La primera vez que Luz María vio a Andrés fue en la oficina de Recursos Humanos, justo cuando él acudía para incorporarse al departamento de suministros. Ella había entrado para firmar un pedido, pero al divisar al apuesto visitante se detuvo un instante.
Qué guapo le cruzó por la cabeza, y con aires de independencia. Ya se ve ya no se hacen así. Escuchó fragmentos de la conversación. Ah, al suministro pronto nos cruzaremos.
Al día siguiente el desconocido llegó a la contabilidad y saludó a los presentes con una sonrisa cordial, mirando a Luz María con un interés que la hizo temblar. Una extraña estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Mira cómo me observa pensó, avergonzada, nunca había visto a alguien así.
Ya fuera o no, la historia no lo menciona, pero Luz comprendió pronto que Andrés no era como los pretendientes que había tenido antes. Él siempre le miraba a los ojos con sinceridad, con ternura, sin prisa alguna. Resolvía cualquier problema con facilidad, sin esperar que le pidieran nada, pero tampoco se entrometía. Sabía pasar desapercibido y, curiosamente, aparecía justo cuando ella más lo necesitaba.
Todo ello dejó una impresión imborrable en Luz, que se enamoró de él de forma definitiva. ¡Qué hombre, solo en sueños se podía imaginar! En pocos meses ya vivían juntos; medio año después se casaron. Cuando nació su hijo, una copia idéntica a Andrés, ella comprendió al fin lo que era la felicidad.
Por las noches se acurrucaba a su lado y susurraba:
No vas a irte, ¿verdad? Ya te tengo bien atado.
Yo nunca pensé en irme contestó él, besándole la sien.
Desde el principio Luz supo que Andrés tenía una hija de su primer matrimonio. Preguntó por ella, pero él tardaba en dar detalles. Una noche, soltó la información:
Hace años que no sé nada de ella, ni tengo contactos. Cuando la niña tenía tres años, Elena, mi exesposa, no quería que nos viésemos. Ahora Dani tiene ya la adolescencia así que, mejor no hurgar en el pasado.
Luz encogió de hombros:
Como quieras. Pero si alguna vez quieres buscarla, dime. Yo te apoyo.
Él asintió. Luz dejó de preguntar. Cada quien lleva su historia.
Una tarde, Andrés volvió a casa con el semblante apagado. Se quitó el abrigo sin mirarla y fue a la cocina, se sirvió agua y se quedó allí, inmóvil, con el vaso en la mano.
Andrés, ¿qué ocurre? inquietó Luz.
Él, con culpa en la mirada, soltó de golpe:
He encontrado a Elena en las redes. Le escribí para saber cómo estaban, cómo está Dani. Resulta que Dani quiere hablar conmigo hemos charlado un poco por teléfono.
Luz se quedó paralizada. Le había recordado la hija tantas veces, pero al oír la noticia sintió que algo dentro se quebraba.
¡Qué bien! exclamó, intentando ocultar el desconcierto, me alegro mucho por vosotros.
Andrés sonrió, necesitaba oír esas palabras. Pero Luz sintió que una carga se había posado sobre su vida.
Al principio fueron llamadas breves. Él se encerraba en su habitación y cerraba la puerta diciendo: «Dani se avergüenza». Luz, sola en la cocina, escuchaba su voz, ese tono de terciopelo que, hasta hacía poco, sólo le pertenecía a ella.
Luego aparecieron los mensajes de la exesposa. Al principio cortos, después más extensos. Los dedos de Luz se acercaban al móvil de Andrés cada vez que lo dejaba sin vigilancia; leía los mensajes, veía fotos de una niña desconocida. Entre líneas percibía un néctar dulce y venenoso: «Estamos aquí, te esperamos»
Cuando Andrés llevaba el teléfono a otra habitación, ella se repetía: «Habla con su hija, no inventes nada». Pero una vez, al pasar cerca, escuchó el nombre.
Elena
Desde entonces, el infierno de Luz tomó forma concreta. Se odiaba por lo que hacía, pero no lograba detenerse. Observaba cómo él sonreía mirando la pantalla, cómo retenía el aliento antes de responder. Cada gesto le parecía una traición; estaba convencida de que vivía dos vidas.
La envidia y los celos se avivaban día tras día, hasta el punto de que cualquier cosa le irritaba. Una noche, al ver a Andrés deslizando el dedo por el móvil, explotó:
¡¿No me valoras en absoluto?! gritó, entre lágrimas.
Luz, ¿qué pasa? le preguntó, con el desconcierto más sincero en los ojos.
¡No te hagas el loco! chilló. ¡Lo veo todo! ¡Sigues hablando con ella!
¿Con quién? parecía que él no entendía de qué se trataba.
Ese desconcierto la enfurecía aún más. Cada llamada suya se volvió un golpe eléctrico; cada retraso en el trabajo, una prueba de infidelidad. Se convirtió en una espía dentro de su propio hogar, porque la amaba con una pasión que la consumía.
Los enfrentamientos se hicieron habituales, a menudo por nimiedades que se transformaban en «problemas globales». Luz gritaba que Andrés ya no la escuchaba, que su mirada había cambiado, que su presencia le pesaba. En su interior surgía un pensamiento que la asfixiaba:
«Si él decide, siempre habrá un sitio al que huir, donde lo quieran y esperen».
Antes confiaba en su matrimonio; ahora la casa que había amado dejó de ser un refugio seguro. Por las noches, con los ojos abiertos, se preguntaba:
«¿Y si algún día elige lo que quedó atrás? ¿Si el pasado pesa más que el presente?»
Al día siguiente, intentaba ahuyentar esos temores, reprimiéndolos: «Somos familia. No, no es así». Cuanto más se convencía, más temía su elección.
Una madrugada, Andrés dejó el móvil sobre la mesa de la cocina y se fue a bañar al niño. El teléfono vibró con una notificación: Elena
Luz no tocó el aparato; sus dedos temblaron y su corazón se encogió. No abrió el mensaje, temía lo que pudiera leer. El miedo se había convertido en rutina.
¿Qué te pasa? preguntó Andrés más tarde, después de acostar al pequeño.
Todo bien respondió Luz, demasiado rápido.
Él la miró largo rato, como quien se da cuenta de algo, pero no dijo nada. Cuando la noche llegó y él se durmió, Luz escuchó su respiración, constante, cálida, familiar. Entonces pensó que quizá pronto sería otra quien escuchara ese aliento. La idea le quemó tanto que se levantó, se dirigió a la cocina, se sentó en un taburete y apretó los puños. Por primera vez sintió que era sustituible.
Andrés entró en la cocina; ella, con los ojos hinchados, le dijo:
Tengo miedo de que un día te vayas
Él se arrodilló, tomó sus manos y, tras una pausa, preguntó:
¿A dónde irías?
A ellos evitó la mirada, a su familia.
Él guardó silencio. En ese silencio se escuchó la cosa más aterradora: no una protesta, ni una risa, sino una pausa que pesaba más que cualquier respuesta.
Entonces llegó la noche que cambió todo. Andrés no volvió a pasar la noche. No llamó, no escribió; su móvil estaba fuera de cobertura. Luz, sentada en la penumbra de la cocina, imaginaba sus vidas juntos, repasaba mil escenas de su felicidad sin ella. Al alba, su corazón se había convertido en hielo.
Se sentó frente al portátil; sus dedos comenzaron a teclear como si fuera a escribir a Elena. Lloraba sin percibir las lágrimas, escribía con desesperación, como quien busca la última pajita para no hundirse. Sus palabras hablaban de amor, de celos, de humillación, suplicando una sola cosa: «¡Dime la verdad!»
Al pulsar «Enviar», sintió un extraño alivio y, a la vez, un vacío. Hizo su movimiento; sólo quedaba esperar la respuesta.
Todo el día quedó atrapada en la espera, ensayando mentalmente el momento en que Andrés regresaría, preparada para decirle que lo sabía todo. Recorría la casa, tocaba los objetos, alimentaba mecánicamente al niño, pero dentro solo había una espera, como una sentencia.
Cuando Andrés volvió, casi al filo de la noche, pálido y abatido, se sentó frente a ella sin decir palabra.
¿Por qué lo hiciste? su voz era tenue, cansada.
Luz tembló.
¿Qué hice?
Leí tu carta. La entendí mal.
¡¿De veras?! exclamó, perdiendo el último de sus nervios. Entonces explícamelo! ¿Quieres volver con ella? ¿El viejo amor no se oxida? ¡Habla! No te escondas con el móvil por la casa. ¿Cómo pudiste leer mi carta? ¿Qué quería ella? ¿Mostrar mi debilidad?
Ella no te responderá, Luz dijo Andrés en voz baja. Yo mismo lo haré Todo irá bien siempre que no lo arruines tú misma.
Qué conveniente se burló, amarga. No me interesa nada. Ya ni me importa haberle escrito.
Elena murió anoche. Estuve con ella hasta el final exhaló Andrés.
Luz sintió que el mundo se detenía. El aire se volvió helado; su respiración se truncó.
¿Murió? susurró, temiendo la respuesta.
Andrés asintió.
Llevaba tiempo enferma continuó. Se alegró cuando aparecí. No se confesó de inmediato; quería ver cómo reaccionaríamos, ella y Dani. No intentaba recuperarme, Luz. Solo quería que Dani no quedara sola.
Suspiró pesadamente.
¿Ahora entiendes por qué todo depende de ti? preguntó, mirándola intensamente. Si dices que no, buscaré dónde colocar a Dani.
¿En un orfanato? la voz de Luz tembló con horror.
No, por supuesto. Tengo familiares, tanto míos como de Elena. Espero que alguno acepte acogerla. En cualquier caso, no puedo decidir sin ti
Luz se levantó, gritando con una fuerza que le asustó:
¡Ni lo pienses! bramó. ¡Dani vivirá con nosotros! ¿Entendido? ¡Con nosotros!
Andrés quedó inmóvil. Cerró los ojos por un instante; al abrirlos, unas lágrimas brotaban.
Lo sabía confiaba en que dirías eso murmuró.
Luz se acercó, apoyó su rostro contra su pecho y, por fin, los temores y sospechas se desvanecieron. Delante suyo se vislumbraba una vida nueva, dura pero sin miedo. Había tomado su decisión.







