¡Aléjate de mí! ¡No prometí casarme contigo! Y, para colmo, ni siquiera sé de quién es este niño.

30 de abril de 2024

Hoy he vuelto a escuchar aquella frase que marcó el inicio de todo: «¡Aléjate de mí! ¡Nunca prometí casarme contigo! Y, además, no sé de quién es ese niño». Fue Víctor, con la voz temblorosa, quien la dirigió a Valentina, la joven del pueblo que había entregado su corazón al viento.

Valentina quedó paralizada, sin poder creer lo que escuchaba. ¿Era ese el Víctor que la había acariciado y susurrado promesas bajo la luna? ¿O aquel Vito, que la llamaba mi niña y le prometía un futuro lleno de estrellas? La mujer, entre lágrimas, se despidió de él con un gesto que jamás volvería a cruzar.

A los treinta y cinco años, cansada de la soledad y de la escasez de oportunidades para encontrar la dicha, Valentina decidió ser madre. En el tiempo señalado dio a luz a una niña que llamó Luz, una niña tranquila, sin sobresaltos, que parecía haber heredado la paciencia de su madre.

Yo, Ignacio, la cuidaba lo mejor que podía: la alimentaba, le vestía, le compraba juguetes, pero nunca la abrazaba más de lo necesario, ni la acariciaba cuando quería jugar. Luz buscaba mi mano con insistencia y yo la apartaba con excusas: estoy ocupado, tengo mucho que hacer, me duele la cabeza. No sé si mi instinto de padre se quedó dormido.

Cuando Luz tenía siete años, la vida dio un giro inesperado: Valentina conoció a un forastero, un hombre sin empleo estable, que llegó a la aldea y despertó los murmullos de los vecinos. ¿Qué será de ella? ¿Será un embaucador?, decían. Él, llamado Iker, trabajaba en la carpintería del pueblo y, a la vez, ayudaba a descargar los camiones en la tienda donde Valentina vendía verduras. Fue allí donde surgió su romance.

Poco después, Valentina decidió invitar a Iker a vivir bajo el mismo techo. Los cotillas del pueblo no tardaron en criticarla: ¡Trae a un desconocido a la casa de una viuda!. Comentaban sobre la falta de palabras del hombre, insinuando que ocultaba algo. Valentina, sin prestar oídos a los chismes, creía haber encontrado su última oportunidad para ser feliz.

Con el tiempo, la percepción de los vecinos cambió. La casa de Valentina se había convertido en un sitio ruinoso y necesitaba reparaciones. Iker, con sus manos hábiles, arregló el porche, reparó el tejado y levantó la verja caída. Cada día hacía algo nuevo, y la gente empezó a acudir a él en busca de ayuda.

Si eres anciano o estás en la ruina, te echo una mano. Si no, paga con euros o con alimentos les decía, aceptando a veces frutas, carne, huevos o leche.

Yo, que nunca había tenido ganado, empecé a ofrecerle a Luz un poco más de crema y leche fresca cada día. Gracias a Iker, el frigorífico se llenó de mantequilla, queso y yogur casero. Sus manos, como decían, eran de oro: Todo herrero, todo labrador y, a la vez, músico de flauta.

Valentina, antes poco agraciada, empezó a brillar. Su rostro se suavizó, su sonrisa se volvió más amplia y, sorprendentemente, se volvió más tierna con Luz. La niña, ahora con mejillas que al sonreír mostraban pequeños hoyuelos, empezó a ir a la escuela.

Un día, mientras observaba a Iker trabajar en el patio, Luz corrió a la casa vecina para visitar a su amiga. Al regresar, quedó boquiabierta al ver colgando del árbol del jardín unos columpios recién instalados.

¿Son para mí? ¡Iker, ¿los has hecho? exclamó con incredulidad.

¡Claro que sí, Luz! ¡Disfruta! respondió Iker con una risa que rara vez mostraba.

Luz se subió y se balanceó, sintiendo el viento en los oídos, y no había niña más feliz en todo el pueblo.

Yo, que salía temprano a la tienda, dejé que Iker se encargara de los almuerzos y las cenas. Preparaba pasteles, guisos y, sobre todo, enseñó a Luz a ponerse el delantal y a servir la mesa. Descubrí, con sorpresa, que bajo su semblante serio había un talento inesperado para la cocina.

Cuando llegó el invierno y los días se hicieron cortos, Iker acompañaba a Luz a la escuela, llevaba su mochila y le contaba historias de su vida: cómo cuidó a su madre enferma, vendió su piso para ayudarla, y cómo su propio hermano lo expulsó de casa con engaños. Le mostró la dureza y la generosidad del mundo.

En los veranos, a la alborada, ambos iban al río a pescar. Iker le enseñó a esperar en silencio, a tener paciencia, a leer el movimiento del agua. Un día le regaló su primer bicicleta infantil y, cuando se cayó, le aplicó una pomada y le animó:

No tienes que temer a la caída, niña. Debes aprender a levantarte.

En Navidad, Iker le dio a Luz unos patines de hielo, los más brillantes que había visto. Esa noche, la familia se sentó alrededor de la mesa que Iker había ayudado a montar, brindó y cantó al sonar de las campanas.

¡Patines! ¡Mira, son míos! gritó Luz, abrazándolos contra el pecho y dejando correr lágrimas de alegría por sus mejillas.

Al día siguiente, Iker la llevó al lago congelado, despejó la nieve del hielo y le enseñó a deslizarse. Cada caída la recibió con su mano firme, hasta que por fin pudo mantenerse en pie sin tambalearse.

Luz creció, se mudó a Madrid para estudiar y enfrentó muchos obstáculos, como cualquiera. Yo siempre estuve a su lado, llevándole bolsas de comida para que nunca le faltara. Estuve presente en su graduación, en el día de su boda, y, junto a su esposo, esperé en la sala de partos el anuncio de la llegada de sus niños.

Ahora, mientras observo su foto colgada en la pared, recuerdo todo lo que ha pasado. Iker se fue, como todos lo hacemos al final, y en su despedida Luz, con la voz entrecortada, dijo:

Adiós, padre fuiste el mejor padre que alguien pudo tener. Siempre te llevaré en mi corazón.

Él quedó en mi memoria no como tío, ni como padrastro, sino como auténtico padre. Porque un padre no siempre es quien te engendra, sino quien te cría, quien comparte tu dolor y tu alegría, quien está allí en los momentos más duros.

**Lección personal:** La verdadera paternidad se mide por la entrega desinteresada, no por la sangre; y el amor que damos a los demás es el que, al final, nos define.

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MagistrUm
¡Aléjate de mí! ¡No prometí casarme contigo! Y, para colmo, ni siquiera sé de quién es este niño.