Mamá, sonríe Arina no soportaba cuando las vecinas venían a casa y pedían a su madre que cantara. —Ana, cántate algo, que tienes muy buena voz, y bailas de maravilla —su madre entonaba una canción, las vecinas se animaban, e incluso a veces todas acababan bailando en el patio. Por aquel entonces Arina vivía con sus padres en un pueblo, en su propia casa, junto a su hermano pequeño Antoñito. Cuando las vecinas se marchaban, su madre, siempre alegre y amable, les decía: —Venid otro día, hemos pasado un buen rato—y ellas prometían volver. Pero a Arina no le gustaba que su madre cantara y bailara, incluso le daba vergüenza. Por entonces iba a quinto de primaria y un día le dijo: —Mamá, no cantes ni bailes, por favor… me da vergüenza—y ni ella misma sabía entonces por qué. Ahora, adulta y también madre, sigue sin poder explicarlo. Pero Ana respondió: —Ari, no te avergüences de que yo cante, al contrario, alégrate. No estaré toda la vida cantando y bailando, ahora que aún soy joven… Arina, claro, no pensaba en ello ni lo comprendía, la vida no siempre es alegre. Cuando su hija estaba en sexto y su hermano en segundo, el padre les abandonó. Cogió sus cosas y se fue para siempre. Arina no sabía qué había pasado entre sus padres. Fue años después, ya adolescente, cuando preguntó: —Mamá, ¿por qué papá nos dejó? —Lo sabrás cuando seas mayor—respondió la madre. Ana no podía aún contarle que sorprendió a su marido, en casa, con otra mujer: Vera, que vivía cerca de ellos. Arina y su hermano estaban en el colegio, y ella volvió antes de trabajar porque se había olvidado la cartera. La puerta estaba abierta, cosa rara, porque el marido debía estar trabajando, aún eran las once de la mañana. Al entrar, vio la escena en su dormitorio. Se quedó paralizada; Iván y Vera la miraban sonrientes, como si nada. Esa noche, hubo discusión cuando el marido llegó de trabajar. —Llévate tus cosas, ya las tienes preparadas en el dormitorio y vete. No te perdonaré nunca la traición—le dijo la esposa. Iván intentó que hablasen. —Ana, me equivoqué, olvidémoslo, tenemos hijos—. Pero ella fue tajante: —Te digo que te vayas—y salió al patio. Iván se marchó con sus cosas, ella permaneció oculta espiando tras la casa. Su traición la había destrozado. —Ya saldremos adelante como podamos, los niños y yo—pensaba llorando—. No le perdonaré nunca. No le perdonó. Se quedó sola con dos hijos. Sabía que sería difícil, pero solo después comprendió cuánto. Tuvo que trabajar en dos sitios: limpiaba aulas durante el día y, por las noches, en una panadería. No descansaba ni se le veía ya la sonrisa. Aunque su padre se fue, Arina y Antoñito seguían viéndolo; vivía apenas a cuatro casas. Vera tenía un hijo de la edad de Antoñito e iban juntos al colegio. Ana nunca les prohibió visitar al padre y jugar con el hijo de Vera; eso sí, a comer iban siempre a su casa, pues Vera nunca les invitaba. A veces todos los niños iban a casa de Arina, y los vecinos se sorprendían. Ana les daba de comer sin problema; pero Arina nunca volvió a ver sonreír a su madre. Era amable y cariñosa, pero se cerró aún más. A veces Arina llegaba del colegio y quería que su madre hablase con ella, así que le contaba cotilleos y anécdotas: —Mamá, ¿te imaginas? Genaro llevó un gatito a clase y este estuvo maullando todo el rato. La profe no sabía quién era y le regañó pensando que era él. Al final dijimos que el gato estaba en su mochila y la profe echó a Genaro y al gato de clase, y encima llamó a su madre… —Ya, claro—era todo cuanto respondía su madre. Arina veía que nada la alegraba. Incluso oía cómo lloraba por las noches, de pie junto a la ventana. Ya adulta, lo comprendió: —Seguro que mi madre estaba agotada, trabajando tanto y sin apenas dormir. Seguro que además le faltaban vitaminas. Pero siempre nos cuidaba, Antoñito y yo siempre íbamos limpios y bien vestidos—recordaba a menudo. Entonces, Arina solo quería una cosa: —Mamá, sonríe, hace tanto que no veo tu sonrisa. Ana quería mucho a sus hijos, a su manera; no era de abrazos, pero sí de elogios por los estudios, y les daba de comer bien, la casa estaba siempre ordenada. Arina notaba ese amor cuando su madre le trenzaba el pelo, aunque ella la acariciaba tristemente, hombros caídos. Ana perdió los dientes pronto y nunca se los puso. Tras terminar la secundaria, Arina ni pensó en marcharse a estudiar, no quería dejar a su madre sola, sabía que hacía falta dinero para eso. Buscó trabajo en una tienda cerca. Ayudaba todo lo posible; su hermano crecía y necesitaba ropa nueva. Un día entró en la tienda Miguel, forastero de otro pueblo, mayor que ella nueve años. —¿Cómo te llamas, guapa? —preguntó—. Eres nueva, nunca te había visto por aquí. —Arina, yo tampoco a usted. —Vivo a ocho kilómetros, en el otro pueblo. Me llamo Miguel. Así se conocieron. Miguel empezó a pasar a menudo con el coche, la esperaba después del trabajo, salían de paseo y, un día, la llevó a su casa. Vivía con su madre enferma; su exmujer se fue a la capital con la hija, ya no quiso cuidar a la suegra. Tenían una casa grande y una buena despensa; le gustó la hospitalidad. —Arina, cásate conmigo—propuso Miguel—. Te advierto, hay que cuidar de mi madre, pero te ayudaré en todo. Arina se alegró, pero no lo mostró. No le importaba cuidar de la madre enferma. Miguel esperaba su respuesta, tenso. —Debería aceptar, al menos comeré carne y nata a placer—pensó. Al final dijo: —De acuerdo, acepto—Miguel se alegró muchísimo. —Ari, me haces feliz, pensaba que no querrías estar con un divorciado mayor. Prometo que nunca te haré daño, serás feliz conmigo. Se casaron y se mudó al pueblo de Miguel. A decir verdad, ya no le apetecía vivir en casa. Antoñito había crecido y estudiaba en un ciclo de automoción en la ciudad, regresando solo los fines de semana y vacaciones. Pasó el tiempo. De verdad, Arina fue feliz con su marido. Tuvieron dos hijos seguidos. Ella no trabajó fuera, había mucho que hacer en casa, aunque la suegra murió tras dos años conviviendo. El trabajo en casa era mucho, Miguel hacía casi todo lo pesado y la reñía si ella se afanaba: —No cargues cubos pesados, eso lo hago yo. Tú ordeña la vaca, da de comer a gallinas y patos, los cerdos ya es cosa mía—le decía. Arina sabía que su marido la quería y mimaba, y que adoraba a sus hijos. Aunque nunca tuvo un gran corral, lo aprendió todo. Miguel fue generoso: —Vamos a llevarle carne y nata a tu madre, y leche. Ella todo lo tiene que comprar, nosotros tenemos de sobra. Ana agradecía todo, pero jamás volvió a sonreír. Ni siquiera con los nietos. Arina la visitaba a menudo, le daba pena verla apagada y no sabía qué podía hacer para que su madre reviviera. —Ari, ¿por qué no hablas con el párroco? Quizás pueda aconsejarte —propuso Miguel un día, y ella lo hizo. El párroco prometió rezar por Ana: —Pídele a Dios que tu madre encuentre una buena persona en su camino—le dijo. Arina rezaba y pedía eso. Un día Ana pidió a su hija: —Hija, ¿me prestarías algo de dinero? Quiero hacerme la dentadura. —Madre, no hace falta que me devuelvas nada, yo te la pago con gusto—se alegró Arina, aunque sabía que su madre insistiría en devolverle el préstamo. Le dio el dinero y Ana prometió devolverlo enseguida. Pasó el tiempo y Arina no visitó a su madre, hablaban por teléfono. Miguel andaba liado ayudando a su tío Nicolás, que había decidido mudarse al pueblo tras el divorcio y comprar una buena casa cerca de ellos. Miguel a menudo lo visitaba y Arina alguna vez iba también. Un día Miguel llegó a casa y dijo: —Parece que el tío Nicolás quiere casarse; el otro día lo oí hablando por teléfono y saqué esa conclusión… —Me parece bien—apoyó Arina—. Aún es joven, y esa casa necesita una mujer con él. Pronto Nicolás fue a invitarlos en persona: —Os quiero invitar a casa. He reencontrado a mi primer amor, fuimos juntos al colegio. Mañana viene; pasado mañana venid a comer. Al llegar, Arina no pudo creer lo que veía: allí estaba su madre, que al notar a su hija se sonrojó… pero sonreía. Ana había rejuvenecido; Arina lo notó enseguida. —¡Mamá! Qué alegría… ¿Por qué no dijiste nada? —No quería deciros nada antes, por si no salía bien—. —¿Y tú, tío Nicolás?—quise que primero ella estuviera segura—. Ahora somos felices. Miguel y Arina se alegraron sinceramente de que Ana y Nicolás al fin se hubieran encontrado, y que su madre, por fin, resplandeciera… y sonriera de nuevo. Gracias por leer, por suscribirte y por tu apoyo. ¡Te deseo mucha suerte en la vida!

Mamá, sonríe

Te cuento una historia que me viene mucho a la cabeza estos días, de cuando Lucía era pequeña. No le gustaba nada cuando las vecinas venían a casa y le pedían a su madre que cantara alguna copla.

Venga, Carmen, cántanos algo, que tienes una voz preciosa. Y cuando bailas, da gloria verte le decían. Y claro, su madre se arrancaba, luego todas seguían y a veces terminaban bailando en el patio.

En esa época, vivían en un pueblo pequeño de Castilla, en su propia casa, con el hermano pequeño de Lucía, que se llamaba Toñito. Su madre, Carmen, era la alegría personificada, siempre atenta y cariñosa. Cuando las vecinas se marchaban, Carmen les decía:

Pasad otro día, que hemos estado la mar de a gusto.

Pero Lucía, que justo estaba en quinto de primaria, no soportaba esas juergas. Incluso, le daba hasta vergüenza ver a su madre cantar y bailar delante de todos. Una vez se lo dijo:

Mamá, por favor no cantes ni bailes más Me da mucha vergüenza.

En ese momento, ni ella misma entendía el porqué de ese sentimiento. Y aunque ahora ya es adulta y también madre, sigue sin saber exactamente qué le pasaba. Carmen le contestó:

Pero, Luci, hija, no te avergüences cuando canto, al contrario, alégrate. No voy a estar toda la vida cantando y bailando. Ahora que todavía me quedan fuerzas

Lucía no pensaba entonces en lo dura que puede ser la vida, y en que la alegría, a veces, escasea.

Al año siguiente, cuando Lucía entró en sexto y Toñito en segundo, su padre les dejó. Cogió sus cosas y se fue para no volver. Lucía nunca supo realmente qué pasó entre sus padres. Ya de adolescente, un día le preguntó a su madre:

Mamá, ¿por qué papá se fue de casa?

Eso lo entenderás cuando seas mayor le respondió Carmen.

Carmen todavía era incapaz de contarle que, un día, al volver de limpiar temprano (se había olvidado la billetera con euros), lo encontró en su cama con otra mujer Isabel, una vecina del pueblo. Lucía y Toñito estaban en clase y ella, por casualidad, pasó por casa. La puerta estaba abierta extraño, porque su marido debería estar en la fábrica y se encontró una escena tremenda. Isabel e Iván le miraron entre sorprendidos y cómicos, como si preguntaran: ¿Pero qué haces aquí?.

Esa noche, cuando Iván regresó a casa, hubo bronca. Los niños jugaban fuera, ajenos a todo.

Coge tus cosas, Iván, que te las he dejado preparadas en una bolsa en el dormitorio, y vete. No pienso perdonar una traición así.

Él intentó convencerla:

Carmen, ha sido un desliz, olvidémoslo, tenemos niños

He dicho que te vayas.

Iván sabía que ella no le perdonaría jamás. Al final, cogió sus cosas y se fue, mientras Carmen le observaba entre lágrimas desde la esquina del patio. No quería volver a verle nunca. Aquella traición le rompió el alma.

Pensó: Bueno, ya saldremos adelante los tres. No le voy a perdonar jamás.

Y no lo hizo. Se quedó sola con dos hijos. Sabía que sería difícil, pero no imaginaba cuánto. Tuvo que aceptar dos trabajos: por la mañana limpiaba casas y por la noche trabajaba en la panadería del pueblo. Apenas dormía y su sonrisa desapareció, como por arte de magia.

Aunque Iván se había marchado, Lucía y Toñito seguían viéndolo de vez en cuando. Vivía apenas a cuatro casas, con Isabel y el hijo que tenía de otro matrimonio, que también era compañero de clase de Toñito. Carmen nunca les prohibió estar con su padre, iban a visitarle, jugaban juntos los tres, pero para comer siempre volvían a casa: Isabel no les ponía ni un plato en la mesa.

A veces, ese hijo venía a casa de Lucía y Toñito, y los vecinos los miraban raro. Carmen siempre daba de comer a todos sin distinciones. Aun así, Lucía nunca volvió a ver sonreír a su madre. Carmen era buena, atenta, pero se volvió más cerrada.

Lucía, muchas tardes al regresar del colegio, intentaba animarla. Le contaba lo que había pasado en clase, buscaba conversación.

Mamá, ¿sabes qué? Hoy Genaro ha traído un gatito escondido a clase, y el cachorrillo no paraba de maullar en mitad de la lección. La profe no sabía quién era, pensaba que era Genaro mismo haciéndose el tonto, y hasta le riñó. Cuando le dijimos que lo llevaba en la mochila… Bueno, Genaro y el gato acabaron en la puerta y le pusieron nota a la madre.

Vaya ya veo solía responder Carmen, distraída.

Lucía notaba que nada le hacía ilusión a su madre. Por la noche la oía llorar; a veces se quedaba mirando por la ventana, con la vista puesta en el campo. De mayor, entendió todo:

La pobre estaba reventada. Dos trabajos, sin pegar ojo, y a saber cuántas vitaminas le faltarían Pero no descuidó nada. Toñito y yo íbamos siempre bien vestidos, la ropa planchada y limpia. Ella se desvivía por nosotros.

Por entonces, Lucía le rogaba:

Mamá, sonríe, hace mucho que no te veo la sonrisa.

Carmen adoraba a sus hijos, aunque a su manera. No era de abrazar mucho, pero de vez en cuando los elogiaba por sacar buenas notas o portarse bien. Cocinaba de maravilla y la casa siempre estaba impecable. Lucía sentía el cariño de su madre cuando le peinaba el cabello: la acariciaba con un aire triste en la mirada, los hombros encorvados. A Carmen se le empezaron a caer los dientes muy joven, y acabó por quitárselos sin poner otros.

Cuando Lucía terminó el instituto ni se planteó ir a la universidad; no quería dejar sola a su madre, y tampoco había dinero. Encontró un trabajo en una tienda cerca de casa y ayudaba en todo lo que podía, sobre todo porque Toñito pegó un estirón y necesitaba zapatos y ropa nueva.

Un día apareció Adrián por la tienda, un forastero de un pueblo vecino, y aunque era 9 años mayor que Lucía, enseguida se interesó por ella.

¿Cómo te llamas, guapa? Eres nueva por aquí, antes nunca te había visto cuando paro a comprar algo.

Lucía, y yo tampoco le había visto antes.

Pues yo soy de Villanueva, a ocho kilómetros de aquí. Adrián, para servirte.

Así comenzó todo. Adrián empezó a venir a buscarla en su coche al salir del trabajo y la llevaba a pasear. Incluso la llevó alguna vez a su casa, donde vivía con su madre, que estaba muy enferma. Había estado casado, pero su mujer se fue al pueblo grande con su hija porque no quería cuidar de la suegra.

Adrián tenía una buena casa y tierras, y no era tacaño con nada: embutidos, carne, postres Le gustó el sitio y la compañía. Su madre estaba en cama.

Lucía, ¿y si nos casamos? se atrevió un día Adrián. Me encantas. Eso sí, te lo digo claro, mi madre necesita cuidados, pero yo te ayudo en todo.

Lucía, para dentro, estaba feliz, aunque no lo mostró. Lo de cuidar a la suegra no le importaba. Adrián esperaba su respuesta, un poco nervioso.

Pensó: Pues mira, no me va a faltar de nada, ni carne ni leche. Y dijo en voz alta:

Vale, acepto.

Adrián se puso contentísimo:

Luci, me haces muy feliz, te prometo que nunca te voy a fallar. Vamos a ser muy felices.

Después de casarse, Lucía se mudó a casa de Adrián en Villanueva. La verdad, ya no le apetecía quedarse en casa. Toñito estudiaba en el instituto de la capital y solo venía los fines de semana.

Pasó el tiempo y Lucía era feliz con su marido. Tuvieron dos hijos, uno tras otro. Ella no trabajaba fuera de casa, porque el campo y los niños no le daban respiro, aunque la suegra falleció a los dos años. La finca era trabajosa, pero Adrián no la dejaba cargar peso.

Déjate de cubos de agua, eso lo hago yo le decía. Lo tuyo es ordeñar la vaca y dar de comer a las gallinas y los patos. Los cerdos ya los apaño yo.

Él la cuidaba y adoraba a los niños.

Lucía, vamos a llevarle carne y leche a tu madre, que sabemos que lo de comprarle todo en la tienda no es lo mismo.

Carmen aceptaba siempre con gratitud, pero ni así sonreía. Incluso con sus nietos, seguía seria. Lucía la visitaba mucho, le daba pena verla tan apagada, sin saber cómo ayudarla.

Luci, ¿y si le preguntas al párroco? Quizá pueda aconsejarte le dijo Adrián, y Lucía lo tomó en serio.

El cura prometió rezar por Carmen y le dijo:

Pídele al Señor que tu madre encuentre alguien bueno en su camino.

Y Lucía rezó.

Un día, Carmen le pidió a Lucía:

¿Me puedes prestar algo de dinero, hija? Me gustaría ponerme dientes nuevos.

¡Ay, mamá, yo te lo pago todo! le dijo Lucía, más feliz que una perdiz, aunque sabía que su madre no aceptaría que le regalase nada.

Le dejó lo que le faltaba, pero Carmen insistió en devolvérselo luego.

Mientras tanto, Adrián andaba ocupado ayudando a su tío Paco, que quería mudarse del pueblo grande a Villanueva porque su mujer le había dejado y los hijos ya eran mayores. Le ayudaba a hacer el papeleo para la casa.

Un día, el propio Paco vino a invitarles a su nueva casa.

He conocido otra vez a mi primer amor de la infancia. Apróxima la traigo y, pasado mañana, veníos a comer con nosotros.

Cuando llegaron Lucía y Adrián con los regalos y entraron, Lucía se quedó de piedra. ¡Era su madre Carmen! Que, al verla, se sonrojó pero estaba sonriendo, más guapa que nunca.

Mamá, qué alegría Pero, ¿por qué no dijiste nada?

No quería deciros nada por si la cosa no cuajaba.

¿Y usted, tío Paco?

¡Qué te voy a decir! Tenía miedo de que Carmen se echara para atrás Pero ahora somos felices.

Adrián y Lucía estaban encantados de ver a Carmen al fin resurgida, radiante y sonriente a cada momento.

Mira, la vida da unas vueltas increíbles, ¿verdad? Nos hace falta tan poco para volver a sonreírLucía se quedó mirando a su madre, sorprendida ante esa risa que no recordaba desde niña. Paco la rodeó con el brazo, y Carmen le correspondió sin timidez, irradiando una felicidad serena que llenó la sala entera. Hasta los niños de Lucía, al ver a la abuela tan distinta, corrieron a abrazarla. Carmen los alzó en el aire y, de pronto, la casa se llenó de aplausos cuando, entre bromas, Paco le pidió delante de todos que le cantara una copla.

Todos callaron expectantes. Lucía contuvo el aliento, y entonces Carmen, con una voz dulce, entonó la estrofa de Marinero de Luces, mirando a Lucía:

Te prometo que a partir de hoy,
volveré a sonreír, para ti,
para todos

La emoción se contagió y, uno tras otro, los que estaban allí empezaron a seguir el ritmo con palmas y risas. Lucía se sintió niña otra vez, pero esta vez no hubo ni pizca de vergüenza; solo orgullo y una dicha nueva al ver que, después de tanta pena, su madre había vuelto a brillar.

Aquel día, Lucía entendió al fin lo que Carmen quería decir. A veces la alegría tarda, atraviesa años de silencio y dolor, pero vuelve. Y cuando regresa, hay que agarrarla bien fuerte, bailar y cantarle, sin miedo a que te miren.

Ese domingo, el patio rebosó de música, polluelos correteando y olor a guiso casero. Y cuando Carmen y Paco bailaron por primera vez ante todos, Lucía y Toñito se miraron y rompieron a reír, tan felices como su madre.

Desde entonces, nadie ni madre ni hija volvió a olvidarse de sonreír.

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MagistrUm
Mamá, sonríe Arina no soportaba cuando las vecinas venían a casa y pedían a su madre que cantara. —Ana, cántate algo, que tienes muy buena voz, y bailas de maravilla —su madre entonaba una canción, las vecinas se animaban, e incluso a veces todas acababan bailando en el patio. Por aquel entonces Arina vivía con sus padres en un pueblo, en su propia casa, junto a su hermano pequeño Antoñito. Cuando las vecinas se marchaban, su madre, siempre alegre y amable, les decía: —Venid otro día, hemos pasado un buen rato—y ellas prometían volver. Pero a Arina no le gustaba que su madre cantara y bailara, incluso le daba vergüenza. Por entonces iba a quinto de primaria y un día le dijo: —Mamá, no cantes ni bailes, por favor… me da vergüenza—y ni ella misma sabía entonces por qué. Ahora, adulta y también madre, sigue sin poder explicarlo. Pero Ana respondió: —Ari, no te avergüences de que yo cante, al contrario, alégrate. No estaré toda la vida cantando y bailando, ahora que aún soy joven… Arina, claro, no pensaba en ello ni lo comprendía, la vida no siempre es alegre. Cuando su hija estaba en sexto y su hermano en segundo, el padre les abandonó. Cogió sus cosas y se fue para siempre. Arina no sabía qué había pasado entre sus padres. Fue años después, ya adolescente, cuando preguntó: —Mamá, ¿por qué papá nos dejó? —Lo sabrás cuando seas mayor—respondió la madre. Ana no podía aún contarle que sorprendió a su marido, en casa, con otra mujer: Vera, que vivía cerca de ellos. Arina y su hermano estaban en el colegio, y ella volvió antes de trabajar porque se había olvidado la cartera. La puerta estaba abierta, cosa rara, porque el marido debía estar trabajando, aún eran las once de la mañana. Al entrar, vio la escena en su dormitorio. Se quedó paralizada; Iván y Vera la miraban sonrientes, como si nada. Esa noche, hubo discusión cuando el marido llegó de trabajar. —Llévate tus cosas, ya las tienes preparadas en el dormitorio y vete. No te perdonaré nunca la traición—le dijo la esposa. Iván intentó que hablasen. —Ana, me equivoqué, olvidémoslo, tenemos hijos—. Pero ella fue tajante: —Te digo que te vayas—y salió al patio. Iván se marchó con sus cosas, ella permaneció oculta espiando tras la casa. Su traición la había destrozado. —Ya saldremos adelante como podamos, los niños y yo—pensaba llorando—. No le perdonaré nunca. No le perdonó. Se quedó sola con dos hijos. Sabía que sería difícil, pero solo después comprendió cuánto. Tuvo que trabajar en dos sitios: limpiaba aulas durante el día y, por las noches, en una panadería. No descansaba ni se le veía ya la sonrisa. Aunque su padre se fue, Arina y Antoñito seguían viéndolo; vivía apenas a cuatro casas. Vera tenía un hijo de la edad de Antoñito e iban juntos al colegio. Ana nunca les prohibió visitar al padre y jugar con el hijo de Vera; eso sí, a comer iban siempre a su casa, pues Vera nunca les invitaba. A veces todos los niños iban a casa de Arina, y los vecinos se sorprendían. Ana les daba de comer sin problema; pero Arina nunca volvió a ver sonreír a su madre. Era amable y cariñosa, pero se cerró aún más. A veces Arina llegaba del colegio y quería que su madre hablase con ella, así que le contaba cotilleos y anécdotas: —Mamá, ¿te imaginas? Genaro llevó un gatito a clase y este estuvo maullando todo el rato. La profe no sabía quién era y le regañó pensando que era él. Al final dijimos que el gato estaba en su mochila y la profe echó a Genaro y al gato de clase, y encima llamó a su madre… —Ya, claro—era todo cuanto respondía su madre. Arina veía que nada la alegraba. Incluso oía cómo lloraba por las noches, de pie junto a la ventana. Ya adulta, lo comprendió: —Seguro que mi madre estaba agotada, trabajando tanto y sin apenas dormir. Seguro que además le faltaban vitaminas. Pero siempre nos cuidaba, Antoñito y yo siempre íbamos limpios y bien vestidos—recordaba a menudo. Entonces, Arina solo quería una cosa: —Mamá, sonríe, hace tanto que no veo tu sonrisa. Ana quería mucho a sus hijos, a su manera; no era de abrazos, pero sí de elogios por los estudios, y les daba de comer bien, la casa estaba siempre ordenada. Arina notaba ese amor cuando su madre le trenzaba el pelo, aunque ella la acariciaba tristemente, hombros caídos. Ana perdió los dientes pronto y nunca se los puso. Tras terminar la secundaria, Arina ni pensó en marcharse a estudiar, no quería dejar a su madre sola, sabía que hacía falta dinero para eso. Buscó trabajo en una tienda cerca. Ayudaba todo lo posible; su hermano crecía y necesitaba ropa nueva. Un día entró en la tienda Miguel, forastero de otro pueblo, mayor que ella nueve años. —¿Cómo te llamas, guapa? —preguntó—. Eres nueva, nunca te había visto por aquí. —Arina, yo tampoco a usted. —Vivo a ocho kilómetros, en el otro pueblo. Me llamo Miguel. Así se conocieron. Miguel empezó a pasar a menudo con el coche, la esperaba después del trabajo, salían de paseo y, un día, la llevó a su casa. Vivía con su madre enferma; su exmujer se fue a la capital con la hija, ya no quiso cuidar a la suegra. Tenían una casa grande y una buena despensa; le gustó la hospitalidad. —Arina, cásate conmigo—propuso Miguel—. Te advierto, hay que cuidar de mi madre, pero te ayudaré en todo. Arina se alegró, pero no lo mostró. No le importaba cuidar de la madre enferma. Miguel esperaba su respuesta, tenso. —Debería aceptar, al menos comeré carne y nata a placer—pensó. Al final dijo: —De acuerdo, acepto—Miguel se alegró muchísimo. —Ari, me haces feliz, pensaba que no querrías estar con un divorciado mayor. Prometo que nunca te haré daño, serás feliz conmigo. Se casaron y se mudó al pueblo de Miguel. A decir verdad, ya no le apetecía vivir en casa. Antoñito había crecido y estudiaba en un ciclo de automoción en la ciudad, regresando solo los fines de semana y vacaciones. Pasó el tiempo. De verdad, Arina fue feliz con su marido. Tuvieron dos hijos seguidos. Ella no trabajó fuera, había mucho que hacer en casa, aunque la suegra murió tras dos años conviviendo. El trabajo en casa era mucho, Miguel hacía casi todo lo pesado y la reñía si ella se afanaba: —No cargues cubos pesados, eso lo hago yo. Tú ordeña la vaca, da de comer a gallinas y patos, los cerdos ya es cosa mía—le decía. Arina sabía que su marido la quería y mimaba, y que adoraba a sus hijos. Aunque nunca tuvo un gran corral, lo aprendió todo. Miguel fue generoso: —Vamos a llevarle carne y nata a tu madre, y leche. Ella todo lo tiene que comprar, nosotros tenemos de sobra. Ana agradecía todo, pero jamás volvió a sonreír. Ni siquiera con los nietos. Arina la visitaba a menudo, le daba pena verla apagada y no sabía qué podía hacer para que su madre reviviera. —Ari, ¿por qué no hablas con el párroco? Quizás pueda aconsejarte —propuso Miguel un día, y ella lo hizo. El párroco prometió rezar por Ana: —Pídele a Dios que tu madre encuentre una buena persona en su camino—le dijo. Arina rezaba y pedía eso. Un día Ana pidió a su hija: —Hija, ¿me prestarías algo de dinero? Quiero hacerme la dentadura. —Madre, no hace falta que me devuelvas nada, yo te la pago con gusto—se alegró Arina, aunque sabía que su madre insistiría en devolverle el préstamo. Le dio el dinero y Ana prometió devolverlo enseguida. Pasó el tiempo y Arina no visitó a su madre, hablaban por teléfono. Miguel andaba liado ayudando a su tío Nicolás, que había decidido mudarse al pueblo tras el divorcio y comprar una buena casa cerca de ellos. Miguel a menudo lo visitaba y Arina alguna vez iba también. Un día Miguel llegó a casa y dijo: —Parece que el tío Nicolás quiere casarse; el otro día lo oí hablando por teléfono y saqué esa conclusión… —Me parece bien—apoyó Arina—. Aún es joven, y esa casa necesita una mujer con él. Pronto Nicolás fue a invitarlos en persona: —Os quiero invitar a casa. He reencontrado a mi primer amor, fuimos juntos al colegio. Mañana viene; pasado mañana venid a comer. Al llegar, Arina no pudo creer lo que veía: allí estaba su madre, que al notar a su hija se sonrojó… pero sonreía. Ana había rejuvenecido; Arina lo notó enseguida. —¡Mamá! Qué alegría… ¿Por qué no dijiste nada? —No quería deciros nada antes, por si no salía bien—. —¿Y tú, tío Nicolás?—quise que primero ella estuviera segura—. Ahora somos felices. Miguel y Arina se alegraron sinceramente de que Ana y Nicolás al fin se hubieran encontrado, y que su madre, por fin, resplandeciera… y sonriera de nuevo. Gracias por leer, por suscribirte y por tu apoyo. ¡Te deseo mucha suerte en la vida!