Teníamos veintidós años cuando rompimos. Un día, él me soltó que ya no sentía lo mismo, que necesitaba cosas diferentes. Lo dijo como si el desayuno hubiera dejado de gustarle. A los pocos días, me enteré por una amiga común. Me llamó y me preguntó:
¿Es verdad que está saliendo con una mujer mayor?
Le pregunté a qué se refería. Me mandó una foto. Él estaba en un bar, abrazando a una señora bastante mayor. No era un rumor. Era la pura realidad. Y cuando la gente me preguntaba, yo no me inventaba historias. Decía lo que había pasado: me dejó por una señora mucho mayor.
Así empezó el baile.
Una semana después, otra amiga me escribe por WhatsApp:
Oye, ¿estás bien?
Le pregunto por qué. Y va ella y me responde:
Pues él anda diciendo cosas raras de ti.
No sabía a qué venía eso, así que le pedí que me contara. Me dijo que él andaba diciendo que no me duchaba, que llevabas los sobacos aromatizados natural, que tenía mal aliento y que una vez vio piojos. Me quedé petrificada, mirando la pantalla sin saber si reírme o mudarme a Portugal.
Después empezaron a llegar más y más comentarios. Otra amiga me llamó y me dijo que él iba contándolo en las reuniones, partiéndose de risa delante de medio Madrid. Dijo, literalmente:
No sabéis lo que he aguantado.
Y cuando le preguntaron por qué no me dejó antes, soltó:
Por desgracia.
Entonces empecé a notar las miradas. Gente que antes me saludaba normal ahora me miraba raro, como si oliera yogur caducado. Una compañera de trabajo la que siempre me ha tenido pelusa me ofreció desodorante por si acaso. No podía creer lo rápido que corría una mentira. Lo dijo una vez, luego lo repitió. Lo adornó, lo amplió, y lo compartió en su círculo.
Así que decidí escribirle. Le mandé un mensaje cortito:
¿Por qué dices esas cosas de mí?
Me respondió varias horas después:
Tú has empezado a inventar cosas sobre mí.
Le contesté que yo solo había contado la verdad: que está con otra mujer. Él replicó:
Eso no le importa a nadie.
Jamás negó lo que había dicho. Nunca pidió que parasen los comentarios. Ni corrigió a nadie. Simplemente dejó que aquello creciera como los mensajes en un grupo de WhatsApp familiar.
Mientras tanto, él salía con esa mujer bien contento, pero exigía que nadie mencionase la diferencia de edad. Yo me quedé con el papel de daño colateral.
La relación acabó, pero el ruido siguió durante meses. Tuve que cambiar de ambiente, dejar de ir a ciertos sitios, cortar con personas que seguían repitiendo el chisme. Él siguió su vida como quien cambia de calcetines.
Las mujeres, normalmente, acabamos llevándonos la peor parte cuando a los hombres les entra la crisis de inseguridad. Y, en mi caso, hasta los piojos terminaron siendo famosos en la Gran Vía.







