—¡Que está manipulando a mi marido, hombre! —exclamó Inés, indignada. ¿Debería Inés seguir soportando que su pareja viva siempre pendiente de su exmujer?

Que está manipulando a mi marido, de eso no tengo ya dudas protestaba Clara, indignada.

Miraba el móvil y sentía cómo le hervía la sangre con esa rabia tan familiar.

Eduardo la llamaba por tercera vez esa noche.

Clarita, de verdad, lo siento muchísimo su voz sonaba cansada, culpable, como tantas otras veces . Sé que habíamos quedado para ir al teatro, pero… Mira, Lucía dice que Álvaro tiene fiebre de cuarenta. Que ella sola no puede con todo. Seguro que me entiendes, ¿no?

Claro que Clara lo entendía.

Demasiado bien lo entendía.

Edu, es que ya tenemos las entradas compradas dijo intentando sonar calmada, aunque por dentro quería gritar . Llevamos mes y medio esperando este estreno.

Lo sé, corazón. Prometo compensártelo, palabra. Pero es un niño, no puedo dejarla tirada.

Colgó y se fue directa a llamar a su mejor amiga.

Elena, ¿tú puedes creerlo? paseaba por el salón, gesticulando con las manos . Otra vez. Tres veces en un solo mes. Que si su hijo está malo, que si a la ex se le avería el coche, que si mil historias más

Clari, a lo mejor de verdad el niño está enfermo aventuró Elena, con su tono prudente.

¡Ya lo sé! Clara se dejó caer en el sofá . Por supuesto que está enfermo, los niños se ponen malos todo el tiempo. Lo que no es normal es que ella siempre recurra a él. ¿No tiene padres? ¿No tiene familiares ni amigas?

Bueno

¿Bueno, qué? saltó Clara . Te digo yo que le manipula. Es que Edu es tan bueno, no se entera. Ella sabe que lo deja todo por ellos, lo sabe y lo explota.

Elena suspiró al otro lado de la línea.

¿Tú estás segura de que la culpa es de ella?

¿De quién, si no? musitó Clara, helada.

No sé Piénsalo. Si una mujer llama siempre a su ex, y él deja todo y sale corriendo, ¿quién manipula a quién?

Clara abrió la boca. La cerró. Y notó ese pellizco incómodo por dentro.

No digas tonterías, Lenita cortó, tajante . Edu es un padre responsable. ¡No va a dejar de lado a su hijo!

Vale, vale, no he dicho nada concedió Elena rápido . Era solo un comentario.

Pero aquel solo un comentario se le quedó atravesado como una espina. Pequeña, pero imposible de quitar.

Eduardo llegó tarde esa noche. Exhausto, desaliñado, con la culpa en la cara.

Perdóname, en serio la abrazó por la espalda, metiendo la nariz en su cuello . Te compraré nuevas entradas. Las mejores. Te lo prometo.

Clara callaba. Mirando por la ventana recordaba cuántas veces había escuchado esa promesa. ¿Cinco? ¿Diez? ¿Veinte ya?

Siempre el mismo discurso: Tú me entiendes, ¿verdad?

Entender, lo que se dice entender Clara suspiraba. Pero no le quedaba claro el qué.

Aquello empezó a acumularse en los días siguientes.

Como polvo en la estantería, que a simple vista no se ve, pero cuando pasas el dedo Ahí está, la capa gris.

Notó que Eduardo ahora escondía el móvil. Antes lo dejaba tirado por cualquier sitio: la mesa, el sofá, el baño. Pero últimamente lo llevaba encima hasta cuando iba a por agua en la cocina.

Oye, Edu, ¿por qué llevas el móvil hasta al baño? preguntó Clara una noche, intentando sonar casual.

¿Eh? se sobresaltó . Nada, manías de la oficina, es que ahí no paran de llamar.

Bueno.

Luego, por casualidad, Clara abrió su calendario en el móvil de Eduardo para anotar el teatro y vio eventos como: Recoger a Álvaro de la guarde 16:00, Llevarle papeles del coche a Lucía, Llamar a L. sobre la vacuna.

L. era Lucía.

Edu comentó una noche, removiendo y removiendo una cucharadita en el té hasta que el azúcar ya ni existía , ¿sabes cuándo es la defensa de mi trabajo de fin de máster?

Él levantó la vista.

¿De tu TFM? Humm ¿En mayo?

En marzo. Justo en quince días.

Ah, es verdad. Lo siento, tengo la cabeza hecha polvo.

Hecha polvo para sus cosas, pero con la agenda de Lucía al dedillo.

Y luego estaba el tema dinero.

Un día Clara se tropezó con una transferencia bancaria que Eduardo dejó encima de la mesa. Tres ingresos de seiscientos euros cada uno. Destinataria: Lucía Serrano.

Edu, ¿esto qué es? preguntó mostrándole el papel.

Ni se inmutó. Solo suspiró.

Le estoy echando una mano a Lucía A su madre le ha dado un susto la salud y necesitaba para los medicamentos. Y luego para actividades de Álvaro. Está sola, ya lo sabes.

En tres meses, mil ochocientos euros, Edu.

¿Y qué? ¡Es mi hijo! ¿Pretendes que mire para otro lado?

Clara devolvió el papel, sin ganas.

No, claro. Solo que podías habérmelo contado.

Sabía que te ibas a poner así, por eso.

Ese así le sonó como si fuera una histérica, quisquillosa, una celosa insoportable.

Y luego vino lo del coche.

Ella se sentó en el asiento del copiloto y vio, en el asiento trasero, un dibujo infantil. Una casa, flores, sol, y tres personas: papá, mamá y Álvaro.

Sin Clara.

Cogió el dibujo. Lo miró al trasluz. Detrás, con letras torcidas: Para papá de Álvaro. Nuestra familia.

Edu ¿Esto de quién es? preguntó bajito.

Ah, de Álvaro, ¿a que dibuja bien? El chaval apunta maneras.

Clara lo miró, miró el dibujo y luego volvió a mirarle.

Aquí pone nuestra familia, Edu.

Ya Es peque, para él la familia es eso, Lucía, él y yo. Así lo ve. Psicología infantil, ¿sabes?

Clara dejó el dibujo. Se sentó recta. Se puso el cinturón. Y fue callada todo el camino a casa.

Después Lucía empezó a aparecer en persona.

Primero por recoger cosas de Álvaro que se quedaron en casa de Eduardo. Después para hablar sobre las vacaciones de verano del niño. Luego, simplemente, de paso, pasaba por aquí.

Lucía era tremendamente cordial. Educada. Siempre sonreía.

¿Qué tal, Clara? saludaba como quien llama a una amiga . ¿No molesto? ¿Está Edu en casa?

Y siempre, tras esas visitas, Eduardo se volvía distante. Perdido en sus pensamientos. Solo contestaba con monosílabos.

¿Te pasa algo? preguntaba Clara.

Nada, que estoy cansado.

Clara empezó a sentirse una intrusa. La que sobra.

Hasta que un día escuchó una conversación desde fuera del baño. Eduardo pensaba que la puerta estaba bien cerrada pero ella oyó perfectamente:

Lucía, no llores Yo te ayudo, claro que sí Sabes que siempre estoy aquí.

La voz de Edu sonaba suave, casi íntima.

Clara se alejó, se sentó en el sofá y, al fin, lo comprendió.

A Eduardo no le manipulaban.

Era él quien lo permitía.

Porque le convenía.

Clara aguantó tres días con todo eso a cuestas.

Ni una escena, solo silencio. Observando, como si estudiara un insecto raro por debajo de una lupa, fría y desapasionada.

Y fue suficiente para verlo claro.

Eduardo recordaba mejor los horarios de Lucía, conocía cada cita médica, actividad, recogida de la guarde del niño. En el calendario todo estaba anotado. De la fecha de la defensa de Clara, ni acordarse.

Se pasaba el día con el móvil vibrando, contestaba rápido, la cara se le ablandaba, se le ponía esa expresión de quien hace algo prohibido pero inevitable.

Una noche, el móvil sonó estando Eduardo en la ducha. Clara echó un vistazo a la pantalla.

Lucía.

Le salió contestar sin pensarlo.

¿Eduardo? la voz era quedita, rota . Edu, ¿puedes venir? Me encuentro fatal. No sé a quién más llamar.

Clara callada.

¿Eduardo? ¿Me oyes? No puedo más Por favor, tú siempre estuviste ahí

Colgó. Dejó el móvil en la mesa. Se sentó en el sofá. Y de repente se rió.

Vaya pardilla. Qué ilusa había sido.

Eduardo salió del baño, envuelto en una toalla, el pelo mojado.

Te llamó Lucía dijo Clara, tranquila.

Se quedó paralizado.

¿Has cogido tú el móvil?

Sí se levantó, lo miró a los ojos . Lloraba. Decía que no podía más. Que tú siempre estuviste ahí.

Eduardo buscaba palabras, pero se quedaba en blanco.

Mira empezó él , Lucía ahora lo está pasando fatal. No tiene a nadie. Solo a mí. Sería incapaz de dejarla tirada.

¿Dejarla? Clara sonrió, amarga . Os divorciasteis hace cuatro años. Lucía ya no es tu mujer. Es tu ex. Y la dejaste entonces. Hace mucho.

Pero tenemos un hijo.

Sí. ¿Y en qué se traduce eso? ¿En que tienes que ir en cuanto diga la palabra Álvaro? ¿En que pasas dinero a escondidas? ¿En que recuerdas su agenda minuto a minuto?

Estás exagerando.

¿Yo?

En ese instante a Clara se le rompió algo por dentro. Recogió el bolso. Empezó a guardar sus cosas.

Mira, Edu, durante mucho tiempo me convencí de que la culpa era de ella. Que manipulaba. Que usaba al niño. Que no sabía soltar. Pero no.

Giró sobre sí misma para mirarle bien.

El problema eres tú. Que se lo permites. Que te encanta tenerlo todo: la ex que te necesita, la novia que lo aguanta. No eliges, porque así te va bien.

Clara, no te vayas.

No me voy dijo con voz queda . Salgo de este triángulo donde siempre me toca ser la tercera. No quiero luchar contra tu ex mujer. Simplemente no juego más a esto.

Eduardo se quedó plantado, empapado, con pinta de no saber ni dónde estaba.

Clara, por favor, lo hablamos

No hay nada que hablar se puso el abrigo . Tú elegiste hace mucho tiempo. Pero yo era demasiado ingenua para verlo. Ahora ya lo tengo claro.

Abrió la puerta.

Adiós, Edu. Dale recuerdos a Lucía, ahora puede llamarte cuando quiera.

Cerró sin hacer ruido.

Un mes después, Clara desayunaba en un café con Elena.

¿Y tú, cómo estás? preguntó su amiga, con cautela.

Bien sonrió Clara . De verdad, bien.

Y lo decía en serio. La primera semana fue complicada, con ese vacío en el pecho y las ganas locas de llamarle. Pero se aguantó. Alquiló un estudio minúsculo, buscó unas horas de curro extra, y terminó la defensa del TFM.

Eduardo llamó. Mucho. Mensajes largos, llenos de perdón, de súplicas, de promesas.

Clara, perdona, de verdad. Me equivoqué con todo. Tenías razón. Dame otra oportunidad.

Ella no contestó. Sabía que volver es inútil si la raíz sigue podrida. El problema no era Lucía. Era Él. Mientras no lo asumiera, da igual cuántas veces empiecen de cero.

¿Y él, qué tal? preguntó Elena.

¿Quién?

Hombre, Edu.

Ah, ni idea. No hablamos. Nada.

Elena dudó.

¿No te arrepientes?

Clara lo pensó de verdad. ¿Arrepentimiento? Para nada. Sentía algo distinto: ligereza. Como si se hubiera quitado una mochila pétrea de encima.

Elegí. Por él, y por mí.

Elena sonrió.

Así se habla.

Bah restó importancia Clara , es solo que he crecido un poco.

Eduardo se quedó solo.

Lucía, curiosamente, dejó pronto de llamarle. Ya no tenía público, se acabó el teatro. Incluso cuando él trató de volver a acercarse, ella fue fría.

Tú elegiste entonces, Edu. Ahora atente. Yo estoy bien, no necesito tu ayuda.

Eduardo quiso volver con Clara. La llamaba, la esperaba a la salida del trabajo, seguía mandando mensajes largos.

Pero ella ya tenía claro el cierre.

Suéltame, Edu le dijo la última vez . Y suéltate. No somos para el otro. Tú buscas vivir dos vidas a la vez. Yo solo quiero una, verdadera.

Clara paseaba por Madrid al atardecer, pensando lo raro que es todo. Le había tenido terror a la soledad, miedo a perderle. Pero al soltarle, descubrió que no perdía nada.

Porque quien no es capaz de elegir, nunca será capaz de dar nada real.

Y ella, al fin, solo quería algo verdadero.

¿Tú qué crees? ¿Tiene sentido que ahora él quiera volver con su primera mujer? Porque, sinceramente lo suyo con Clara desde luego estaba sentenciado.

Rate article
MagistrUm
—¡Que está manipulando a mi marido, hombre! —exclamó Inés, indignada. ¿Debería Inés seguir soportando que su pareja viva siempre pendiente de su exmujer?