El banco vacío Sergio Pérez dejó el termo sobre sus rodillas y comprobó la tapa por costumbre, no porque desconfiara de ella. Se acomodó en el extremo del banco junto a la puerta del colegio, donde no se agolpaban los padres ni tropezaban con mochilas. En el bolsillo de su chaqueta llevaba una bolsita con migas secas para las palomas, y en el otro, un papel doblado con el horario de su nieta: cuándo tiene actividades, cuándo música. Lo sabía de memoria, pero el papel le daba tranquilidad. A su lado, como siempre, ya estaba sentado Nicolás Andrés. Sostenía una bolsita de pipas y, sin mirar, iba pasándolas de una mano a otra como si las contara. No se las comía. Cuando Sergio Pérez llegó, Nicolás Andrés asintió y se apartó un poco, dejando sitio. Nunca se saludaban en alto, como temiendo alterar el orden del colegio. — Hoy tienen examen de matemáticas —dijo Nicolás Andrés mirando las ventanas del segundo piso. — Nosotros de lectura —respondió Sergio Pérez, sorprendiéndose de decir “nosotros”. Le gustaba que Nicolás Andrés nunca se reía de eso. Se conocieron sin ceremonias, primero porque coincidían en la hora, luego porque se reconocían por las chaquetas o la forma de andar. Nicolás Andrés llegaba siempre diez minutos antes del timbre, se sentaba en el mismo banco y miraba primero la verja, como comprobando si estaba cerrada. Sergio Pérez al principio se quedaba de pie, pero un día se cansó y se sentó. Desde entonces, el sitio fue compartido. En el patio todo era igual, y eso lo hacía fiable. El vigilante en su garita, saliendo a fumar, volviendo sin levantar la vista. La profesora de Primaria, que pasaba deprisa con la carpeta y hablaba por el móvil: “Sí, sí, después de clase”. Los padres, discutiendo sobre extraescolares y deberes. Los niños asomados a las ventanas, saludando abajo. Sergio Pérez notaba que esperaba no sólo a su nieta, sino también esa repetición. Un día, Nicolás Andrés trajo un segundo vasito y lo dejó junto al termo de Sergio Pérez. — Yo no tomo —explicó, como disculpándose—. Por la tensión. — Yo puedo —contestó Sergio Pérez y, tras dudar, sirvió un poco de té—. ¿Quiere olerlo al menos? Nicolás Andrés sonrió de lado. — Oler sí. Así nació su ritual: Sergio Pérez servía el té, Nicolás Andrés sostenía el vaso por si se derramaba, y luego lo devolvía vacío. A veces compartían una galleta, a veces el silencio. Sergio Pérez notó que callar junto a Nicolás Andrés no pesaba. Era como una pausa en una charla que continúa. De los nietos hablaban con cautela, como del tiempo. Nicolás Andrés contaba que su nieto Víctor odiaba educación física y siempre buscaba quedarse en clase. Sergio Pérez reía y decía que su nieta Ana, al contrario, corría tanto que la profesora le pedía “no corras tanto”. Luego las charlas se ampliaron. Nicolás Andrés confesó que tras la muerte de su esposa estuvo mucho sin salir, y sólo el colegio le obligaba por “deber”. Sergio Pérez no contestó igual, pero por la noche, lavando los platos, entendió que quería explicar su historia. Vivía con su hija y la nieta en un piso pequeño de las afueras. Su hija trabajaba en una gestoría, llegaba agotada y hablaba por frases cortas. La nieta era bulliciosa, pero su ruido era de niño, no molesto. Sergio Pérez intentaba ser útil y no estorbar. A veces sentía que era como una silla de sobra en la cocina: no molestaba, pero recordaba lo justo que era todo. En el banco, por primera vez sintió que le esperaban no sólo por utilidad. Nicolás Andrés preguntaba: “¿Cómo va la tensión?” o “¿Ha ido al médico?”, sin mera cortesía. Sergio Pérez respondía y se sorprendía siendo sincero. Un día, Nicolás Andrés trajo una bolsita de comida para aves. — Las palomas ya conocen —dijo—. Mire cómo se acercan. Sergio Pérez esparció migas en el suelo, y las palomas rodearon al instante las migajas. Sus patas crujían sobre la arena y Sergio Pérez sintió alivio: una acción sencilla que mejoraba el día de otro ser. Poco a poco, estas citas fueron suyas. No “mientras la nieta estudia” ni “mientras haya tiempo”, sino una parte del día imposible de borrar. Incluso empezó a salir antes de casa para asegurar el sitio y ver cómo Nicolás Andrés llegaba, se quitaba los guantes, miraba las ventanas. El lunes Sergio Pérez llegó como siempre y encontró el banco vacío. Se detuvo, dudando del patio. El banco, mojado tras la lluvia, tenía una hoja amarilla pegada a la madera. Sergio Pérez sacó el pañuelo, limpió el extremo y se sentó. El termo al lado, la bolsa de migas en las rodillas. Miró a la garita; el vigilante, absorto en el móvil. “Se ha retrasado”, pensó Sergio Pérez. A veces Nicolás Andrés tardaba si había cola en la farmacia. Sergio Pérez sirvió té, dio un sorbo y esperó. Cuando sonó el timbre, Nicolás Andrés no apareció. Al día siguiente, el banco seguía vacío. Sergio Pérez se sentó sobre un periódico, mirando la verja, atento a cualquier anciano con chaqueta oscura. Nadie. Al tercer día sintió rabia. No contra Nicolás Andrés, sino contra el abandono sin explicación. Pensó: “Pues no será tan necesario”. Y se avergonzó al instante. No tenía derecho a exigir. Pero exigía por dentro. Nicolás Andrés tenía móvil de teclas. Sergio Pérez lo había visto buscar el número, lento, entornando los ojos. Apuntó el número en una libreta cuando hablaron de un taxi para una competición del nieto. Lo marcó en casa, sólo obtuvo tono y luego silencio. Probó de nuevo. Igual. El cuarto día preguntó al vigilante: — Perdone, ¿Nicolás Andrés? El abuelo de Víctor, siempre esperando aquí. ¿No lo ha visto? El vigilante levantó la vista, como si le hubieran pedido una contraseña. — Hay muchos abuelos —dijo—. No los distingo. — Alto, con bigote —Sergio Pérez sintió su propia pena al explicar. — No sé —volvió al móvil. Sergio Pérez preguntó a una madre criticona, a una mamá con carrito que le sonreía. Nadie sabía, todos tenían prisa. Volvió al banco, la inquietud se le subía a la garganta. Se intentó convencer de que no era asunto suyo. Pero mirar el espacio vacío era traicionar algo importante, sólo por aparentar que nada ocurría. Contó a su hija mientras cortaba ensalada. — Papá, hay mil motivos —dijo sin mirarle. — Igual fue a ver parientes. — Lo habría dicho. — No sabes. No te obsesiones. Que te sube la tensión. La nieta escuchaba con el cuaderno. — ¿El abuelo Nicolás? —preguntó—. Era gracioso. Una vez me dijo que leo más rápido de lo que él piensa. Sergio Pérez sonrió y la sonrisa dolía. — Ves —dijo la nieta—. Igual sólo… tiene cosas. Sergio Pérez asintió, pero esa noche no durmió. Oía a su hija hablar bajo por teléfono. Quería levantarse y llamar a Nicolás Andrés, temía oír un desconocido o nada. Al día siguiente vio a Víctor. Salía el último del cole, la mochila enorme. Junto a él, una mujer seria, de pelo corto. La madre, pensó. Esperó a que se alejaron y se acercó. — Disculpe, ¿es usted madre de Víctor? La mujer se puso alerta. — Sí. ¿Y usted? — Somos compañeros de banco, con su padre… Nicolás Andrés. Ha dejado de venir y me preocupo. La mujer dudó, estudiándole. — Está ingresado —dijo al fin—. Ictus. No es grave… bueno, no sé. Ahora está en planta. Le quitaron el móvil para que no lo pierda. Sergio Pérez sintió que le flaqueaban las piernas. — ¿Dónde? — En el Hospital General, en la calle del Bosque. No dejan entrar a cualquiera. ¿Lo entiende? — Sí —dijo Sergio Pérez, aunque no entendía cómo es posible abandonar a alguien solo. — Gracias por preguntar —añadió más suave—. A él le gustará que lo recuerdan. Se fue con Víctor de la mano. Sergio Pérez quedó ante la verja. Sentía alivio porque el misterio tenía explicación, y ansiedad porque era una explicación dura. Volvió a casa y lo contó a su hija. — Papá, no vayas —dijo—. Al final te meterán de voluntario. ¿Quién es él para ti? Sergio Pérez vio que no era rabia sino miedo. Miedo a que su padre busque nuevos cuidados y pierda balance. — Nadie —respondió—. Y aún así. Al día siguiente fue al ambulatorio, donde a veces se analizaba. Sabía que había asistente social porque lo vio en el tablón. En el pasillo olía a lejía y zapatillas mojadas, colas de gente. Esperó su turno. La mujer le escuchó con cara cansada. — ¿Es usted familiar? —preguntó. — No —dijo con honestidad. — No puedo darle información —respondió recta—. Son datos privados. — No pido diagnóstico —la voz de Sergio Pérez subía—. Sólo dejar una nota. Está solo, ¿entiende? Nosotros… todos los días… — Entiendo —aflojó la voz—. La nota puede darla por los familiares, o por el servicio si le dejan. Sin permiso no puedo. Sergio Pérez salió y se sentó en el banco del pasillo, avergonzado, como si pidiera limosna. Pensó: “Esto es todo. Soy un viejo ridículo”. Quería volver a casa y no regresar más al colegio. Pero recordó cómo Nicolás Andrés sostenía el vaso, acercaba el paquete de comida si Sergio Pérez lo olvidaba. Eran gestos pequeños que hacían el día más fácil. Ahora le tocaba a él. Llamó a la madre de Víctor. No tenía el número, al día siguiente la buscó en el colegio y se lo pidió. Se lo dictó, con reticencia. — Nada de ocurrencias —advirtió—. Allí hay normas. Sergio Pérez llamó por la tarde. — Soy Sergio Pérez. Quisiera transmitir unas palabras a Nicolás Andrés. ¿Puede hacerlo? Hubo pausa. — Habla mal, pero escucha. Mañana voy. ¿Qué le digo? Sergio Pérez miró la libreta. Había escrito frases que ahora le parecían ajenas. — Dígale que el banco sigue aquí —dijo bajo—. Que le espero. Y que el té… lo traeré cuando se pueda. — Vale —contestó—. Se lo digo. Tras el teléfono, se quedó largo rato en la cocina. Su hija limpiaba platos fingiendo no escuchar. Luego dejó el plato en el escurreplatos y murmuró: — Papá, si quieres, voy contigo. Cuando dejen. Sergio Pérez asintió. No importaba que fuera con él, sino que dijo “contigo” y no “¿para qué?”. Al cabo de una semana, la madre de Víctor volvió a encontrarle en el colegio. — Sonrió cuando le conté del banco —dijo—. Y con la mano… así… como si llamara. El médico dice que la rehabilitación será larga. Luego seguramente se quedará con nosotros. No puede estar solo. Sergio Pérez sintió un nudo dentro. Sus encuentros diarios no volverían igual, y se sentía vacío, como un abrigo quitado de la percha. — ¿Puedo escribirle una carta? —preguntó. — Sí —respondió—. Pero breve. Le cuesta seguir mucho rato. Por la noche sacó un folio y escribió grande: “Nicolás Andrés, sigo aquí. Gracias por el té y las pipas. Te espero, cuando puedas salir. Sergio Pérez”. Pensó y añadió: “Víctor es un campeón”. Lo releeyó, no cambió nada y lo puso en un sobre con el apellido que vio en la factura que una vez le enseñó. Al día siguiente, dejó el sobre en el colegio para la madre de Víctor. El sobre, seco y limpio, lo llevó como si fuera frágil. Al sonar el timbre y salir los niños, Sergio Pérez se levantó como siempre. Su nieta le abrazó y empezó a contar la clase. Él la escuchaba, pero espiaba el banco. Estaba vacío, y esa falta ya no le enfadaba. Era un sitio donde había algo importante, aunque ese “algo” ahora faltara. Antes de irse, sacó la bolsa de migas y las esparció en el suelo. Las palomas llegaron rápido, como si supieran el horario mejor que los niños. Sergio Pérez las miró y comprendió que podía volver, no sólo por esperar, sino por no cerrarse. — Abuelo, ¿en qué piensas? —preguntó su nieta. — En nada —respondió, tomándole de la mano—. Vámonos. Mañana volveremos. Lo dijo, no como promesa a otro, sino como decisión para él mismo. Y por eso sus pasos fueron más firmes.

Banco vacío

Isidoro García colocó el termo sobre sus rodillas y comprobó la tapa, asegurándose de que no goteaba. Aunque estaba firme, la costumbre podía más que la confianza. Se sentó en el extremo alejado del banco junto a la entrada del colegio, justo donde no tropezaba con los padres ni lo golpeaban los bolsos. En el bolsillo de la chaqueta guardaba una bolsita de migas secas para los gorriones, en otro el horario doblado de su nieta: cuándo tiene refuerzo, cuándo es el día de música. Se lo sabía de memoria, pero el papel le daba calma.

A su lado, como siempre, ya estaba sentado Tomás Muñoz. Tenía en mano un pequeño paquete de pipas y de vez en cuando, sin mirar, chasqueaba una y otra. No las comía, solo las pasaba de una palma a otra, como contando. Cuando Isidoro se acercó, Tomás asintió y se corrió un poco, dejando sitio. No se saludaban con aspaviento, como si temieran romper el orden del colegio.

Hoy tienen examen de matemáticas dijo Tomás mirando los ventanales del segundo piso.

Nosotros de lectura respondió Isidoro, extrañándose al decir nosotros.

Le gustaba que Tomás no se riera de aquello.

Se conocieron sin ceremonia. Al principio coincidían en horario, luego empezaron a reconocerse por la chaqueta, la forma de caminar, el modo en que cada uno colocaba las manos. Tomás llegaba siempre diez minutos antes del timbre, se sentaba en el mismo banco y lo primero que hacía era mirar la verja, como revisando que siguiera cerrada. Isidoro primero se quedaba de pie, pero un día se cansó y se sentó junto a él. Desde entonces, el sitio fue de ambos.

En el patio escolar todo era igual cada día y eso les resultaba seguro. El portero en su garita, saliendo de vez en cuando a fumar, volviendo sin levantar la vista. La maestra de primaria, que pasaba deprisa con una carpeta, hablando por el móvil: Sí, sí, después de clase. Padres discutiendo sobre actividades extraescolares y deberes. Los niños que saltaban a las ventanas en el recreo, saludando. Isidoro descubría que esperaba no solo a su nieta, sino también esa repetición.

Un día, Tomás llevó un segundo vaso y lo puso junto al termo de Isidoro.

Yo no bebo se excusó. Por la tensión.

Pues yo sí replicó Isidoro y, dudando, echó dos dedos de té en el vaso. ¿Le apetece por lo menos olerlo?

Tomás sonrió, apenas.

Oler sí.

Así nació un ritual: Isidoro servía té, Tomás sostenía el vaso para que no se derramara y luego lo devolvía vacío. Compartían galletas, o silencio. A Isidoro le sorprendía que el silencio al lado de Tomás no pesara. Era como una pausa en una conversación que volvía sola.

Hablaban de los nietos con cautela, como si hablaran del clima. Tomás decía que su Nico no soportaba gimnasia y siempre buscaba quedarse en clase. Isidoro se reía y contaba que su Carmen era al contrario, corría tanto que la maestra le pedía que no se desboque. Poco a poco los temas se ampliaron. Tomás confesó que tras morir su esposa estuvo mucho tiempo sin salir de casa y solo el colegio le sacó, porque era necesario. Isidoro no respondió de inmediato, pero esa noche, lavando los platos, pensó que también quería contar.

Vivía con su hija y su nieta en un piso de dos habitaciones en las afueras de Madrid. La hija trabajaba en contabilidad, llegaba cansada y hablaba con frases cortas. La nieta era ruidosa, pero su ruido era infantil, inofensivo. Isidoro intentaba ser útil y no molestar. A veces pensaba que su presencia era como una silla extra en la cocina: está ahí, no estorba, pero hace notar lo justo.

En el banco sintió por primera vez que lo esperaban más allá de su función. Tomás preguntaba ¿Cómo anda la tensión? o ¿Fue usted al médico?, no por cortesía. Y Isidoro respondía con verdad.

Un día Tomás llevó una bolsita pequeña de mezcla para pájaros.

Los gorriones ya lo conocen dijo. Mire cómo se acercan.

Isidoro vació un puñado sobre el cemento. Los gorriones acudieron enseguida, como si esperasen su señal. Las patitas rasparon la grava y Isidoro sintió alivio: una acción sencilla que hacía mejor un detalle minúsculo del mundo.

Cada vez veía esas horas como suyas. Ya no mientras la nieta está, ni si tengo tiempo, sino como parte del día que no podía tachar. Hasta dejó de llegar justo a tiempo. Iba antes, para reclamar el sitio y ver a Tomás llegar, quitarse los guantes, mirar hacia las ventanas.

Aquel lunes Isidoro llegó como siempre y encontró el banco vacío. Se detuvo, creyendo que se había equivocado de patio. El banco estaba mojado por la lluvia nocturna, sobre él un único hoja amarilla pegada a la madera. Isidoro sacó un pañuelo, secó el extremo y se sentó. Puso el termo a un lado, las migas en las rodillas. Miró a la garita del portero. Este estaba absorto en el móvil, sin mirar a nadie.

Se le ha hecho tarde, pensó. A veces Tomás llegaba tarde si había cola en la farmacia. Isidoro se sirvió té, dio un sorbo y esperó. El timbre sonó, pero Tomás nunca llegó.

Al día siguiente, el banco seguía vacío. Isidoro ya no lo secó, se sentó en el sitio seco sobre una hoja de periódico. Se pasó el rato observando cada figura masculina de chaqueta oscura. Ninguna era él.

Al tercer día sintió rabia. No contra Tomás, sino contra el abandono inexplicable. Pues tampoco será tan importante, pensó. Pero le dio vergüenza. No tenía derecho a exigir. Y aun así lo hacía, hacia dentro.

Tomás tenía un móvil de teclas. Isidoro le había visto sacar el aparato y buscar algún número con el ceño fruncido. El número lo tenía anotado en una libreta, de cuando hablaron de cómo llamar un taxi para el nieto en una competición. Lo marcó en casa. Sonaban tonos, después silencio. Intentó otra vez. Lo mismo.

Al cuarto día se acercó al portero.

Disculpe, ¿ha visto a Tomás Muñoz el abuelo de Nico? Siempre se sentaba aquí.

El portero levantó la vista, mirándole como si pidiera una contraseña.

Aquí hay muchos abuelos respondió. No los sé distinguir.

Alto, bigote Isidoro notó lo patético que sonaba.

Ni idea el portero volvió a su móvil.

Probó con una señora que solía protestar a los profes en la verja.

¿No conoce a Tomás Muñoz?

No sé de nadie cortó ella. Bastante tengo con mi hijo.

Se acercó a una joven madre con carrito que a veces le sonreía.

Disculpe, ¿conoce a Nico? El chico de Tercero B.

¿Nico? Pensó. Creo que sí. Es callado. ¿Por?

Su abuelo dejó de venir.

Ella se encogió de hombros.

Igual está mal. Ahora todos caen enfermos.

Isidoro volvió al banco con la ansiedad subiéndole a la garganta. Se dijo que no era su asunto. Pero al mirar el hueco a su lado sentía que traicionaba algo importante si solo se sentaba y fingía que no pasaba nada.

En casa lo contó mientras su hija cortaba lechuga.

Bueno papá, vete a saber dijo ella sin mirarle. Igual se fue con los suyos.

Lo habríamos sabido contestó Isidoro.

Tú qué sabes ella suspiró. No le des vueltas. Tienes la tensión alta.

La nieta escuchaba, haciendo deberes.

¿El abuelo Tomás? preguntó. Es gracioso. Una vez me dijo que leo más rápido que él piensa.

Isidoro sonrió y la sonrisa le dolió dentro.

¿Ves? dijo la nieta. Igual tiene cosas que hacer.

Isidoro asintió, pero esa noche se desveló y oyó a su hija hablando bajo en la otra habitación. Comenzó a desear llamar otra vez a Tomás, pero temía oír una voz ajena, o el silencio.

Al siguiente día, esperando, vio por fin a Nico. Salió el último, la mochila demasiado grande, andando junto a una mujer de pelo corto, seria. Era la madre, lo supo.

Se acercó cuando les dejó avanzar unos metros.

Perdone, ¿es usted la madre de Nico?

Ella se mostró alerta.

Sí, ¿y usted?

Yo esperaba con su padre con Tomás. Soy Isidoro García. Ya no viene, y me preocupa.

Ella lo observó, decidiendo si confiar.

Está en el hospital dijo por fin. Un ictus. Nada grave bueno, como todos. Ahora en planta. Le retiraron el móvil para que no lo extravíe.

Isidoro sintió que las piernas le fallaban. Se agarró al asa de la bolsa.

¿Dónde?

En el Hospital General, en la calle Olmo dijo. Pero no dejan entrar a cualquiera. ¿Entiende?

Sí dijo Isidoro, aunque no entendía cómo podía dejar a alguien solo.

Gracias por preguntar añadió más suave. Le gustará saber que lo recuerdan.

Cogió de la mano a Nico y se fue al autobús. Isidoro se quedó parado junto a la verja. Sintió un alivio, porque la ausencia tenía explicación, y al mismo tiempo una inquietud, porque era una explicación dura.

En casa lo contó otra vez. Su hija frunció el ceño.

No vayas dijo. Bastante tienes. ¿Quién es para ti?

Isidoro no oyó enfado, sino miedo. Miedo a que el padre buscara otra preocupación y volviera a perder el equilibrio.

Nadie concedió. Pero aún así.

Al siguiente día fue al centro de salud donde él mismo iba a hacerse análisis. Sabía que había trabajadora social: lo había visto anunciado en la pared. Por el pasillo olía a lejía y nieve en las botas, gente con carpetas, alguien protestando en registro. Isidoro cogió turno y esperó su nombre.

La mujer lo escuchó en silencio, con rostro agotado.

¿Es usted familiar?

No respondió.

Entonces no puedo darle información de pacientes dijo sin dureza. Son datos protegidos.

No pido diagnóstico la voz de Isidoro tembló. Quiero dejar una nota. Está solo. Nos veíamos todos los días

Lo sé la mujer suavizó. Pase la nota por familiares. O por la planta, si se lo permiten. Sin consentimiento, no puedo.

Isidoro salió al pasillo y se sentó en el banco. Le dio vergüenza, como si hubiera pedido limosna. Pensó: Ya está. Soy el abuelo ridículo que se mete donde no debe. Quería irse, encerrarse y no volver al colegio.

Pero recordó cómo Tomás sostenía el vaso para que él no derramara el té. Cómo le acercaba sin palabras el paquete de semillas si Isidoro se olvidaba. Eran pequeños gestos que aligeraban días. Y entendió que ahora le tocaba a él dar uno.

Buscó el número de la madre de Nico. No lo tenía, pero al día siguiente se acercó y se lo pidió. Ella al principio se negó, luego, viendo su terquedad, se lo dictó.

Pero nada de locuras advirtió. Allí hay normas.

Isidoro llamó por la tarde.

Soy Isidoro, quería decirle unas palabras a Tomás Muñoz. ¿Puede usted?

Silencio al otro lado.

Le cuesta hablar dijo ella. Pero oye. Mañana le veré. ¿Qué quiere que le diga?

Isidoro miró a su libreta; había escrito frases, pero le parecieron ajenas.

Dígale que el banco está en su sitio dijo, apenas audible. Que le espero. Que el té lo traeré cuando pueda.

Bien respondió ella. Se lo diré.

Después se quedó mucho rato en la cocina. Su hija lavaba los platos fingiendo no escuchar. Al acabar, dejó la vajilla y dijo:

Papá, si quieres, te acompaño. Cuando dejen entrar.

Isidoro asintió. Lo importante no era que fuera, sino que dijese contigo.

Una semana después, la madre de Nico lo abordó en el colegio.

Sonrió cuando le conté lo del banco dijo. Y movió la mano así como saludando. El médico dice que la rehabilitación es larga. Quizá venga a casa. Solo no debe quedarse.

Isidoro sintió un nudo. Supo que sus encuentros diarios no volverían. Y fue como quitarse un abrigo del perchero.

¿Puedo mandarle una carta? preguntó.

Sí concedió ella. Pero breve. Se le hace difícil escuchar mucho.

Aquella tarde Isidoro buscó una hoja blanca. Escribió grande: Tomás Muñoz, sigo aquí. Gracias por el té y por las pipas. Espero a que pueda salir. Isidoro García. Pensó y añadió: Nico es un fenómeno. Releyó sin corregirlo. Doblando la hoja, puso el apellido, que recordaba porque Tomás una vez le mostró una factura de la luz y renegó del monto.

Al día siguiente llevó el sobre al colegio y se lo dio a la madre de Nico. El sobre, seco y limpio, lo sujetó como si fuese algo frágil.

Al salir los niños al patio y encontrar a su nieta, ella le rodeó la cintura y empezó a narrar el día. Isidoro la escuchaba, pero tenía el rabillo del ojo en el banco. Seguía vacío: la ausencia, sin ira, era ahora lugar de algo importante, aunque ese algo ya no estuviera.

Antes de irse, sacó de su bolsillo la bolsa de migas y las esparció sobre el cemento. Los gorriones vinieron ya, como si dominasen el horario escolar. Isidoro los miró y comprendió que podía venir aquí no solo para esperar, sino también para no cerrarse.

Abuelo, ¿en qué piensas? le preguntó su nieta.

En nada respondió y la tomó de la mano. Vamos. Mañana volvemos.

Y dijo esto no como promesa para otro, sino como determinación propia. Por eso sus pasos fueron más firmes.

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MagistrUm
El banco vacío Sergio Pérez dejó el termo sobre sus rodillas y comprobó la tapa por costumbre, no porque desconfiara de ella. Se acomodó en el extremo del banco junto a la puerta del colegio, donde no se agolpaban los padres ni tropezaban con mochilas. En el bolsillo de su chaqueta llevaba una bolsita con migas secas para las palomas, y en el otro, un papel doblado con el horario de su nieta: cuándo tiene actividades, cuándo música. Lo sabía de memoria, pero el papel le daba tranquilidad. A su lado, como siempre, ya estaba sentado Nicolás Andrés. Sostenía una bolsita de pipas y, sin mirar, iba pasándolas de una mano a otra como si las contara. No se las comía. Cuando Sergio Pérez llegó, Nicolás Andrés asintió y se apartó un poco, dejando sitio. Nunca se saludaban en alto, como temiendo alterar el orden del colegio. — Hoy tienen examen de matemáticas —dijo Nicolás Andrés mirando las ventanas del segundo piso. — Nosotros de lectura —respondió Sergio Pérez, sorprendiéndose de decir “nosotros”. Le gustaba que Nicolás Andrés nunca se reía de eso. Se conocieron sin ceremonias, primero porque coincidían en la hora, luego porque se reconocían por las chaquetas o la forma de andar. Nicolás Andrés llegaba siempre diez minutos antes del timbre, se sentaba en el mismo banco y miraba primero la verja, como comprobando si estaba cerrada. Sergio Pérez al principio se quedaba de pie, pero un día se cansó y se sentó. Desde entonces, el sitio fue compartido. En el patio todo era igual, y eso lo hacía fiable. El vigilante en su garita, saliendo a fumar, volviendo sin levantar la vista. La profesora de Primaria, que pasaba deprisa con la carpeta y hablaba por el móvil: “Sí, sí, después de clase”. Los padres, discutiendo sobre extraescolares y deberes. Los niños asomados a las ventanas, saludando abajo. Sergio Pérez notaba que esperaba no sólo a su nieta, sino también esa repetición. Un día, Nicolás Andrés trajo un segundo vasito y lo dejó junto al termo de Sergio Pérez. — Yo no tomo —explicó, como disculpándose—. Por la tensión. — Yo puedo —contestó Sergio Pérez y, tras dudar, sirvió un poco de té—. ¿Quiere olerlo al menos? Nicolás Andrés sonrió de lado. — Oler sí. Así nació su ritual: Sergio Pérez servía el té, Nicolás Andrés sostenía el vaso por si se derramaba, y luego lo devolvía vacío. A veces compartían una galleta, a veces el silencio. Sergio Pérez notó que callar junto a Nicolás Andrés no pesaba. Era como una pausa en una charla que continúa. De los nietos hablaban con cautela, como del tiempo. Nicolás Andrés contaba que su nieto Víctor odiaba educación física y siempre buscaba quedarse en clase. Sergio Pérez reía y decía que su nieta Ana, al contrario, corría tanto que la profesora le pedía “no corras tanto”. Luego las charlas se ampliaron. Nicolás Andrés confesó que tras la muerte de su esposa estuvo mucho sin salir, y sólo el colegio le obligaba por “deber”. Sergio Pérez no contestó igual, pero por la noche, lavando los platos, entendió que quería explicar su historia. Vivía con su hija y la nieta en un piso pequeño de las afueras. Su hija trabajaba en una gestoría, llegaba agotada y hablaba por frases cortas. La nieta era bulliciosa, pero su ruido era de niño, no molesto. Sergio Pérez intentaba ser útil y no estorbar. A veces sentía que era como una silla de sobra en la cocina: no molestaba, pero recordaba lo justo que era todo. En el banco, por primera vez sintió que le esperaban no sólo por utilidad. Nicolás Andrés preguntaba: “¿Cómo va la tensión?” o “¿Ha ido al médico?”, sin mera cortesía. Sergio Pérez respondía y se sorprendía siendo sincero. Un día, Nicolás Andrés trajo una bolsita de comida para aves. — Las palomas ya conocen —dijo—. Mire cómo se acercan. Sergio Pérez esparció migas en el suelo, y las palomas rodearon al instante las migajas. Sus patas crujían sobre la arena y Sergio Pérez sintió alivio: una acción sencilla que mejoraba el día de otro ser. Poco a poco, estas citas fueron suyas. No “mientras la nieta estudia” ni “mientras haya tiempo”, sino una parte del día imposible de borrar. Incluso empezó a salir antes de casa para asegurar el sitio y ver cómo Nicolás Andrés llegaba, se quitaba los guantes, miraba las ventanas. El lunes Sergio Pérez llegó como siempre y encontró el banco vacío. Se detuvo, dudando del patio. El banco, mojado tras la lluvia, tenía una hoja amarilla pegada a la madera. Sergio Pérez sacó el pañuelo, limpió el extremo y se sentó. El termo al lado, la bolsa de migas en las rodillas. Miró a la garita; el vigilante, absorto en el móvil. “Se ha retrasado”, pensó Sergio Pérez. A veces Nicolás Andrés tardaba si había cola en la farmacia. Sergio Pérez sirvió té, dio un sorbo y esperó. Cuando sonó el timbre, Nicolás Andrés no apareció. Al día siguiente, el banco seguía vacío. Sergio Pérez se sentó sobre un periódico, mirando la verja, atento a cualquier anciano con chaqueta oscura. Nadie. Al tercer día sintió rabia. No contra Nicolás Andrés, sino contra el abandono sin explicación. Pensó: “Pues no será tan necesario”. Y se avergonzó al instante. No tenía derecho a exigir. Pero exigía por dentro. Nicolás Andrés tenía móvil de teclas. Sergio Pérez lo había visto buscar el número, lento, entornando los ojos. Apuntó el número en una libreta cuando hablaron de un taxi para una competición del nieto. Lo marcó en casa, sólo obtuvo tono y luego silencio. Probó de nuevo. Igual. El cuarto día preguntó al vigilante: — Perdone, ¿Nicolás Andrés? El abuelo de Víctor, siempre esperando aquí. ¿No lo ha visto? El vigilante levantó la vista, como si le hubieran pedido una contraseña. — Hay muchos abuelos —dijo—. No los distingo. — Alto, con bigote —Sergio Pérez sintió su propia pena al explicar. — No sé —volvió al móvil. Sergio Pérez preguntó a una madre criticona, a una mamá con carrito que le sonreía. Nadie sabía, todos tenían prisa. Volvió al banco, la inquietud se le subía a la garganta. Se intentó convencer de que no era asunto suyo. Pero mirar el espacio vacío era traicionar algo importante, sólo por aparentar que nada ocurría. Contó a su hija mientras cortaba ensalada. — Papá, hay mil motivos —dijo sin mirarle. — Igual fue a ver parientes. — Lo habría dicho. — No sabes. No te obsesiones. Que te sube la tensión. La nieta escuchaba con el cuaderno. — ¿El abuelo Nicolás? —preguntó—. Era gracioso. Una vez me dijo que leo más rápido de lo que él piensa. Sergio Pérez sonrió y la sonrisa dolía. — Ves —dijo la nieta—. Igual sólo… tiene cosas. Sergio Pérez asintió, pero esa noche no durmió. Oía a su hija hablar bajo por teléfono. Quería levantarse y llamar a Nicolás Andrés, temía oír un desconocido o nada. Al día siguiente vio a Víctor. Salía el último del cole, la mochila enorme. Junto a él, una mujer seria, de pelo corto. La madre, pensó. Esperó a que se alejaron y se acercó. — Disculpe, ¿es usted madre de Víctor? La mujer se puso alerta. — Sí. ¿Y usted? — Somos compañeros de banco, con su padre… Nicolás Andrés. Ha dejado de venir y me preocupo. La mujer dudó, estudiándole. — Está ingresado —dijo al fin—. Ictus. No es grave… bueno, no sé. Ahora está en planta. Le quitaron el móvil para que no lo pierda. Sergio Pérez sintió que le flaqueaban las piernas. — ¿Dónde? — En el Hospital General, en la calle del Bosque. No dejan entrar a cualquiera. ¿Lo entiende? — Sí —dijo Sergio Pérez, aunque no entendía cómo es posible abandonar a alguien solo. — Gracias por preguntar —añadió más suave—. A él le gustará que lo recuerdan. Se fue con Víctor de la mano. Sergio Pérez quedó ante la verja. Sentía alivio porque el misterio tenía explicación, y ansiedad porque era una explicación dura. Volvió a casa y lo contó a su hija. — Papá, no vayas —dijo—. Al final te meterán de voluntario. ¿Quién es él para ti? Sergio Pérez vio que no era rabia sino miedo. Miedo a que su padre busque nuevos cuidados y pierda balance. — Nadie —respondió—. Y aún así. Al día siguiente fue al ambulatorio, donde a veces se analizaba. Sabía que había asistente social porque lo vio en el tablón. En el pasillo olía a lejía y zapatillas mojadas, colas de gente. Esperó su turno. La mujer le escuchó con cara cansada. — ¿Es usted familiar? —preguntó. — No —dijo con honestidad. — No puedo darle información —respondió recta—. Son datos privados. — No pido diagnóstico —la voz de Sergio Pérez subía—. Sólo dejar una nota. Está solo, ¿entiende? Nosotros… todos los días… — Entiendo —aflojó la voz—. La nota puede darla por los familiares, o por el servicio si le dejan. Sin permiso no puedo. Sergio Pérez salió y se sentó en el banco del pasillo, avergonzado, como si pidiera limosna. Pensó: “Esto es todo. Soy un viejo ridículo”. Quería volver a casa y no regresar más al colegio. Pero recordó cómo Nicolás Andrés sostenía el vaso, acercaba el paquete de comida si Sergio Pérez lo olvidaba. Eran gestos pequeños que hacían el día más fácil. Ahora le tocaba a él. Llamó a la madre de Víctor. No tenía el número, al día siguiente la buscó en el colegio y se lo pidió. Se lo dictó, con reticencia. — Nada de ocurrencias —advirtió—. Allí hay normas. Sergio Pérez llamó por la tarde. — Soy Sergio Pérez. Quisiera transmitir unas palabras a Nicolás Andrés. ¿Puede hacerlo? Hubo pausa. — Habla mal, pero escucha. Mañana voy. ¿Qué le digo? Sergio Pérez miró la libreta. Había escrito frases que ahora le parecían ajenas. — Dígale que el banco sigue aquí —dijo bajo—. Que le espero. Y que el té… lo traeré cuando se pueda. — Vale —contestó—. Se lo digo. Tras el teléfono, se quedó largo rato en la cocina. Su hija limpiaba platos fingiendo no escuchar. Luego dejó el plato en el escurreplatos y murmuró: — Papá, si quieres, voy contigo. Cuando dejen. Sergio Pérez asintió. No importaba que fuera con él, sino que dijo “contigo” y no “¿para qué?”. Al cabo de una semana, la madre de Víctor volvió a encontrarle en el colegio. — Sonrió cuando le conté del banco —dijo—. Y con la mano… así… como si llamara. El médico dice que la rehabilitación será larga. Luego seguramente se quedará con nosotros. No puede estar solo. Sergio Pérez sintió un nudo dentro. Sus encuentros diarios no volverían igual, y se sentía vacío, como un abrigo quitado de la percha. — ¿Puedo escribirle una carta? —preguntó. — Sí —respondió—. Pero breve. Le cuesta seguir mucho rato. Por la noche sacó un folio y escribió grande: “Nicolás Andrés, sigo aquí. Gracias por el té y las pipas. Te espero, cuando puedas salir. Sergio Pérez”. Pensó y añadió: “Víctor es un campeón”. Lo releeyó, no cambió nada y lo puso en un sobre con el apellido que vio en la factura que una vez le enseñó. Al día siguiente, dejó el sobre en el colegio para la madre de Víctor. El sobre, seco y limpio, lo llevó como si fuera frágil. Al sonar el timbre y salir los niños, Sergio Pérez se levantó como siempre. Su nieta le abrazó y empezó a contar la clase. Él la escuchaba, pero espiaba el banco. Estaba vacío, y esa falta ya no le enfadaba. Era un sitio donde había algo importante, aunque ese “algo” ahora faltara. Antes de irse, sacó la bolsa de migas y las esparció en el suelo. Las palomas llegaron rápido, como si supieran el horario mejor que los niños. Sergio Pérez las miró y comprendió que podía volver, no sólo por esperar, sino por no cerrarse. — Abuelo, ¿en qué piensas? —preguntó su nieta. — En nada —respondió, tomándole de la mano—. Vámonos. Mañana volveremos. Lo dijo, no como promesa a otro, sino como decisión para él mismo. Y por eso sus pasos fueron más firmes.