—¿No os gusta? Pues ahí tenéis la puerta — soltó Julia a los invitados no deseados Durante treinta años, Julia vivió en silencio. El marido mandaba — ella obedecía. La suegra llegaba de improviso — preparaba el té. La cuñada aparecía con maletas — la instalaba en el cuarto pequeño. “Sólo unos días”, prometía la cuñada. Vivió tres meses. ¿Y qué hacer? Si montaba una escena, todos pensarían que era una mala esposa. Si se negaba, dirían que no tenía corazón. Julia se acostumbró a aguantar. Incluso aprendió a ignorar cómo su vida se convertía, poco a poco, en un continuo servir los deseos ajenos. Su marido, Don Antonio, era un hombre sencillo. Trabajaba de capataz, le encantaban las sobremesas largas brindando por la amistad y soltando maldiciones sobre los jefes. A Julia la llamaba “mi ama de casa” y de verdad no entendía por qué ella lloraba a veces por las noches. “Si estás cansada, descansa. Si viene la familia, ¡pues a cocinar!” Todo muy fácil. Tras la muerte de Antonio, Julia se quedó sola en un piso de tres habitaciones en La Elipa. El velatorio fue como tocaba: buena mesa, orujo y discursos sobre “lo buen hombre que era”. Toda la familia vino, lloró y se largó después. Julia pensó: “Bueno, por fin podré descansar”. Pues no. A la semana llamó la cuñada Valentina: —Julia, mañana paso por tu casa. Te traigo cosas. —No necesito nada, Valen. —Déjate, mujer, ¿cómo vas a ser tan seca? ¡Que no vengo con las manos vacías! Llegó con dos bolsas de arroz y una petición: que dejara alojarse a su hijo Quique, que “va a estudiar a la Complutense”. Julia intentó negarse con tacto: —Tendrá la residencia de estudiantes, ¿no? —Ya ves tú cuándo entra. Y mientras, ¿dónde vive? ¿En la estación? Julia cedió. Quique ocupó la habitación del fondo. Vivía hecho un desastre: calcetines por el pasillo, platos en el fregadero, la música puesta hasta media noche. Por cierto, ni entró en la universidad. Pero sí encontró curro de repartidor y usaba la casa de Julia como base de operaciones. —Quique, ¿no crees que ya es hora de irte? —se atrevió Julia al mes. —Tía Julia, ¿adónde voy? ¡No tengo dinero para alquilar nada! Y a las dos semanas apareció la hija de Antonio de su primer matrimonio, Lara. Venía con rencores de hace treinta años y con exigencias: —Papá te dejó el piso, ¿y yo qué? ¡También soy su hija! Julia, desconcertada, enmudeció. El piso era legalmente suyo. Pero Lara la miraba como si se lo hubiese robado. —¿Tienes idea de lo mal que lo paso? —insistió Lara—. Estoy sola con mi hija, pagando alquiler… Julia intentó explicarle que esa era su única vivienda, que no tenía más dinero, que tampoco sabía cómo iba a salir adelante. Pero Lara no quería escucharle. No venía buscando compasión — venía buscando justicia. Y empezó el desfile. La familia venía cada dos por tres. Si no era la suegra con su consejo de “vender ese piso y comprarte algo más pequeño”… era la cuñada con otro sobrino a remolque. O Lara, con nuevas reclamaciones. Cada visita, Julia la recibía con mesa puesta y té, aguantando reproches. Hasta que hablaron abiertamente del piso. —Julia, ¿para qué quieres tres habitaciones? —dijo la cuñada, sorbiendo el té—. Vende, cómprate un piso de una habitación y con la diferencia ayudas a los chavales. —¿A qué chavales? —preguntó Julia, desconcertada. —Pues a Lara. A Quique. Que están en apuros. Julia los miró, a la cuñada, a Lara, a la suegra. Y de repente comprendió: no venían a consolar. Venían a repartirse el botín. —¿No os gusta algo? —susurró—. Pues ahí tenéis la puerta. El silencio cayó de golpe. —¿Qué has dicho? —repitió la cuñada, despacio. —He dicho: fuera de mi casa. Todos miraron a Julia como si hubiese hablado en chino o soltado una barbaridad. —¿Pero tú quién te crees? —recuperó el habla la cuñada—. ¡Si somos familia! —¿Familia? —replicó Julia en voz baja—. ¿La que solo venía cuando hacía falta comer o mirar la tele? —¡Mamá, la has oído! —la cuñada se volvió a la suegra—. ¡Te dije que era una creída! La suegra guardaba silencio. Siempre observadora, sólo suspiraba. Todos sabían: la desagradecida era Julia, otra vez hacía algo mal. —Doña Valentina —se dirigió Julia a la suegra—. Treinta años diciéndome cómo vivir, cómo atender a mi marido, cómo poner la mesa… Y cuando yo lloraba por las noches, ¿sabe usted lo que me decía? “Aguanta, mujeres, todas aguantan”. ¿Recuerda? La suegra apretó los labios. —Pues aguanté. Pero ya está. Se acabó la paciencia. Como el aceite en la garrafa: estuvo, pero se terminó. La cuñada agarró su bolso. —¡Ya se lo contaré todo a Quique! ¡Que vea cómo eres de verdad! —Cuéntale. Pero que no se deje aquí sus cosas. Que mañana mismo las saque, o las bajo yo a la portería. Se fueron. Dieron tal portazo que la lámpara vibró. Julia se quedó de pie en la cocina, temblando. El corazón le latía a mil. Se sirvió un vaso de agua y lo bebió de golpe. Pensó: “Dios mío, ¿qué he hecho?” Luego: “¿Y qué he hecho, realmente? ¿Echar a los invasores de mi propia casa?” No durmió esa noche. Daba vueltas, mirando el techo. Los pensamientos —como ropa en una vieja lavadora soviética— girando siempre lo mismo. ¿Y si tenían razón? ¿Y si era egoísta y cruel? ¿Debería haber seguido aguantando? Pero por la mañana lo vio claro. Aguantar es cuando es temporal. Ella aguantó treinta años. Eso ya no es aguantar. Eso es rendirse. Quique se fue en dos días. Valentina vino a buscarle con mala cara, sin mirar a Julia a los ojos. El sobrino recogía y refunfuñaba sobre “vieja bruja”. Julia, en el pasillo, callada. Antes se habría puesto a llorar o a justificarse. Ahora, nada. A la semana llamó Lara: —Hemos pensado mi madre y yo… —comenzó con cautela. —¿Qué madre? —interrumpió Julia—. La tuya murió en el 92. Doña Valentina es mi suegra. Y exsuegra, ahora. Tensión al teléfono. Lara no esperaba eso. —Bueno, bueno —prosiguió con prisa—. Que no queremos malos rollos. Ya sabes, papá te quería. —Sí, a su manera. Pero el piso está a mi nombre. Legalmente. Y no tengo que dar explicaciones. —Pero por justicia… —¿Justicia? —sonrió Julia amargamente—. Justicia, sería que alguna vez en treinta años me felicitarais el cumpleaños. O que llamaseis sin pedir nada. Eso sería justo. —Estás amargada —cortó Lara—. La soledad te corroe. —No. Simplemente ya no finjo. Pasaron semanas lentas, como chicle. Julia iba al hospital —trabajaba de auxiliar—, volvía, cenaba sola. A veces la vecina, doña Clotilde, venía con empanadillas: —Julia, ¿andas triste? —No, no. —¿Y la familia, ya no aparece? —No, ni falta hace. —Bien hecho —sentenció la vecina—. Siempre pensé: ¿cuándo abrirás los ojos? Menos mal, hija. Julia sonrió. Sincera, por primera vez en tiempo. Lo peor no era el enfado de la familia. Lo peor era el silencio. Por las noches, nadie a quien saludar, nadie para el té. Julia comprendió que toda su vida la había vivido para los demás. ¿Y ahora? Tocaba aprender a vivir para ella. Y eso daba más miedo que todos los reproches de la cuñada juntos. Al mes, Valentina volvió a aparecer. Sin avisar. Quique, la suegra y Lara, todos juntos. Como una comisión política. Julia abrió la puerta: allí estaban, en el rellano. Valentina delante, el resto detrás. —A ver, Julia —empezó la cuñada—. ¿Has recapacitado? —¿Sobre qué…? —El piso. ¿Lo vendes ya? Julia miró de una cara a otra. Venían muy en serio. Pensaban que un mes de soledad y caería. Que llamaría suplicando su regreso. —Pasad —dijo—. Ya que habéis venido. Entraron. Se acomodaron en la cocina. La suegra directa a mirar el frigorífico. Lara con el móvil. Valentina se sentó enfrentada a Julia. —Julia, sabes que tú sola aquí te vas a hundir. El pago, las obras… ¿para qué tanta casa? —Me gusta mi casa —respondió Julia tranquila. —¡Pero si estás sola! —saltó Lara—. Mira, he visto esto: vendes el piso, compras uno pequeño en Vallecas, y te sobran cien mil euros. Un tercio para mí, que tengo hija. Otro para Quique, que necesita estudiar. Y otro para ti, para la vejez. Julia callaba. Observaba el rostro de Lara, sus uñas arregladas, su bolso caro. —¿O sea, —dijo— yo me tengo que exiliar a las afueras para que vosotros cobréis la herencia? —¡Es lo justo! —se indignó Lara—. Papá invirtió aquí toda la vida. —No —respondió Julia bajito—. Se la dieron por funcionario. En 1984. Las reformas las pagué yo. Con mi sueldo. —Julia, no la líes —intervino Valentina—. Vamos a hacer las cosas bien. ¡Somos familia! Y entonces algo hizo ‘click’ en Julia. Como si le apagaran la luz. —¿Familia? —repitió—. ¿Dónde estaba la familia cuando a mí me operaron hace tres años? ¿Quién vino? ¿Tú viniste, Valen? Valentina se removió incómoda: —Bueno, tenía cosas. —¿Y usted, doña Valentina? ¿Llamó alguna vez? La suegra miraba por la ventana. —¿Y tú, Lara? ¿Sabías siquiera que estaba ingresada? —Nadie me avisó —musitó. —Ya. Porque os daba igual. Como ahora. Venís a por el piso, no a verme a mí. —¡Pero Julia, no te pongas así! —intentó Valentina. —No me pongo así —la cortó Julia—. Es que ya. Se acabó la paciencia. Se levantó. Abrió la puerta. —Fuera. Ahora mismo. Y no volváis más. —¡Pero bueno! —Lara explotó—. ¿Tú quién te crees? ¡Si ni eres de la familia! —No —asintió Julia—. Y gracias a Dios. Valentina, roja, se fue. La suegra fruncía el ceño. Lara, portazo y fuera. Julia se quedó en el pasillo, temblando de manos. El corazón a mil. Pasó a la cocina, se sentó y rompió a llorar. No de pena por ella. De alivio. A la semana la llamó doña Clotilde: —Julia, que dicen que te has peleado con todos. —No, solo he dicho la verdad. —Bien hecho. Mira, tengo una nieta, Cata. Treinta años, se separó hace nada. Está sola, no levanta cabeza. ¿Os presento? Es muy buena chica, trabajadora. Las presentaron. Cata era callada, tímida, contable. Pagando una pensión en una residencia. Empezó a tomar el té con Julia, largas charlas. —¿Quieres venirte a vivir conmigo? —le propuso Julia—. Tengo una habitación libre. Sólo pagas la comunidad. Cata se mudó al mes. Resultó fácil convivir con una desconocida cuando se respeta el espacio. Sin críticas, ni exigencias. Julia se apuntó a la biblioteca del barrio —donde antes trabajó—. Iba como lectora, y por fin tenía tiempo de leer para ella. A veces pensaba en la familia: ¿cómo estarían Valentina y Quique? ¿Lara con su hija? ¿La suegra? Pero no sentía ninguna necesidad de llamar. Ninguna. Medio año después, doña Clotilde le contó: —¿Sabes? Tu cuñada ahora vive con el hijo, en una residencia. Decía que en el pueblo ya no podía estar sola. —Me alegro —respondió Julia. —Y Lara se ha casado con un empresario. Dicen que va fenomenal. —Me alegra. Doña Clotilde la miró con curiosidad: —¿Y no te da rabia? —¿Rabia de qué? —De que han hecho su vida sin ti. Julia sonrió: —Clotilde, siempre la hicieron. Yo antes no quería verlo. Por la noche Julia se sentó junto a la ventana. Afuera, anochecía, las farolas encendidas, la gente volviendo a casa. Cata cocinaba en la cocina, tarareando algo. Julia pensó: esto es la felicidad. No que te apruebe la familia, sino poder decir “no” y no morirte de culpa. ¿A vosotros os ha tocado lidiar con familiares que no se van? ¡No olvidéis suscribiros para no perderos las próximas historias!

¿No os gusta? Pues podéis iros afirma Inés a los invitados no deseados.

Inés ha pasado treinta años en silencio. Si su marido hablaba, ella asentía. Si la suegra aparecía sin avisar, le preparaba una infusión. Si la cuñada llegaba con sus cosas, la acomodaba en la habitación del fondo. Son sólo unos días, prometía la cuñada. Y se quedaba tres meses.

¿Qué iba a hacer Inés? Si monta una bronca, pensarán que es mala esposa. Si se niega, dirán que no tiene corazón. Inés se ha acostumbrado a aguantar. Incluso ha aprendido a no notar cómo su propia vida se va convirtiendo en satisfacer los caprichos de los demás.

Su marido, Francisco García, era un hombre simple. Trabajaba de encargado de obras, le encantaban las comidas largas con vino y bromas sobre el jefe. Llamaba a Inés mi ama de casa y de verdad no entendía por qué a veces ella lloraba por las noches. Que está cansada, pues que descanse. Que viene familia, pues que les haga de comer. Todo sencillo.

Cuando él fallece, Inés se queda sola en su piso de tres habitaciones en Vallecas. El velatorio transcurre como manda la tradición: comida, vino, discursos sobre el buen hombre. La familia viene, llora un poco, y se marcha. Inés piensa: Ya está, por fin podré descansar.

Qué ilusa.

A la semana la llama su cuñada, Carmen:

Inés, mañana subo. Llevo unas compras.

No necesito nada, Carmen.

Venga, no seas así. No vengo con las manos vacías.

Aparece con dos bolsas de arroz, un paquete de garbanzos y una exigencia: alojar a su sobrino Daniel, que va a entrar en la Universidad Complutense. Inés trata de declinar con tacto:

Pero ¿no tiene residencia?

¡Eso será más adelante! Y mientras tanto, ¿dónde vive? ¿En la estación?

Cede. Daniel se instala en la habitación del fondo. Se comporta como un desastre: calcetines por el pasillo, platos sin limpiar, música hasta medianoche. Y ni siquiera entra en la universidad. Pero se busca trabajo de repartidor y convierte el piso en su almacén.

Daniel, ¿no crees que deberías buscarte algo propio? insinúa Inés, después de un mes.

Tía Inés, ¡si no tengo dinero para alquiler!

Dos semanas después, aparece Lucía, hija mayor de Francisco de su primer matrimonio. Viene arrastrando un rencor de treinta años y reproches:

Papá te dejó el piso. ¿Y a mí qué? ¡También soy hija!

Inés se queda muda. El piso estaba a nombre de Francisco y ella lo hereda. Es legal. Pero Lucía la mira como si le hubiese robado algo.

¿Tienes idea de lo duro que es esto? insiste Lucía. Estoy sola con mi niña y tengo que alquilar piso.

Intenta explicarle que es su única vivienda, que no tiene más dinero ni seguridad, que no sabe cómo seguir. Pero Lucía no escucha. Busca venganza, no comprensión.

Ahí empieza la rutina.

La familia aparece cada dos por tres. A veces la suegra con el consejo de vender este piso y comprarte uno pequeño. O Carmen con otro sobrino a cuestas. O Lucía pidiendo más.

Cada vez Inés pone la mesa, sirve la infusión y escucha reproches.

Hasta que empiezan a hablar abiertamente del piso.

Inés, ¿para qué quieres tú sola tres habitaciones? dice Carmen, sorbiendo la infusión. Vende, cómprate algo chiquitito y con lo que sobre ayudas a los chicos.

¿Qué chicos? pregunta Inés.

Pues a Lucía y a Daniel. Que lo están pasando mal.

Inés mira a las visitas, en silencio. Y de repente lo entiende: no han venido a consolarla. Han venido a repartirse la herencia.

¿No os gusta? Pues podéis iros dice Inés bajito.

El silencio se apodera de la sala.

¿Qué has dicho? repite la cuñada, despacio.

Que os vayáis responde Inés, ahora en voz alta. De mi casa.

Todos la miran como si acabara de hablar en chino. O a gritos.

¿Pero tú quién te crees? protesta Carmen. ¡Somos familia!

¿Familia? ¿Esa que sólo viene cuando hay comida o fútbol en la tele?

Madre, ¿estás oyendo lo que dice? apela Carmen a la suegra. ¡Siempre fue una estirada!

La suegra calla. Casi nunca habla, sólo observa y suspira. Todos entienden: ingrata Inés, siempre igual.

Señora Rosario le dice Inés, usted ha pasado treinta años diciéndome cómo vivir, cómo complacer al marido, qué poner en la mesa. Y cuando lloraba por las noches, ¿sabe lo que usted me decía? Aguanta, todas las mujeres aguantan. ¿Recuerda?

La suegra aprieta los labios.

Pues he aguantado. Pero ya se acabó. Como el aceite en la garrafa.

Carmen agarra su bolsa:

¡Se lo voy a contar todo a Daniel! ¡Que sepa quién eres de verdad!

Cuéntaselo. Pero mañana él ya no estará aquí. O le echas tú, o lo saco yo.

Se van. Portazo, la lámpara tiembla. Inés se queda en medio de la cocina, le tiemblan las manos. El corazón le late a mil. Se sirve un vaso de agua y lo bebe de un trago.

Piensa: Dios mío, ¿qué he hecho?

Luego: ¿Y qué tiene de malo? ¿Echar a los gorrones de tu propia casa?

Esa noche no duerme. Da vueltas y vueltas, como la ropa en la lavadora vieja, todo en bucle. ¿Y si tienen razón? ¿Y si es una egoísta? ¿No debería aguantar más?

Pero por la mañana todo es claro, puro como una escarcha recién caída: aguantar es temporal. Aguantar treinta años, eso no es paciencia. Es rendición.

Daniel se marcha a los dos días. Carmen viene por él, con la cara larga, sin mirar a Inés. Daniel recoge sus cosas y murmura algo de vieja bruja. Inés no dice nada. Antes habría suplicado o llorado. Ahora calla.

Al cabo de una semana llama Lucía:

Mamá y yo hemos estado pensando empieza con cautela.

¿Qué madre? interrumpe Inés. Tu madre murió en el 92. Rosario es mi suegra. Ex.

Silencio. Lucía no lo esperaba.

Bueno, vale retoma rápido. Mira, hemos decidido olvidar lo de antes. Que papá te quería.

Sí, a su manera asiente Inés. Pero el piso está a mi nombre. Es legal. No tengo que dar cuentas a nadie.

Pero por justicia

¿Justicia? Inés se ríe. Justicia sería que en treinta años me hubierais felicitado una vez el cumpleaños. O llamado sin pedir dinero. Eso sería justo.

Te has vuelto una amargada dice Lucía, fría. La soledad te está endureciendo.

No, simplemente ya no aparento.

Las semanas pasan despacio. Inés va al hospital, donde trabaja de celadora, vuelve a casa y cena sola. La vecina, doña Claudia, se pasa a veces con empanadillas:

Inés, ¿cómo vas? ¿No te agobias?

Nada, estoy bien.

¿Y ya no viene tu familia?

No.

Bien hecho dice doña Claudia. Llevaba años pensando cuándo ibas a espabilar. Por fin.

Inés sonríe, de verdad, por primera vez en mucho tiempo.

Pero lo más duro no es el enfado de la familia, sino el silencio. Al atardecer no hay nadie a quien decir hola; nadie le sirve una infusión. Inés se da cuenta: nunca vivió para ella misma.

¿Y ahora? Ahora tiene que aprender a vivir su vida. Y eso da más miedo que todas las broncas juntas.

Un mes más tarde, Carmen reaparece. Sin avisar. Vienen Daniel, la suegra y Lucía. Todos juntos, como una tropa.

Inés abre la puerta. Allí están, plantados en el rellano.

¿Entonces, qué, Inés? pregunta Carmen, ¿ya has recapacitado?

¿Sobre qué? dice Inés.

El piso. Que si lo vendes ya.

Inés mira cada cara. Lo han pensado en serio. Creen que un mes de soledad bastó, que va a pedirles que regresen.

Pasad, ya que estáis dice Inés.

Se sientan en la cocina. La suegra va directa al frigorífico. Lucía saca el móvil. Carmen se sienta enfrente, las manos sobre la mesa.

Inés, sola aquí no puedes dice Carmen. Gastos, averías, es mucho para ti. ¿Por qué tanta casa?

Me gusta la casa responde Inés, tranquila.

Pero estás sola interrumpe Lucía. Mira, he visto esto: vendes, te compras un piso en el extrarradio, quedan ciento cincuenta mil euros. Cincuenta para mí que tengo una niña, cincuenta para Daniel, cincuenta para ti.

Inés observa a Lucía: su pose segura, las uñas cuidadas, el bolso caro.

¿Me tengo que ir a las afueras para que vosotros os quedéis cada uno con cincuenta mil euros?

¡Es lo justo! salta Lucía. Papá luchó por ese piso.

No dice Inés con calma. Se lo dieron por trabajo en el 84. Las reformas las pagué yo.

Inés, deja de dramatizar tercia Carmen. Venimos en son de paz. Somos familia.

Dentro de Inés, algo hace clic. Se apaga una luz.

¿Familia? ¿Dónde estabais hace tres años, cuando me operaron? ¿Quién vino al hospital? Carmen, ¿tú viniste?

Carmen se mueve incómoda.

Tenía cosas

¿Y usted, Rosario? ¿Llamó una vez?

La suegra mira por la ventana.

¿Y tú, Lucía? ¿Sabías siquiera que estuve ingresada?

Nadie me lo dijo balbucea ella.

Nadie. Porque os daba igual. Como ahora. No habéis venido por mí, sino por el piso.

Inés, no te pongas loca empieza Carmen.

No estoy loca le corta Inés. Se acabó. Ya no aguanto más.

Se levanta, abre la puerta.

Fuera. Ahora mismo. Y no volváis.

¡Pero tú quién te crees! exclama Lucía. ¡Eres una extraña en esta familia!

Sí asiente Inés. Y gracias a Dios.

Carmen se levanta roja como un tomate:

Si Francisco levantara la cabeza

Si levantara suspira Inés, me habría obligado a ceder, como siempre. Pero ya no está. Ahora decido yo.

¡Te arrepentirás! espeta Lucía. Cuando seas vieja y sola, vendrás arrastrándote.

Inés sonríe, cansada.

Mira, Lucía, tengo cincuenta y ocho años. Treinta de ellos he intentado ser buena para ser querida. Cedía y cada vez queríais más. Así que no. No pienso rebajarme. Jamás.

Se marchan en silencio. Carmen roja, Rosario con la boca apretada, Lucía dando un portazo.

Inés permanece en el pasillo, con las manos temblando y los latidos retumbando. Va a la cocina, se sienta y rompe a llorar.

No de pena, sino de alivio.

Una semana después llama doña Claudia:

Inés, me han dicho que te has peleado con todos.

No me he peleado. Sólo he dicho la verdad.

Bien hecho. Oye, tengo una nieta, Marta. Treinta años, dejó al marido. Está sola, perdida. ¿Te la presento? Es buena chavala, muy trabajadora.

Así las presentan. Marta es callada, tímida. Trabaja de contable, alquila una habitación en un piso compartido. Viene a tomar infusiones, pasan largas tardes charlando.

¿No te apetece venirte a vivir aquí? propone Inés de repente. Hay una habitación libre. Sólo pagas tu parte de la comunidad.

Marta se muda en un mes. Descubren que es fácil convivir cuando hay respeto: nadie se mete, nadie critica, nadie da lecciones.

Inés se apunta a la biblioteca del barrio donde fue bibliotecaria en su juventud. Ahora va como lectora. Lee aquellos libros que antes nunca tuvo tiempo de abrir.

A veces piensa en la familia. ¿Cómo les irá? ¿Carmen y Daniel? ¿Lucía y su hija? ¿Rosario?

Pero ganas de llamar, ninguna.

A los seis meses, doña Claudia le cuenta:

¿Sabes? Tu cuñada se ha ido a vivir con Daniel. A la residencia de estudiantes; dice que el pueblo se le hace cuesta arriba.

Me alegro contesta Inés.

Y Lucía se ha casado con un empresario. Ahora va de ricachona por la vida.

Me alegro por ella.

Doña Claudia la mira, curiosa:

¿No te da rabia?

¿Por qué motivo?

¿Que han seguido adelante sin ti?

Inés sonríe:

Doña Claudia, siempre pudieron hacerlo. Yo no me daba cuenta.

Al caer la tarde, Inés se sienta a mirar por la ventana. Focos encendidos, gente apurando el paso. Marta hace la cena en la cocina, tarareando algo.

Inés piensa: aquí está la felicidad. No en el aplauso familiar, sino en poder decir no sin ahogarse de culpa.

¿Alguna vez habéis tenido que frenar a familiares aprovechados?

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MagistrUm
—¿No os gusta? Pues ahí tenéis la puerta — soltó Julia a los invitados no deseados Durante treinta años, Julia vivió en silencio. El marido mandaba — ella obedecía. La suegra llegaba de improviso — preparaba el té. La cuñada aparecía con maletas — la instalaba en el cuarto pequeño. “Sólo unos días”, prometía la cuñada. Vivió tres meses. ¿Y qué hacer? Si montaba una escena, todos pensarían que era una mala esposa. Si se negaba, dirían que no tenía corazón. Julia se acostumbró a aguantar. Incluso aprendió a ignorar cómo su vida se convertía, poco a poco, en un continuo servir los deseos ajenos. Su marido, Don Antonio, era un hombre sencillo. Trabajaba de capataz, le encantaban las sobremesas largas brindando por la amistad y soltando maldiciones sobre los jefes. A Julia la llamaba “mi ama de casa” y de verdad no entendía por qué ella lloraba a veces por las noches. “Si estás cansada, descansa. Si viene la familia, ¡pues a cocinar!” Todo muy fácil. Tras la muerte de Antonio, Julia se quedó sola en un piso de tres habitaciones en La Elipa. El velatorio fue como tocaba: buena mesa, orujo y discursos sobre “lo buen hombre que era”. Toda la familia vino, lloró y se largó después. Julia pensó: “Bueno, por fin podré descansar”. Pues no. A la semana llamó la cuñada Valentina: —Julia, mañana paso por tu casa. Te traigo cosas. —No necesito nada, Valen. —Déjate, mujer, ¿cómo vas a ser tan seca? ¡Que no vengo con las manos vacías! Llegó con dos bolsas de arroz y una petición: que dejara alojarse a su hijo Quique, que “va a estudiar a la Complutense”. Julia intentó negarse con tacto: —Tendrá la residencia de estudiantes, ¿no? —Ya ves tú cuándo entra. Y mientras, ¿dónde vive? ¿En la estación? Julia cedió. Quique ocupó la habitación del fondo. Vivía hecho un desastre: calcetines por el pasillo, platos en el fregadero, la música puesta hasta media noche. Por cierto, ni entró en la universidad. Pero sí encontró curro de repartidor y usaba la casa de Julia como base de operaciones. —Quique, ¿no crees que ya es hora de irte? —se atrevió Julia al mes. —Tía Julia, ¿adónde voy? ¡No tengo dinero para alquilar nada! Y a las dos semanas apareció la hija de Antonio de su primer matrimonio, Lara. Venía con rencores de hace treinta años y con exigencias: —Papá te dejó el piso, ¿y yo qué? ¡También soy su hija! Julia, desconcertada, enmudeció. El piso era legalmente suyo. Pero Lara la miraba como si se lo hubiese robado. —¿Tienes idea de lo mal que lo paso? —insistió Lara—. Estoy sola con mi hija, pagando alquiler… Julia intentó explicarle que esa era su única vivienda, que no tenía más dinero, que tampoco sabía cómo iba a salir adelante. Pero Lara no quería escucharle. No venía buscando compasión — venía buscando justicia. Y empezó el desfile. La familia venía cada dos por tres. Si no era la suegra con su consejo de “vender ese piso y comprarte algo más pequeño”… era la cuñada con otro sobrino a remolque. O Lara, con nuevas reclamaciones. Cada visita, Julia la recibía con mesa puesta y té, aguantando reproches. Hasta que hablaron abiertamente del piso. —Julia, ¿para qué quieres tres habitaciones? —dijo la cuñada, sorbiendo el té—. Vende, cómprate un piso de una habitación y con la diferencia ayudas a los chavales. —¿A qué chavales? —preguntó Julia, desconcertada. —Pues a Lara. A Quique. Que están en apuros. Julia los miró, a la cuñada, a Lara, a la suegra. Y de repente comprendió: no venían a consolar. Venían a repartirse el botín. —¿No os gusta algo? —susurró—. Pues ahí tenéis la puerta. El silencio cayó de golpe. —¿Qué has dicho? —repitió la cuñada, despacio. —He dicho: fuera de mi casa. Todos miraron a Julia como si hubiese hablado en chino o soltado una barbaridad. —¿Pero tú quién te crees? —recuperó el habla la cuñada—. ¡Si somos familia! —¿Familia? —replicó Julia en voz baja—. ¿La que solo venía cuando hacía falta comer o mirar la tele? —¡Mamá, la has oído! —la cuñada se volvió a la suegra—. ¡Te dije que era una creída! La suegra guardaba silencio. Siempre observadora, sólo suspiraba. Todos sabían: la desagradecida era Julia, otra vez hacía algo mal. —Doña Valentina —se dirigió Julia a la suegra—. Treinta años diciéndome cómo vivir, cómo atender a mi marido, cómo poner la mesa… Y cuando yo lloraba por las noches, ¿sabe usted lo que me decía? “Aguanta, mujeres, todas aguantan”. ¿Recuerda? La suegra apretó los labios. —Pues aguanté. Pero ya está. Se acabó la paciencia. Como el aceite en la garrafa: estuvo, pero se terminó. La cuñada agarró su bolso. —¡Ya se lo contaré todo a Quique! ¡Que vea cómo eres de verdad! —Cuéntale. Pero que no se deje aquí sus cosas. Que mañana mismo las saque, o las bajo yo a la portería. Se fueron. Dieron tal portazo que la lámpara vibró. Julia se quedó de pie en la cocina, temblando. El corazón le latía a mil. Se sirvió un vaso de agua y lo bebió de golpe. Pensó: “Dios mío, ¿qué he hecho?” Luego: “¿Y qué he hecho, realmente? ¿Echar a los invasores de mi propia casa?” No durmió esa noche. Daba vueltas, mirando el techo. Los pensamientos —como ropa en una vieja lavadora soviética— girando siempre lo mismo. ¿Y si tenían razón? ¿Y si era egoísta y cruel? ¿Debería haber seguido aguantando? Pero por la mañana lo vio claro. Aguantar es cuando es temporal. Ella aguantó treinta años. Eso ya no es aguantar. Eso es rendirse. Quique se fue en dos días. Valentina vino a buscarle con mala cara, sin mirar a Julia a los ojos. El sobrino recogía y refunfuñaba sobre “vieja bruja”. Julia, en el pasillo, callada. Antes se habría puesto a llorar o a justificarse. Ahora, nada. A la semana llamó Lara: —Hemos pensado mi madre y yo… —comenzó con cautela. —¿Qué madre? —interrumpió Julia—. La tuya murió en el 92. Doña Valentina es mi suegra. Y exsuegra, ahora. Tensión al teléfono. Lara no esperaba eso. —Bueno, bueno —prosiguió con prisa—. Que no queremos malos rollos. Ya sabes, papá te quería. —Sí, a su manera. Pero el piso está a mi nombre. Legalmente. Y no tengo que dar explicaciones. —Pero por justicia… —¿Justicia? —sonrió Julia amargamente—. Justicia, sería que alguna vez en treinta años me felicitarais el cumpleaños. O que llamaseis sin pedir nada. Eso sería justo. —Estás amargada —cortó Lara—. La soledad te corroe. —No. Simplemente ya no finjo. Pasaron semanas lentas, como chicle. Julia iba al hospital —trabajaba de auxiliar—, volvía, cenaba sola. A veces la vecina, doña Clotilde, venía con empanadillas: —Julia, ¿andas triste? —No, no. —¿Y la familia, ya no aparece? —No, ni falta hace. —Bien hecho —sentenció la vecina—. Siempre pensé: ¿cuándo abrirás los ojos? Menos mal, hija. Julia sonrió. Sincera, por primera vez en tiempo. Lo peor no era el enfado de la familia. Lo peor era el silencio. Por las noches, nadie a quien saludar, nadie para el té. Julia comprendió que toda su vida la había vivido para los demás. ¿Y ahora? Tocaba aprender a vivir para ella. Y eso daba más miedo que todos los reproches de la cuñada juntos. Al mes, Valentina volvió a aparecer. Sin avisar. Quique, la suegra y Lara, todos juntos. Como una comisión política. Julia abrió la puerta: allí estaban, en el rellano. Valentina delante, el resto detrás. —A ver, Julia —empezó la cuñada—. ¿Has recapacitado? —¿Sobre qué…? —El piso. ¿Lo vendes ya? Julia miró de una cara a otra. Venían muy en serio. Pensaban que un mes de soledad y caería. Que llamaría suplicando su regreso. —Pasad —dijo—. Ya que habéis venido. Entraron. Se acomodaron en la cocina. La suegra directa a mirar el frigorífico. Lara con el móvil. Valentina se sentó enfrentada a Julia. —Julia, sabes que tú sola aquí te vas a hundir. El pago, las obras… ¿para qué tanta casa? —Me gusta mi casa —respondió Julia tranquila. —¡Pero si estás sola! —saltó Lara—. Mira, he visto esto: vendes el piso, compras uno pequeño en Vallecas, y te sobran cien mil euros. Un tercio para mí, que tengo hija. Otro para Quique, que necesita estudiar. Y otro para ti, para la vejez. Julia callaba. Observaba el rostro de Lara, sus uñas arregladas, su bolso caro. —¿O sea, —dijo— yo me tengo que exiliar a las afueras para que vosotros cobréis la herencia? —¡Es lo justo! —se indignó Lara—. Papá invirtió aquí toda la vida. —No —respondió Julia bajito—. Se la dieron por funcionario. En 1984. Las reformas las pagué yo. Con mi sueldo. —Julia, no la líes —intervino Valentina—. Vamos a hacer las cosas bien. ¡Somos familia! Y entonces algo hizo ‘click’ en Julia. Como si le apagaran la luz. —¿Familia? —repitió—. ¿Dónde estaba la familia cuando a mí me operaron hace tres años? ¿Quién vino? ¿Tú viniste, Valen? Valentina se removió incómoda: —Bueno, tenía cosas. —¿Y usted, doña Valentina? ¿Llamó alguna vez? La suegra miraba por la ventana. —¿Y tú, Lara? ¿Sabías siquiera que estaba ingresada? —Nadie me avisó —musitó. —Ya. Porque os daba igual. Como ahora. Venís a por el piso, no a verme a mí. —¡Pero Julia, no te pongas así! —intentó Valentina. —No me pongo así —la cortó Julia—. Es que ya. Se acabó la paciencia. Se levantó. Abrió la puerta. —Fuera. Ahora mismo. Y no volváis más. —¡Pero bueno! —Lara explotó—. ¿Tú quién te crees? ¡Si ni eres de la familia! —No —asintió Julia—. Y gracias a Dios. Valentina, roja, se fue. La suegra fruncía el ceño. Lara, portazo y fuera. Julia se quedó en el pasillo, temblando de manos. El corazón a mil. Pasó a la cocina, se sentó y rompió a llorar. No de pena por ella. De alivio. A la semana la llamó doña Clotilde: —Julia, que dicen que te has peleado con todos. —No, solo he dicho la verdad. —Bien hecho. Mira, tengo una nieta, Cata. Treinta años, se separó hace nada. Está sola, no levanta cabeza. ¿Os presento? Es muy buena chica, trabajadora. Las presentaron. Cata era callada, tímida, contable. Pagando una pensión en una residencia. Empezó a tomar el té con Julia, largas charlas. —¿Quieres venirte a vivir conmigo? —le propuso Julia—. Tengo una habitación libre. Sólo pagas la comunidad. Cata se mudó al mes. Resultó fácil convivir con una desconocida cuando se respeta el espacio. Sin críticas, ni exigencias. Julia se apuntó a la biblioteca del barrio —donde antes trabajó—. Iba como lectora, y por fin tenía tiempo de leer para ella. A veces pensaba en la familia: ¿cómo estarían Valentina y Quique? ¿Lara con su hija? ¿La suegra? Pero no sentía ninguna necesidad de llamar. Ninguna. Medio año después, doña Clotilde le contó: —¿Sabes? Tu cuñada ahora vive con el hijo, en una residencia. Decía que en el pueblo ya no podía estar sola. —Me alegro —respondió Julia. —Y Lara se ha casado con un empresario. Dicen que va fenomenal. —Me alegra. Doña Clotilde la miró con curiosidad: —¿Y no te da rabia? —¿Rabia de qué? —De que han hecho su vida sin ti. Julia sonrió: —Clotilde, siempre la hicieron. Yo antes no quería verlo. Por la noche Julia se sentó junto a la ventana. Afuera, anochecía, las farolas encendidas, la gente volviendo a casa. Cata cocinaba en la cocina, tarareando algo. Julia pensó: esto es la felicidad. No que te apruebe la familia, sino poder decir “no” y no morirte de culpa. ¿A vosotros os ha tocado lidiar con familiares que no se van? ¡No olvidéis suscribiros para no perderos las próximas historias!