Tía, escúchame lo que te voy a contar porque parece de película de sobremesa en Antena 3. El día en que mi ex suegra vino a recoger hasta la cuna de mi hija, no sabía si reír o llorar. Mira, cuando le dije que lo dejaba con su hijo, ni pestañeó. Con ese tonito afilado que tienen las suegras de toda la vida en España, va y me suelta:
Pues entonces mañana venimos a por las cosas de mi hijo.
Y oye, cumplió la amenaza. Se presentó al día siguiente: mi ex, su hermano y un amigo, como si vinieran a desmontar el piso en media hora. Yo ahí, con la niña en brazos, viendo cómo iban vaciando el piso como si fuera un botín. Parecía que estaban rodando un episodio de “Hermano Mayor”.
Déjame al menos la tele, por favor le supliqué, que la niña se entretiene viéndola…
Me miró como si le pidiera que me donara un órgano:
Esa tele es MÍA responde, y empieza a desenchufarla con un dramatismo de telenovela venezolana.
Cogieron TODO. La cama, la mesa del comedor, las sillas, hasta el espejo del baño, que ya estaba medio suelto. El piso se quedó tan vacío que hasta el eco sonaba solo. Solo quedaba la cuna de la niña, una silla renqueante y yo, tragándome las lágrimas para que mi hija no me viera destrozada.
¿Quieres escena de película? Pues cuando ya tenían la furgoneta en la puerta, llena hasta los topes, él entra, me ve allí plantada parecía un naufragio humano, te lo juro y suelta:
Dime que no me vaya. Por favor.
Le miré, resoplé y con toda la dignidad de castiza que me quedaba, le dije:
No.
Y se fue con todo. Bueno, casi. Me dejó el juego de sillas y la cocina de gas, que por cierto, yo también había pagado a medias. Qué generoso, ¿verdad?
Esa noche lloré mirando las paredes desnudas. Pero también te digo: estaba ORGULLOSA. Antes muerta que pedirle que me dejara una cuchara.
Total, pasa un año
Suena el timbre. Y adivina quién es. Exacto, mi ex suegra, dizque venía a ver a su nieta (sí, claro y yo voy a Eurovisión el año que viene). Abro la puerta con una sonrisa de drama de sobremesa:
Pase, señora y me aparto.
Y tú tenías que haber visto la cara que puso.
El piso estaba LLENO. Sofás nuevos (bueno, heredados, pero para ella eran nuevos), mesa de comedor, estanterías, un televisor de pantalla grande en el que mi hija veía sus dibujos, cortinas, alfombra, hasta cuadros colgando. Vamos, podías rodar ahí un capítulo de “Cuéntame”.
Veo que… te has apañado bien me dice, con la boca abierta.
Sí, señora le contesté, sirviéndole un té en MI vajilla nuevecita. Un año da para mucho si no tienes que aguantar borrachos.
Se atragantó con el té. Yo por dentro estaba celebrando mi victoria.
Porque en todo ese tiempo que me tocó aguantar a su hijo y sus borracheras de tarde de fútbol, sola y con la niña, logré llenar ese piso de cariño, trabajo y muebles que nadie me va a quitar.
Mi hija jugaba feliz en la alfombra con sus juguetes nuevos. Mi ex suegra miraba todo como si hubiera aterrizado en otro planeta. Y ahí estaba yo, sorbiendo el té, pensando:
Gracias por llevaros hasta el polvo del piso, porque me habéis dado la mejor razón para demostrar de qué pasta estoy hecha.
Y dime tú, ¿no has tenido ese momento de satisfacción absoluta, cuando alguien que te infravaloró ve que no solo has sobrevivido sin él… sino que has florecido como nadie se esperaba?







