Querido diario,
Mi vida empezó con un rechazo que jamás pedí. Sin motivo alguno, mi madre, en la madrugada de aquel día, me entregó a la calle envuelto en un harapo tras haber tardado una hora en dar a luz. Sin preguntar si aún latía, lo arropó con una tela gastada y le ordenó a su compañero que lo tirara a la basura.
Mañana el basurero vendrá y no habrá rastro. ¡Apúrate antes de que la gente se despierte! le gritó.
Por suerte, en el pueblo de Alcalá los vecinos se levantan temprano. El compañero de mi madre, aunque poco avispado, no arrojó el pequeño al contenedor; lo dejó al ladó de la puerta, cubriéndolo con un viejo abrigo que alguien había desechado. Así, el frío no me venció.
Al amanecer, la tía Valentina sacó a pasear a su perra, Luna, quien, como suele pasar, necesitó hacer sus necesidades con premura. Luna ladraba con tal energía que Valentina, desesperada, le tapó la nariz con la mano y, con el bata y las pantuflas, salió al patio, quejándose del regalo de aniversario de su marido, que había sido tan poco pensado como una piedra en el zapato.
Luna, libre por fin, corría y hacía sus rondas por el patio. De pronto, se detuvo, sin prestar atención a la tía, y se acercó al harapo donde yo yacía. Al oír mi pequeño gimoteo, Valentina se sobresaltó, arrancó el abrigo y, sin pensarlo dos veces, gritó:
¡Por los santos! ¿Qué es esto? ¡Ayudadme!
Mi tío, Miguel, dormía profundamente. Ni el ladrido de Luna ni el taladro que el vecino usaba los domingos lograron despertarlo. Lo único que hacía vibrar sus oídos era el llanto de su esposa.
¡Valentina! ¡Voy! baló mientras se levantaba, aún en sus calzoncillos de colores bordados por su mujer.
Al ver la escena, Miguel, pese a la resaca de la noche anterior, tomó mi abrigo y, sin perder tiempo, me envolvió, gritándole a Luna:
¡A casa!
La ambulancia llegó rápidamente y me llevaron al hospital. Valentina, entre lágrimas, siguió preparando el desayuno, compartiendo gran parte del jamón que quedaba en la nevera con Luna, como quien intenta compensar una pérdida.
¿A quién quería más, a la perra, al bebé abandonado o a sí misma? Esa duda quedó suspendida en el aire.
Pensé que mi historia terminaría allí, pues volver al patio donde casi pierdo la vida ya no tenía sentido. Pero el destino, caprichoso como siempre, decidió seguir jugando. En la sala del hospital, bajo el techo blanco, me mantuve en silencio, recuperándome con buen apetito y un sueño profundo que aliviaba a las enfermeras.
¡Qué niño más tranquilo! comentaban entre susurros. Ni llora, ni se queja. Otros niños hacen ruido, pero él solo llama cuando es necesario. ¿Cómo rechazar un regalo así?
Yo, sin saberlo, tenía madre y padre, aunque ellos jamás quisieron saber de mí ni de los otros hijos que habían dejado esparcidos por el país. La enfermera, al no tener nombre, me puso el apellido García, como tantos niños del orfanato.
En la guardería todos me querían. No hacía pataletas, no exigía atenciones especiales; simplemente esperaban a que alguien se acercara. Algunos cuidadores susurraban:
Lo van a adoptar pronto, es guapo y saludable. ¿Y si aparecen los padres?
Y así fue; me adoptaron. Pero después de medio año, la nueva madre, cansada de criar a un niño que no era suyo, me devolvió al orfanato como quien regresa una prenda que no le queda.
El nuevo padre, Miguel, aceptó sin protestar. Él había esperado diez años para ser padre de verdad, aunque los médicos le dijeron que la naturaleza no se lo concedía.
Yo, como al principio, no comprendía nada de todo lo que sucedía. Solo me molestó que dejaron de cantarme nanas por la noche. Con el tiempo, ese recuerdo se desvaneció, como suele pasar con los malos momentos.
Cuando cumplí tres años, un hombre se presentó para ser mi padre. Yo, con la inocencia de los niños, le extendí la mano y dije:
¡Yo soy Vito!
Él, sorprendido, miró a su esposa, una mujer de aspecto pintoresco, y respondió:
¿No buscas un niño sano? Este no encaja.
No sabía que sólo quería compartir los descubrimientos que la cuidadora, Valentina, le había enseñado sobre la llegada del otoño. Ella, colocando mi mano en la ventana, decía:
Mira, Vito, el otoño ha llegado. La lluvia susurra, las hojas forman alfombras. ¿No es hermoso? Naciste en septiembre, quizás la suerte te sonría.
Tal vez, escuchó el destino y, al volver al patio donde me hallaron, vio a Valentina con Luna, mirando los contenedores de basura, respirando hondo como quien lleva una carga pesada.
Valentina había sido, en su juventud, una chica llena de vida que soñaba con un gran amor. No era la más bella, pero su madre le repetía que, a falta de perfección, había que valorar lo que se tenía: el pelo grueso, los ojos claros, la cintura no tan delgada. Así aprendió a cuidarse y a buscar el amor sin rendirse.
Terminó sus estudios, consiguió trabajo, y sus padres le regalaron un coche usado que ella aprendió a conducir con paciencia, apoyándose en un mecánico llamado Miguel. Su historia con él fue tranquila, con flores, chocolates y la aprobación de los padres. Cuando los médicos les dijeron que no tendrían hijos, se abrazaron y aceptaron la vida juntos, diciendo:
Lo importante es estar el uno al lado del otro.
Con el paso de los años, la tristeza disminuyó y la pareja aceptó que su familia estaba compuesta solo por ellos. En su hogar llegó Luna, la perra que, años atrás, había ladrado el día en que yo nací.
Desde entonces, Valentina sueña con mañanas de otoño, con el olor a hojas húmedas. Cada vez que ve a Luna, escucha en su interior un llanto infantil que la incita a buscar algo que no logra encontrar. Su marido siempre le pregunta:
¿Qué sueñas, Valentina?
Un sueño responde sin saber si es bueno o malo.
Por primera vez, Valentina reveló su temor a Miguel, temiendo que él no comprendiera el peso de haber sostenido en sus manos a un bebé ajeno. Miguel, también, guardó silencio, temiendo despertar más dolor.
Un día, Luna desapareció. Valentina la buscó en el patio, bajo los arbustos, llamándola sin respuesta. Después de dos días y dos noches de angustia, Luna volvió sucia y mojada, como si hubiera cruzado una tormenta. Al verla, Valentina la abrazó y exclamó:
¡Luna, mi alegría!
En ese mismo instante, el recuerdo de aquel bebé que había sostenido brevemente regresó a su mente.
¡Miguel! exclamó, y él corrió a su lado, sabiendo que algo importante estaba por contarse.
Valentina, temblorosa, le habló de sus miedos, de su sueño y del niño que había encontrado una mañana de otoño con Luna. Miguel, sin respuestas claras, le dijo:
Vamos a dormir, mañana será otro día.
Seis meses después, yo, Vito, miré a los ojos de la mujer que nunca recordaría y tendí mi mano al hombre alto y fuerte:
Yo soy Vito.
Miguel, con cautela, tomó mi mano y, mirando a su esposa, añadió:
¡Basta de lágrimas, madre! Es hora de volver a casa.
Hoy, al cerrar este cuaderno, entiendo que la vida nos entrega piezas rotas que debemos intentar ensamblar. Algunos lazos nacen sin ser elegidos, pero el cariño auténtico surge cuando aprendemos a aceptar lo que no podemos cambiar y a valorar lo que sí podemos ofrecer. Esa es la lección que llevo conmigo: no importa cuán dura sea la tormenta, siempre hay un rincón donde la luz se abre paso.







