Cada martes
Clara se apresuraba en el metro madrileño, sujetando en la mano una bolsa de plástico vacía. Esa bolsa era el símbolo del fracaso de hoy: dos horas perdidas deambulando por El Corte Inglés y otras tiendas de la calle Preciados, y ni una sola buena idea para el regalo de su ahijada, la hija de su amiga. Lucía, con diez años, había dejado atrás su pasión por los caballos y, de un tiempo a esta parte, sólo hablaba de astronomía. Encontrar un telescopio decente dentro de un presupuesto razonable resultó una tarea de una dificultad casi galáctica.
Anochecía ya, y bajo tierra se sentía ese cansancio especial del final del día. Clara, dejando pasar la corriente de gente que salía, se dirigió hacia la escalera mecánica. Fue entonces cuando su oído, hasta entonces ausente del murmullo general, captó un fragmento nítido, cargado de emoción.
Jamás pensé que volvería a verlo, de verdad decía una voz juvenil y nerviosa. Ahora, cada martes, él recoge a la niña de la guardería. En persona. Llega con su propio coche, y se van juntos al parque de las atracciones, ese de siempre…
Clara se quedó quieta en el peldaño de la escalera, que descendía lentamente. Incluso se giró un instante y alcanzó a ver a la que hablaba: un abrigo rojo vivo, rostro inquieto, ojos brillando. Y a su amiga, escuchando con atención, asintiendo.
“Cada martes”.
Ella también tuvo un día así, hace tres años. No era lunes, de comienzos pesados, ni viernes, con la promesa del descanso. Justo martes. El día en torno al cual giraba su mundo.
Cada martes, a las cinco en punto, Clara salía corriendo del instituto público de Lavapiés, donde enseñaba Lengua y Literatura castellanas, y casi iba a la carrera hasta el otro lado de la ciudad. Al conservatorio de música, el antiguo palacete de suelos de madera crujiente en Chamberí. Iba a recoger a Marcos. Un niño de siete años, serio para su edad, con un violín de tamaño casi igual al suyo. No era su hijo era su sobrino. Hijo de su hermano Antonio, fallecido en un trágico accidente hace tres años.
Durante los primeros meses tras el funeral, aquellos martes eran un rito para sobrevivir. Para Marcos, que se había encerrado en sí mismo y apenas pronunciaba palabra. Para su madre, Olga, que apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama. Y para la propia Clara, que intentaba recomponer los pedazos de su vida compartida, convirtiéndose en ancla, en pilar, la mayor de todos en medio de esa pesadilla.
Recordaba cada detalle. Cómo salía Marcos de clase, cabizbajo, sin mirar a nadie. Cómo ella le cogía el estuche del violín y él se lo entregaba en silencio. Caminaban juntos hasta el metro, y Clara le contaba alguna anécdota divertida: un error gracioso de un alumno en redacción, o la historia del cuervo que robó un bocadillo en el patio del colegio.
Un día, en pleno noviembre madrileño, con lluvia y frío, él le preguntó de repente: Tía Clara, ¿a papá tampoco le gustaba la lluvia? Y ella, conteniendo la punzada dulce y dolorosa de aquel recuerdo, respondió: La odiaba. Siempre corría a cobijarse bajo cualquier toldo. Entonces, él le cogió la mano. Fuerte, como un adulto. No porque necesitara que le llevasen, sino como si intentara atrapar algo que se escapaba. No era la mano de Clara lo que quería retener, sino el recuerdo: papá corriendo por la acera, papá resoplando bajo un paraguas, papá presente no sólo en la memoria, sino aquí mismo, en el aire húmedo, en la ciudad.
Durante tres años, la vida de Clara se dividió en “antes” y “después”. Y el martes fue el día en que más viva se sentía, aunque costara. Los demás días eran simples telón de fondo, mera espera. Preparaba con esmero esos martes: compraba zumo de manzana, el favorito de Marcos, descargaba capítulos de dibujos animados a su móvil para distraerle en el metro, y pensaba en temas de conversación.
Luego Olga poco a poco volvió a la vida. Encontró trabajo. Y, tiempo después, un nuevo amor. Decidió empezar de cero en otra ciudad, lejos de recuerdos y fantasmas. Clara les ayudó a hacer las maletas, embalar el violín de Marcos en una funda blanda. Les despidió en Atocha, abrazando largo a Marcos. Escríbeme, llámamedijo entre lágrimas contenidas. Siempre estaré aquí.
Al principio, Marcos llamaba cada martes, justo a las seis. Durante unos minutos, ella volvía a sentirse tía Clara, intentando preguntar y escuchar todo en quince minutos: del cole, del violín, de los amigos. Su voz era un hilo que cruzaba España de punta a punta.
Luego, las llamadas pasaron a ser cada dos semanas. Marcos crecía, tenía extraescolares, deberes, videojuegos con los amigos. Tía, perdona, el martes pasado se me olvidó, tenía un examenle escribía por WhatsApp. Y ella respondía: Nada, cielo. ¿Cómo fue el examen?. Ahora los martes ya no los marcaba la llamada, sino la espera de un mensaje, que a veces no llegaba. No se enfadaba. Entonces le escribía ella.
Después sólo en fiestas grandes. Cumpleaños, Año Nuevo. Su voz se hacía más firme, y hablaba no ya de sí mismo, sino con frases cortas: Bien, todo bien, estudiando. El padrastro de Marcos, Sergio, resultó ser un buen hombre, tranquilo, sin intentar ocupar el lugar de su padre, sólo estando allí. Eso era lo que importaba.
Hace poco nació una hermanita, Alejandra. En las fotos de Instagram, Marcos sostenía el bultito con torpeza y ternura. La vida, cruel y generosa, se abría camino. Surgían nuevas rutinas, cuidados a la pequeña, tareas del cole, planes para el futuro. Para Clara, en esa nueva vida, quedaba una pequeña y cada vez más estrecha esquina: la “tía del pasado”.
Y ahí, en el eco sordo del metro madrileño, aquellas palabras al azar”cada martes”no le sonaron como reproche, sino como eco suave. Como el saludo de aquella Clara que durante tres años cargó con una responsabilidad y un amor inmensos. Aquella Clara sabía quién era: apoyo, faro, pieza clave en la vida de un niño. Era imprescindible.
La mujer del abrigo rojo tendría, seguro, su propia historia entre el dolor y lo cotidiano. Pero ese ritmo, ese pacto inquebrantable”cada martes”era un idioma universal. El idioma de la presencia silenciosa que dice: “Estoy aquí. Puedes contar conmigo. Eres importante para mí justo ese día, en esa hora”. Fue un idioma que Clara dominó y que ahora casi había olvidado.
El tren arrancó. Clara enderezó la espalda, mirando su reflejo en el cristal del túnel.
Bajó en su parada, ya sabiendo qué haría mañana: pediría por internet dos telescopios igualesno de lujo, pero buenos. Uno para Lucía. Otro para Marcos, enviado a casa. Y en cuanto él lo tuviera, le escribiría: Marcos, este es para que miremos el mismo cielo, aunque estemos en ciudades distintas. ¿Qué te parece si el próximo martes, a las seis de la tarde, si está despejado, buscamos juntos la Osa Mayor? Sincronizamos el reloj. Un beso, tía Clara.
Subió la escalera mecánica hacia la calle, a la noche fría y limpia de Madrid. Ahora, el próximo martes ya no estaba vacío. Tenía un propósito de nuevo. No como una carga, sino como un acuerdo tierno entre dos personas unidas por la memoria, la gratitud y la silenciosa pero firme fibra de la familia.
La vida seguía. Y en su agenda aún quedaban días que no sólo se vivían: se podían reservar. Reservar para ese pequeño milagro callado de mirar el cielo al mismo tiempo, a cientos de kilómetros. Para una memoria que ya no duele, sino arropa. Para un cariño que ha aprendido a hablar en la distancia y, por ello, es más discreto, sabio y fuerte.







