Mi marido me deja tras once años de matrimonio, y la razón que me da es sorprendentemente sencilla: según él, he dejado de cuidarme. En sus palabras, esto se iba acumulando desde hacía tiempo, aunque jamás lo mencionó abiertamente.
Cuando nos conocimos, me arreglaba a diario. Maquillaje, ropa elegante, el pelo perfectamente peinado. Trabajaba, salía con amigas, tenía tiempo para mí. Después llegaron los niños, la rutina, las obligaciones. Seguía llevando mi empleo, pero además me ocupaba de la casa, la comida, la limpieza, los médicos, todas esas cosas que mantienen a flote una familia y que casi nunca se ven.
Mis días empiezan antes de las seis de la mañana y terminan pasada la medianoche. Muchas veces salgo de casa sin maquillarme, simplemente porque el tiempo no me da. Me visto con la primera prenda limpia que encuentro. No es porque no me importe, sino porque estoy exhausta. Él llega a casa, cena, ve la tele y se duerme. Jamás me ha preguntado cómo estoy ni si necesito ayuda.
Con el tiempo empezaron los comentarios. Que ya no me arreglo como antes. Que no me pongo vestidos. Que parezco desaliñada. Pensaba que eran simples observaciones. Nunca se me pasó por la cabeza que acabarían siendo un motivo para marcharse. Nunca oí de su boca un me siento lejos de ti o un tenemos que hablar. Simplemente, un día recogió sus cosas.
El día en que se fue, fue directo: que ya no sentía lo mismo, que yo había cambiado, que echaba de menos a la mujer que se cuidaba por él. Le recordé todo lo que hacía por la casa, los niños, nosotros. Su respuesta fue que eso no era suficiente, que necesitaba sentir orgullo por la mujer a su lado.
Recogió su maleta en silencio. Unos días después, descubrí que ya salía con otra. Una mujer sin hijos, con tiempo para ir al gimnasio y arreglarse cada día. Y ahí comprendí que el problema nunca fue realmente el maquillaje.
Hoy sigo levantándome temprano, sigo trabajando, sigo manteniendo mi casa. Me arreglo cuando a mí me apetece, no cuando alguien me lo exige. No dejé de cuidarme por falta de amor, lo hice porque cargaba con una vida entera sobre mis hombros. Aun así, él prefirió marcharse. Pienso en apuntarme al gimnasio, pero no tengo tiempo. En fin, supongo que simplemente él no me quería a mí.







