Mientras paseaba por el borde del lago de Sanabria, Carmen, una chica con más curiosidad que un gato en primavera, se topó con un ganso salvaje que parecía estar pidiendo ayuda con la mirada.
Los demás transeúntes, que ya habían aprendido a temerle a cualquier ave con plumas de tamaño sospechoso, se alejaban temiendo que el ganso les diera una “patadita”. Pero Carmen no podía quedarse mirando; decidió acercarse y ofrecerle algo de pan. Resultó, sin embargo, que el ganso no quería comer, sino que la invitaba a seguirlo, como quien dice ¡aquí hay lío!
Con un poco de valor y con la sospecha de que el ganso no estaba tramando una invasión Carmen se lanzó tras la ave, que la condujo rápidamente por un sendero de hierba. Allí, entre las piedras que bordean el lago, descubrió a un pequeño polluelo atrapado. Alrededor, la familia entera del ganso chapoteaba y graznaba, como si fuera una reunión familiar de domingo.
Con mucho cuidado, Carmen sacó al pichón y lo devolvió a sus padres. El ganso adulto volvió a reunirse con su cría y, satisfecho, se alejó nadando con la tropa completa.
Pero los gansos, agradecidos, no se limitaron a decirle gracias con el pico. Días después aparecieron en el patio de la casa de Carmen, pico tras pico, para rendirle homenaje. Ella, que no tenía nada en contra de una compañía emplumada, les dio de comer y se aseguró de que ninguno se cayera del árbol de la viña.
Con el paso de las semanas, Carmen empezó a comprender lo importante que es prestar atención a quien el mundo suele pasar por alto. Cada mañana la recibían con alegres graznidos, cada tarde la acompañaban hasta la puerta y, cuando tenían que buscar comida, dejaban a sus polluelos bajo el cuidado de la joven.
Ya no había quien temiera al ganso; al contrario, la gente del pueblo venía a ver la insólita amistad entre una muchacha y una familia de aves silvestres. Así, aquel encuentro junto al lago no solo salvó a un diminuto ganso, sino que transformó la vida de Carmen, llenándola de ternura, confianza y una felicidad tan serena como el agua del lago.
Y cada vez que Carmen pasa por allí, el viento le susurra un alegre ¡gracias! que parece provenir de todas esas pequeñas alas que ahora forman parte de su día a día.







