—¡Papá, te presento a mi futura esposa y tu nuera, ¡Varvara! —exclamó Borja, radiante de felicidad. —¿Quién? —preguntó sorprendido el profesor, doctor en ciencias, don Ramón Filimonovich. —¡Si esto es una broma, no tiene mucha gracia! El hombre observaba con desagrado las uñas de los dedos toscos de su “nuera”. Le parecía imposible que esa chica supiera lo que era el agua y el jabón. ¿Cómo explicar la suciedad incrustada bajo las uñas? “¡Madre mía! Menos mal que mi Larita no ha vivido para semejante vergüenza. Nos esforzamos en inculcar a este zángano las mejores maneras…” pensó en silencio. —¡No es ninguna broma! —respondió Borja en tono desafiante—. Varvara se quedará en casa, y dentro de tres meses nos casaremos. Si no quieres participar en la boda de tu hijo, ¡me las arreglaré sin ti! —¡Buenas! —saludó Varvara sonriente, y pasó como si fuese la dueña a la cocina—. Son pasteles, mermelada de frambuesa, setas secas… —la chica enumeraba los productos que sacaba de una bolsa ya bastante maltrecha. Ramón Filimonovich casi se echó mano al pecho al ver cómo Varvara manchaba el mantel blanco, bordado a mano, con mermelada que se había derramado. —¡Borja! ¡Reacciona! Si esto lo haces para fastidiarme, no vale la pena… ¡Es demasiado cruel! ¿De qué pueblo has traído a esta ignorante? ¡No permitiré que viva en mi casa! —gritó desesperado el profesor. —Quiero a Varvara. Mi esposa tiene derecho a vivir en mi casa—se burló el joven. Ramón Filimonovich se dio cuenta de que su hijo simplemente disfrutaba irritándolo. Sin discutir más, fue en silencio a su cuarto. Desde hacía poco la relación con su hijo había cambiado mucho. Tras la muerte de la madre, Borja se descontroló: abandonó la facultad, le faltaba el respeto a su padre y llevaba una vida desordenada y disipada. Ramón Filimonovich confiaba en que su hijo cambiaría, que volvería a ser como antes, sensato y bondadoso. Pero cada día Borja se alejaba más. Y hoy, para colmo, había llevado a casa a esta campesina, sabiendo que su padre nunca aprobaría tal elección… No tardaron Borja y Varvara en casarse. Ramón Filimonovich rechazó presenciar la boda: no quería aceptar a esa nuera tan poco de su agrado. Le corroía la rabia de que el lugar de Larita, la perfecta ama de casa, esposa y madre, lo ocupase ahora aquella joven sin educación, incapaz de hilar dos palabras. Varvara parecía no advertir el mal trato de su suegro; se esmeraba en agradarle, pero sólo conseguía empeorarlo. El hombre no veía en ella ni una sola virtud: sólo su incultura y pésimos modales… Borja, tras cansarse de jugar al marido ejemplar, volvió a su vida de bebida y juerga. El padre escuchaba con frecuencia los gritos de los jóvenes y hasta se alegraba, esperando que Varvara se iría para siempre de su casa. —¡Don Ramón Filimonovich! —entró la nuera una mañana, llorando—. ¡Borja quiere el divorcio y, además, me echa a la calle estando yo embarazada! —En primer lugar, ¿a la calle por qué? No eres ninguna vagabunda… Vete al pueblo de donde viniste. Eso de que estés embarazada no te da derecho a quedarte tras el divorcio. Perdona, pero yo no voy a intervenir en vuestra relación —contestó el hombre, jubiloso interiormente de que pronto se libraría de la molesta nuera. Varvara se fue llorando, sin entender por qué el suegro la había odiado desde el primer momento ni por qué Borja la había tratado como un juguete y la había echado a la calle. ¿Qué importaba ser del campo? También tenía sentimientos y alma… *** Pasaron ocho años… Ramón Filimonovich vivía en una residencia de ancianos. El veterano profesor había decaído mucho últimamente. Como era de esperar, Borja aprovechó para mandarlo allí lo más rápido posible, para ahorrarse molestias. El anciano se resignó a su destino, consciente de que no había alternativa. Durante su larga vida supo enseñar a miles de personas el amor, el respeto y el cuidado. Hasta recibía cartas de agradecimiento de antiguos alumnos… Pero a su propio hijo nunca logró hacer de él una buena persona… —Ramón, ¡tienes visita! —le informó su compañero de cuarto, de vuelta del paseo. —¿Quién? ¿Borja? —se le escapó al viejo, aunque en el fondo sabía que era imposible; su hijo jamás le visitaría, tanto le odiaba… —No sé. Me lo dijo la enfermera, que viniese a avisarte. ¿Por qué estás sentado? ¡Ve rápido! —le animó el compañero. Ramón cogió el bastón y salió despacio de su pequeña y calurosa habitación. Al bajar la escalera, la vio desde lejos y la reconoció, pese al tiempo transcurrido desde la última vez que se vieron. —¡Hola, Varvara! —dijo bajito, agachando la cabeza. Quizá aún sentía culpa por no haber defendido a esa chica humilde y sincera hace ocho años… —¿Don Ramón Filimonovich? —se sorprendió la mujer, ahora con mejillas sonrosadas—. ¡Ha cambiado mucho…! ¿Está enfermo? —Algo…, —sonrió tristemente él—. ¿Y tú, cómo supiste dónde estaba? —Borja me lo contó. Ya sabe usted que él no quiere ver a su hijo, y el niño siempre pide ir, unas veces con su padre y otras con su abuelo… Ivanito no tiene la culpa de que usted no quiera reconocerlo. El niño necesita cariño de su familia. Estamos solos, los dos—explicó la mujer con la voz temblorosa—. Perdone, quizá me he equivocado viniendo… —¡Espera! —rogó el anciano—. ¿Qué edad tiene ya Ivanito? Recuerdo la última foto, donde solo tenía tres años. —Está fuera, en la entrada. ¿Le llamo? —preguntó Varvara, dudosa. —¡Por supuesto, hija, llámale! —exclamó Ramón Filimonovich, ilusionado. En el vestíbulo entró un niño pelirrojo, una copia pequeña y perfecta de Borja. Ivanito se acercó tímido al abuelo, que nunca había visto. —¡Hola, hijo! ¡Qué grande estás ya…! —sollozó el abuelo, abrazando al nieto. Conversaron largo rato, paseando entre las avenidas otoñales del parque que rodeaba la residencia. Varvara contó lo difícil que había sido su vida, cómo perdió pronto a su madre y tuvo que sacar adelante sola al hijo y la casa. —Perdóname, Varvara. He sido muy injusto contigo. Me tenía por hombre inteligente y culto, pero recién he entendido que lo esencial es valorar a las personas por su sinceridad y bondad, no por sus maneras o educación —dijo el anciano. —Don Ramón Filimonovich, tenemos una propuesta —sonrió Varvara, nerviosa y titubeante—. Véngase con nosotros. Usted está solo, y nosotros también… Nos encantaría tener familia cerca. —¡Abuelo, venga! Iremos juntos a pescar, recoger setas en el bosque… En el pueblo es precioso, ¡y hay mucho sitio en la casa! —pidió Ivanito, agarrando la mano del abuelo. —¡Vamos! —sonrió Ramón Filimonovich—. He cometido errores con mi hijo, pero espero poder darle a ti lo que no le di a Borja. Además, nunca he estado en un pueblo; ¡espero que me guste! —¡Por supuesto que le gustará! —rió Ivanito.

Papá, te presento a mi futura esposa, y tu nuera, Milagros! exclamaba Boris radiante de felicidad.
¿Cómo? preguntó sorprendido el profesor, doctor en ciencias, Ramón Filomeno. Si esto es una broma, no tiene mucha gracia.
El hombre observaba con evidente disgusto las uñas mugrientas en los dedos ásperos de la nuera. No podía entender cómo esa joven parecía no conocer el agua y el jabón, viendo la suciedad incrustada bajo las uñas.
¡Dios mío! Menos mal que mi querida Lola no ha visto este bochorno… ¡Con cuánto esmero tratamos de inculcarle buenos modales a este cabeza loca! pensaba para sí.
¡No es una broma! respondió Boris desafiante. Milagros va a quedarse con nosotros, y en tres meses nos casamos. Si no quieres participar en mi boda, pues me las apaño sin ti.
¡Hola! sonrió Milagros, avanzando con confianza a la cocina. Aquí traigo empanadillas, mermelada de frambuesa, setas secas… enumeraba los alimentos que sacaba de un bolso bastante desgastado.
Ramón Filomeno casi se lleva la mano al pecho al ver cómo Milagros estropeaba el mantel blanco bordado a mano con la mermelada derramada.
¡Boris! ¡Reacciona! Si todo esto es para contrariarme, no vale la pena… ¡Es demasiado cruel! ¿De qué pueblo has traído a esta maleducada? ¡No dejaré que viva en mi casa! gritaba el profesor, desesperado.
Yo amo a Milagros. Y mi esposa tiene derecho a vivir en mi casa se burló Boris.
Ramón Filomeno comprendió que su hijo sólo quería provocarle. Sin decir nada más, fue directo a su habitación.
Desde hacía un tiempo, la relación con su hijo había cambiado radicalmente. Tras la muerte de la madre, Boris se volvió incontrolable. Abandonó la universidad, contestaba mal a su padre y llevaba una vida despreocupada y desordenada.
El profesor había confiado en que su hijo cambiaría, volvería a ser sensato y amable. Pero cada día Boris se alejaba más. Y allí estaba, trayendo a aquella chica del pueblo, sabiendo que Ramón nunca aprobaría su elección.
Poco después, Boris y Milagros se casaron. Ramón Filomeno se negó a asistir a la boda, pues no quería aceptar a una nuera tan indeseada. Sentía rabia al ver que el sitio de Lola, excelente ama de casa, esposa y madre, lo ocupaba esa joven sin estudios ni habilidad para expresarse.
Milagros parecía ignorar el desprecio del suegro, y trataba de agradarle en todo, aunque solo conseguía empeorar la situación. El hombre no veía ni una sola cualidad buena en ella, enfocado únicamente en su ignorancia y malos modales…
Boris, cansado de fingir ser el esposo ejemplar, volvió a beber y a salir por las noches. El padre escuchaba las discusiones de los jóvenes, y se alegraba, esperando que Milagros se marchara para siempre.
¡Ramón Filomeno! entró Milagros llorando un día Boris quiere divorciarse, ¡me echa a la calle, y estoy esperando un hijo!
Bueno, por qué a la calle, ¿no eres indigente…?, Vuelve a tu pueblo. Estar embarazada no te da derecho a quedarte aquí tras el divorcio. Perdona, pero no voy a intervenir dijo el hombre, alegrándose en el fondo por librarse al fin de su insistente nuera.
Milagros lloró en silencio y empezó a recoger sus cosas. No entendía por qué el suegro la odiaba desde el primer momento, ni por qué Boris la trató como a un perrito callejero y después la echó. ¿Tan grave era venir del pueblo? También ella tenía alma y sentimientos…
***
Han pasado ocho años Ramón Filomeno vive en una residencia de ancianos. El hombre se ha debilitado mucho estos últimos años. Su hijo Boris, aprovechando la situación, lo llevó rápidamente allí para quitarse el compromiso.
El anciano se resignó a su destino. A lo largo de su vida educó a miles de alumnos con valores como el amor, el respeto y la responsabilidad. Recibe todavía cartas de agradecimiento de antiguos estudiantes… Pero no pudo educar así a su propio hijo.
Ramón, tienes visita le dijo su compañero de habitación al volver del paseo.
¿Quién? ¿Boris? preguntó el anciano, aunque sabía que era imposible. Su hijo jamás iría a verle, el odio era demasiado grande…
No sé. La asistente me pidió que te avisara. ¿Qué haces sentado? ¡Ve pronto! le animó el compañero.
Ramón tomó el bastón y salió despacio de su pequeña y calurosa habitación. Al bajar la escalera, la vio a lo lejos y la reconoció enseguida, aunque hacía años desde su última visita.
Hola, Milagros saludó en voz baja, cabizbajo, sintiendo aún culpa por aquella muchacha sencilla y sincera que no quiso defender hace ocho años…
¡Don Ramón Filomeno! exclamó sorprendida la mujer de mejillas sonrosadas ¡Cuánto ha cambiado usted… Está enfermo?
Un poco…, sonrió el hombre con tristeza ¿Y cómo has sabido dónde encontrarme?
Boris me lo contó. Ya sabe, él no quiere tratar con su hijo. Pero el niño pide siempre visitar a su padre y a su abuelo… Iván no tiene culpa de que no lo reconozcan. Le falta el cariño de la familia… Somos solo nosotros dos confesó la mujer, con voz temblorosa. Perdón, quizá he hecho mal en venir…
Espera pidió el anciano ¿Y cómo está Ivancito? Recuerdo la última foto que me mandaste, tenía solo tres añitos.
Está aquí, junto a la puerta. ¿Le llamo? preguntó Milagros, dudando.
Por supuesto, hija, llámale respondió Ramón Filomeno, ilusionado.
Entró un niño pelirrojo, una réplica diminuta de Boris. Iván se acercó tímidamente al abuelo, al que nunca había visto.
¡Hola, hijo! Has crecido mucho… dijo el anciano, abrazando con lágrimas a su nieto.
Conversaron mucho, paseando por los senderos otoñales del parque de la residencia. Milagros le contó su dura vida, cómo perdió a su madre siendo joven, y tuvo que sacar adelante sola a su hijo y la casa.
Perdóname, Milagros. He sido injusto contigo. Creí que la inteligencia y la educación eran todo, pero sólo ahora entiendo que lo valioso en las personas es su sinceridad y bondad declaró el anciano.
Don Ramón Filomeno, tenemos una propuesta para usted sonrió Milagros, nerviosa y tartamudeando. ¡Váyase a vivir con nosotros! Está solo, y nosotros también… Nos haría mucha ilusión tener familia cerca.
¡Abuelo, vamos! Podemos ir juntos a pescar, y al bosque a por setas… Nuestro pueblo es precioso, hay mucho sitio en casa suplicó Iván, agarrando la mano de su abuelo.
¡Claro que sí! sonrió Ramón Filomeno. Fallé en educar a mi hijo, pero quiero darte lo que no pude dar a Boris. Además, nunca he vivido en un pueblo. ¡Seguro que me encantará!
Seguro que sí, abuelo rió Ivancito.

Rate article
MagistrUm
—¡Papá, te presento a mi futura esposa y tu nuera, ¡Varvara! —exclamó Borja, radiante de felicidad. —¿Quién? —preguntó sorprendido el profesor, doctor en ciencias, don Ramón Filimonovich. —¡Si esto es una broma, no tiene mucha gracia! El hombre observaba con desagrado las uñas de los dedos toscos de su “nuera”. Le parecía imposible que esa chica supiera lo que era el agua y el jabón. ¿Cómo explicar la suciedad incrustada bajo las uñas? “¡Madre mía! Menos mal que mi Larita no ha vivido para semejante vergüenza. Nos esforzamos en inculcar a este zángano las mejores maneras…” pensó en silencio. —¡No es ninguna broma! —respondió Borja en tono desafiante—. Varvara se quedará en casa, y dentro de tres meses nos casaremos. Si no quieres participar en la boda de tu hijo, ¡me las arreglaré sin ti! —¡Buenas! —saludó Varvara sonriente, y pasó como si fuese la dueña a la cocina—. Son pasteles, mermelada de frambuesa, setas secas… —la chica enumeraba los productos que sacaba de una bolsa ya bastante maltrecha. Ramón Filimonovich casi se echó mano al pecho al ver cómo Varvara manchaba el mantel blanco, bordado a mano, con mermelada que se había derramado. —¡Borja! ¡Reacciona! Si esto lo haces para fastidiarme, no vale la pena… ¡Es demasiado cruel! ¿De qué pueblo has traído a esta ignorante? ¡No permitiré que viva en mi casa! —gritó desesperado el profesor. —Quiero a Varvara. Mi esposa tiene derecho a vivir en mi casa—se burló el joven. Ramón Filimonovich se dio cuenta de que su hijo simplemente disfrutaba irritándolo. Sin discutir más, fue en silencio a su cuarto. Desde hacía poco la relación con su hijo había cambiado mucho. Tras la muerte de la madre, Borja se descontroló: abandonó la facultad, le faltaba el respeto a su padre y llevaba una vida desordenada y disipada. Ramón Filimonovich confiaba en que su hijo cambiaría, que volvería a ser como antes, sensato y bondadoso. Pero cada día Borja se alejaba más. Y hoy, para colmo, había llevado a casa a esta campesina, sabiendo que su padre nunca aprobaría tal elección… No tardaron Borja y Varvara en casarse. Ramón Filimonovich rechazó presenciar la boda: no quería aceptar a esa nuera tan poco de su agrado. Le corroía la rabia de que el lugar de Larita, la perfecta ama de casa, esposa y madre, lo ocupase ahora aquella joven sin educación, incapaz de hilar dos palabras. Varvara parecía no advertir el mal trato de su suegro; se esmeraba en agradarle, pero sólo conseguía empeorarlo. El hombre no veía en ella ni una sola virtud: sólo su incultura y pésimos modales… Borja, tras cansarse de jugar al marido ejemplar, volvió a su vida de bebida y juerga. El padre escuchaba con frecuencia los gritos de los jóvenes y hasta se alegraba, esperando que Varvara se iría para siempre de su casa. —¡Don Ramón Filimonovich! —entró la nuera una mañana, llorando—. ¡Borja quiere el divorcio y, además, me echa a la calle estando yo embarazada! —En primer lugar, ¿a la calle por qué? No eres ninguna vagabunda… Vete al pueblo de donde viniste. Eso de que estés embarazada no te da derecho a quedarte tras el divorcio. Perdona, pero yo no voy a intervenir en vuestra relación —contestó el hombre, jubiloso interiormente de que pronto se libraría de la molesta nuera. Varvara se fue llorando, sin entender por qué el suegro la había odiado desde el primer momento ni por qué Borja la había tratado como un juguete y la había echado a la calle. ¿Qué importaba ser del campo? También tenía sentimientos y alma… *** Pasaron ocho años… Ramón Filimonovich vivía en una residencia de ancianos. El veterano profesor había decaído mucho últimamente. Como era de esperar, Borja aprovechó para mandarlo allí lo más rápido posible, para ahorrarse molestias. El anciano se resignó a su destino, consciente de que no había alternativa. Durante su larga vida supo enseñar a miles de personas el amor, el respeto y el cuidado. Hasta recibía cartas de agradecimiento de antiguos alumnos… Pero a su propio hijo nunca logró hacer de él una buena persona… —Ramón, ¡tienes visita! —le informó su compañero de cuarto, de vuelta del paseo. —¿Quién? ¿Borja? —se le escapó al viejo, aunque en el fondo sabía que era imposible; su hijo jamás le visitaría, tanto le odiaba… —No sé. Me lo dijo la enfermera, que viniese a avisarte. ¿Por qué estás sentado? ¡Ve rápido! —le animó el compañero. Ramón cogió el bastón y salió despacio de su pequeña y calurosa habitación. Al bajar la escalera, la vio desde lejos y la reconoció, pese al tiempo transcurrido desde la última vez que se vieron. —¡Hola, Varvara! —dijo bajito, agachando la cabeza. Quizá aún sentía culpa por no haber defendido a esa chica humilde y sincera hace ocho años… —¿Don Ramón Filimonovich? —se sorprendió la mujer, ahora con mejillas sonrosadas—. ¡Ha cambiado mucho…! ¿Está enfermo? —Algo…, —sonrió tristemente él—. ¿Y tú, cómo supiste dónde estaba? —Borja me lo contó. Ya sabe usted que él no quiere ver a su hijo, y el niño siempre pide ir, unas veces con su padre y otras con su abuelo… Ivanito no tiene la culpa de que usted no quiera reconocerlo. El niño necesita cariño de su familia. Estamos solos, los dos—explicó la mujer con la voz temblorosa—. Perdone, quizá me he equivocado viniendo… —¡Espera! —rogó el anciano—. ¿Qué edad tiene ya Ivanito? Recuerdo la última foto, donde solo tenía tres años. —Está fuera, en la entrada. ¿Le llamo? —preguntó Varvara, dudosa. —¡Por supuesto, hija, llámale! —exclamó Ramón Filimonovich, ilusionado. En el vestíbulo entró un niño pelirrojo, una copia pequeña y perfecta de Borja. Ivanito se acercó tímido al abuelo, que nunca había visto. —¡Hola, hijo! ¡Qué grande estás ya…! —sollozó el abuelo, abrazando al nieto. Conversaron largo rato, paseando entre las avenidas otoñales del parque que rodeaba la residencia. Varvara contó lo difícil que había sido su vida, cómo perdió pronto a su madre y tuvo que sacar adelante sola al hijo y la casa. —Perdóname, Varvara. He sido muy injusto contigo. Me tenía por hombre inteligente y culto, pero recién he entendido que lo esencial es valorar a las personas por su sinceridad y bondad, no por sus maneras o educación —dijo el anciano. —Don Ramón Filimonovich, tenemos una propuesta —sonrió Varvara, nerviosa y titubeante—. Véngase con nosotros. Usted está solo, y nosotros también… Nos encantaría tener familia cerca. —¡Abuelo, venga! Iremos juntos a pescar, recoger setas en el bosque… En el pueblo es precioso, ¡y hay mucho sitio en la casa! —pidió Ivanito, agarrando la mano del abuelo. —¡Vamos! —sonrió Ramón Filimonovich—. He cometido errores con mi hijo, pero espero poder darle a ti lo que no le di a Borja. Además, nunca he estado en un pueblo; ¡espero que me guste! —¡Por supuesto que le gustará! —rió Ivanito.