La Soledad Infinita

¡Ey, colega! Te cuento lo que pasa con Begoña, esa amiga mía que siempre está metida en mil cosas.

Resulta que le propusieron casarse con Juan, el chico del pueblo, pero ella le dio un rotundo no, gracias. Mejor estar sola, que de una boda gratis no se gana nada. ¿Qué? ¡¿Una sola, Begoña?!, se rió Marta, la vecina, harta de sus propias penas. Un hombre no tiene que ir solo, y una mujer siempre necesita a alguien al lado, ¿no? Si no, todo queda raro. Pero Begoña le respondió que la soledad tiene su encanto, aunque sea un poco pesada.

Después, la conversación se volvió de esas que sólo salen entre amigas de café. ¿Y dónde está eso de la soledad, eh?, le preguntó Marta, medio en broma. En la sierra, en la granja, donde el ganado, cabras y cerdos hacen ruido. Eso sí, el agua no llega siempre. Begoña se rió y le dijo: Mira, yo tengo una cabra que se llama Luna, pero es más bien un perro de guardia, y todo eso de la granja lo dejo para la película.

Begoña lleva ya diez años en la vida de soltera. Su ex, el cariñoso que la llamaba mi bien, se marchó hace diez años sin decir adiós. Una vez se le escapó, pero volvió sin mucho más. Cuando Begoña se enteró, le pidió a su marido (sí, otro) que se mudara a dos habitaciones, y luego a dos cuartos más grandes. El marido intentó convencerla con frases como una vez se puede y no hay nada de raro, solo hay que intentarlo, pero ella, que no se deja engañar, siguió con su vida.

Con el tiempo, su marido se volvió más caballeroso, dejó la ex y los dos niños al cuidado de los sobrinos. Los niños crecieron y cada uno se fue para su lado. El hijo mayor se instaló en Valencia y trabaja allí, mientras que la hija se casó rápido y se mudó a Sevilla con su marido. Así, Begoña quedó sola, viviendo en un pis pequeñito pero acogedor en el centro de Madrid.

Vivir sola no le molestó en absoluto. Se dedicó a la terapia, ganó bien y se instaló en su propio mundo. Cada semana invita a sus sobrinos y a Marta a pasar una tarde de charlas y café. Aunque no sea una lista de inteligencia alta, siempre encuentra ocupación y la vida le parece poco aburrida. Lee mucho, nada, hace yoga, le encanta viajar y a veces se escapa a la montaña con su perro Luna. En general, está contenta con su vida.

Hasta que llegó el momento de que Marta le sugiriera que se casara con Juan, quien ahora tiene 61 años y una gran granja con siete hectáreas de tierra, con vacas, cabras, cerdos y hasta gallinas. ¡Eso es comida sana, macho! Leche, huevos, carne, le decía. ¡Y el hombre es simpático, educado y habla como si saliera de un libro!. Begoña, sin mucho ánimo, respondió: Está bien, conoce a mi vecino, el baluarte, pero yo no prometo nada.

Marta le dio un empujón para que conociera a Iván, un chico musculoso y bien parecido, con manos de labrador y una sonrisa que no engaña. Iván, el de la granja, está buscando a alguien que le ayude con la leche, los huevos y el queso, le contó Marta. Begoña, aunque un poco escéptica, empezó a pensar en la posibilidad de una compañera de vida que también le ayude en la granja.

Al final, Begoña decidió que, aunque la idea de la granja y la compañía le sonaba bien, prefirió mantenerse en su soledad. Le dijo a Marta: Mira, Marta, soy feliz como estoy. No quiero casarme con Iván solo por la granja. Prefiero seguir con mi vida y mi perro. Y con eso, volvió a su rutina: planear la cena, preparar el desayuno, limpiar la casa y, claro, cuidar su pequeña granja de animales en el patio.

Así que ya sabes, Begoña sigue adelante, disfrutando de sus tardes con café y pastel, y de sus paseos con Luna por el parque. No necesita una boda ni una granja enorme; le basta con su propio mundo y su buen humor. ¡Un abrazo, tío!

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