Sabía que mi marido tenía una amante. Decidí contratarla en mi empresa… y todos dijeron que estaba loca.

Sabía que mi marido tenía una amante. Decidí contratarla en mi empresa y me tacharon de loca.

Cuando descubrí los mensajes entre mi marido y la otra mujer, no lloré. Tampoco grité. Me limité a esbozar una sonrisa. Porque soy la directora general de una consultora internacional y la solución que se me ocurrió fue infinitamente más elegante que cualquier escándalo.

Dos semanas después publiqué un anuncio: buscaba una asistente de dirección. Ella se presentó. El currículum era mediocre, pero su foto coincidía de manera casi onírica con la mujer de los selfies en el móvil de mi marido.

El día de la entrevista entré en la sala de juntas enfundada en mi mejor traje de Massimo Dutti.

¿Eres la candidata? Por favor, siéntate.

Me miró sin ningún atisbo de reconocimiento, como mirando un cuadro en el Prado sin descifrar lo que ve. Lógico. Jamás le enseñó una foto mía. Seguramente le contaría que estaba casado con una esposa terrible y descuidada.

Cuéntame, ¿por qué quieres trabajar aquí? pregunté con serenidad.

Su empresa tiene una reputación envidiable y

Llámame solo jefa le corté, sonriendo. Aquí somos casi una familia.

La contraté sin dudar.

Los primeros meses fueron puro teatro barroco. Hay que reconocerle que trabajaba bien. Pero lo más surrealista era verla cada mañana, mientras mi marido salía de nuestra casa en Chamberí, ignorante por completo de que, dos horas después, yo compartía café con su amante.

¿Tú estás casada? me preguntó un día, revisando unos contratos.

Sí, muy felizmente respondí sin pestañear. ¿Tú tienes pareja?

Se puso colorada.

Es complicado. Está pasando por una situación difícil.

Está casado afirmé distraída. Lo de siempre.

¡No es eso! Me quiere, solo que

Tranquila, no juzgo. El corazón busca lo que quiere, ¿no?

Por las noches, mi marido indagaba sobre mi trabajo. Yo le contaba anécdotas, dejando caer, como quien no quiere la cosa: mi nueva asistente, muy aplicada. Jamás sospechó nada. Los infieles suelen ser asombrosamente ingenuos.

A los seis meses la ascendí.

Has hecho un trabajo excepcional. Quiero que dirijas nuestra nueva oficina en Singapur. Una oportunidad única. Ocho mil euros más al mes, vivienda pagada, contrato de tres años.

Sus ojos bailaron de emoción.

¿Fuera de España? Pero aquí tengo a alguien.

El amor a distancia es posible, si es verdadero aseguré, tocando levemente su hombro. Y si no funciona quizá no merecía la pena. Créeme, lo sé muy bien.

Mi marido era insufrible en esas semanas. Peleas telefónicas del otro lado de la cama, donde yo fingía dormir. Al final, ella se marchó. Llorando en Barajas, según mi chófer, que casualmente la recogió.

Durante meses, el proyecto en el extranjero prosperó. Ella enviaba informes tan pulcros como vitrinas de la Gran Vía. Mi marido repentinamente me colmaba de flores, cenas y promesas de renovar nuestros votos en la catedral de Segovia.

Qué considerado.

Un año después de contratarla, la llamé por videollamada.

Tenemos que hablar, Lucía.

Su rostro se tensó.

Hay que rescindir tu contrato le dije. Por motivos de reestructuración. Cosas que pasan.

¿Cómo? ¡He dejado toda mi vida por esto!

Lo sé. Una lástima que dejaras a aquel complicado hombre por esta oportunidad. Por cierto pulsé una pausa teatral, salúdale de mi parte cuando regreses. Aunque dudo que te espere Últimamente está muy ocupado planeando nuestra renovación de votos matrimoniales.

Se hizo un silencio casi sacro, y su cara pasó de la sorpresa al pánico, como si alguien hubiera abierto una ventana en el Palacio Real y entrara la verdad.

Tú tú lo sabías

Desde el primer día. Tu indemnización está lista. Te aconsejo gastarla en terapia. Y la próxima vez que un hombre casado te diga que su mujer no le entiende, pregúntale si ella dirige presupuestos de millones de euros. Porque ya ves, algunas entienden mucho más de lo que él imagina.

Colgué.

Esa misma noche mi marido volvió a casa con una botella de cava.

¡Vamos a celebrar! Hoy hace justo un año desde que las cosas marchan tan bien entre nosotros.

Brindé con él, saboreando cada burbuja, sabiendo que mi revancha, fría y elegante como la niebla sobre el Manzanares, era perfecta. Jamás le conté nada. ¿Por qué perturbar su frágil paz interior? Lo esencial, ya lo había conseguido. Él nunca supo que la verdadera venganza era para él.

Y tú, ¿crees que es mejor el frío y calculado desquite o el choque directo, como un toro en San Fermín? ¿O la verdad, simplemente, hay que dejarla fluir como el agua por las calles de Toledo?

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MagistrUm
Sabía que mi marido tenía una amante. Decidí contratarla en mi empresa… y todos dijeron que estaba loca.