— Ya va siendo hora de que madures — le dijo Nerea a su marido. Su reacción la sacó de quicio ¿Qué te parece vivir con un adolescente eterno atrapado en el cuerpo de un cuarentón? Eso de pedirle: «Óscar, ve tú a la reunión del cole», y que conteste: «No puedo, tengo torneo de tanques online mañana». O recordarle la factura de la luz, que asienta y sonríe, y una semana después cortan el agua caliente porque lo olvidó: estaba enganchado al “LoL”. O que tu hijo de doce años te pida ayuda con física mientras el padre, en el salón y con los cascos puestos, grita «¡Cañones a la izquierda, inútiles!» Nerea convivió con esto diecisiete años. ¿Te imaginas? Se conocieron en la universidad — Óscar era el alma de la fiesta, siempre con su guitarra y un chiste. Nerea, empollona de matrícula, se enamoró de esa ligereza, de su manera de disfrutar la vida real, no solo de existir. Parecía el equilibrio ideal: ella responsable, él divertido, el yin y el yang. Acabó siendo ella la que empujaba del carro, y él el que iba subido arriba, balanceando las piernas. Tras la boda, Óscar trabajaba… de aquello en aquello: gestor, encargado, asesor, siempre donde no hubiera que «esforzarse demasiado». El sueldo mediocre, siempre con la excusa: «Es temporal, Nere, ya verás cómo mejora». Nunca mejoró. Mientras, Nerea se deslomaba en Hacienda: estable, seguro, aburrido. Pagaba la hipoteca, llenaba la nevera, llevaba a Álvaro al médico, revisaba deberes. Óscar, por su parte, “descansaba de su jornada”… hasta las tres de la mañana, frente al ordenador. — Óscar —le pedía ella agotada—, alguna vez podrías ir tú a la reunión de padres, que no siempre puedo pedir permiso en el trabajo. — Imposible, Nere, mañana tengo una reunión importante. La “reunión” era una caña con el colega de siempre en el bar. — Acordaos de pagar internet. Nos lo van a cortar. — Sí, sí. No lo pagaba. Acababa pagándolo Nerea. Se convirtió en madre, gestora, carcelera… Menos en esposa. Cuando la paciencia explota Álvaro lloraba sobre el libro. — Mamá, no entiendo el problema. Papá, ayúdame. Óscar seguía en el sillón, auriculares puestos, absorto. — ¡Papá! —más alto. Nerea fue y le quitó los cascos. — ¿No oyes a tu hijo? — ¿Eh? —Óscar, molesto—. Nere, ahora estoy ocupado. — ¿Ocupado? —miró la pantalla: tanques, explosiones, insultos en el chat—. ¿A esto llamas estar ocupado? — No empieces. — ¡Tu hijo te pide ayuda y tú llevas horas metido en tu vicio! — Es “LoL” —corrigió él, tranquilo—. Y tengo buen ranking. — ¡Me da igual tu ranking! Álvaro se fue en silencio. Estaba acostumbrado: mejor no interrumpir cuando empezaban. Nerea se quedó frente a Óscar. Un tipo hecho y derecho, con tripa cervecera y cara de niño. — Óscar —musitó despacio, con voz peligrosa—. Ya es hora de que madures. Óscar se levantó de golpe, el sillón rodó hacia atrás. — ¿Cómo? Nerea se sobresaltó. — ¿¡Que madure!? ¡Estoy harto de que me mangonees! ¡De oír que soy un desastre, que no tengo responsabilidad! — Óscar… — ¡Cállate! —cogió la chaqueta—. Ya está. Me voy. Vive como te dé la gana. Portazo. Nerea se quedó sola en medio del salón. Cuando el hijo sabe más que la madre Nerea pasó la noche en la cocina, mirando por la ventana. Pensando. Óscar no volvió. No cogía el móvil ni contestaba. Por primera vez en diecisiete años, Nerea no salió a buscarle. No llamó a los amigos. No se puso nerviosa. Por la mañana apareció Álvaro, medio dormido, pelo alborotado. — Mamá, ¿dónde está papá? — Se fue —respondió ella seca. — ¿Otra vez os habéis peleado? — No exactamente. El niño se sirvió té, se sentó. Silencio largo. De pronto, pregunta: — Mamá, ¿tú sabes que papá está vendiendo el coche? Nerea se quedó tiesa con la taza en la mano. — ¿Cómo? — Me dijo que no lo contara, pero como os habéis peleado… —Álvaro inquieto—. Recogía papeles, vi que sacaba copias de pasaportes, del libro de familia y otros documentos. Un escalofrío. — ¿Cuándo fue eso? — Hace una semana. Dijo que era “por si acaso”. Que no nos preocupáramos. Nerea fue al cuarto de Óscar: llevaba seis meses durmiendo en el sofá “por la espalda”. Abrió su escritorio. Papeles, recibos, trastos. En el fondo del cajón, una carpeta. La abrió y sintió que el suelo se hundía. Contrato de aval. En negro sobre blanco: Óscar Fernández Martín se compromete a avalar un préstamo de 48.000 euros. Prestatario: Rubén Fernández Martín. Su hermano. El mismo hermano gafe que hace cinco años les dejó llenos de deudas, provocó un infarto a los padres y desapareció hasta que los prestamistas se cansaron. Cuarenta y ocho mil euros. Nerea se dejó caer en el sofá. Siguió leyendo. Garantía: el coche de la familia, por el que tardaron tres años de créditos. Y además, documentos para poner como aval el piso: el piso familiar donde vivían todos. — Madre mía —susurró Nerea. Por eso Óscar había montado el espectáculo. Por eso gritaba lo del “mangoneo” y “estoy harto”. Sabía que ella lo descubriría. Decidió irse primero, hacerse la víctima. La “infantilidad” no era pereza ni irresponsabilidad: era huida. Miedo. Se escondía tras los videojuegos y la cerveza para no afrontar lo que hacía. Nerea cogió el móvil. Llamó a Óscar. Colgó. Volvió a llamar. — ¿Qué? —gruñó él. — Vuelve. A casa. Ya. — No pienso volver. No quiero oírte. — Pues yo sí tengo que decirte cosas. De Rubén. Del préstamo. De cómo estás dispuesto a arruinarnos por tu hermano, que ni se acuerda de ti. — ¿Has encontrado los papeles? — Sí. O vuelves, o voy yo misma a ver a Rubén y le explico todo. Apareció una hora después. Cuando la inmadurez no es debilidad, sino cobardía Entró maltrecho, con mal aliento y los ojos inyectados. Álvaro estaba en su cuarto —Nerea lo hizo quedarse ahí. — Siéntate —dijo ella firme. Se sentó. Miraba al suelo. — Cuarenta y ocho mil, —empezó Nerea despacio—. Avalando con nuestro coche y nuestro piso. Por tu hermano, que hace cinco años ya os hizo lo mismo. — No lo entiendes —musitó Óscar. — Explícamelo. — Rubén está en un apuro. Su negocio se fue a pique, le persigue la financiera. Es MI HERMANO. No podía decir que no. Nerea esbozó una sonrisa amarga. — No podías. ¿Y preguntarme, podías? — Sabía que no ibas a dejarme. — Habías hecho bien. Porque es una locura. Óscar, tenemos un hijo. Una hipoteca diez años más. Apenas llegamos a fin de mes. ¿Vas a cargar con cuarenta y ocho mil euros más? — Lo devolverá. — ¿Como devolvió la última vez? —Nerea se incorporó—. Recuerda cómo acabó todo. Tus padres rozando el infarto. Dijiste que era la última vez. — La gente cambia. — La gente no cambia, Óscar. Rubén es un desastre profesional. Vive siempre a costa de otros. Y ahora tú decides ser el siguiente pardillo. Guardó silencio, encogido como un chaval castigado. Cuando tienes que elegir entre un hermano y tu familia Óscar se puso de pie. — Es que… No podía fallarle. Es mi hermano. — ¿Y yo quién soy? —Nerea se irguió—. ¿Álvaro es qué? ¿Extraños? — Sois mi familia. Pero Rubén también lo es. — No —ella negó despacio—. Familia es quien te importa de verdad, a quien debes proteger. Rubén es un adulto que vive pidiendo favores. Y te ha vuelto a enganchar. Óscar callaba, con la mirada fija en el suelo. Nerea abrió el portátil, entró en el banco. — ¿Qué haces? —le inquietó él. — Cambio el acceso a nuestra cuenta. Donde va mi nómina. De donde pensabas pagar el préstamo de tu hermano. — ¡No puedes hacerme esto! — Sí puedo —contestó tranquila—. Son mis ahorros. Yo trabajo. Tú, los últimos cinco años, una chapuza aquí, otra allá, y poco más. Un golpe duro. Pero cierto. Óscar palideció. — Nerea… — Mañana voy al abogado —siguió cambiando contraseñas—. Voy a proteger el piso por si firmas de avalista. Y si hace falta, pido el divorcio. Separación de bienes. Te quito el acceso. — ¿Me amenazas? — Me protejo. Y a mi hijo. De ti. Óscar agarró la chaqueta. — ¿Sabes qué? Haz lo que quieras. Me voy con Rubén. Lo firmo —y ya. Quédate con tus cuentas. — Si firmas, pido el divorcio. Al instante. Él se quedó de piedra en la puerta. — ¿Hablas en serio? — Por supuesto. Óscar, llevo diecisiete años arrastrando este matrimonio sola. Sola he criado a Álvaro, pagado todo mientras tú “descansabas” jugando a tanques online. Lo soporté porque no bebes, no eres infiel, no pegas. Pero ahora nos hundes en deudas por tu hermano gafe. Eso sí que es la gota que colma el vaso. — ¡Es que es mi hermano! — Siempre pide. Hace cinco años, hace diez. Rubén es un profesional del chantaje emocional. Y tú caes. — Prometió devolverlo. — Óscar —se acercó—. Abre los ojos. Rubén nunca devuelve nada. Siempre pide. Y cuando se lía, desaparece. — Esta vez es diferente. — ¿Diferente? —gritó Nerea—. ¿Qué cambia? ¿Solo la cantidad? Ahora nos arruina a nosotros, no a tus padres. Cuando la verdad duele más que el amor Salió Álvaro. — Mamá… papá… ¿qué pasa? Se callaron. El niño los miraba con miedo, ese miedo cuando se tambalea el mundo. — Papá —preguntó bajito—. ¿De verdad vas a pedirle el préstamo por el tío Rubén? Óscar se estremeció. — ¿Lo has oído? — Todo —Álvaro se secó la nariz—. Papá, si no lo paga, ¿nos quedamos sin casa? — No —mintió Óscar—. No pasará nada. — Sí pasará —zanjó Nerea—. Álvaro, a tu cuarto. — Pero mamá… — ¡A tu cuarto! El niño desapareció. Nerea miró a su marido. — ¿Lo ves? ¿Ves cómo tu hijo tiene miedo? Solo tiene doce años. Debería preocuparse de exámenes y amigos, no si se va a quedar en la calle. Óscar se sentó en el sofá. Se cubrió la cara. — No sé qué hacer. — Sí lo sabes —sentenció Nerea—. Elige: tu hermano o tu familia. Ahora mismo. — No es tan fácil, Nerea. — Sí lo es. Llamas a Rubén y le dices: “Lo siento, tengo mi familia”. Tres frases. — ¿Y si le pasa algo? — Si le pasa, le pasará igual —se encogió ella de hombros—. Rubén siempre acaba igual: deudas, líos y pidiendo. Y así morirá. La pregunta es si quieres ahogarte con él. Silencio de Óscar. Nerea cogió su móvil. — Tienes veinticuatro horas. Mañana a esta hora o llamas a Rubén y renuncias, o pido el divorcio. No hay más opciones. Óscar llamó la tarde siguiente. Nerea estaba en la cocina con la abogada, que le explicaba cómo proteger su casa. El móvil vibró. Óscar. — Dime —contestó ella. — He llamado a Rubén. Silencio. — ¿Y? — Le he dicho que no. Nerea respiró hondo. — ¿Y? — Me ha insultado. Dice que soy un traidor, que no me vuelva a pedir nada, que ya no somos hermanos. —La voz de Óscar temblaba—. Nerea, me da miedo por él. ¿Y si le pasa algo? — No le pasará nada —contestó ella—. Rubén siempre encuentra a otro. Siempre. Él volvió una hora después. La abogada ya se había ido, le había dejado una carpeta de papeles. Óscar entró, y por primera vez en años no tenía cara de niño despreocupado, sino de hombre cansado. — ¿Álvaro está dormido? —preguntó. — Sí. Se sentaron. Nerea le puso delante los papeles del abogado. — Ahora empezamos de cero. Tienes que buscarte un trabajo de verdad, uno estable. Llevar la mitad de los gastos. Encargarte de Álvaro: reuniones, actividades, deberes. Todo a medias. Nada de secretos. Nada de decidir por tu cuenta. Óscar asintió en silencio. — Lo intentaré —dijo. Tres meses después Óscar empezó a trabajar de comercial en una constructora. Nerea dejó de controlar todo. Soltó el lastre. Resultó que él sabía hacer la cena, ayudar con los deberes… incluso fue solo a la reunión del cole. Rubén desapareció. Cambió de móvil. No volvió a llamar. Y por primera vez en diecisiete años, Nerea sintió que vivía. No que iba arrastrando un carro cuesta arriba. Vivía de verdad. Con un marido que, por fin, había madurado.

Ya va siendo hora de que madures le soltó Inés a su marido. Su reacción me dejó a cuadros.

Imagínate convivir con un adolescente perpetuo metido en el cuerpo de un tío de cuarenta años.

Es ese momento en el que dices: «Ramón, ¿puedes ir a la reunión del cole?», y te responde: «Imposible, mañana tengo torneo de FIFA».

O cuando le recuerdas lo de pagar la luz y él te asiente, sonríe, y a la semana os cortan el gas porque se le ha olvidado. Muy ocupado dándole caña al League of Legends.

O cuando el hijo, Lucas, con doce años, le pide ayuda con los deberes, y el padre, en la habitación de al lado, grita con los cascos puestos: «¡Por la izquierda, que no sabéis hacer nada, hombre!».

Inés llevaba aguantando así la friolera de diecisiete años, fíjate.

Se conocieron en la Complutense Ramón era el típico enrollado, el alma de la facultad, siempre con la guitarra y contando chistes. Inés, aplicada y empollona, se enamoró de esa ligereza suya, esa forma de tomarse la vida sin comerse el tarro. De vivir, no sólo sobrevivir.

Parecían el equilibrio perfecto: ella, formal; él, despreocupado. El yin y el yang.

El problema es que al final, ella tiraba del carro y él iba subido arriba balanceando las piernas.

Tras la boda, Ramón trabajó… de todo un poco. De gestor, de encargado, de asesor mil puestos de esos en los que no hay que dejarse la piel. El sueldo, flojete, pero él siempre tenía alguna excusa: «Inés, esto es temporal. Pronto mejorará».

Pero nunca mejoraba.

Mientras, Inés sudaba la gota gorda en Hacienda: sueldo seguro, sí, pero aburrido a morir. Ella pagaba la hipoteca, llenaba la nevera, llevaba a Lucas al médico, revisaba sus deberes… Y Ramón, pues, descansaba de la jornada.

En el ordenador. Hasta las tantas.

Ramón le decía ella, agotada, ¿puedes ir alguna vez tú a la reunión de padres? Yo no puedo seguir pidiendo permiso en el trabajo.

No puedo, Inés. Mañana tengo una reunión importante.

La reunión era, por supuesto, unas cañas con el colega de toda la vida.

Ramón, paga el WiFi, por favor, o nos lo cortan.

Vale, vale…

No lo pagaba. Lo hacía ella.

Al final Inés se sentía una mezcla de madre, jefa y carcelera. Pero lo que no era, desde luego, era esposa.

Y un día, explota el vaso
Lucas estaba con los ojos rojos clavado en el libro.

Mamá, no entiendo el ejercicio. Papá, ¿me ayudas?

Ramón, en el sillón, con sus auriculares, pegado a la pantalla.

¡Papá! más alto.

Inés se levantó, fue y le quitó los cascos de golpe.

¿No oyes a tu hijo?

¿Eh? Ramón la miró, mosqueado. Inés, ahora no, estoy liado.

¿Llamas liado a jugar a tanques en la Play?

Venga, no empieces…

¡Tu hijo te está pidiendo ayuda y llevas horas con esa tontería de las narices!

No es una tontería contestó él con calma. Y además, tengo un ranking que mantener.

Me da igual tu ranking, Ramón.

Lucas se fue a su cuarto, en silencio. Ya estaba acostumbrado. Cuando sus padres empezaban, lo mejor era desaparecer.

Inés se quedó delante de su marido. Y él ahí, un hombre grande, con barriguilla de cerveza y cara de niño bueno.

Ramón dijo bajísimo, tan bajo que daba miedo. Tienes que madurar.

De golpe, Ramón se levantó. El sillón casi se cae para atrás.

¿¡Cómo!?

A Inés le tembló el pulso.

¿Que madure? ¡Estoy harto de tus mandatos! ¡Harto de que me digas que soy un desastre, un irresponsable!

Ramón…

¡Cállate! se puso la chaqueta. Hasta aquí. Me largo. Vive como te dé la gana.

La puerta pegó tal batacazo que retumbó toda la casa.

Inés se quedó en medio del salón.

Cuando tu hijo sabe más que tú

Inés pasó la noche en la cocina.

Mirando por la ventana, dándole vueltas.

Ramón no volvió. No contestó al móvil. Ni a los mensajes. Nada.

Y por primera vez en diecisiete años, a Inés le dio igual. No fue a buscarle. No llamó a sus amigos. No se comió la cabeza.

Por la mañana apareció Lucas, medio dormido, con el pelo hecho un desastre.

¿Dónde está papá?

Se ha ido contestó ella sin rodeos.

¿Otra vez discutisteis?

Esta vez es diferente.

Lucas se sirvió un té, se sentó. Estuvo callado un rato.

Y de repente pregunta:

Mamá, ¿sabías que papá está vendiendo el coche?

Inés se quedó helada.

¿Qué?

Me dijo que no lo contara. Pero como os habéis peleao… Le vi haciendo fotocopias de papeles: el DNI, el libro de familia, y algo más.

A Inés se le puso la piel de gallina.

¿Cuándo fue?

Hace una semana. Dijo que por si acaso, que no nos preocupásemos.

Inés fue al cuarto de Ramón llevaba medio año durmiendo en el sofá por la espalda.

Abrió su escritorio. Papeles, recibos, todo patas arriba.

En el fondo, una carpeta.

La abrió. Y se le fue el mundo.

Contrato de aval.

En negrita: Ramón Sánchez López se compromete como avalista de un crédito de ciento diecisiete mil euros.

El deudor: Sánchez Javier López.

Su hermano. Ese que hace cinco años se metió en líos, dejó a los padres al borde del infarto y luego desapareció dos años hasta que se calmaron los acreedores.

Ciento diecisiete mil euros.

Inés se dejó caer en el sofá. Siguió leyendo.

El coche como garantía. El familiar, el que terminaron de pagar el año pasado.

Y más papeles: intención de hipotecar el piso. ¡El piso! Ese minipiso de dos dormitorios donde vivían los tres.

Dios mío… susurró.

Ya entendía por qué Ramón se puso así ayer. Por qué explotó hablando de dominadora y de no soporto más. Lo suyo no era solo pasotismo: era huida. Miedo. Se escondía detrás del ordenador y la cerveza para no enfrentar lo que había hecho.

Llamó a Ramón.

Colgó.

Insistió.

¿Qué? escupió él, seco.

Ven a casa. Ya.

No voy. No quiero hablar contigo.

Pues yo sí. Sobre Javier. El crédito. Y cómo estabas a punto de arruinar a tu familia por ese hermano tuyo que ni se acuerda de ti.

¿Has encontrado los papeles?

Los he encontrado. Ven ahora o voy a buscar a tu Javier y se lo cuento todo.

Ramón apareció una hora después.

La inmadurez no es debilidad, es cobardía

Ramón entró hecho polvo, malhumorado, oliendo a resaca.

Lucas, en su cuarto Inés le pidió que no saliera.

Siéntate dijo Inés, con calma.

Él se sentó. Mirando al suelo.

Ciento diecisiete mil euros empezó. Con el coche y el piso de garantía. Por tu hermano, que ya te hizo lo mismo hace cinco años.

No tienes ni idea resopló Ramón.

Explícate.

¡Javi está en un lío! Hundió su empresa, los bancos le están apretando. Es mi HERMANO. ¡Cómo iba a decirle que no!

Inés soltó una risa amarga.

¿Y consultarme a mí? ¿Eso sí podías?

Ni te ibas a enterar susurró él.

Y habría hecho bien, porque esto es una locura. Ramón, tenemos un hijo. Una hipoteca aún por diez años. Estamos con el agua al cuello. ¿En serio quieres atarte a ese préstamo?

Javi lo devolverá.

¿Como devolvió el del último fiasco? dijo ella, en pie. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas del infarto de tu padre? Dijiste que nunca más le ayudarías.

La gente cambia.

La gente no cambia, Ramón. Javier es un gafe. Un eterno pedigüeño. Va saltando de drama en drama. ¿Y ahora tú quieres ser su salvador otra vez?

Él no contestó. Seguía con la cabeza agachada. Como un niño castigado.

Cuando toca escoger entre un hermano y tu familia

De pronto, Ramón se levantó de golpe.

No podía dejarle tirado. ¡Es mi hermano!

¿Y yo qué soy? Inés se puso frente a él. ¿Y Lucas? ¿Somos figurantes?

Sois mi familia… Pero también Javi lo es.

No, Ramón negó ella. La familia es con quien cargas a diario, no el que solo viene cuando quiere algo. Y tu hermano solo viene a pedir. Siempre. Y tú caes, y nosotros pagamos.

Silencio.

Inés encendió el portátil. Entró al banco.

¿Qué haces? se puso nervioso Ramón.

Cambiar el acceso a la cuenta común. La de la nómina. De ahí pensabas pagar el crédito, ¿no?

¡No puedes hacer eso!

Claro que puedo resolvió ella. Es mi sueldo. Tú llevas cinco años de chapuza en chapuza y trayendo apenas cuatro duros.

Un golpe bajo. Pero merecido.

Ramón se quedó blanco.

Inés…

Mañana voy al abogado siguió ella, tecleando. Quiero saber cómo proteger el piso. Y si hace falta, pedir el divorcio, reparto, y quitarte el acceso a la casa.

¿Me estás amenazando?

No. Me estoy defendiendo. Y defendiendo a Lucas. De ti.

Ramón agarró el abrigo.

Pues haz lo que te salga. Me voy a casa de Javi. Firmaré los papeles. Vive tú con tu control y tus cuentas.

Si lo firmas, presento el divorcio hoy mismo.

Él se paró, cabizbajo.

¿Lo dices en serio?

Por supuesto. Llevo diecisiete años sacando esto adelante sola. Pagando. Criando a Lucas. Mientras tú pasabas pantalla en la consola y yo tragaba. Porque al menos no bebías, ni pegabas, ni me engañabas… pero ahora quieres arrastrarnos a la ruina por ese adicto a las deudas. Esto es el final.

¡Pero es que él me lo pide!

Claro, siempre lo hace. Hace cinco años, diez, siempre igual. Javier es un profesional del chantaje emocional y tú, el típico que pica.

Ha jurado devolvérmelo.

Ramón le cogió de la mano. Abre los ojos. No va a devolver nada. Solo sabe pedir y desaparecer.

Esta vez es distinto.

¿Distinto? perdió la voz. ¿El préstamo es más grande? ¿O es que ahora quiere estamparnos a nosotros en vez de a tus padres?

Cuando la verdad duele más que el amor

Lucas salió de su cuarto.

Mamá… Papá… ¿qué pasa?

Ambos enmudecieron.

Lucas les miraba, asustadísimo. Con ese miedo que se le mete a los niños cuando sienten que su mundo se va a romper.

Papá susurró Lucas, ¿de verdad vas a firmar ese crédito por el tío Javier?

Ramón se quedó de piedra.

¿Has oído todo?

Sí. Lucas se limpió las lágrimas con la manga. Papá, ¿si el tío no paga… nos quedamos sin casa?

No, hijo mintió Ramón. Todo irá bien.

No saltó Inés. Lucas, a tu cuarto ya.

Pero, mamá…

He dicho que vayas.

El niño se fue.

¿Lo has visto, Ramón? Tu hijo tiene miedo. Miedo de perder su casa. Con doce años debería estar pensando en fútbol y en los amigos, no en deudas.

Ramón se dejó caer en el sofá, la cara tapada.

No sé qué hacer…

Sí lo sabes cortó ella. Escoge: ¿hermano o familia? Ahora.

No es tan fácil, Inés.

Es más fácil que el mecanismo de un botijo. Llamas a Javier y le dices: Lo siento, no puedo, tengo familia. Ya está. Tres frases.

¿Y si le pasa algo?

Si pasa, pasará con o sin ti dijo ella, resignada. Tu hermano es así. Va de drama en drama, mete la pata, pide, no devuelve, y así todo el tiempo. ¿Quieres hundirte con él?

Silencio.

Inés sacó el móvil.

Tienes un día. Si mañana por la tarde no has llamado para rechazarlo, empiezo los trámites del divorcio. No hay más opciones.

Ramón llamó al día siguiente.
Inés estaba en la cocina con la abogada, una mujer de unos cincuenta, muy templada, que le explicaba cómo proteger el piso.

Vibró el móvil. Ramón.

Dime.

He llamado a Javi.

Pausa.

¿Y…?

Le he dicho que no.

Inés cerró los ojos y soltó el aire despacio.

¿Cómo se lo ha tomado?

Me ha llamado traidor. Dice que ya no tengo hermano. Ya no me habla. La voz de Ramón temblaba. Tengo miedo de que le pase algo, Inés.

No le va a pasar nada contestó ella firme. Encontrará a otro que le pague el numerito. Siempre encuentra.

Volvió a casa una hora después. La abogada se había marchado, dejando los papeles en la mesa.

Ramón entró y, por primera vez en mucho, tenía cara de hombre cansado, no de adolescente mago del FIFA.

¿Lucas duerme? preguntó.

Sí.

Se sentaron juntos.

Inés puso delante los papeles.

Esto empieza de cero. Tienes que buscar un trabajo de verdad, no de mientras. Compartes gastos. Compartes la crianza. Irás a las reuniones del cole, a las extraescolares, y todo por la mitad. Y nada de secretos ni decisiones a escondidas.

Ramón asintió, callado.

Vale, lo intentaré.

Tres meses después

Ramón está currando de comercial en una empresa de reformas.

Inés ha dejado de controlarlo todo. Ha respirado. Y resulta que Ramón sabe hacer la cena, ayudar con los deberes, hasta ha ido él solo a su primera reunión de padres.

De Javier nunca más se supo; cambió el móvil y se esfumó.

Y por primera vez en diecisiete años, Inés sintió que vivía. Que no tiraba de nadie. Que sencillamente, vivía.

Con un marido que, por fin, había aprendido a ser adulto.

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MagistrUm
— Ya va siendo hora de que madures — le dijo Nerea a su marido. Su reacción la sacó de quicio ¿Qué te parece vivir con un adolescente eterno atrapado en el cuerpo de un cuarentón? Eso de pedirle: «Óscar, ve tú a la reunión del cole», y que conteste: «No puedo, tengo torneo de tanques online mañana». O recordarle la factura de la luz, que asienta y sonríe, y una semana después cortan el agua caliente porque lo olvidó: estaba enganchado al “LoL”. O que tu hijo de doce años te pida ayuda con física mientras el padre, en el salón y con los cascos puestos, grita «¡Cañones a la izquierda, inútiles!» Nerea convivió con esto diecisiete años. ¿Te imaginas? Se conocieron en la universidad — Óscar era el alma de la fiesta, siempre con su guitarra y un chiste. Nerea, empollona de matrícula, se enamoró de esa ligereza, de su manera de disfrutar la vida real, no solo de existir. Parecía el equilibrio ideal: ella responsable, él divertido, el yin y el yang. Acabó siendo ella la que empujaba del carro, y él el que iba subido arriba, balanceando las piernas. Tras la boda, Óscar trabajaba… de aquello en aquello: gestor, encargado, asesor, siempre donde no hubiera que «esforzarse demasiado». El sueldo mediocre, siempre con la excusa: «Es temporal, Nere, ya verás cómo mejora». Nunca mejoró. Mientras, Nerea se deslomaba en Hacienda: estable, seguro, aburrido. Pagaba la hipoteca, llenaba la nevera, llevaba a Álvaro al médico, revisaba deberes. Óscar, por su parte, “descansaba de su jornada”… hasta las tres de la mañana, frente al ordenador. — Óscar —le pedía ella agotada—, alguna vez podrías ir tú a la reunión de padres, que no siempre puedo pedir permiso en el trabajo. — Imposible, Nere, mañana tengo una reunión importante. La “reunión” era una caña con el colega de siempre en el bar. — Acordaos de pagar internet. Nos lo van a cortar. — Sí, sí. No lo pagaba. Acababa pagándolo Nerea. Se convirtió en madre, gestora, carcelera… Menos en esposa. Cuando la paciencia explota Álvaro lloraba sobre el libro. — Mamá, no entiendo el problema. Papá, ayúdame. Óscar seguía en el sillón, auriculares puestos, absorto. — ¡Papá! —más alto. Nerea fue y le quitó los cascos. — ¿No oyes a tu hijo? — ¿Eh? —Óscar, molesto—. Nere, ahora estoy ocupado. — ¿Ocupado? —miró la pantalla: tanques, explosiones, insultos en el chat—. ¿A esto llamas estar ocupado? — No empieces. — ¡Tu hijo te pide ayuda y tú llevas horas metido en tu vicio! — Es “LoL” —corrigió él, tranquilo—. Y tengo buen ranking. — ¡Me da igual tu ranking! Álvaro se fue en silencio. Estaba acostumbrado: mejor no interrumpir cuando empezaban. Nerea se quedó frente a Óscar. Un tipo hecho y derecho, con tripa cervecera y cara de niño. — Óscar —musitó despacio, con voz peligrosa—. Ya es hora de que madures. Óscar se levantó de golpe, el sillón rodó hacia atrás. — ¿Cómo? Nerea se sobresaltó. — ¿¡Que madure!? ¡Estoy harto de que me mangonees! ¡De oír que soy un desastre, que no tengo responsabilidad! — Óscar… — ¡Cállate! —cogió la chaqueta—. Ya está. Me voy. Vive como te dé la gana. Portazo. Nerea se quedó sola en medio del salón. Cuando el hijo sabe más que la madre Nerea pasó la noche en la cocina, mirando por la ventana. Pensando. Óscar no volvió. No cogía el móvil ni contestaba. Por primera vez en diecisiete años, Nerea no salió a buscarle. No llamó a los amigos. No se puso nerviosa. Por la mañana apareció Álvaro, medio dormido, pelo alborotado. — Mamá, ¿dónde está papá? — Se fue —respondió ella seca. — ¿Otra vez os habéis peleado? — No exactamente. El niño se sirvió té, se sentó. Silencio largo. De pronto, pregunta: — Mamá, ¿tú sabes que papá está vendiendo el coche? Nerea se quedó tiesa con la taza en la mano. — ¿Cómo? — Me dijo que no lo contara, pero como os habéis peleado… —Álvaro inquieto—. Recogía papeles, vi que sacaba copias de pasaportes, del libro de familia y otros documentos. Un escalofrío. — ¿Cuándo fue eso? — Hace una semana. Dijo que era “por si acaso”. Que no nos preocupáramos. Nerea fue al cuarto de Óscar: llevaba seis meses durmiendo en el sofá “por la espalda”. Abrió su escritorio. Papeles, recibos, trastos. En el fondo del cajón, una carpeta. La abrió y sintió que el suelo se hundía. Contrato de aval. En negro sobre blanco: Óscar Fernández Martín se compromete a avalar un préstamo de 48.000 euros. Prestatario: Rubén Fernández Martín. Su hermano. El mismo hermano gafe que hace cinco años les dejó llenos de deudas, provocó un infarto a los padres y desapareció hasta que los prestamistas se cansaron. Cuarenta y ocho mil euros. Nerea se dejó caer en el sofá. Siguió leyendo. Garantía: el coche de la familia, por el que tardaron tres años de créditos. Y además, documentos para poner como aval el piso: el piso familiar donde vivían todos. — Madre mía —susurró Nerea. Por eso Óscar había montado el espectáculo. Por eso gritaba lo del “mangoneo” y “estoy harto”. Sabía que ella lo descubriría. Decidió irse primero, hacerse la víctima. La “infantilidad” no era pereza ni irresponsabilidad: era huida. Miedo. Se escondía tras los videojuegos y la cerveza para no afrontar lo que hacía. Nerea cogió el móvil. Llamó a Óscar. Colgó. Volvió a llamar. — ¿Qué? —gruñó él. — Vuelve. A casa. Ya. — No pienso volver. No quiero oírte. — Pues yo sí tengo que decirte cosas. De Rubén. Del préstamo. De cómo estás dispuesto a arruinarnos por tu hermano, que ni se acuerda de ti. — ¿Has encontrado los papeles? — Sí. O vuelves, o voy yo misma a ver a Rubén y le explico todo. Apareció una hora después. Cuando la inmadurez no es debilidad, sino cobardía Entró maltrecho, con mal aliento y los ojos inyectados. Álvaro estaba en su cuarto —Nerea lo hizo quedarse ahí. — Siéntate —dijo ella firme. Se sentó. Miraba al suelo. — Cuarenta y ocho mil, —empezó Nerea despacio—. Avalando con nuestro coche y nuestro piso. Por tu hermano, que hace cinco años ya os hizo lo mismo. — No lo entiendes —musitó Óscar. — Explícamelo. — Rubén está en un apuro. Su negocio se fue a pique, le persigue la financiera. Es MI HERMANO. No podía decir que no. Nerea esbozó una sonrisa amarga. — No podías. ¿Y preguntarme, podías? — Sabía que no ibas a dejarme. — Habías hecho bien. Porque es una locura. Óscar, tenemos un hijo. Una hipoteca diez años más. Apenas llegamos a fin de mes. ¿Vas a cargar con cuarenta y ocho mil euros más? — Lo devolverá. — ¿Como devolvió la última vez? —Nerea se incorporó—. Recuerda cómo acabó todo. Tus padres rozando el infarto. Dijiste que era la última vez. — La gente cambia. — La gente no cambia, Óscar. Rubén es un desastre profesional. Vive siempre a costa de otros. Y ahora tú decides ser el siguiente pardillo. Guardó silencio, encogido como un chaval castigado. Cuando tienes que elegir entre un hermano y tu familia Óscar se puso de pie. — Es que… No podía fallarle. Es mi hermano. — ¿Y yo quién soy? —Nerea se irguió—. ¿Álvaro es qué? ¿Extraños? — Sois mi familia. Pero Rubén también lo es. — No —ella negó despacio—. Familia es quien te importa de verdad, a quien debes proteger. Rubén es un adulto que vive pidiendo favores. Y te ha vuelto a enganchar. Óscar callaba, con la mirada fija en el suelo. Nerea abrió el portátil, entró en el banco. — ¿Qué haces? —le inquietó él. — Cambio el acceso a nuestra cuenta. Donde va mi nómina. De donde pensabas pagar el préstamo de tu hermano. — ¡No puedes hacerme esto! — Sí puedo —contestó tranquila—. Son mis ahorros. Yo trabajo. Tú, los últimos cinco años, una chapuza aquí, otra allá, y poco más. Un golpe duro. Pero cierto. Óscar palideció. — Nerea… — Mañana voy al abogado —siguió cambiando contraseñas—. Voy a proteger el piso por si firmas de avalista. Y si hace falta, pido el divorcio. Separación de bienes. Te quito el acceso. — ¿Me amenazas? — Me protejo. Y a mi hijo. De ti. Óscar agarró la chaqueta. — ¿Sabes qué? Haz lo que quieras. Me voy con Rubén. Lo firmo —y ya. Quédate con tus cuentas. — Si firmas, pido el divorcio. Al instante. Él se quedó de piedra en la puerta. — ¿Hablas en serio? — Por supuesto. Óscar, llevo diecisiete años arrastrando este matrimonio sola. Sola he criado a Álvaro, pagado todo mientras tú “descansabas” jugando a tanques online. Lo soporté porque no bebes, no eres infiel, no pegas. Pero ahora nos hundes en deudas por tu hermano gafe. Eso sí que es la gota que colma el vaso. — ¡Es que es mi hermano! — Siempre pide. Hace cinco años, hace diez. Rubén es un profesional del chantaje emocional. Y tú caes. — Prometió devolverlo. — Óscar —se acercó—. Abre los ojos. Rubén nunca devuelve nada. Siempre pide. Y cuando se lía, desaparece. — Esta vez es diferente. — ¿Diferente? —gritó Nerea—. ¿Qué cambia? ¿Solo la cantidad? Ahora nos arruina a nosotros, no a tus padres. Cuando la verdad duele más que el amor Salió Álvaro. — Mamá… papá… ¿qué pasa? Se callaron. El niño los miraba con miedo, ese miedo cuando se tambalea el mundo. — Papá —preguntó bajito—. ¿De verdad vas a pedirle el préstamo por el tío Rubén? Óscar se estremeció. — ¿Lo has oído? — Todo —Álvaro se secó la nariz—. Papá, si no lo paga, ¿nos quedamos sin casa? — No —mintió Óscar—. No pasará nada. — Sí pasará —zanjó Nerea—. Álvaro, a tu cuarto. — Pero mamá… — ¡A tu cuarto! El niño desapareció. Nerea miró a su marido. — ¿Lo ves? ¿Ves cómo tu hijo tiene miedo? Solo tiene doce años. Debería preocuparse de exámenes y amigos, no si se va a quedar en la calle. Óscar se sentó en el sofá. Se cubrió la cara. — No sé qué hacer. — Sí lo sabes —sentenció Nerea—. Elige: tu hermano o tu familia. Ahora mismo. — No es tan fácil, Nerea. — Sí lo es. Llamas a Rubén y le dices: “Lo siento, tengo mi familia”. Tres frases. — ¿Y si le pasa algo? — Si le pasa, le pasará igual —se encogió ella de hombros—. Rubén siempre acaba igual: deudas, líos y pidiendo. Y así morirá. La pregunta es si quieres ahogarte con él. Silencio de Óscar. Nerea cogió su móvil. — Tienes veinticuatro horas. Mañana a esta hora o llamas a Rubén y renuncias, o pido el divorcio. No hay más opciones. Óscar llamó la tarde siguiente. Nerea estaba en la cocina con la abogada, que le explicaba cómo proteger su casa. El móvil vibró. Óscar. — Dime —contestó ella. — He llamado a Rubén. Silencio. — ¿Y? — Le he dicho que no. Nerea respiró hondo. — ¿Y? — Me ha insultado. Dice que soy un traidor, que no me vuelva a pedir nada, que ya no somos hermanos. —La voz de Óscar temblaba—. Nerea, me da miedo por él. ¿Y si le pasa algo? — No le pasará nada —contestó ella—. Rubén siempre encuentra a otro. Siempre. Él volvió una hora después. La abogada ya se había ido, le había dejado una carpeta de papeles. Óscar entró, y por primera vez en años no tenía cara de niño despreocupado, sino de hombre cansado. — ¿Álvaro está dormido? —preguntó. — Sí. Se sentaron. Nerea le puso delante los papeles del abogado. — Ahora empezamos de cero. Tienes que buscarte un trabajo de verdad, uno estable. Llevar la mitad de los gastos. Encargarte de Álvaro: reuniones, actividades, deberes. Todo a medias. Nada de secretos. Nada de decidir por tu cuenta. Óscar asintió en silencio. — Lo intentaré —dijo. Tres meses después Óscar empezó a trabajar de comercial en una constructora. Nerea dejó de controlar todo. Soltó el lastre. Resultó que él sabía hacer la cena, ayudar con los deberes… incluso fue solo a la reunión del cole. Rubén desapareció. Cambió de móvil. No volvió a llamar. Y por primera vez en diecisiete años, Nerea sintió que vivía. No que iba arrastrando un carro cuesta arriba. Vivía de verdad. Con un marido que, por fin, había madurado.