El trastero y las escalas
Se adentró en el trastero, no para buscar recuerdos, sino para encontrar el tarro de aceitunas aliñadas que necesitaba para la ensalada. En la balda superior, detrás de una caja llena de luces navideñas, sobresalía el vértice de una funda, ese tipo de objetos que parecen perderse en los sueños y se resisten a desaparecer del piso. La tela estaba oscurecida, la cremallera encallada como si la memoria misma la cerrase. Tiró despacio, y desde las profundidades emergió el cuerpo del estuche: largo, estrecho, como la sombra estirada de un gato que se esconde cuando llega la siesta.
Dejó el tarro sobre el taburete junto a la puerta, para no olvidarlo, y se agachó sin pensarlo dos veces, como si cambiar de postura le ayudase a retrasar el momento de decidir. La cremallera cedió en el tercer intento. Dentro dormía un violín. Por lugares el barniz había perdido brillo, las cuerdas colgaban flojas, el arco parecía una escoba vieja. Pero la forma era reconocible y, al descubrirlo, algo en el pecho hizo clic, como un interruptor que cambia el tono del sueño.
Recordó entonces los años de instituto, llevando aquel estuche bajo el brazo por el barrio, aunque le avergonzaba la imagen reflejada en las cristaleras de la Gran Vía. Luego vinieron las prácticas, el trabajo, la boda, y un día dejó simplemente de acudir al conservatorio porque había que llegar a una vida diferente. El violín terminó guardado en casa de sus padres, y con la mudanza cruzó los vertiginosos pasillos de su existencia, hasta acabar allí, entre bolsas y cajas. No estaba ofendido, sólo olvidado, como los versos de una copla demasiado antigua.
Lo sostuvo con cautela, temiendo que se deshiciera como las palabras cuando despiertas. La madera, sin embargo, se sentía tibia al tacto, aunque el trastero estuviera frío como una madrugada de enero en Salamanca. Los dedos encontraron el mástil y, en ese instante, el gesto se volvió torpe: la mano ya no recordaba cómo se sostenía un fragmento de infancia.
En la cocina el agua comenzaba a hervir, fintando la lógica de los sueños con su insistencia. Cerró la puerta del trastero, pero no volvió a guardar el estuche. Lo instaló en el pasillo, apoyado contra la pared como quien deja una escultura vigilante, y fue a apagar la placa. La ensalada podía sobrevivir sin aceitunas. Se sorprendió a sí misma buscando una excusa en esa decisión de último minuto.
Por la noche, cuando los platos ya estaban limpios y en la mesa solo quedaban migas de pan de hogaza y la inquietud del día, llevó el estuche al salón. Su marido cambiaba de canal sin prestar atención a las imágenes, como si el televisor le susurrara nombres de ciudades que no existen. Al verla, levantó la mirada.
¿Qué has encontrado ahí?
El violín, contestó, y la voz le salió tan tranquila que casi le asustó.
Vaya, ¿aun respira? sonrió él, con esa ironía doméstica que se instala en las casas de Madrid cuando la rutina hace nido.
No sé. Ahora lo sabremos.
Abrió el estuche en el sofá, usando una toalla gastada para proteger la tapicería. Extrajo el violín, el arco, una caótica cajita de resina, cuyas grietas parecían reflejos de la escarcha sobre la acera. Pasó el arco por ella, pero apenas rozó la superficie.
Afinar resultó humillante; los clavijeros chirriaban, las cuerdas respondían con reproches, una se rompió al punto de golpearle el dedo. Maldijo en susurros para que no se colara el eco por la pared. Su marido soltó un pequeño bufido.
Quizá deberías llevarlo al luthier, sugirió.
Quizá, dijo ella, y la pena le subió desde la muñeca: no era culpa suya, sino de esa parte de uno que no sabe ni ajustarse.
Encontró en el móvil una aplicación de afinador y lo dejó sobre la mesa de centro. El aparato mostraba letras y la aguja danzaba como aquellas procesiones imposibles. Giró clavijas, oyó caer el sonido en saltos extraños. El hombro se le agarrotaba, los dedos se quejaban como los clavos de una vieja puerta en Segovia.
Cuando por fin las cuerdas dejaron de sonar como cables al viento, levantó el violín hasta la barbilla. El apoyabarbilla estaba tan frío que la piel pareció diluirse, volviéndose transparente. Intentó enderezar la espalda, recordando las enseñanzas de su profesora, pero el cuerpo se resistía. Se rió de sí misma.
¿Habemus concierto? preguntó su marido sin levantar la vista.
Para ti, dijo ella. Sujeta el sofá.
El primer sonido fue tan feo que se estremeció. No era una nota, sino una queja. El arco temblaba, la línea no se fijaba, el aire llenaba huecos de huecos. Paró, respiró, lo intentó de nuevo; salió mejor, pero el bochorno seguía ahí.
Era una vergüenza adulta, extraña. No la anterior, adolescente, que te hace creer que el mundo observa. Aquí sólo miraban las paredes, su marido, sus dedos ajenos.
Tocó las cuerdas al aire, lentamente, contando mentalmente. Probó la escala de re mayor, la mano izquierda se confundía. No recordaba la ubicación de los dedos: ahora eran más gruesos y blandos, y la yema no acertaba. Faltaba dolor en las puntas, sólo sentía ese tacto estéril de la piel.
No pasa nada, dijo él de pronto. Nadie nace sabiendo.
Ella asintió, sin saber a quién se dirigía ese consuelo: ¿a él, a sí misma, al violín?
Al día siguiente fue al taller de instrumentos cerca de Sol. Nada tenía de poético: puerta de cristal, mostrador, paredes repletas de guitarras y violines, el olor a barniz y polvo recordando el aire de Castilla. El luthier era un chico joven, con pendiente y actitud de quien sabe sostener todos los sueños en la mano.
Las cuerdas hay que cambiar sí o sí, anunció. Lubricar clavijas, ajustar el puente. El arco quizá tirar, agregó, pero eso cuesta más.
La palabra más le tensó como un euro malgastado. Pensó en las facturas de la luz, medicamentos, el regalo de cumpleaños para la nieta. Estuvo a punto de decir Bueno, lo dejamos. Pero preguntó:
¿Y si sólo cambiamos cuerdas y ajustamos el puente, de momento?
Se puede. Sonará.
Dejó el violín, recibió el recibo y lo guardó en la cartera, junto a unas monedas de euro. Al salir, la ciudad le pareció ajena: no había dejado un objeto en reparación, sino una parte de sí misma esperando arreglarse.
En casa abrió el portátil, buscó clases de violín para adultos. Le hizo gracia la expresión. Adultos. Como si hubiera una tribu que necesita explicaciones más pacientes y dulces.
Encontró anuncios variados, algunos prometían resultado en un mes, otros hablaban de método personalizado. Cerró la pantalla: las palabras la inquietaban, aunque volvió a abrir la pestaña y escribió a una profesora del barrio de Retiro. Breve: Hola. Tengo 52 años. Quiero retomar. ¿Es posible?
Nada más pulsar enviar, se arrepintió. Quiso borrar el mensaje, como si fuera una confesión de debilidad, pero ya había volado entre los cables del sueño.
Por la tarde llegó su hijo. Entró a la cocina, besó su mejilla, preguntó por el trabajo. Ella puso agua a calentar, sacó unas pastas. El hijo vio el estuche en el rincón del salón.
¿Eso es un violín? se asombró.
Sí. Lo encontré. Estoy pensando en intentarlo.
¿En serio, mamá? Sonrió, pero la sonrisa era desconcertada. Hace tanto
Hace mucho, admitió ella. Por eso.
Se sentó el hijo, giró la pasta entre los dedos.
¿Para qué lo haces? preguntó, tras una pausa. Ya tienes bastante.
Sintió la defensa creciendo dentro: explicar, justificar, demostrar que tenía derecho. Pero toda excusa resulta triste.
No lo sé, dijo sincera. Simplemente me apetece.
Él la miró de otra forma, como si viera por primera vez a la mujer que hay detrás de la madre.
Bueno vale, dijo. Pero no te pases. Que los vecinos no sufran.
Se rió.
Sobrevivirán. Tocaré de día.
Cuando se marchó, se sintió ligera. No porque él lo permitiera, sino porque no se había justificado.
Dos días después recogió el violín del taller. Las cuerdas brillaban, el puente estaba firme. El luthier le mostró cómo tensar y guardar el instrumento.
No cerca del radiador, le recordó. Siempre en la funda.
Asintió dócil, como una estudiante. En casa dejó el estuche sobre la silla, lo abrió y lo contempló largo rato, temerosa de estropear el momento.
El primer ejercicio fue el más sencillo: arco largo en cuerdas al aire. De niña le parecía un castigo aburrido; ahora era rescate. Sin melodía, sin juicio. Sólo el sonido, intentando hacerlo uniforme, como el silencio en una siesta española.
Al cabo de diez minutos le dolía el hombro; a los quince, el cuello. Paró, guardó el violín, cerró la cremallera. Se llenó de enfado: por el cuerpo, por los años, porque todo cuesta más.
Fue a la cocina, llenó un vaso de agua, se sentó y miró por la ventana. En la plaza unos adolescentes correteaban, lanzándose sobre patinetes y risas. Sufrió una envidia extraña: no por su juventud, sino por su descaro. Caían, se levantaban, probaban de nuevo, sin importarles aprender a equilibrarse tarde.
Regresó al salón y volvió a abrir el estuche. No era necesidad, era decisión: no dejar que el enfado cerrase el día.
Por la tarde llegó la respuesta de la profesora: Hola. Por supuesto que es posible. Ven, empieza por postura y ejercicios sencillos. La edad no importa, pero paciencia sí. Leyó dos veces la palabra paciencia; era honesta y la serenó.
Al primer día de clase fue con el estuche en brazos, como si llevara una urna frágil. En el metro la gente miraba, uno sonreía. Aceptó sus miradas: que miren, está bien.
La profesora era una mujer baja, de unos cuarenta años, pelo corto y ojos atentos. Había un piano, libros de partituras y una pequeña viola infantil en una silla.
Vamos a ver, dijo, toma el instrumento.
Ella lo hizo y notó enseguida que lo sostenía mal. Subía el hombro, tensaba la barbilla, la muñeca izquierda era un tronco.
No pasa nada, dijo la profesora. Si no has tocado en años, hay que empezar de cero. Solo quédate ahí, respira. El violín no es enemigo.
Le dio risa y algo de pudor: tenía cincuenta y dos y estaba aprendiendo a sostener un violín. Pero sentía algo liberador. Nadie pedía que fuese buena: sólo que estuviera.
Tras la clase tenía las manos temblorosas como después de andar bajo lluvia. La profesora le recetó: diez minutos diarios de cuerdas al aire, luego una escala, sin pasarse. Mejor poco y constante, insistió.
En casa, su marido preguntó:
¿Cómo fue?
Duro, dijo. Pero bien.
¿Contenta?
Se quedó pensativa. Contenta no era exacto. Sentía inquietud, gracia, bochorno y algo tibio como la luz de la Plaza Mayor al atardecer.
Sí, admitió. Como si volviera a hacer algo con las manos, no sólo a trabajar y cocinar.
A la semana se atrevió con una pequeña melodía que recordaba de niña. Halló la partitura en internet, la imprimió en la oficina, la escondió entre papeles para evitar miradas curiosas. En casa la dispuso sobre un atril improvisado, hecho de un libro grueso y una caja de polvorones.
El sonido era desigual, el arco rozaba otras cuerdas, los dedos fallaban. Paraba, empezaba de nuevo. En un momento el marido se asomó.
Suena bonito, dijo preocupado, temiendo romper el hechizo.
No digas eso, replicó ella.
No miento. Es que se nota.
Ella sonrió. Se nota era casi un halago.
El fin de semana vino la nieta, de seis años. Nada más verla se abalanzó al estuche.
¿Eso qué es, abuela?
Un violín.
¿Tú sabes tocar?
Quiso decir Antes, pero para su nieta sólo existe el presente.
Estoy aprendiendo, dijo.
La niña se sentó en el sofá, manos juntas como en función escolar.
Toca.
Sintió que todo por dentro se apretaba. Tocar delante de un niño era más difícil que ante adultos. El niño escucha de verdad.
Vale, dijo, y tomó el violín.
Tocó la melodía que había trabajado toda la semana. En el tercer compás, el arco patinó y el sonido salió chirriante. La nieta no se inmutó. Inclinó la cabeza.
¿Por qué suena así?
Porque abuela todavía arrastra el arco, explicó, riendo.
La nieta también rió.
Hazlo otra vez, pidió.
Y tocó otra vez. No mejoró, pero no paró por vergüenza. Terminó la pieza hasta el último suspiro.
Por la noche, cuando los sueños de la casa flotaban en silencio, ella se quedó en el salón. Sobre la mesa, partituras marcadas con lápiz en los compases difíciles. El violín en su funda, la funda cerrada, pero no guardada en el trastero. Quedó junto a la pared, como recordatorio de que ahora era parte de su rutina.
Puso el temporizador del móvil en diez minutos. No para obligarse, sino para no fundirse de golpe. Abrió la funda, sacó el violín, comprobó la resina, el arco correcto. Elevó el instrumento a la barbilla, suspiró.
El sonido salió más suave que por la mañana; luego volvió a fallar. No maldijo. Sólo corrigió la mano y siguió arriando el arco largo, escuchando cómo la nota se sostenía y vibraba como los ecos en la Catedral de León.
Cuando sonó el temporizador, no bajó las manos enseguida. Acabó el arco, guardó el violín con cuidado, y dejó la funda junto a la pared, lejos del trastero.
Sabía que el día siguiente sería igual: un poco de bochorno, algo de cansancio, unos segundos limpios por los que merece la pena abrir la funda. Y era suficiente para continuar.







