Mira, te cuento una historia que me tiene ya un poco desbordada.
Mi marido, Javier, creció en una familia muy unida y feliz en Madrid. Pero, cuando su padre cumplió 57 años, la madre de Javier falleció de manera inesperada. Fue un palo durísimo para mi suegro, don Manuel. Así que, pensando en su bienestar, decidimos vender su piso, repartir el dinero y que él se viniera a vivir con nosotros un tiempo, hasta que se animara un poco y pudiera superar el duelo. Nos pareció la mejor solución en ese momento, sobre todo por no dejarle solo en esa situación.
La idea era que don Manuel estuviera con nosotros unos seis meses, como mucho, después se compraría su propia casa y seguiría con su vida. Pero no fue así. Le cogió el gusto a vivir con nosotros; se sentía a gusto y no se preocupaba por nada. Para gastos, cero, ni aportaba al súper ni nada de nada. Yo le preparaba la comida, le lavaba la ropa, incluso le mantenía la habitación impecable. Él solo iba a trabajar y volvía vamos, que vivía como un marqués.
Total, que así estuvimos once años. Y no solo eso, sino que empezó a decirnos constantemente cómo debíamos hacer las cosas en nuestra propia casa, imponiendo sus normas. Al final, tanto Javier como yo, acabamos bastante hartos.
Por eso decidimos comprarle una casita cerca del centro, en Alcalá de Henares, para que siguiera cerca pero independiente. Él es todavía un hombre fuerte, está perfectamente y puede desenvolverse solo, vamos, que está hecho un chaval.
Le pusimos la casa a punto, no le faltaba de nada. Pero empezó a inventarse dolores de corazón y achaques para ver si lograba volver a nuestro piso. Se lo monta, simplemente porque quiere seguir estando con nosotros. Pero, sinceramente, yo necesito mi espacio, quiero disfrutar de mi familia más íntima, de mi propio hogar estoy agotada, de verdad. ¿Tú qué harías en mi lugar?







