Ayer dejé mi trabajo para intentar salvar mi matrimonio. Y hoy no sé si no he perdido ambas cosas. Trabajé en esa empresa casi ocho años. Entré poco después de casarme y durante mucho tiempo ese sitio fue mi símbolo de estabilidad: sueldo fijo, horario claro, planes de futuro. Mi esposa siempre supo lo importante que era ese trabajo para mí. Incluso hablamos de comprar una casa gracias a lo que ahorrábamos por mi puesto. Jamás imaginé que sería allí donde cometería el error que nos ha traído hasta aquí. La mujer con la que fui infiel apareció hace unos seis meses. Al principio no había nada extraño. Se sentaba cerca, preguntaba por cosas del trabajo, pedía ayuda porque era nueva. Poco a poco empezamos a comer juntos—primero en grupo, después solos. Me hablaba de sus problemas de pareja, de discusiones, inseguridades. Yo la escuchaba. Cada vez más. Empecé a borrar mensajes “por si acaso”, a silenciar el móvil al llegar a casa, a decir que las reuniones se alargaban. La infidelidad ocurrió en un día cualquiera, tras quedarnos tarde en la oficina. No estaba planeada ni fue romántica, pero sí fue consciente. Sabía que estaba mal. Aquella noche volví a casa y besé a mi mujer como cada día. Eso es lo que más me pesa ahora. Mi esposa lo descubrió unas semanas después. Estábamos en el dormitorio cuando cogió mi móvil para buscar un número y vio mensajes que no eran normales. Me preguntó directamente. No supe qué decir. Guardó silencio un rato, y luego me pidió que le contara todo con detalle. Lo hice. Aquella noche no durmimos juntos. Los días siguientes en casa fueron tensos. Ella me hacía preguntas concretas: dónde, cuándo, cuántas veces, si seguíamos viéndonos. Contesté a todo. Un día me dijo algo que nunca olvidaré: «No sé si podré perdonarte, pero sé que no puedo vivir pensando que os veis cada día.» Entonces salió el tema del trabajo. El ultimátum fue claro. Me dijo que no me obligaba a nada, pero que necesitaba sentirse segura. Que mientras yo entrara en esa oficina, no podría seguir adelante. Me dio a elegir: o dejo el trabajo o asumo que ella se iría. No gritó. No lloró. Eso aún fue peor. Pasé noches en vela, haciendo cuentas: gastos, ahorros, deudas, pagos fijos. Sabía que dejar el trabajo era perder el sueldo de inmediato. Pero también sabía que si no lo hacía, nuestro matrimonio terminaría. Ayer hablé con mi jefe, presenté la dimisión y me fui de la empresa con una mezcla extraña de alivio y miedo. Al volver se lo dije a mi esposa. Pensé que eso la calmaría. Me dio las gracias por el gesto, pero me dejó claro que eso no arreglaba todo. No sabía si podría volver a confiar en mí. Que necesitaba tiempo. No me prometió nada. Hoy estoy sin trabajo y con el matrimonio «en pausa». No sé si solo perdí el empleo… O si estoy perdiendo también a mi mujer.

Ayer dejé mi trabajo para intentar salvar mi matrimonio. Y hoy ya no sé si he perdido los dos.

Trabajé en esa empresa casi ocho años. Entré poco después de casarme y, durante mucho tiempo, ese lugar fue sinónimo de estabilidad: sueldo fijo, horario claro, planes de futuro. Mi mujer siempre ha sabido lo importante que era ese trabajo para mí. Incluso hablamos de comprar un piso con los ahorros que estábamos juntando. Jamás se me pasó por la cabeza que precisamente ahí, en ese despacho, iba a cometer el error que nos ha traído hasta aquí.

La mujer con la que fui infiel apareció hace unos seis meses. Al principio, nada raro. Se sentaba cerca, preguntaba por el curro, pedía ayuda porque era nueva. Poco a poco empezamos a comer juntos primero junto al resto, después ella y yo solos. Me contaba sus problemas con su pareja: discusiones, inseguridades, líos. Yo escuchaba cada vez más. Empecé a borrar mensajes por si acaso, a silenciar el móvil al llegar a casa, a inventar reuniones que se prolongaban.

La infidelidad pasó un día cualquiera, al salir tarde de la oficina. No fue planificado ni romántico, pero sí plenamente consciente. Sabía lo que hacía y que estaba mal. Esa noche llegué a casa, le di un beso a mi mujer como siempre, y es justo eso lo que más me pesa ahora.

Claudia se enteró semanas después. Estábamos en el dormitorio, cogió mi móvil para buscar un número y encontró mensajes que no eran normales. Me miró: ¿Esto qué es?. Me quedé mudo. Ella guardó silencio un rato y luego me pidió que se lo contara todo, con detalle. Se lo conté. Aquella noche no dormimos juntos.

Los días siguientes en casa fueron como vivir en una película de Almodóvar, pero sin la música de fondo. Me hacía preguntas muy directas: dónde, cuándo, cuántas veces, si seguíamos viéndonos. Respondí a todo. Un día, me soltó una frase que no se me va a olvidar nunca:
No sé si podré perdonarte, pero tengo claro que no puedo vivir pensando que os veo cada día.

Y ahí entró en juego el trabajo.

El ultimátum fue así de sencillo. Ella me dijo que no me obligaba, pero que necesitaba sentirse segura. Que si yo seguía yendo a esa oficina, ella no podría seguir adelante. Me dejó elegir: o dejo el trabajo, o asumo que ella se va. No gritó. No lloró. Y eso lo hizo todavía peor.

Pasé noches dándole vueltas a los números: gastos, lo que teníamos ahorrado, la hipoteca, facturas, el supermercado. Sabía que si renunciaba me quedaba sin ingresos. Pero también sabía que, si no lo hacía, todo lo nuestro se iba al garete. Ayer hablé con mi jefe, entregué la carta de dimisión y me fui de la empresa con una mezcla rara de alivio y miedo, como si hubiera aprobado el carné de conducir y me hubieran dado un burro en vez de un coche.

Al llegar a casa se lo conté a Claudia. Pensé que se tranquilizaría. Me dijo que agradecía el gesto, pero que eso no lo arreglaba todo. Que todavía no sabía si podría volver a confiar en mí. Que necesitaba tiempo. No prometió nada.

Hoy estoy sin trabajo y con el matrimonio en stand by.
No sé si simplemente me he quedado sin curro
o si estoy perdiendo también a mi mujer.

Rate article
MagistrUm
Ayer dejé mi trabajo para intentar salvar mi matrimonio. Y hoy no sé si no he perdido ambas cosas. Trabajé en esa empresa casi ocho años. Entré poco después de casarme y durante mucho tiempo ese sitio fue mi símbolo de estabilidad: sueldo fijo, horario claro, planes de futuro. Mi esposa siempre supo lo importante que era ese trabajo para mí. Incluso hablamos de comprar una casa gracias a lo que ahorrábamos por mi puesto. Jamás imaginé que sería allí donde cometería el error que nos ha traído hasta aquí. La mujer con la que fui infiel apareció hace unos seis meses. Al principio no había nada extraño. Se sentaba cerca, preguntaba por cosas del trabajo, pedía ayuda porque era nueva. Poco a poco empezamos a comer juntos—primero en grupo, después solos. Me hablaba de sus problemas de pareja, de discusiones, inseguridades. Yo la escuchaba. Cada vez más. Empecé a borrar mensajes “por si acaso”, a silenciar el móvil al llegar a casa, a decir que las reuniones se alargaban. La infidelidad ocurrió en un día cualquiera, tras quedarnos tarde en la oficina. No estaba planeada ni fue romántica, pero sí fue consciente. Sabía que estaba mal. Aquella noche volví a casa y besé a mi mujer como cada día. Eso es lo que más me pesa ahora. Mi esposa lo descubrió unas semanas después. Estábamos en el dormitorio cuando cogió mi móvil para buscar un número y vio mensajes que no eran normales. Me preguntó directamente. No supe qué decir. Guardó silencio un rato, y luego me pidió que le contara todo con detalle. Lo hice. Aquella noche no durmimos juntos. Los días siguientes en casa fueron tensos. Ella me hacía preguntas concretas: dónde, cuándo, cuántas veces, si seguíamos viéndonos. Contesté a todo. Un día me dijo algo que nunca olvidaré: «No sé si podré perdonarte, pero sé que no puedo vivir pensando que os veis cada día.» Entonces salió el tema del trabajo. El ultimátum fue claro. Me dijo que no me obligaba a nada, pero que necesitaba sentirse segura. Que mientras yo entrara en esa oficina, no podría seguir adelante. Me dio a elegir: o dejo el trabajo o asumo que ella se iría. No gritó. No lloró. Eso aún fue peor. Pasé noches en vela, haciendo cuentas: gastos, ahorros, deudas, pagos fijos. Sabía que dejar el trabajo era perder el sueldo de inmediato. Pero también sabía que si no lo hacía, nuestro matrimonio terminaría. Ayer hablé con mi jefe, presenté la dimisión y me fui de la empresa con una mezcla extraña de alivio y miedo. Al volver se lo dije a mi esposa. Pensé que eso la calmaría. Me dio las gracias por el gesto, pero me dejó claro que eso no arreglaba todo. No sabía si podría volver a confiar en mí. Que necesitaba tiempo. No me prometió nada. Hoy estoy sin trabajo y con el matrimonio «en pausa». No sé si solo perdí el empleo… O si estoy perdiendo también a mi mujer.