¡Oye, amiga! Tengo que contarte lo que me pasó la otra semana con una ancianita de nuestro pueblo de la sierra, y que al final me dejó con la boca abierta.
Doña María del Carmen vivía al final de la calle del Olivar, en una casita de ladrillo con persianas descoloridas, un huerto que ya casi se vuelve selva y un silencio que se siente como un eco. Después de que perdió a su marido y sus hijos se fueron a vivir a Madrid, su vida se quedó en una rutina de té, punto de crochet, regar las verduras y escuchar la emisora de la tarde en la radio.
Un otoño, cuando el cielo estaba todo gris y las hojas caían como cartas quemadas, vio una sombra detrás del cercado. Era un perro flaco, sucio, con las costillas marcadas y unos ojos que parecían decir aún tengo algo de gente dentro. No ladró, no gruñó, sólo te miró.
María le dio un trozo de pan duro y una loncha de jamón. El animal se acercó con cautela, se lo zampó entero y se marchó. A la mañana siguiente volvió, y así, día tras día, se fue repitiendo.
Lo llamó Rufino, aunque parecía más un vagabundo que un aristócrata. Con el paso de los días el can empezó a confiar en ella: movía el rabo, se frotaba contra su mano y la acompañaba hasta el pozo.
Una noche escuchó un ladrido fuerte. Salió al patio y Rufino corría como enloquecido alrededor del granero. Cuando se acercó, escuchó algún ruido. Alguien estaba allí. Cogió la linterna, abrió la puerta y casi se desmaya. Dentro había un chaval, sucio, enjuto, con una chaqueta rota y los ojos llenos de miedo.
Por favor, no me pegues susurró el muchacho.
Resultó ser un niño que había escapado de un orfanato de la zona. Huía de un cuidador cruel. Rufino lo había encontrado en el bosque, le había dado de lo que había encontrado, le había calentado con su cuerpo y lo había llevado a alguien que le transmitía cariño.
María no lo pensó dos veces y lo ocultó. Cuando la policía llegó (los vecinos los habían llamado por el ladrido y la luz), no lo entregó de inmediato. Tras hablar con el único guardia del pueblo, supo que buscaban al chico desde hacía tiempo y que el cuidador ya había sido despedido. El niño fue puesto en una familia adoptiva, pero antes de irse le dijo:
Ahora usted es mi abuela ¿Me escribe?
Y Rufino se quedó. Ya no era un perro sin dueño, sino el verdadero guardián del patio.
Desde entonces, Doña María del Carmen volvió a tener familia: un perro, cartas de su nieto cada semana y esa sensación de que la vida, como la cola de un perro, puede dar la vuelta cuando menos lo esperas y traerte la felicidad.







