Mamá, sonríe
Te cuento una historia que me viene mucho a la cabeza estos días, de cuando Lucía era pequeña. No le gustaba nada cuando las vecinas venían a casa y le pedían a su madre que cantara alguna copla.
Venga, Carmen, cántanos algo, que tienes una voz preciosa. Y cuando bailas, da gloria verte le decían. Y claro, su madre se arrancaba, luego todas seguían y a veces terminaban bailando en el patio.
En esa época, vivían en un pueblo pequeño de Castilla, en su propia casa, con el hermano pequeño de Lucía, que se llamaba Toñito. Su madre, Carmen, era la alegría personificada, siempre atenta y cariñosa. Cuando las vecinas se marchaban, Carmen les decía:
Pasad otro día, que hemos estado la mar de a gusto.
Pero Lucía, que justo estaba en quinto de primaria, no soportaba esas juergas. Incluso, le daba hasta vergüenza ver a su madre cantar y bailar delante de todos. Una vez se lo dijo:
Mamá, por favor no cantes ni bailes más Me da mucha vergüenza.
En ese momento, ni ella misma entendía el porqué de ese sentimiento. Y aunque ahora ya es adulta y también madre, sigue sin saber exactamente qué le pasaba. Carmen le contestó:
Pero, Luci, hija, no te avergüences cuando canto, al contrario, alégrate. No voy a estar toda la vida cantando y bailando. Ahora que todavía me quedan fuerzas
Lucía no pensaba entonces en lo dura que puede ser la vida, y en que la alegría, a veces, escasea.
Al año siguiente, cuando Lucía entró en sexto y Toñito en segundo, su padre les dejó. Cogió sus cosas y se fue para no volver. Lucía nunca supo realmente qué pasó entre sus padres. Ya de adolescente, un día le preguntó a su madre:
Mamá, ¿por qué papá se fue de casa?
Eso lo entenderás cuando seas mayor le respondió Carmen.
Carmen todavía era incapaz de contarle que, un día, al volver de limpiar temprano (se había olvidado la billetera con euros), lo encontró en su cama con otra mujer Isabel, una vecina del pueblo. Lucía y Toñito estaban en clase y ella, por casualidad, pasó por casa. La puerta estaba abierta extraño, porque su marido debería estar en la fábrica y se encontró una escena tremenda. Isabel e Iván le miraron entre sorprendidos y cómicos, como si preguntaran: ¿Pero qué haces aquí?.
Esa noche, cuando Iván regresó a casa, hubo bronca. Los niños jugaban fuera, ajenos a todo.
Coge tus cosas, Iván, que te las he dejado preparadas en una bolsa en el dormitorio, y vete. No pienso perdonar una traición así.
Él intentó convencerla:
Carmen, ha sido un desliz, olvidémoslo, tenemos niños
He dicho que te vayas.
Iván sabía que ella no le perdonaría jamás. Al final, cogió sus cosas y se fue, mientras Carmen le observaba entre lágrimas desde la esquina del patio. No quería volver a verle nunca. Aquella traición le rompió el alma.
Pensó: Bueno, ya saldremos adelante los tres. No le voy a perdonar jamás.
Y no lo hizo. Se quedó sola con dos hijos. Sabía que sería difícil, pero no imaginaba cuánto. Tuvo que aceptar dos trabajos: por la mañana limpiaba casas y por la noche trabajaba en la panadería del pueblo. Apenas dormía y su sonrisa desapareció, como por arte de magia.
Aunque Iván se había marchado, Lucía y Toñito seguían viéndolo de vez en cuando. Vivía apenas a cuatro casas, con Isabel y el hijo que tenía de otro matrimonio, que también era compañero de clase de Toñito. Carmen nunca les prohibió estar con su padre, iban a visitarle, jugaban juntos los tres, pero para comer siempre volvían a casa: Isabel no les ponía ni un plato en la mesa.
A veces, ese hijo venía a casa de Lucía y Toñito, y los vecinos los miraban raro. Carmen siempre daba de comer a todos sin distinciones. Aun así, Lucía nunca volvió a ver sonreír a su madre. Carmen era buena, atenta, pero se volvió más cerrada.
Lucía, muchas tardes al regresar del colegio, intentaba animarla. Le contaba lo que había pasado en clase, buscaba conversación.
Mamá, ¿sabes qué? Hoy Genaro ha traído un gatito escondido a clase, y el cachorrillo no paraba de maullar en mitad de la lección. La profe no sabía quién era, pensaba que era Genaro mismo haciéndose el tonto, y hasta le riñó. Cuando le dijimos que lo llevaba en la mochila… Bueno, Genaro y el gato acabaron en la puerta y le pusieron nota a la madre.
Vaya ya veo solía responder Carmen, distraída.
Lucía notaba que nada le hacía ilusión a su madre. Por la noche la oía llorar; a veces se quedaba mirando por la ventana, con la vista puesta en el campo. De mayor, entendió todo:
La pobre estaba reventada. Dos trabajos, sin pegar ojo, y a saber cuántas vitaminas le faltarían Pero no descuidó nada. Toñito y yo íbamos siempre bien vestidos, la ropa planchada y limpia. Ella se desvivía por nosotros.
Por entonces, Lucía le rogaba:
Mamá, sonríe, hace mucho que no te veo la sonrisa.
Carmen adoraba a sus hijos, aunque a su manera. No era de abrazar mucho, pero de vez en cuando los elogiaba por sacar buenas notas o portarse bien. Cocinaba de maravilla y la casa siempre estaba impecable. Lucía sentía el cariño de su madre cuando le peinaba el cabello: la acariciaba con un aire triste en la mirada, los hombros encorvados. A Carmen se le empezaron a caer los dientes muy joven, y acabó por quitárselos sin poner otros.
Cuando Lucía terminó el instituto ni se planteó ir a la universidad; no quería dejar sola a su madre, y tampoco había dinero. Encontró un trabajo en una tienda cerca de casa y ayudaba en todo lo que podía, sobre todo porque Toñito pegó un estirón y necesitaba zapatos y ropa nueva.
Un día apareció Adrián por la tienda, un forastero de un pueblo vecino, y aunque era 9 años mayor que Lucía, enseguida se interesó por ella.
¿Cómo te llamas, guapa? Eres nueva por aquí, antes nunca te había visto cuando paro a comprar algo.
Lucía, y yo tampoco le había visto antes.
Pues yo soy de Villanueva, a ocho kilómetros de aquí. Adrián, para servirte.
Así comenzó todo. Adrián empezó a venir a buscarla en su coche al salir del trabajo y la llevaba a pasear. Incluso la llevó alguna vez a su casa, donde vivía con su madre, que estaba muy enferma. Había estado casado, pero su mujer se fue al pueblo grande con su hija porque no quería cuidar de la suegra.
Adrián tenía una buena casa y tierras, y no era tacaño con nada: embutidos, carne, postres Le gustó el sitio y la compañía. Su madre estaba en cama.
Lucía, ¿y si nos casamos? se atrevió un día Adrián. Me encantas. Eso sí, te lo digo claro, mi madre necesita cuidados, pero yo te ayudo en todo.
Lucía, para dentro, estaba feliz, aunque no lo mostró. Lo de cuidar a la suegra no le importaba. Adrián esperaba su respuesta, un poco nervioso.
Pensó: Pues mira, no me va a faltar de nada, ni carne ni leche. Y dijo en voz alta:
Vale, acepto.
Adrián se puso contentísimo:
Luci, me haces muy feliz, te prometo que nunca te voy a fallar. Vamos a ser muy felices.
Después de casarse, Lucía se mudó a casa de Adrián en Villanueva. La verdad, ya no le apetecía quedarse en casa. Toñito estudiaba en el instituto de la capital y solo venía los fines de semana.
Pasó el tiempo y Lucía era feliz con su marido. Tuvieron dos hijos, uno tras otro. Ella no trabajaba fuera de casa, porque el campo y los niños no le daban respiro, aunque la suegra falleció a los dos años. La finca era trabajosa, pero Adrián no la dejaba cargar peso.
Déjate de cubos de agua, eso lo hago yo le decía. Lo tuyo es ordeñar la vaca y dar de comer a las gallinas y los patos. Los cerdos ya los apaño yo.
Él la cuidaba y adoraba a los niños.
Lucía, vamos a llevarle carne y leche a tu madre, que sabemos que lo de comprarle todo en la tienda no es lo mismo.
Carmen aceptaba siempre con gratitud, pero ni así sonreía. Incluso con sus nietos, seguía seria. Lucía la visitaba mucho, le daba pena verla tan apagada, sin saber cómo ayudarla.
Luci, ¿y si le preguntas al párroco? Quizá pueda aconsejarte le dijo Adrián, y Lucía lo tomó en serio.
El cura prometió rezar por Carmen y le dijo:
Pídele al Señor que tu madre encuentre alguien bueno en su camino.
Y Lucía rezó.
Un día, Carmen le pidió a Lucía:
¿Me puedes prestar algo de dinero, hija? Me gustaría ponerme dientes nuevos.
¡Ay, mamá, yo te lo pago todo! le dijo Lucía, más feliz que una perdiz, aunque sabía que su madre no aceptaría que le regalase nada.
Le dejó lo que le faltaba, pero Carmen insistió en devolvérselo luego.
Mientras tanto, Adrián andaba ocupado ayudando a su tío Paco, que quería mudarse del pueblo grande a Villanueva porque su mujer le había dejado y los hijos ya eran mayores. Le ayudaba a hacer el papeleo para la casa.
Un día, el propio Paco vino a invitarles a su nueva casa.
He conocido otra vez a mi primer amor de la infancia. Apróxima la traigo y, pasado mañana, veníos a comer con nosotros.
Cuando llegaron Lucía y Adrián con los regalos y entraron, Lucía se quedó de piedra. ¡Era su madre Carmen! Que, al verla, se sonrojó pero estaba sonriendo, más guapa que nunca.
Mamá, qué alegría Pero, ¿por qué no dijiste nada?
No quería deciros nada por si la cosa no cuajaba.
¿Y usted, tío Paco?
¡Qué te voy a decir! Tenía miedo de que Carmen se echara para atrás Pero ahora somos felices.
Adrián y Lucía estaban encantados de ver a Carmen al fin resurgida, radiante y sonriente a cada momento.
Mira, la vida da unas vueltas increíbles, ¿verdad? Nos hace falta tan poco para volver a sonreírLucía se quedó mirando a su madre, sorprendida ante esa risa que no recordaba desde niña. Paco la rodeó con el brazo, y Carmen le correspondió sin timidez, irradiando una felicidad serena que llenó la sala entera. Hasta los niños de Lucía, al ver a la abuela tan distinta, corrieron a abrazarla. Carmen los alzó en el aire y, de pronto, la casa se llenó de aplausos cuando, entre bromas, Paco le pidió delante de todos que le cantara una copla.
Todos callaron expectantes. Lucía contuvo el aliento, y entonces Carmen, con una voz dulce, entonó la estrofa de Marinero de Luces, mirando a Lucía:
Te prometo que a partir de hoy,
volveré a sonreír, para ti,
para todos
La emoción se contagió y, uno tras otro, los que estaban allí empezaron a seguir el ritmo con palmas y risas. Lucía se sintió niña otra vez, pero esta vez no hubo ni pizca de vergüenza; solo orgullo y una dicha nueva al ver que, después de tanta pena, su madre había vuelto a brillar.
Aquel día, Lucía entendió al fin lo que Carmen quería decir. A veces la alegría tarda, atraviesa años de silencio y dolor, pero vuelve. Y cuando regresa, hay que agarrarla bien fuerte, bailar y cantarle, sin miedo a que te miren.
Ese domingo, el patio rebosó de música, polluelos correteando y olor a guiso casero. Y cuando Carmen y Paco bailaron por primera vez ante todos, Lucía y Toñito se miraron y rompieron a reír, tan felices como su madre.
Desde entonces, nadie ni madre ni hija volvió a olvidarse de sonreír.







