¡Vaya recibimiento, papá! ¿Para qué querías ir a un balneario teniendo en casa este “todo incluido”?
Cuando Mario me dejó las llaves de su piso, sentí que por fin había conquistado la Bastilla. Ningún DiCaprio esperó más el Oscar que yo a mi Mario, y encima con casa propia.
Desesperada, a mis treinta y cinco, cada vez dirigía miradas más compasivas a los gatos callejeros y a los escaparates de Todo para labores.
Y ahí estaba él: solo, con la juventud gastada en su carrera, alimentación sana, gimnasio y otras tonterías propias de quien busca su lugar en el mundo. Además, sin hijos.
Yo llevaba pidiendo este regalo desde los veinte años, y parece que por fin, algún santo en el cielo se enteró de que iba en serio.
Tengo el último viaje de trabajo del año, y después soy todo tuyo dijo Mario, dándome las llaves doradas. Pero no te asustes de mi guarida. Solo paso por casa para dormir añadió, y se fue volando a otro huso horario hasta el domingo.
Cogí el cepillo de dientes, la crema hidratante y fui a investigar su famosa guarida. Los problemas empezaron ya en el portal. Mario me avisó que la cerradura a veces se atascaba, pero yo no creí que tanto.
Estuve peleando con la puerta cuarenta minutos: empujando, tirando, metiendo la llave hasta el fondo, intentando educadamente girar solo un poco, pero la puerta no quería recibir a su nueva inquilina.
Me puse a presionar psicológicamente como nos enseñaron de adolescentes detrás de los bloques de pisos. El ruido atrajo la curiosidad de la vecina, que abrió la puerta.
¿Por qué intentas entrar en ese piso? preguntó con voz inquieta.
Tengo las llaves contesté, sudando y enfadada.
¿Quién eres tú? Yo no te he visto antes siguió fisgoneando.
¡Soy su novia! respondí desafiante, con las manos en la cintura, pero solo veía el hueco de la puerta por donde negociaba.
¿Tú? se sorprendió.
Sí, ¿algún problema?
No, ninguno. Es que nunca ha traído a nadie (en ese instante, quise aún más a Mario). Y de golpe… pues, esto.
¿Esto qué? no entendí.
Bueno, no soy quién para meterme. Perdona y cerró la puerta.
Entendiendo que era ahora o nunca, apreté el hombro de la llave hasta casi girar el marco entero. La puerta cedió.
El mundo interior de Mario se me reveló, y sentí hielo en el alma. Lo entiendo, un chico solitario tiende al ascetismo, pero aquello era una celda monacal.
Pobre, tu corazón ni recuerda ni sabe lo que es un hogar acogedor me salió del alma, inspeccionando la vivienda donde me tocaría frecuentar desde ahora.
Pero en el fondo me alegré. La vecina tenía razón, allí nunca había intervenido mano femenina; ni las paredes, ni el suelo, ni la cocina, ni esas ventanas grises. Era la primera.
Incapaz de esperar, me puse los zapatos y corrí al bazar más cercano. Compré cortinas bonitas, alfombra para el baño, agarradores, toallas.
Y claro, cuando entré perdí el control Al lado de la alfombra y la cortina acabé echando ambientadores, jabones artesanos, cajas útiles para maquillaje.
No es intromisión si añado detalles a un piso ajeno, me tranquilizaba, enganchando otro carrito a la cola del primero.
El cerrojo ya no me molestó más. De hecho, dejó de funcionar, parecía un portero de hockey sin máscara.
Arrepentida, pasé la noche desmontando el viejo cerrojo con los cuchillos de cocina, y a la mañana fui directa por uno nuevo. Tendría que cambiar cuchillos también. Y tenedores, cucharas, manteles, tablas y salvamanteles. Ya puestos, las cortinas estaban a un paso.
El domingo a mediodía llamó Mario para decirme que alargaba el viaje unos días.
Me harás feliz si añades algo de calor a mi casa sonreía por teléfono cuando le confesé mis pequeñas libertades decorativas.
Para entonces, el calor ya iba por camión y yo lo distribuía con planos y documentos en regla. Años acumulando este deseo; ahora con las manos libres no podía parar.
Cuando Mario volvió, solo quedaba una araña junto al respiradero. Quise echarla, pero sus ocho ojos alucinados por los cambios me hicieron respetarla por símbolo de propiedad ajena.
La casa parecía de alguien felizmente casado ocho años, luego desencantado, y otra vez feliz pese a todo.
No solo transformé el piso, sino que pronto todo el portal sabía que la nueva propietaria era yo y podían dirigirse a mí para cualquier asunto. Lo del anillo era técnico, nada más.
Al principio los vecinos sospechaban, pero acabaron por decir: Bueno, si tú lo dices, allá tú. Nos da igual.
***
La tarde que Mario volvía, preparé una cena casera, me enfundé en una envoltura tan elegante como atrevida, coloqué inciensos en cada rincón y, con luces tenues, lo esperé.
Mario se retrasaba. Cuando la ropa empezó a incomodarme en algunos puntos estratégicos, metieron una llave en la cerradura.
¡Cerradura nueva, empuja fuerte! dije, medio nerviosa, medio seductora. No temía al juicio ajeno, con todo el trabajo realizado me lo perdonarían.
Justo cuando la puerta se abría, recibí un SMS de Mario: ¿Dónde estás? Estoy en casa. Todo igual. Mis amigos decían que ibas a inundar de cosméticos la casa.
Claro que vi el mensaje mucho después. Mientras, entraban cinco desconocidos al piso: dos chicos jóvenes, dos niños y un abuelo muy mayor que, al verme, se apresuró a peinar su poco pelo.
¡Pero bueno, papá, qué recibimiento! ¿Para qué todo ese balneario, si aquí tienes el todo incluido? bromeó el joven, y su mujer le lanzó una mirada por listo.
Yo, en el recibidor, con dos copas llenas, sin poder moverme. Quería gritar, pero el shock me lo impedía.
En la esquina, la araña se reía.
Disculpa ¿quién eres? balbuceé.
El dueño del refugio. ¿Vienes de la clínica para una cura? Ya dije que podía apañármelas repuso el abuelo, mirando mi uniforme de asistente.
Bueno, don Alonso, aquí reina la paz y el calor terció la nuera, asomándose detrás de mí. Esto está mejor, antes parecía un mausoleo. Cómo te llamas, muchacha. ¿No es don Alonso demasiado mayor para ti? Aunque, claro, caballero con casa propia
E-e-Emma
¡Mira qué bien! Don Alonso, qué buen ojo tiene usted.
El abuelo, por sus ojos, parecía encantado con la situación.
¿Y Mario? susurré, de los nervios vacié ambas copas de un trago.
¡Yo soy Mario! levantó la mano el niño de ocho años.
Aún no te toca ser Mario la madre le bajó la mano y los mandó a los tres al coche.
P-perdón, creo que he entrado en el piso equivocado al fin caí en la cuenta del lío con la cerradura. ¿Es la calle Rosalía de Castro, dieciocho, puerta veintiséis?
No, esto es calle Ortega y Gasset, dieciocho respondió el abuelo, listo para instalar sus cosas.
Claro tragué saliva. Perdonad. Pasad y acomodaos, voy a llamar a alguien.
Me escabullí al baño, me atrincheré con una toalla y allí leí el mensaje de Mario.
Mario, en cinco minutos llego, me entretuve en la tienda le escribí.
Vale, te espero. Si puedes trae una botella de tinto me decía Mario en otro audio.
Pensaba en traer tinto, pero dentro de mí. Recogí el felpudo y la cortina, esperé a que los extraños entraran en la cocina y salí escopetada del baño.
Rápidamente metí mis cosas en una bolsa y salí del piso.
***
Ya te contaré expliqué mi aspecto a Mario cuando me abrió.
Como en trance, pasé por su lado ni mirándole. Lo primero: al baño, puse la cortina, desplegué la alfombra; luego a la habitación, donde caí en el sofá y dormí hasta la mañana, hasta que el estrés y el tinto se evaporaron.
Al despertar, vi al joven Mario esperando explicaciones.
¿Oye, qué dirección es esta?
Calle Toledo, dieciochoMiré alrededor, buscando señales de mi huida nocturna en aquel refugio que ahora era, al fin, territorio seguro. No había señoras indagando, ni niños llamándose Mario, ni abuelos insatisfechos por el sofá. Solo mi Mario, con esa expresión de querer entenderlo todo y de perdonarme cualquier cosa.
Esta es la buena dirección dije, entregándole la cortina que aún olía a hazaña y a error. Lo que te falta aquí, ya lo puse en otro lugar pero he traído rato y ganas para redecorarte la vida.
Mario se rió. No del todo convencido, pero sí rendido. Se sentó a mi lado y, sin preguntar más, me tomó la mano con esa sencillez que solo se da cuando ya no se busca el orden de las cosas, sino el gusto de estar en ellas junto a alguien.
¿Y la araña? bromeó, levantando la cortina triunfalmente.
Vigila el piso equivocado le contesté. Ahora solo quedan tú, yo y la puerta correcta.
Nos quedamos, por primera vez, en silencio; la casa, decorada con risas y promesas, nos envolvió.
Y así, entre cortinas elegidas y direcciones erradas, entendí que a veces la familia se elige y el hogar se construye en el sitio donde, al fin, te reciben con los brazos abiertos.







