No quiero una hija paralizada murmuró la nuera y se marchó como si flotara entre las paredes borrosas del sueño
Ni imaginaba lo que podría venir después
En un pequeño pueblo castellano, perdido entre los ondulados campos dorados, vivía un anciano. Los fines de semana se servía algo de orujo blanco, a veces con la luna espesa, a veces con el sol aún presente. Tenía un deseo antiguo: quería un perro, pero no cualquiera, sino uno nacido de pura raza mastín español. Decía que, si hacía falta, viajaría hasta la meseta más lejana de Castilla para traerse aquel animal a su casa, aunque el camino se volviera de tierra y niebla.
Al abuelo le llamaban Don Mateo. Tal vez fuese su nombre real, tal vez uno inventado por los vecinos. Don Mateo, Don Matías, todos se dirigían a él por apodos y él jamás corregía a nadie. Después de cuidar su huerto, se sentaba en el banco gastado frente al portón y pensaba en los años barnizados por la memoria. De vez en cuando, la juventud del lugar se reunía con él para escuchar viejas historias de cuando el pueblo tenía aún alma de fiesta.
Su esposa, Eloísa, hacía mucho que cruzó el umbral del mundo visible. El corazón siempre le latía enfermo. Los médicos le prohibieron tener hijos, pero ella deseaba con furia desatada un crío. Así nació a Don Mateo un hijo y ella, tras el parto, se quedó mucho más débil. El abuelo adoraba a Eloísa. Era capaz de hacer cualquier tarea por ella, ni le dejaba cargar un cartón de leche desde la tienda. ¡No puedes! decía ¡el médico lo prohibió!
Cuidó del niño solo, cocinando, velando. Eloísa, entre lamentos, repetía:
¡Me avergüenzas! ¡Las mujeres del pueblo reirán de mí, sin hacer nada en casa, todo en manos de mi marido!
Las mujeres no se reían, sino que susurraban envidia:
Ay, Eló, mándanos un rato tu Don Mateo alquilado, aunque solo fuera un día para vivir como tú.
Eloísa respondía con una sonrisa de sueño. Así, con la sonrisa aún pincelada, partió al Otro Lado. Don Mateo la encontró al amanecer ya fría como la piedra húmeda. Lloró con voz de campana rota durante tres días, después se dedicó al hijo.
Cuando el chico iba entrando en la edad difícil, a los catorce años, después del servicio militar se casó rápido y se quedó a vivir donde sirvió. Así quedó Don Mateo solo, con la sombra por toda compañía. Pero nunca se entristecía mucho: le gustaba charlar en el banco, sobre todo con los jóvenes.
Después nació una nieta. Don Mateo soñaba con que la familia viniera de visita, siempre esperando, pero nunca llegaban: que si trabajo, que si no hay tiempo, que si otros asuntos que flotan en la bruma. Solo conocía a la nieta por unas fotos donde su cara le recordaba difusamente a Eloísa de joven.
Un día, notaron los paisanos del pueblo que Don Mateo caminaba bajo la nube negra, como si el cielo se deshiciera sobre él. No sonreía, no contaba chismes en el banco, no saludaba al pasar. Preguntaron y de pronto se enteraron: había recibido una carta extraña, donde la nuera decía que, mientras viajaba en coche, tuvieron un accidente. La nieta estaba en estado grave en el hospital; el hijo, muerto por el capricho violento del destino.
¡Vaya desgracia, vaya dolor! se lamentaba el pueblo entero, pero ¿qué palabras existen para curar tal herida en el alma?
Don Mateo escuchaba los pésames, y su corazón pesaba como la encina vieja. Dolía la ausencia de su hijo, y más aún dolía la suerte de la nieta: quince años, joven, debiendo vivir y reír con todo el caudal del gozo. Su alma sangraba, silenciosa.
Pero la nuera ya no daba señales de vida. Ni cartas, ni respuestas, ni llamadas. ¿Cómo saber el estado de la niña? Don Mateo nunca había visto a su nieta fuera de las fotos, sin embargo la quería como si la hubiese criado. Decían los viejos que la muchacha era idéntica a Eloísa de joven.
Decidió ir al lugar donde vivieron su hijo y su familia; justo la víspera del viaje, una escena inesperada: un coche aparca frente al portal como flotando en el aire, bajan unas camillas sin ceremonias, y aparece una señora con aire fiero. Hasta que Don Mateo descifró la niebla mental, era la nuera, la viuda de su hijo. Tras ella entraron con la camilla, y sobre ella yacía la nieta, inmóvil, abandonada en el sofá como una muñeca de trapo.
Está paralizada de pies a cabeza. Yo no quiero una hija así. Aún tengo tiempo de casarme de nuevo y tener hijos sanos dijo la nuera, con voz hecha de cuchillos de hielo.
¡Pero yo no soy médico! balbuceó Don Mateo.
No hace falta médico. Ya han dicho que no pueden hacer nada. Solo necesita una cuidadora. Si no te quieres ocupar, entiérrala viva, pero yo no me mataré por ella. ¡No soy su cuidadora! y la mujer se fue, dejando la casa envuelta en silencio y viento.
¡Y tampoco eres madre! gritó Don Mateo entre las paredes, pero ya sólo quedaba el eco.
Todo se iluminó: ¿cómo iba el hijo a venir de visita con semejante esposa? Con alguien así solo apetece pelear en el mercado, no visitar familia. ¿Cómo pudo el hijo enamorarse de semejante tormenta de malas artes? Ahora, ni preguntarlo, ya no tiene sentido. Si hubiese sabido que la madre abandonaba a la hija, se habría retorcido en la tumba. Así, quedaron Don Mateo y la nieta, juntos y hechos de soledad.
La niña estaba paralizada, y Don Mateo tenía ya las manos llenas de faena y medicina de casa. Pero ahora por fin tenía sentido la vida: sanar a la niña era su misión, aunque pareciera imposible.
Los médicos, después de verla, se desentendieron: la niña llevaba heridas imposibles, decían que ni la vida ni los santos podían ya ayudarle. Sólo quedaban los remedios antiguos, las yerberas. La curandera más cercana vivía tan lejos que ni las carreteras podían llegar a ella con niña paralizada, y tampoco salía ya de casa, que estaba vieja y encorvada como las viñas del otoño.
Así cada semana, Don Mateo iba y venía, trayendo hierbas y ungüentos extraños. Así trataba a la nieta, en la penumbra. Pasó más de un año: la chica sin mover mano ni pierna, con la voz disuelta, apenas murmurando palabras que nadie podía reconocer.
A veces, Don Mateo veía una lágrima resbalar por la mejilla de la niña. El corazón se le partía como cristal helado, suponía que era la ausencia de la madre y el padre lo que la hacía llorar. El abuelo le hablaba largo, leyéndole libros, cuentos, pero la niña no podía contestar, solo mirar con ojos llenos de niebla.
Una tarde, justo cuando el sol se colaba por la ventana como humo dorado, sucedió lo imposible: mientras el abuelo velaba junto a la cama, un grupo de jóvenes borrachos irrumpió en la casa, deslizándose como sombras sin puertas. Don Mateo había olvidado la entrada abierta, y los muchachos, volviendo de la verbena, vieron la luz encendida. Sabían de la muchacha paralizada, y uno, sin alma, propuso entrar a divertirse, porque seguro no puede resistirse o le dará igual.
¡Abuelo, quita la manta y abrele las piernas! Que echamos suerte para ver quién empieza ordenaba el más borracho, la voz como cuchillo oxidado.
¡Por favor! ¡Tiene solo quince años! gritó Don Mateo, como si el viento lo escuchara.
Espera, sólo voy al baño dijo el abuelo, corriendo a la cocina, abriendo la trampilla secreta y gritó: ¡A por ellos!
De allí, en ese instante de sueño, saltó un mastín español, tan grande y fiero como las campanas del pueblo. Mordía pantalones y traseros sin piedad, y al jefe del grupo casi le arranca la hombría. Los muchachos huyeron con los pantalones rotos, corriendo por las calles con las nalgas al aire, mientras el mastín los seguía brincando por la ventana hasta la frontera del pueblo. La gente reía, la noche se llenó de ecos y sueños rotos.
Don Mateo volvió al cuarto, y la nieta, sentada ahora en la cama, gritaba por la ventana:
¡Bruno! ¡Bruno! ¡Corre, abuelo, agárralo que se escapa!
Aquí el abuelo lloró de alivio y de alegría, lágrimas como aceitunas maduras. Desde entonces, la nieta empezó a mejorar. En poco tiempo, caminaba despacio. Nadie supo si fueron los brebajes de la curandera, el susto de la noche, o el amor del mastín; pero la muchacha hablaba sin parar, compensando los largos meses de silencio. ¿Y de dónde vino el perro?, preguntaréis. Simple: Bruno vivió con el hijo de Don Mateo, y tras la tragedia, la nuera se deshizo tanto de la hija como del perro, llevándolos, pero sin palabras para el abuelo.
Cuando el abuelo fue a cerrar la puerta después de la partida de la nuera, al pie de la entrada, vio el mastín: delgado hasta el hueso, la mirada triste como las vacas enfermas, las lágrimas verdaderas rodándole de los ojos. Don Mateo no sabía ni que su hijo tuvo perro. No podía dejarlo fuera, así que lo adoptó.
El animal le fue leal, siempre a su lado; en los días de calor, el abuelo ponía a Bruno en el sótano, para que no sufriera, soltándolo al caer la tarde. Esa noche, no lo había soltado aún, por eso pudo aparecer cuando más falta hacía. Si Bruno hubiese estado fuera, los insensatos nunca habrían entrado en la casa.
La nieta confesó después que lloraba porque echaba de menos al perro. El abuelo lo mantenía en el patio, no lo dejaba entrar en la casa, y ella no podía decirle nada sobre su pena.
Bruno, tras ahuyentar a los borrachos, regresó y lambió la cara de su pequeña dueña con la alegría infinita de un sueño reparador. También él la había echado de menos. Así empezaron a vivir juntos: Don Mateo, la nieta y Bruno. Y de la madre de la niña, nunca se volvió a saber nada, como si la hubiera devorado el silencio de los campos de Castilla.







