tienen dudas. La directora no atendía hasta las 14:00; eran las 12:30. — No nos da tiempo — dijo mamá, algo aliviada. — Esperamos — insistió Sergio. Se sentaron en el banco del pasillo. Mamá sujetaba el resumen como un billete que podían quitarle. — Sergio — murmuró ella — A veces de verdad me lío. Olvido si ya he comido. Pero no quiero que me… descarten. Sergio miró sus manos, la piel fina y los dedos aún ágiles. Pensó en cuando de niño ella le ataba la bufanda. Y cómo él también se avergonzaba de sentirse indefenso. — Nadie te va a descartar si no lo permites — dijo él. — ¿Y si no entiendo lo que permito? Eso le golpeó más que el informe. — Yo estaré contigo — respondió — Y lo haremos para que comprendas. La directora les atendió a las 14:20. Mujer pulcra, tranquila. — No hay resolución judicial de incapacidad — repasó la ficha — Sí una anotación médica sobre posible deterioro y recomendación de consultar tutela. Eso no impide que firme ningún documento. — El notario verá eso y rechazará — replicó Sergio. — El notario valora el estado en el acto. Si duda, pide informe médico o presencia de facultativo, pero el informe no es prohibición. Su madre apretó la bolsa. — ¿Quién pidió incluir la tutela? — preguntó Sergio. La directora le miró fijo. — Pone “hijo acompañante”. Sin apellido. El médico lo anotó tras las pruebas. Nadie pide que se escriba eso por petición. Sergio entendió que allí todo sería “por protocolo”. Las zonas grises comenzaban cuando su madre firmaba sin leer. De vuelta a casa, su madre ya estaba cansada. En el autobús soltó de pronto: — Pablo teme que venda el piso y me quede en la calle. — Tiene miedo — respondió Sergio. — ¿Tú de qué tienes miedo? Sergio lo dudó. Temía que se cancelase la operación, que el comprador reclamara el anticipo, que perdiesen la nueva casa y su madre se quedase años en aquel portal. Pero más temía que mamá dejara de ser persona y se convirtiera en “objeto de cuidado”. — Temo que dejen de consultarte — confesó. Por la tarde Pablo vino. Se quitó los zapatos, entró en la cocina como en casa. Mamá sacó platos y ensalada. Sergio notó que ella se esforzaba en aparentar normalidad, como en cualquier cena familiar. — Mamá, ¿cómo estás? — Pablo se inclinó y la besó. — Bien — respondió seca — Hoy he sabido que estaba en psiquiatría. Pablo se paró, miró a Sergio. — No quería asustarte, mamá. Es solo un médico. Lo hacen a todos. — No me examinaron — dijo ella — Me llevaron. Sergio dejó resúmenes sobre la mesa. — Pablo, ¿sabes que esa anotación puede echar por tierra la venta? — ¿Tú sabes que sin ella puede ser peligroso? — Pablo ya alzaba la voz — El notario tiene que ver que todo está en regla. No quiero que digan “la señora no entendía”. — Sí entiende — aseguró Sergio. — Hoy sí, mañana no — Pablo elevó el tono — Lo ves tú mismo. Se le olvida todo. Firma cualquier cosa. La madre tocó la mesa con la palma, suave pero firme. — No firmo cualquier cosa. Firmo lo que me explican. Pablo bajó la vista. — Mamá, de verdad estoy agotado — dijo — Cada día pienso que te llamarán y te pedirán dinero urgente. He visto cómo timaron a la vecina. No quiero eso para ti. Sergio detectó miedo, no codicia en sus palabras. Pero el miedo no autoriza decidir por mamá. — Hagamos algo distinto — sugirió Sergio — Nada de tutela. Nada de “incapacidad”. Vamos al notario antes, sin compradores. Mamá, con gafas, tranquila. Dialoga con el notario. Si hace falta, informe psiquiátrico de que comprende el acto. Y la autorización solo para acciones concretas, con límites. El dinero irá a una cuenta con dos firmas: tuya y la de mamá. O de Pablo y mamá. Como ella decida. Pablo alzó la cabeza. — Eso lleva tiempo. Los compradores no esperan. — Entonces que se vayan — cortó Sergio, y vio a mamá sobresaltarse — No voy a vender a costa de que declaren incapaz a mamá. Ella le miró con una mezcla de agradecimiento y miedo nueva. — Sergio, ¿y si perdemos el dinero? Se sentó junto a ella. — Podemos perder el anticipo y tiempo — admitió — Pero si ahora aceptamos la tutela para ir rápido, luego no hay marcha atrás. Vivirás controlada y cada decisión se justificará “por tu bien”. Pablo apretó los puños. — ¿Crees que quiero humillarla? — preguntó. — Quieres controlar por miedo, y porque así parece más fácil — respondió Sergio. Pablo se levantó de golpe. — Más fácil, sí. Hazlo tú. Vienes una vez por semana y me dices cómo cuidar mejor. Sergio también se levantó, pero se detuvo. Vio a la madre encogida, como si la discusión doliera físicamente. — Alto — zanjó — No es quién hace más. Es que mamá debe decidir. Mamá, ¿quieres que Pablo firme por ti? Ella tardó en contestar. Al fin dijo: — Quiero que estéis los dos cuando firme. Y que me expliquéis todo. Aunque sea desagradable. Sergio asintió. — Así será. Al día siguiente, fue solo al notario con los papeles. La oficina estaba en un edificio antiguo, con la escalera gastada. El notario revisó con atención. — Este informe no es motivo de rechazo — dijo — Recomendable que esté presente un psiquiatra o tener un informe. Y sólo con la comparecencia personal de su madre. Nada de poderes generalizados. — Los compradores esperan — dijo Sergio. — Los compradores siempre dicen eso — replicó el notario — Al final deciden ustedes. Sergio salió y llamó al agente. — Movemos la cita — dijo. — ¿Cuánto? — el tono era frío. — Dos semanas. Hay que presentar informe médico. — Los compradores podrían retirarse — avisó — Y devolver el anticipo. — Lo devolveré — replicó Sergio, sorprendiéndose por su propia calma. Por la tarde se lo contó a su madre y a Pablo. Pablo protestó, habló de “oportunidad perdida”, que “lo has echado a perder”. Se calló y se fue, la puerta tembló. La madre se quedó en la cocina, jugueteando con un bolígrafo. — ¿No volverá? — preguntó. — Sí, volverá — aseguró Sergio — Solo necesita tiempo. — ¿Y yo? — preguntó ella. Sergio entendió que se refería a su tiempo vital, cuánto le quedaba viviendo como “tutelada”. — Tú también. Y tu derecho. Una semana después, fueron juntos a un psiquiatra privado, para ahorrar esperas. Su madre estaba nerviosa pero firme. El médico, tranquilo, le preguntó por fechas, hijos, el sentido de la operación. Ella se equivocó en un número, pero explicó perfectamente que vendía para comprar otro piso, y que el dinero se destinaría a vivienda y gastos. El informe fue breve: “La paciente comprende el alcance y significado de la operación y puede tomar decisiones”. Sergio sostenía el papel como un escudo, aunque sentía la tristeza de que tuviera que demostrar la autonomía de su madre con un sello. Los compradores finalmente se retiraron. El agente avisó: “Han encontrado otra opción. Devuelvan el anticipo antes del viernes, si no reclamaremos”. Sergio devolvió el dinero, completando desde sus ahorros. Dolía, pero no era el fin. Pablo pasó tres días sin llamar. Luego apareció sin avisar. Su madre abrió, Sergio oyó sus voces en el pasillo. — Mamá, perdona — dijo Pablo — Me pasé. — No me ofendiste — ella respondió — Me asustaste. Entró en la cocina, se sentó enfrente de Sergio. — Creí de verdad que hacía lo correcto — confesó — No quería que le pasara nada… — Lo entiendo — dijo Sergio — Pero ahora será así: todo se firma contigo y conmigo delante. Y si tienes miedo, dilo sin papeles. Pablo asintió, aún con gesto terco. — ¿Y si al final ella…? — dejó la frase en el aire. La madre le miró serena. — Entonces decidiréis entre los dos. Pero mientras yo esté bien y entienda, quiero que me pregunten. Sergio vio que la familia no era más unida ahora. Las heridas quedaron bajo la superficie. Pero en la carpeta tenían escritos nuevos: poder limitado para Sergio en gestiones bancarias y facturas, autorización de mama al cuenta conjunta, y la lista de preguntas que ella misma anotó para el notario. Tarde, Sergio se preparaba para irse. Su madre le acompañó a la puerta. — Sergio — le extendió un manojo de llaves — Llévate el segundo juego. No porque yo no pueda, sino porque así estamos más tranquilos. Sergio cogió las llaves, sintiendo el frío del metal, y asintió. — Así estamos más tranquilos — repitió. Salió al rellano y no bajó de inmediato. Tras la puerta, se oían los pasos de mamá y el clic de la cerradura. Sergio pensó que la verdad no había salido del todo. Quién en el ambulatorio escribió aquel informe, por qué nadie avisó a su madre de lo que firmaba, dónde acaba el cuidado y empieza el control — todo eso podía aún salir. Pero ahora su madre tenía voz, no solo en palabras sino en hechos. Y eso ya no se podía arrebatar tan fácilmente.

Un papelito

La llave del piso de su madre estaba en el bolsillo de la chaqueta de Sergio, justo al lado del recibí del anticipo. Toqueteaba el papel a través de la tela, como si así pudiera agarrar el asunto con la mano. En tres días tenían que firmar la compraventa en la notaría, los compradores ya habían soltado diez mil euros, y el agente inmobiliario cada noche le mandaba mensajes con las fechas. Sergio respondía breve, sin emojis, y se pillaba leyéndolos como si fueran amenazas.

Subió al quinto sin ascensor, parándose antes de llamar a la puerta para respirar hondo. Su madre tardó en abrir, se escuchó el arrastre de pantuflas, luego el clic del cerrojo.

¿Sergio? Espera… que quito la cadena… hablaba demasiado alto y con ese tono que parece pedir perdón por adelantado.

Sergio puso su mejor sonrisa y enseñó la bolsa.

Traigo la compra. Y miramos el contrato otra vez.

El contrato… Ella se apartó al pasillo, dejándole pasar. Me acuerdo. Pero no me agobies.

En casa hacía calor, los radiadores a tope, una banqueta repleta de pastillas en la entrada. Sobre la mesa, media manzana superviviente y al lado un cuaderno donde su madre había escrito con letras enormes: “Tomar las pastillas”, “Llamar al administrador”, “Viene Sergio”.

Sergio colocó los víveres, metió la leche en la nevera y comprobó que cerraba bien. Su madre lo miraba como si colocar la comida fuera parte del trato.

Otra vez has comprado ese pan que no me gusta dijo sin enfado.

Es el único que había contestó Sergio Mamá, ¿te acuerdas por qué vendemos?

Ella se sentó, manos en las rodillas.

Para que yo no suba más escaleras. Para que vosotros… se atragantó con el “vosotros”, demasiado pesado Para que no discutáis.

Sintió crecer el enfado; no contra ella, contra la frase. Discutían, sí, pero bajo cuerda, por teléfono, sin que su madre oiga.

No discutimos mintió Decidimos.

Su madre asintió, mirada clara y terca.

Quiero ver el piso nuevo antes de firmar. Dijiste que iríamos.

Mañana vamos prometió Sergio Es bajo, hay patio, la tienda está cerca.

Sacó la carpeta de papeles: contrato, recibíes, nota simple, fotocopias de DNIs. Todo archivado como si el orden en la carpeta arreglase lo de casa.

¿Y esto? preguntó su madre, señalando una hoja que Sergio ni recordaba.

Era fina, con sello de centro de salud. Encabezado: “Certificado Médico”. Abajo palabras que le secaron la boca: “presenta signos de deterioro cognitivo”, “se recomienda consultar sobre tutela”, “posible capacidad limitada”.

¿De dónde sale esto? intentó sonar tranquilo.

Su madre la miró como si fuera ajena.

Me la dieron, creo. En el ambulatorio. Pensaba que era para ir al balneario.

¿Quién te la dio? ¿Cuándo?

Se encogió de hombros.

Fui con… buscó la palabra Con Pablo. Me dijo que mirase memoria, para que no me engañaran. Yo acepté. La administrativa me pidió que firmase, firmé. Sin gafas, que las tenía en casa.

Sergio vio la foto clara en la cabeza y le sentó peor. El hermano menor, Pablo, los últimos meses repitiendo: “Mamá no puede estar sola, se olvida de todo, cualquiera la timará”. Lo decía con cariño, aunque le asomaba el hartazgo.

Mamá, ¿sabes lo que significa esto? levantó el certificado.

¿Que soy… tonta? bajó la mirada.

No. Que alguien ha iniciado papeles para que no puedas firmar sola. Que decidan por ti.

Ella alzó la cabeza de golpe.

No soy una niña.

Vio temblar sus labios. No lloraba, pero los ojos le brillaban como cuando la pena se esconde.

Sé perfectamente dónde guardo el dinero dijo deprisa Recuerdo cuándo os llevaba al cole. Sé que el piso es mío. No quiero que me…

No acabó la frase.

Sergio guardó el papel como si quemara.

Lo arreglo prometió Hoy mismo.

Salió al balcón para llamar al hermano. Entre los tarros de pepinillos de su madre, limpios y alineados en una caja, Sergio notó que las tapas estaban aparte, ordenadas. Su madre podía perder las gafas, pero los botes y tapas, ni de broma.

Pablo contestó enseguida.

¿Qué tal todo? tono de quien finge seguridad.

¿Fuiste tú con mamá al centro de salud? preguntó Sergio.

Pausita.

Sí, claro. Te lo dije, era necesario. Se lía, Sergio, tú mismo lo has visto.

He visto que se cansa, no es lo mismo. ¿Sabes que le dieron un certificado de tutela?

No montes una tragedia. Es solo una recomendación, para que el notario no se ponga quisquilloso. Hoy todos temen a los timadores.

Sergio apretó el móvil.

El notario no “quisquilloso”, comprueba que pueda decidir. Si en su historial pone capacidad limitada, igual ni firma.

¿Y si firma y luego lo anulan? ¿Prefieres que acabemos en juicios? Pablo tenía los argumentos preparados Quiero que todo sea limpio.

Limpio es cuando mamá sabe qué firma. No cuando cuela papeles sin gafas.

¿Otra vez echándome culpas? saltó Pablo Voy a verla más que tú. Yo veo cómo olvida apagar el gas.

Sergio recordó el día anterior, cuando su madre le había llamado preguntando el día de la semana, pero luego clavó la suma del anticipo y preguntó si habían hecho bien el recibí.

Iré al centro de salud dijo Y al notario. Tú ven esta tarde, hablamos delante de mamá.

No delante suyo, que se pone nerviosa.

Justo delante. Es su asunto.

Volvió a la cocina. Su madre miraba por la ventana, como buscando respuestas en la calle.

No te enfades soltó sin girarse Pablo es bueno, solo tiene miedo.

Algo se le movió dentro. Su madre defendía a Pablo incluso en ese momento.

No me enfado con él dijo Sergio Me fastidia que no te pregunten.

Reunió los papeles, puso el certificado aparte y lo metió en el bolso. Antes de irse, revisó los fuegos y las ventanas. Su madre le acompañó a la puerta.

Sergio murmuró No le des mi piso a cualquiera.

Ni a cualquiera, ni a nadie dijo. Ni a ti tampoco.

En el centro de salud, Sergio estuvo casi dos horas. Cola en recepción, búsqueda de consulta, explicar por qué pedía información. La señora de la ventanilla le cortó enseguida:

Confidencialidad. Solo con poder.

Es mi madre, no sabe ni qué firmó. Necesito saber quién puso esa nota.

Que venga ella despachó la funcionaria.

Sergio salió al pasillo y llamó a su madre.

Mamá, ¿puedes venir ahora? preguntó.

¿Ahora? contestó con susto No estoy lista.

Voy a por ti le aseguró. Es importante.

Volvió, subió al quinto, ayudó a su madre con el abrigo, encontró las gafas en el alféizar, donde ella las “guardaba para no perderlas”. Caminaba despacio, agarrada, pero firme.

En el centro de salud, otra vez colas. Su madre miraba carteles sobre revisiones, achicándose.

Como una chiquilla susurró llegando a la ventanilla.

Eres adulta dijo Sergio Pero aquí parece otra cosa.

Con ella, la funcionario se suavizó. Cogió DNI, Tarjeta, buscó la ficha.

Estuvo con el neurólogo hace dos semanas cantó la funcionaria Y derivada a psiquiatría.

Su madre se sobresaltó.

¿A psiquiatría? Nadie me avisó.

Es lo que se hace si hay quejas de memoria la señora justificó, aunque sonaba menos segura.

Sergio pidió el historial y copia del certificado. Le dijeron que no, pero permitieron a su madre pedir un extracto para el notario. Esta vez, ella leyó despacio, con gafas, cada línea.

Aquí está le tendió Si queréis más, hablad con la supervisora.

El despacho tenía el cartelito de “Atención a partir de las 14:00”. Eran las doce y media.

No llegamos murmuró su madre, como quien se quita un peso.

Llegamos insistió Sergio Esperamos.

Sentados en el banco del pasillo, su madre sujetaba el papel como el billete que temes perder.

Sergio sin mirarle A veces me lío. Se me olvida haber comido. Pero no quiero que me… retiren.

Sergio miró sus manos. Piel fina, venas marcadas, pero dedos vivos. Recordó cuando de niño ella le ataba la bufanda, y él odiaba sentir tanta dependencia.

Nadie te retira si tú no lo permites le dijo.

¿Y si no entiendo lo que permito?

Ese sí fue golpe seco.

Entonces estaré contigo aseguró Y haremos para que te enteres.

La supervisora les recibió a las dos y veinte. Mujer sobria, de cincuenta, habla serena.

No hay declaración judicial de incapacidad repasando la ficha Hay nota médica de posible deterioro y sugerencia de consulta a servicios sociales. No le impide firmar.

Pero el notario verá esto y puede negarse alegó Sergio.

El notario evalúa en el momento. Puede pedir informe psiquiátrico o que firme ante médico. Pero ese certificado no es prohibición.

Su madre apretaba el bolso.

¿Quién pidió la nota de tutela? preguntó Sergio.

La supervisora le miró con lupa.

Hay nota: acompañante, hijo. Sin apellido. El médico pudo ponerlo tras el test. Aquí nadie pide que pongan eso a voluntad.

Sergio captó que insistir era absurdo. Todo camuflado como cuidado. Las zonas grises empiezan donde su madre firma sin mirar.

De vuelta a casa, su madre cansada, pero digna. En el bus, de pronto, suelta:

Pablo cree que puedo vender el piso a cualquiera y quedarme en la calle.

Tiene miedo admitió Sergio.

¿Y tú de qué tienes miedo?

No contestó enseguida. Temía perder la compraventa, la pasta del anticipo, que el piso nuevo se fuera, que su madre quedase ahí años. Pero lo que le asustaba más era que su madre dejara de ser persona para la familia y pasase a objeto de cuidado.

De que dejen de preguntarte confesó.

Por la noche Pablo apareció. Se descalzó, fue directo a la cocina como en casa. Su madre sacó platos y ensalada, procurando que pareciera una cena normal.

¿Cómo estás, mamá? Pablo le dio un beso.

Bien contestó seca Hoy me he enterado de que he visto al psiquiatra.

Pablo se congeló, miró a Sergio.

No quería preocuparte, mamá. Es solo el médico. Nos examinan a todos.

No me examinaron, me llevaron.

Sergio puso el extracto sobre la mesa.

Pablo, ¿ves que esta nota puede tumbar la venta? señaló.

¿Y tú entiendes que sin nota puede ser peligroso? replicó Pablo El notario tiene que saber que hacemos las cosas bien. No quiero que digan: La señora no sabía.

Sabe perfectamente sostuvo Sergio.

Hoy sí, ¿y mañana? subía el tono Pablo Lo has visto. Puede firmar cualquier cosa.

La madre golpeó la mesa, no fuerte, pero sonó.

No firmo cualquier cosa espetó Firmo lo que entiendo.

Pablo bajó la vista.

Mamá, estoy agotado murmuró Cada día pienso que te van a llamar para pedir plata. Vi cómo timaron a la vecina. No quiero que te pase.

Sergio entendió que era miedo, no avaricia. Pero no era excusa para decidir por ella.

Hagamos otra cosa propuso Ni tutela ni incapacidad. Vamos al notario antes, sin compradores. Mamá con gafas, tranquila. El notario le pregunta. Si hace falta, informe psiquiátrico confirmando entendimiento. Y poder solo para cosas concretas, con límites. El dinero, a cuenta conjunta: firma mía y de mamá, o de Pablo y de mamá. Como quiera ella.

Pablo levantó la cabeza.

Eso es lento. Los compradores no esperan.

Que se vaya quien no espera soltó Sergio. Vio que su madre se sobresaltaba. No vendo el piso a cambio de declarar a mamá incapaz.

Su madre le miró distinta: agradecida y asustada.

¿Y si perdemos el dinero? preguntó bajito.

Sergio se sentó a su lado.

Igual perdemos el anticipo admitió Y tiempo. Pero si ahora aceptamos la tutela solo por prisa, luego no hay vuelta. Vivirás vigilada y todo será por tu bien.

Pablo apretó los puños.

¿Crees que quiero humillarla? preguntó.

Creo que quieres controlar porque tienes miedo respondió Sergio Y porque es lo más fácil.

Pablo se levantó de golpe.

¿Fácil? Hazlo tú. Tú vienes una vez por semana y me explicas cómo cuidar.

Sergio también se alzó, pero frenó. Vio cómo su madre se encogía, como si la discusión doliera físicamente.

Basta ordenó No importa quién hace más. Aquí mamá va en el centro. Mamá, ¿quieres que Pablo pueda firmar por ti?

Ella tardó en contestar.

Quiero que estéis los dos cuando firme. Y que me digáis la verdad, aunque duela.

Sergio asintió.

Así lo haremos.

Al día siguiente Sergio fue a la notaría solo, con el extracto y el certificado. El despacho estaba en el centro, en un edificio antiguo donde la escalera brillaba a base de pisadas. El notario, hombre con gafas, leyó los papeles con lupa.

El certificado no impide la firma dictaminó Pero recomiendo hacerlo ante psiquiatra, o con informe. Y que su madre firme en persona. Nada de poderes generales.

Los compradores esperan alegó Sergio.

Los compradores siempre esperan ironizó el notario Y otras veces no. Ustedes deciden.

Sergio llamó al agente inmobiliario.

Aplazamos la operación anunció.

¿Cuánto? Notaba el hielo en la voz.

Dos semanas. Queremos el informe médico.

Igual los compradores se largan, y el anticipo habrá que devolverlo.

Se devuelve replicó Sergio, sorprendido de su serenidad.

Esa noche avisó a mamá y Pablo. Pablo maldijo, rumiando has fastidiado la oportunidad, ya lo has liado. Luego se fue, cerrando la puerta sin brusquedad, aunque vibró el perchero.

Su madre en la cocina, jugueteando con el boli.

¿Ya no viene? preguntó.

Vendrá contestó Sergio Solo necesita tiempo.

¿Y yo? preguntó ella.

Y Sergio entendió que no hablaba del tiempo de espera, sino del tiempo que le quedaba para vivir como persona, no solo como “protegida”.

También lo necesitas dijo Y el derecho.

Una semana después, ella y Sergio fueron al psiquiatra privado, evitando la espera. Su madre tensa, pero firme. El médico preguntó la fecha, los hijos, el motivo de vender. Se equivocó con el día, pero explicó perfectamente que vendía para mudarse y usar el dinero para su nueva casa y su vida.

El informe fue claro: “Entiende el significado de sus actos y puede decidir”. Sergio empuñaba el papel como defensa, pero notaba el amargor de haber tenido que certificar que su madre seguía siendo ella.

Los compradores, al final, se largaron. El agente escribió: Han encontrado otro piso. Luego: Devolved el anticipo antes del viernes, si no reclamación. Sergio transfirió el dinero, tirando de ahorros. Dolía, pero no era fatal.

Pablo no llamó tres días. Luego apareció, sin avisar. Sergio oyó a su madre recibirle.

Perdóname, mamá pidió Pablo Me pasé.

No me ofendiste, me asustaste respondió ella.

Pablo se sentó frente a Sergio.

De verdad, pensaba que hacía lo mejor defendió No quería que la atraparan

Lo entiendo aceptó Sergio Pero ahora: cualquier papel solo delante de mamá y de los dos. Si tienes miedo, dilo claro, no vía certificados.

Pablo asintió; en sus ojos, tozudez persistente.

¿Y si ella al final no acabó.

Su madre le miró tranquila.

Entonces decidís juntos. Pero mientras entienda, quiero que me pregunten.

Sergio notó que la familia no era más unida. Las heridas no desaparecieron, solo quedaron bajo, como pozo. La venta falló, hubo que devolver dinero, el piso nuevo se perdió. Pero ahora la carpeta sí tenía papeles distintos: poder limitado para Sergio para facturas y trámites, permiso de cuenta conjunta, y una lista de preguntas que su madre había escrito, grande y claro, para el notario.

Tarde, Sergio se disponía a irse. Su madre le acompañó.

Sergio le tendió otro manojo de llaves Quédate con el segundo juego. No porque no pueda. Porque así estamos más tranquilos.

Cogió las llaves, sintiendo el metal frío, y asintió.

Así estamos más tranquilos repitió.

Salió al rellano, sin bajar en seguida. Tras la puerta sonaron los pasos de su madre, el cerrojo. Sergio pensó que la verdad seguía algo oculta. Quién puso la nota, por qué nadie explicó nada, dónde acaba el cuidado y empieza el control podría salir otra vez. Pero ahora su madre tenía voz, asegurada no solo con palabras, sino con sus acciones compartidas. Y eso sí que no se lo iban a quitar fácil.

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Una sola nota La llave del piso de mi madre estaba en el bolsillo de la chaqueta de Sergio, junto al recibo del anticipo. Tocaba el papel a través de la tela, como si así pudiera mantener la situación bajo control. En tres días firmarían el contrato de compraventa ante el notario; los compradores ya habían transferido cien mil euros y el agente inmobiliario enviaba cada noche recordatorios sobre los plazos. Sergio respondía escuetamente, sin emoticonos, y notaba que leía aquellos avisos como amenazas. Subió al quinto piso sin ascensor, se detuvo ante la puerta, tomó aire y solo entonces llamó. Su madre tardó en abrir. Detrás de la puerta se oyó un arrastre, luego el clic de la cerradura. — ¿Sergio? Espera… la cadena… — hablaba más alto de lo necesario, con tensión, como si ya se estuviese disculpando. Sergio sonrió como mejor supo y le enseñó la bolsa. — He traído comida. Y podemos revisar el contrato otra vez. — El contrato… — la madre retrocedió por el pasillo, dejándolo pasar — Lo recuerdo. Solo no me apures. La casa tenía calor, los radiadores ardían, junto a la entrada reposaba una bolsa con medicinas sobre el taburete. En la mesa de la cocina había un plato con una manzana a medias, al lado un cuaderno donde su madre apuntaba en grandes letras: “Tomar las pastillas”, “Llamar a la comunidad”, “Sergio viene”. Sergio colocó la compra, guardó la leche en la nevera, comprobó si la puerta cerraba bien. Su madre le miraba como si aquello también formara parte del trato. — Has comprado el pan equivocado otra vez — dijo, pero sin enfadarse. — No había otro — contestó Sergio — Mamá, ¿recuerdas por qué vendemos? Ella se sentó, juntó las manos en el regazo. — Para que sea más fácil para mí. Para no tener que subir estos pisos. Y para que vosotros… — dudó, como si el ‘vosotros’ pesara — Para que no discutáis. Sergio sintió el coraje subir, no hacia ella, sino hacia la frase. Discutían, sí, pero susurros por teléfono para que su madre no oyera. — No discutimos — mintió — Lo estamos resolviendo. Ella asintió, pero su mirada era clara, terca. — Quiero ver la nueva casa antes de firmar. Dijiste que iríamos. — Mañana vamos — prometió — Es la planta baja, hay patio, comercio cerca. Sacó los papeles de la carpeta: contrato previo, recibo, nota del registro, fotocopias de los DNI. Todo ordenado, como si el archivo compensase el desorden familiar. — ¿Y esto? — su madre señaló otra hoja, desconocida para Sergio. Era fina, con sello del ambulatorio y firma de un médico. Arriba, “Informe”. Abajo, frases que le secaron la boca a Sergio: “signos de deterioro cognitivo”, “se recomienda valorar tutela”, “posible capacidad limitada”. — ¿De dónde ha salido esto? — preguntó, esforzándose por sonar plano. Ella lo miró como si fuera ajeno. — Es… me lo dieron. En el centro de salud. Pensaba que era para el balneario. — ¿Quién? ¿Cuándo? Se encogió de hombros. — Fui con… — buscó la palabra — con Pablo. Dijo que mejor comprobar la memoria, por si alguien me engañaba. Yo acepté. En el mostrador pidieron mi firma y yo firmé. No leí, no tenía las gafas. Sergio sintió cómo la imagen cobraba forma, empeorando todo. Su hermano menor, Pablo, llevaba meses repitiendo: “Mamá no puede estar sola, se le olvida todo, la van a engañar”. Lo decía con cuidado, pero sonaba a cansancio. — Mamá, ¿sabes qué significa esto? — Sergio alzó el papel. — ¿Que soy… tonta? — No. Que alguien empezó a tramitar que no puedas firmar sola. Que decidan por ti. Ella levantó la cabeza de golpe. — No soy una niña. Sergio vio cómo se le temblaban los labios. No lloraba, pero tenía los ojos húmedos, como de un disgusto que no se puede mostrar. — Sé dónde guardo mi dinero — dijo rápidamente — Sé que os llevaba al colegio. Sé que el piso es mío. No quiero que me… — no acabó la frase. Sergio devolvió con cuidado el papel a la carpeta, como si quemara. — Me encargaré yo — dijo — Hoy mismo. Salió al balcón para llamar a su hermano. Allí estaban los botes de pepinillos de su madre, vacíos, limpios, metidos en una caja. Las tapas aparte, ordenadas. Su madre podía olvidar dónde puso las gafas, pero nunca el orden de los botes. Pablo contestó al momento. — ¿Cómo va todo? — le decía con su tono animado, el que usaba para fingir seguridad. — ¿Tú llevaste a mamá al ambulatorio? — preguntó Sergio. Pausa. — Sí. Y qué. Lo dije, hacía falta. Se lía mucho, Sergio; lo has visto. — La veo cansada. No es igual. ¿Sabes que le han dado un papel sobre tutela? — No exageres. Es consejo. Para que el notario no se ponga quisquilloso. Hoy en día, todos temen a los estafadores. Sergio apretó el móvil. — El notario no “quisquilloso”; verifica la capacidad. Si ahora figura “posiblemente limitada”, pueden echar atrás la operación. — ¿Y si la hacemos y luego se impugna? ¿Quieres que nos lleven a juicio? — Pablo soltaba sus argumentos rápidos — Solo quiero que salga todo claro. — Claro sería si mamá entiende lo que firma. No si le meten papeles sin gafas. — ¿Siempre me lo achacas? — a Pablo se le notaba el enfado — Yo voy más que tú. Sé que se le olvida apagar el gas. Sergio recordó cómo su madre le llamó el día anterior para preguntar la fecha, pero luego repitió la cifra del anticipo y si el recibo era correcto. — Voy hoy al centro de salud y al notario — dijo Sergio — Y tú vendrás por la tarde. Lo hablamos con mamá. — No delante de ella, se pone nerviosa. — Sí delante. Es su asunto. Sergio volvió a la cocina. Su madre se quedó mirando la ventana, como si allí estuviese la respuesta. — No te enfades conmigo — dijo sin girarse — Pablo es buen chico. Solo tiene miedo. Sergio sintió que algo se movía por dentro. Incluso ahora, su madre protegía al hermano. — No estoy enfadado con él — dijo — Me molesta que no te pregunten. Recogió la carpeta, metió la hoja en un nuevo archivo y guardó en la bolsa. Antes de irse comprobó la cocina y las ventanas. Su madre le acompañó a la puerta. — Sergio — susurró — No des mi piso a cualquiera. — A nadie — respondió él — Y a ti tampoco. En el centro de salud, Sergio pasó casi dos horas entre colas y despachos, explicando por qué quería información. En recepción, una mujer con cara cansada dijo: — Ley de protección de datos. Solo con autorización. — Es mi madre — Sergio se contuvo para no subir el tono — No sabe lo que ha firmado. Al menos quiero saber quién inició la anotación. — Que venga ella — cortó la mujer. Fuera, llamó a su madre. — Mamá, ¿puedes venir ahora? — preguntó. — ¿Ahora? — sonaba inquieta — Yo… no estoy preparada. — Te recojo, es importante — prometió. Volvió al quinto piso, ayudó a mamá con el abrigo, encontró sus gafas en el alféizar, “para no olvidarlas”. Ella caminaba despacio, firme. En el centro de salud, esperaron otra cola. Ella observaba a la gente y los carteles como si se encogiera. — Como una colegiala — murmuró cuando llegaron al mostrador. — Eres adulta — la tranquilizó Sergio — Esto son trámites. Con ella, en recepción fueron amables. Recogieron DNI, tarjeta, revisaron el historial. — Fue al neurólogo hace dos semanas. Al psiquiatra por indicación médica. Su madre se sobresaltó. — ¿Al psiquiatra? Nadie me avisó. — Es lo normal en problemas de memoria — apuró la recepcionista, sin convicción. Pidieron un resumen de visitas y copia del informe. Denegaron a Sergio, pero permitieron a su madre pedir una anotación para el notario. Firmó el formulario, esta vez con gafas, leyendo despacio. — Tomen, — la recepcionista les dio la hoja — Vayan a hablar con la directora si tienen dudas. La directora no atendía hasta las 14:00; eran las 12:30. — No nos da tiempo — dijo mamá, algo aliviada. — Esperamos — insistió Sergio. Se sentaron en el banco del pasillo. Mamá sujetaba el resumen como un billete que podían quitarle. — Sergio — murmuró ella — A veces de verdad me lío. Olvido si ya he comido. Pero no quiero que me… descarten. Sergio miró sus manos, la piel fina y los dedos aún ágiles. Pensó en cuando de niño ella le ataba la bufanda. Y cómo él también se avergonzaba de sentirse indefenso. — Nadie te va a descartar si no lo permites — dijo él. — ¿Y si no entiendo lo que permito? Eso le golpeó más que el informe. — Yo estaré contigo — respondió — Y lo haremos para que comprendas. La directora les atendió a las 14:20. Mujer pulcra, tranquila. — No hay resolución judicial de incapacidad — repasó la ficha — Sí una anotación médica sobre posible deterioro y recomendación de consultar tutela. Eso no impide que firme ningún documento. — El notario verá eso y rechazará — replicó Sergio. — El notario valora el estado en el acto. Si duda, pide informe médico o presencia de facultativo, pero el informe no es prohibición. Su madre apretó la bolsa. — ¿Quién pidió incluir la tutela? — preguntó Sergio. La directora le miró fijo. — Pone “hijo acompañante”. Sin apellido. El médico lo anotó tras las pruebas. Nadie pide que se escriba eso por petición. Sergio entendió que allí todo sería “por protocolo”. Las zonas grises comenzaban cuando su madre firmaba sin leer. De vuelta a casa, su madre ya estaba cansada. En el autobús soltó de pronto: — Pablo teme que venda el piso y me quede en la calle. — Tiene miedo — respondió Sergio. — ¿Tú de qué tienes miedo? Sergio lo dudó. Temía que se cancelase la operación, que el comprador reclamara el anticipo, que perdiesen la nueva casa y su madre se quedase años en aquel portal. Pero más temía que mamá dejara de ser persona y se convirtiera en “objeto de cuidado”. — Temo que dejen de consultarte — confesó. Por la tarde Pablo vino. Se quitó los zapatos, entró en la cocina como en casa. Mamá sacó platos y ensalada. Sergio notó que ella se esforzaba en aparentar normalidad, como en cualquier cena familiar. — Mamá, ¿cómo estás? — Pablo se inclinó y la besó. — Bien — respondió seca — Hoy he sabido que estaba en psiquiatría. Pablo se paró, miró a Sergio. — No quería asustarte, mamá. Es solo un médico. Lo hacen a todos. — No me examinaron — dijo ella — Me llevaron. Sergio dejó resúmenes sobre la mesa. — Pablo, ¿sabes que esa anotación puede echar por tierra la venta? — ¿Tú sabes que sin ella puede ser peligroso? — Pablo ya alzaba la voz — El notario tiene que ver que todo está en regla. No quiero que digan “la señora no entendía”. — Sí entiende — aseguró Sergio. — Hoy sí, mañana no — Pablo elevó el tono — Lo ves tú mismo. Se le olvida todo. Firma cualquier cosa. La madre tocó la mesa con la palma, suave pero firme. — No firmo cualquier cosa. Firmo lo que me explican. Pablo bajó la vista. — Mamá, de verdad estoy agotado — dijo — Cada día pienso que te llamarán y te pedirán dinero urgente. He visto cómo timaron a la vecina. No quiero eso para ti. Sergio detectó miedo, no codicia en sus palabras. Pero el miedo no autoriza decidir por mamá. — Hagamos algo distinto — sugirió Sergio — Nada de tutela. Nada de “incapacidad”. Vamos al notario antes, sin compradores. Mamá, con gafas, tranquila. Dialoga con el notario. Si hace falta, informe psiquiátrico de que comprende el acto. Y la autorización solo para acciones concretas, con límites. El dinero irá a una cuenta con dos firmas: tuya y la de mamá. O de Pablo y mamá. Como ella decida. Pablo alzó la cabeza. — Eso lleva tiempo. Los compradores no esperan. — Entonces que se vayan — cortó Sergio, y vio a mamá sobresaltarse — No voy a vender a costa de que declaren incapaz a mamá. Ella le miró con una mezcla de agradecimiento y miedo nueva. — Sergio, ¿y si perdemos el dinero? Se sentó junto a ella. — Podemos perder el anticipo y tiempo — admitió — Pero si ahora aceptamos la tutela para ir rápido, luego no hay marcha atrás. Vivirás controlada y cada decisión se justificará “por tu bien”. Pablo apretó los puños. — ¿Crees que quiero humillarla? — preguntó. — Quieres controlar por miedo, y porque así parece más fácil — respondió Sergio. Pablo se levantó de golpe. — Más fácil, sí. Hazlo tú. Vienes una vez por semana y me dices cómo cuidar mejor. Sergio también se levantó, pero se detuvo. Vio a la madre encogida, como si la discusión doliera físicamente. — Alto — zanjó — No es quién hace más. Es que mamá debe decidir. Mamá, ¿quieres que Pablo firme por ti? Ella tardó en contestar. Al fin dijo: — Quiero que estéis los dos cuando firme. Y que me expliquéis todo. Aunque sea desagradable. Sergio asintió. — Así será. Al día siguiente, fue solo al notario con los papeles. La oficina estaba en un edificio antiguo, con la escalera gastada. El notario revisó con atención. — Este informe no es motivo de rechazo — dijo — Recomendable que esté presente un psiquiatra o tener un informe. Y sólo con la comparecencia personal de su madre. Nada de poderes generalizados. — Los compradores esperan — dijo Sergio. — Los compradores siempre dicen eso — replicó el notario — Al final deciden ustedes. Sergio salió y llamó al agente. — Movemos la cita — dijo. — ¿Cuánto? — el tono era frío. — Dos semanas. Hay que presentar informe médico. — Los compradores podrían retirarse — avisó — Y devolver el anticipo. — Lo devolveré — replicó Sergio, sorprendiéndose por su propia calma. Por la tarde se lo contó a su madre y a Pablo. Pablo protestó, habló de “oportunidad perdida”, que “lo has echado a perder”. Se calló y se fue, la puerta tembló. La madre se quedó en la cocina, jugueteando con un bolígrafo. — ¿No volverá? — preguntó. — Sí, volverá — aseguró Sergio — Solo necesita tiempo. — ¿Y yo? — preguntó ella. Sergio entendió que se refería a su tiempo vital, cuánto le quedaba viviendo como “tutelada”. — Tú también. Y tu derecho. Una semana después, fueron juntos a un psiquiatra privado, para ahorrar esperas. Su madre estaba nerviosa pero firme. El médico, tranquilo, le preguntó por fechas, hijos, el sentido de la operación. Ella se equivocó en un número, pero explicó perfectamente que vendía para comprar otro piso, y que el dinero se destinaría a vivienda y gastos. El informe fue breve: “La paciente comprende el alcance y significado de la operación y puede tomar decisiones”. Sergio sostenía el papel como un escudo, aunque sentía la tristeza de que tuviera que demostrar la autonomía de su madre con un sello. Los compradores finalmente se retiraron. El agente avisó: “Han encontrado otra opción. Devuelvan el anticipo antes del viernes, si no reclamaremos”. Sergio devolvió el dinero, completando desde sus ahorros. Dolía, pero no era el fin. Pablo pasó tres días sin llamar. Luego apareció sin avisar. Su madre abrió, Sergio oyó sus voces en el pasillo. — Mamá, perdona — dijo Pablo — Me pasé. — No me ofendiste — ella respondió — Me asustaste. Entró en la cocina, se sentó enfrente de Sergio. — Creí de verdad que hacía lo correcto — confesó — No quería que le pasara nada… — Lo entiendo — dijo Sergio — Pero ahora será así: todo se firma contigo y conmigo delante. Y si tienes miedo, dilo sin papeles. Pablo asintió, aún con gesto terco. — ¿Y si al final ella…? — dejó la frase en el aire. La madre le miró serena. — Entonces decidiréis entre los dos. Pero mientras yo esté bien y entienda, quiero que me pregunten. Sergio vio que la familia no era más unida ahora. Las heridas quedaron bajo la superficie. Pero en la carpeta tenían escritos nuevos: poder limitado para Sergio en gestiones bancarias y facturas, autorización de mama al cuenta conjunta, y la lista de preguntas que ella misma anotó para el notario. Tarde, Sergio se preparaba para irse. Su madre le acompañó a la puerta. — Sergio — le extendió un manojo de llaves — Llévate el segundo juego. No porque yo no pueda, sino porque así estamos más tranquilos. Sergio cogió las llaves, sintiendo el frío del metal, y asintió. — Así estamos más tranquilos — repitió. Salió al rellano y no bajó de inmediato. Tras la puerta, se oían los pasos de mamá y el clic de la cerradura. Sergio pensó que la verdad no había salido del todo. Quién en el ambulatorio escribió aquel informe, por qué nadie avisó a su madre de lo que firmaba, dónde acaba el cuidado y empieza el control — todo eso podía aún salir. Pero ahora su madre tenía voz, no solo en palabras sino en hechos. Y eso ya no se podía arrebatar tan fácilmente.