¿Me ayudas a llevar la maleta con tus cosas ahora? propuso Celia.
¡Llévala tú!
¿Cómo? se sorprendió la joven, que ya se preparaba para una larga marcha, ¿tan rápido?
Pues nada, ¿qué tal si te ayudo con la maleta? repitió Celia.
¿Qué maleta? ¡Llevad vosotras vuestras maletas! pensó Nuria, mientras se enclaustraba en la alfombra del recibidor y salió; todo parecía haber salido bien, aunque quedó un sabor amargo.
Al atardecer, la casa se vio sacudida por una noticia que cambió el rumbo de todo.
¡Vas a tener un hijo! exclamó con solemnidad Nuria, mirando a León, su marido, a la espera de la reacción esperada. ¿No estás feliz, cariño?
Nuria Fernández había llegado al instituto de enfermería en su tercer curso. Allí conoció a Víctor Rojas, procedente de otra localidad. El padre de Víctor, militar, fue destinado a una nueva guarnición y la familia se mudó. Nuria, que había entablado una relación con Víctor, lo siguió, convirtiéndose en una auténtica compañera de batallas.
Víctor, sin embargo, no estaba dispuesto a quedarse. Cuando la mudanza terminó y Nuria descubrió que pronto sería madre, su pareja desapareció como si se hubiera desvanecido del mapa: se alejó de sus padres, se llevó los documentos del último año de la escuela de enfermería y dejó el teléfono sin señal.
En aquel momento, la mirada atenta del profesor de anatomía, León García, empezó a cruzarse con la de Nuria. Ella, ingeniosa y con una melena rizada que siempre hacía bien a su ingenio, comprendió que volver al hogar de sus padres con un bebé no era opción; aquello no auguraba nada bueno.
El hijo que esperaban era la única esperanza de sus padres, quienes temían que la ausencia de la niña provocara una nueva crisis familiar. Además, la llegada de otro ser a una casa ya abarrotada no era bien recibida.
Ante la falta de apoyo, Nuria buscó en un hombre de treinta años, ya adulto y establecido, una salida. Todos sabían que la familia de León no tenía hijos, y ella, con la mezcla de orgullo y desesperación, se entregó a un hombre casado.
¿No te importa la anticoncepción? le preguntó Nuria al ver que León no hacía caso a los métodos. Entonces quieres ser padre, ¿no?
Pues claro respondió él, sin saber que estaba aceptando el papel de futuro padre.
Nuria, con una sonrisa que ocultaba la ansiedad, se prometió a sí misma hacer realidad aquel sueño: Llevaré a León a ser un buen padre.
Pasados un mes y medio, la noticia pudo ser anunciada: el bebé nacería prematuro, de siete meses, y la familia tendría que cuidarlo con esmero. Todo estaba planeado: una cena ligera en un ambiente festivo, mientras Nuria rentaba una habitación en la casa de una anciana que vivía sola y aceptaba pagar una pequeña cuota.
La anciana, aunque algo atrevida en sus costumbres íntimas, no se quejaba de los encuentros de su inquilina siempre y cuando le pagara la luz y le ofreciera algún dulce de vez en cuando. La vida de los jubilados no era fácil.
Cuando León tomó una copa de vino y Nuria bebió un sorbo, ella le entregó la prueba de embarazo, como en los dramas televisivos, y le dijo: ¡Vamos a tener un hijo! ¿No te alegra, querido?.
Él, sin embargo, no respondió con un baile ni con promesas de matrimonio. Tras un breve silencio, soltó:
¡No estoy preparado!
¿Para qué no estás preparado? exclamó Nuria, sorprendida. Siempre fuiste tan resuelto como un pionero.
Para el niño.
¿Entonces estabas listo para engendrar, pero no para criarlo? replicó ella con media sonrisa, sintiendo el golpe.
León se levantó y se marchó. Nuria, enfadada, lo llamó ¡maldito profesor! con la misma crudeza con la que antes lanzaba insultos en su lengua materna. No era que él fuera un hombre sin corazón, simplemente era infértil; el bebé no podía ser suyo.
Nuria recordó que León había mantenido una relación anterior con Víctor, quien había desaparecido. El rompecabezas encajó.
León había contraído paperas en la infancia, lo que le había dejado una infertilidad irreversible. Tras tres años de matrimonio, su esposa tampoco había logrado concebir, y los análisis mostraban una escasa y perezosa producción de espermatozoides.
Solo ellos sabían esa verdad, guardándola con recelo mientras fingían buscar soluciones. Decidieron, más tarde, adoptar a un niño del orfanato, aunque mientras tanto vivían como una pareja convencional.
El padre de León, enfermo de cáncer, no sabía de la infertilidad de su hijo; la familia le ocultaba la realidad para no quebrantarle el ánimo. Cuando la enfermedad avanzó, León y Celia acordaron que su padre se fuera tranquilo, pues el conocimiento excesivo solo aumentaba el dolor.
En el hogar, todo parecía bien: León amaba a Celia y ella confiaba plenamente en él. Una pequeña infidelidad, según ellos, sólo fortalecía el matrimonio.
Cuando Nuria anunció su embarazo, el afecto del profesor por ella disminuyó notablemente. León, cansado de los rumores, empezó a ignorarla. Nuria, sin opciones, se presentó en su casa para decirle la verdad a su esposa, esperando ser expulsada.
Celia, mujer equilibrada, reaccionó con frialdad:
Llévatela.
¿Cómo? se volvió la joven, desconcertada por la rapidez.
Así que, ¿me vas a cargar la maleta con tus cosas ahora? insistió Celia.
¿Qué maleta? ¡Cargad vosotras vuestras! pensó Nuria, mientras cruzaba la puerta del vestíbulo, sintiendo que todo había quedado bien, aunque con una sombra persistente.
Esa noche, la casa estalló en discusiones.
¿En quién confías, Celia? exclamó León, indignado. No hay pruebas de lo que dices. Yo, el marido ejemplar, solo quiero lo mejor.
Celia, fiel a su marido, le creyó una vez más; el asunto quedó sin resolver.
Nuria, que no era una tonta, comprendió que los tiempos de las protestas y los partidos obreros habían terminado. Decidió seguir el consejo del gran líder que decía: ¡Tomaremos otro camino!.
Así, se dirigió a la casa de Yurí García, padre de León, cuyo domicilio había encontrado en internet. El anciano, bajo los efectos de sus medicinas, recibió a la joven embarazada con alegría: ¡Tendré nieto!, exclamó, y le ofreció una ayuda económica de treinta mil euros al mes, con la condición de que su hijo decidiera su futuro sin prisas.
Yurí, que también apreciaba a Celia, quiso mantener el secreto hasta que fuera necesario. Nuria, con la dicha de la ayuda, dejó el estudio y se dedicó a trabajar para sostener a su bebé. Aquellos treinta mil euros, modestos para otros, representaban una fortuna para ella, proveniente de una familia humilde.
El embarazo transcurrió sin náuseas graves; Nuría compraba pequeñas cosas rosadas para su hija, y el ultrasonido confirmó que sería una niña. Cada vez que visitaba a Yurí, él le ofrecía frutas jugosas que ella jamás habría podido comprar. Cuando llegó el momento del parto, el abuelo acudió al hospital junto a una cuidadora, pese a sus limitados pasos, prometiendo no abandonarla.
¡Claro que no la dejaré! pensó Nuria, mientras mordía una cereza. Y ese levita de León, que se lava los ojos con lágrimas, también lo hará.
Yurí falleció cuando la niña cumplió medio año; la enfermedad, como suele pasar, se llevó al hombre. Nuría asistió al funeral, y una vecina mayor, sin mucha pena, aceptó cuidar a la pequeña, diciendo: No la saco de la cuna, pero la vigilo.
Nuria había acudido al funeral pensando que se le leería el testamento donde se nombraba a la nieta; sin embargo, no había documento alguno. El abuelo no había cumplido sus promesas. La familia, sorprendida por la presencia de Nuría, la dejó fuera de los recuerdos y la niñera, bajo presión del esposo de la familia, cerró la puerta del autobús que la llevaba al almuerzo memorial. El vehículo arrancó, y Nuría, corriendo tras él, golpeó la puerta sin éxito.
Con los ahorros de los treinta mil euros, la capital de maternidad y la pensión de madre soltera, Nuría había acumulado suficiente fondo para seguir adelante. Decidió buscar empleo y continuar sus estudios a distancia, algo factible en aquellos tiempos.
Al final, la empleó un centro médico como operadora telefónica, puesto que su formación de enfermería le bastaba. Logró colocar a su hija de siete meses en una guardería.
Un año después, Celia, tras el funeral del abuelo, quedó embarazada nuevamente; los espermatozoides de León, que antes parecían inactivos, habían despertado. Así, el cielo parecía conspirar: la gente se vuelve loca de deseo, y los espermatozoides, también seres vivos, responden.
Nació un niño sano, y la felicidad inundó la casa. A veces, Celia recordaba aquel episodio de Nuría, como si ella hubiera quedado embarazada del marido, pero la mujer se obligaba a olvidar esos pensamientos. ¡Dios, ya no importa!, pensaba, pues León resultó ser un padre extraordinario: cuidadoso, cariñoso y tierno, como cualquier buen esposo.
Y el resto de la vida se fue viviendo, con sus penas y sus alegrías, en aquel rincón de la España que, aunque ya no existía tal cual, quedó grabado en la memoria de quienes la vivieron.







