¿Cómo que el móvil está apagado? ¡Pero si hace cinco minutos estaba hablando con alguien! Lucía se quedó en medio del recibidor, apretando el teléfono contra la oreja.
Echó un vistazo a la cómoda.
La cajita donde guardaba sus joyas seguía en su sitio, pero algo le resultaba extraño: la tapa estaba mal cerrada.
¡Román! gritó hacia el fondo del piso ¿Estás en el baño?
Lucía avanzó despacio hacia la cómoda. Al tocar la madera pulida, sintió un escalofrío. La cajita estaba vacía. Vacía por completo.
Ni siquiera quedaba el recibo que usaba como marcador de libro.
Junto con las joyas, habían desaparecido sus ahorros. Bueno, esos los había dado ella voluntariamente
Madre mía suspiró, dejándose caer en el suelo ¿Cómo me ha pasado esto? Pero si ayer aún discutíamos por el color de las paredes Y prometiste que en agosto íbamos juntos a Cádiz
Todo había empezado de la forma más tonta. En junio del año pasado, el pistón de su cucaracha así llamaba cariñosamente a su viejo Renault Clio se atascó.
En el taller se pasaron con el presupuesto, así que indignada se metió en un grupo de Facebook de su ciudad: Ayuda Motoristas Madrid.
Chicos, ¿alguien sabe si se puede desatascar un pistón gripado en casa? escribió, subiendo una foto de la rueda llena de porquería.
Le respondieron enseguida. Unos decían ni se te ocurra tocar el motor tú sola, otros le recomendaban piezas nuevas.
Y entonces le escribió un tal Roman85:
No hagas caso, compra un bote de WD-40 y un kit de juntas, te costará unos veinte euros. Quita la rueda, empuja el pistón desde el pedal, pero no hasta el final. Limpia con líquido de frenos, lubrica bien. Si el cilindro está bien, te aguanta seguro.
A Lucía le pareció un consejo buenísimo y sin chulerías.
¿Y si el cilindro está picado?, respondió ella.
Entonces hay que cambiarlo, pero por la foto tu coche se ve muy cuidado, no creo que haya daño. Si tienes dudas, escribe por privado y te ayudo en lo que pueda.
Así empezaron a hablar.
Román era un hacha con los coches. En una semana le aconsejó cómo cambiar el aceite, elegir las bujías e incluso qué anticongelante ni tocar.
Lucía se sorprendió esperando sus mensajes.
Oye Rómán, eres mi salvador le escribió a finales de julio. Estaba pensando ¿nos vemos? Yo invito a café… o a algo más fuerte, por el presupuesto que me has ahorrado.
No contestó enseguida. Tres horas después, la pantalla del móvil se encendió.
Lucía, me encantaría. De verdad. Pero ahora mismo… estoy fuera. Es como una especie de comisión de servicio, larga. En el extranjero, puedes decir.
¿Tan lejos?, preguntó ella, sorprendida.
Más lejos imposible. Y te digo la verdad, Lucía, porque me caes muy bien. No estoy de viaje, estoy cumpliendo condena. Centro Penitenciario Alcalá Meco, no sé si te suena.
Lucía dejó caer el móvil en el sofá. Una punzada en el pecho.
¿Un preso? ¿Ella, Lucía, que era contable en una empresa grande, llevando dos semanas hablando con un ex presidiario?
¿Por qué motivo?, tecleó con los dedos temblorosos.
Estafa. Me pillé los dedos en una tontería, algún mangoneo, algo me engañaron, algo caí. Me queda menos de un año. Si quieres, borra la conversación y hasta aquí.
Lucía no respondió. Le bloqueó y pasó tres días con el alma en vilo. Sus compañeros en el trabajo preguntaban si estaba enferma.
Y ella no dejaba de pensar:
¿Por qué? ¿Por qué alguien tan listo, mañoso y buena persona está ahí metido?
Al cabo de una semana, le saltó un mensaje al correo. Román, que alguna vez le había pedido su dirección, le había escrito. No lo había borrado de los contactos, simplemente no entraba al chat.
Lucía decía el mensaje. No me lo tomo a mal. Te entiendo. Me lo esperaba. Eres buena y decente. No necesitas a alguien como yo.
Solo quería darte las gracias por estas dos semanas. Han sido los mejores días que recuerdo en tres años. Te deseo lo mejor. Adiós.
Lucía lo leyó sentada en la cocina, y de repente rompió a llorar, por él, por ella, por lo injusta que era la vida.
¿Por qué a todo el mundo le va bien y a mí me tocan casados, niñatos, y ahora, el único que vale la pena está en la cárcel?, se repetía.
Nunca contestó
***
Lucía intentó quedar con otros chicos, pero nada funcionaba.
Uno le hablaba media noche de su colección de sellos, otro apareció con las uñas negras y le pidió pagar a medias.
En marzo, el día que cumplió treinta y cinco, se sintió más sola que nunca.
Al despertarse, le llegó una notificación.
Feliz cumpleaños, Lucía escribía Román. Sé que quizá no deba, pero no me aguanto. Te mereces que se desvivan por ti. He hecho un regalo con miga de pan y cables Si pudiera dártelo Solo quería que supieras que hoy, en algún sitio de Castilla, alguien brinda con un té malísimo por ti.
Gracias, Rómán le contestó, sin poder evitarlo. Me ha hecho ilusión.
¡Has contestado! se notaba que rebosaba alegría. ¿Cómo estás tú? ¿Y la cucaracha? ¿Aguantó el frío?
Y volvió todo a empezar.
Ahora hablaban cada día. Llamaba en cuanto podía.
Tenía una voz profunda, ligeramente ronca.
Le contaba su vida: cómo creció con su hermano, cómo ahora cuidaba de sus sobrinos, cómo soñaba con empezar de cero.
Lucía, no voy a volver a mi barrio le decía, mientras ella cenaba. Allí está la pandilla de siempre, y acabaría cayendo otra vez en líos.
Querría irme a cualquier otro sitio. Algo me darán: sé trabajar, puedo entrar de peón, a un taller, lo que quiera.
¿Y dónde te gustaría?
Donde estés tú. Pillaría una habitación baratita, un estudio, solo por saber que respiras el mismo aire.
Pero no te agobio, ¿eh?
En mayo, Lucía estaba coladísima.
Sabía hasta el horario de las inspecciones de su módulo, cuál era el día de ducha y cuál el de curro en el taller.
Le enviaba paquetes: té, jamón, calcetines de lana, recambios para sus inventos.
Róman, aguanta y no te metas en líos le suplicaba.
Por ti, lo que sea, cariño. Me largan en abril.
Te espero.
***
En abril, Lucía fue a las puertas de la cárcel. Le había comprado chaqueta nueva, vaqueros, deportivas.
El corazón casi se le salía del pecho.
Cuando salió, bajito, fuerte, el pelo muy corto ya con canas, Lucía se quedó inmóvil.
En las fotos era distinto.
Pero cuando sonrió y le soltó: Bueno, ¿qué tal, jefa?, ella se le lanzó al cuello.
Dios, estás vivo le susurraba, oliendo su mejilla áspera.
¿Dónde iba a ir? él la apretó fuerte. Y hueles de maravilla, por cierto a flores.
Se fueron a casa de ella.
La primera semana, como en un sueño. Román arregló la fuga del grifo, el pestillo de la puerta que fallaba, todo en un visto y no visto.
Por las noches compartían sobremesa en la cocina, bebían verdejo y él le contaba historias de su otra vida, eludiendo siempre lo más delicado.
Oye, Román dijo al décimo día, eso de buscar piso ¿para qué? Aquí hay sitio de sobra, estamos mejor juntos.
Así ahorras y te compras herramientas, te estableces.
Lucía, no es lo correcto frunció el ceño, removiendo el azúcar. Soy hombre, debería buscar mi propio sitio.
Y justo ahora, estoy viviendo a tu costa.
Deja ya le tapó la mano. Estamos juntos, saldremos adelante.
Me ha llamado mi hermano dijo de repente, serio. Mi sobrino ha caído enfermo, cirugía privada. Me pide un préstamo y mira cómo estoy, ni un duro tengo. Me da una vergüenza, Lucía
¿Pero cuánto necesitan?
Bastante Unos cinco mil euros. Dice que algo ya tiene.
Estoy pensando en pirarme a Barcelona para un trabajo de parando – de esos de mucho curro, poco tiempo.
Lucía se quedó en silencio. Justo tenía esos cinco mil euros ahorrados en la cajita. Llevaba tres años guardándolos, renunciando a mil cosas.
Pensaba reformar la casa, alicatar el baño, poner una ducha de hidromasaje
Yo tengo ese dinero susurró.
Román levantó la cabeza.
Ni se te ocurra. Es tuyo. No voy a tocarlo.
Román, es tu sobrino. Es familia. Tú mismo dices que eso es sagrado. Cógelos, me los devuelves cuando puedas. Ahora estamos juntos.
Estuvo dos días como alma en pena, fumando en el balcón aunque prometió dejarlo.
Al final, fue Lucía la que sacó los billetes y los dejó en la mesa.
Llévalo o haz la transferencia. Como prefieras.
Mejor ir allí dijo él abrazándola. Así hablo con mi hermano sobre si hay curro por la zona.
Dos días, Lucía. Ida y vuelta. Como mucho.
***
Llevaba una hora sentada en el suelo del recibidor. Tenía las piernas dormidas pero ni las sentía.
Recordó la noche anterior. Habían visto una comedia tonta, él se reía, la abrazaba. Y Lucía se sentía la mujer más feliz del mundo.
Me voy un par de días antes de lo previsto, le dijo antes de dormir.
Se largó un día antes. Ella dormía, ni oyó cómo salía.
Creyó que el portazo era el de los vecinos.
A las dos fue ella la que llamó al hermano. El número ese que Román le dio por si acaso.
¿Hola? contestó una voz ronca. ¿Quién es?
Hola, soy Lucía, la pareja de Román. ¿Ha ido hoy para allá?
Silencio. Luego un suspiro largo.
¿Qué Román? Mi hermano se llama distinto, y sigue en la cárcel otros seis meses. Sale en octubre.
A Lucía se le nubló la vista.
¿Cómo que en octubre? Pero si salió en abril, yo misma le recogí de la cárcel de Alcalá.
Mire, mi hermano está en otro centro. Y Román Román era mi compañero de celda, salió hace dos meses.
De paso me robó el móvil y todos los contactos. Deje, que seguro que es otra a la que ha estafado. Es un crack para eso.
Estudió ingeniería, tiene labia.
Lucía dejó el móvil en el suelo. Recordó cómo le enseñó a cambiar las bujías.
Lo importante es no apretarlas demasiado, que te cargas la rosca.
Pues la he destrozado murmuró Lucía. He arruinado todo, pero a mí misma.
De pronto comprendió que no sabía nada real de ese hombre. Nunca le vio el DNI. Ni papeles del juzgado.
¿Y si ni siquiera se llamaba Román?
***
Por supuesto, Lucía fue a comisaría y denunció. Enseñó la foto y le contaron bastantes cosas interesantes.
Se llamaba Román, sí. Y eso era lo único cierto.
El resto, media vida entre rejas: la conoció mientras cumplía su tercer ingreso.
Lucía respiró hondo, cambió la cerradura y decidió que, comparado con lo que había pasado a algunas de sus exparejas aún había salido bien parada.







