Tú no tienes familia, deja la casa a tu hermana, que ahora ella lo tiene más complicado me soltó mi madre aquella tarde. Tú ya lo tienes más fácil y tu hermana tiene que sacar adelante a todos sus hijos, deberías entenderlo.
¿Por qué tienes esa cara tan larga? me preguntó Lucía, mi hermana, sentándose a mi lado en el sofá con un vaso de zumo en la mano. Alrededor de la mesa, los niños correteaban a gritos y su marido le estaba contando no sé qué a la suegra, dando vueltas a un trozo de tarta con el tenedor como si fuese el centro del universo.
Nada, de verdad apenas la miré. Estoy solo cansada. Hoy en el trabajo ha sido tremendo.
Lucía sonrió, apartándose un mechón del pelo y bajó la voz.
Hace días que quería hablar contigo. Sobre la casa del abuelo, bueno, de papá.
Dime.
Se acercó todavía más, como si de verdad fuera un secreto de Estado.
Hemos estado pensando Vosotros, Ignacio y tú, no necesitáis esa casa para nada. Si sois dos y ya tenéis vuestro piso aquí. Pero nosotros estamos los cinco en un alquiler minúsculo. Si viviéramos ahí sería otra cosa: aire puro, un jardín, sitio para todos.
Yo ni respiraba, mirando a mi sobrina mayor, Alba, apagando las velas de la tarta. Seis años. La mayor de los tres.
Realmente, para vosotros esa casa solo son gastos siguió Lucía. El tejado pierde, la valla se va a caer, hay que hacer obra cada dos por tres
Y vosotros, ¿de dónde vais a sacar para arreglarlo?, pensé, pero no dije nada.
Mamá también piensa que es lo más sensato añadió, como si así ya estuviera todo dicho. No es un regalo, solo renuncia a tu parte. Ya nos apañaremos luego.
Asentí por fuera, pero por dentro sentí una punzada de esas que se quedan para siempre.
Volviendo a casa, Ignacio conducía callado.
¿Te ha pasado algo?
Quieren que renuncie a mi parte de la casa.
¿Renunciar? ¿Así, sin más?
Dicen que ellos lo necesitan más Que nosotros ya tenemos nuestra vida.
Pero, ¿qué vida? dijo, medio riendo, con amargura. Si seguimos pagando la hipoteca de nuestro huevo-piso
Al día siguiente, me llamó mi madre.
¿Has pensado ya en lo de la casa?
No hay nada que pensar. Media casa es mía.
Siempre hablando de derechos saltó ella. ¿Y la familia? Ellos tienen tres niños y tú estás sola.
El piso se paga solo, mamá. Nos quedan diez años de hipoteca.
Y ellos ni eso tienen.
Fui yo la que cuidó de papá los últimos meses. Le llevaba al médico, compraba las medicinas. Mi hermana se pasó dos veces, y gracias.
Pero tú eres la mayor, hija. Debes entenderlo. Tienes libertad.
Libre. La palabra me atravesó entera.
Por la noche, estaba en la cocina con un té en la mano.
¿También tu madre mete presión? me preguntó Ignacio.
Sí.
Al día siguiente quedé a tomar café con Carmen, mi amiga.
Oye, ¿cuándo fue la última vez que tu hermana te echó un cable con algo? me soltó.
Me quedé en blanco.
¿Saben ellos lo que os habéis dejado en inseminación?
Ni idea.
Casi cien mil euros. Y ni un embarazo. Y, aún así, piensan que para ti todo es cómodo.
Ese día decidí ir a la casa.
Solo yo.
El jardín desangelado, una puerta que chirría, olor a polvo y ecos de otros años.
Encontré un cuaderno: la letra de papá, cuentas de arreglos. Él tenía planes. No le dio tiempo.
El manzano que plantamos juntos cuando era niña seguía ahí.
Aquella casa no era solo una propiedad. Era memoria.
Cuando mi madre apareció y volvió al ataque:
Tú no tienes familia, tu vida es más fácil
Esta vez ya no agaché la cabeza.
Tres inseminaciones, mamá. Tres.
Y, por primera vez, dije en voz alta:
La casa es mía. Y no pienso renunciar.
El silencio que vino después ya no fue doloroso. Más bien, me liberó.
Esa primavera llegó pronto.
La vecina se acercó y me dijo:
Él solo te esperaba a ti, ¿sabes?
Me senté en la terraza, con un té, llevando aquel jersey de papá, frente al manzano.
Era mi casa.
No porque se la cediese a nadie.
Porque era mi derecho y mi recuerdo.







