«Si arreglas este motor, te paso mi puesto», soltó el jefe, riendo a carcajadas.
Teresa Hernández, a diferencia de los demás, no se partió de risa.
Conocía al chico. Cada semana aparecía con una bolsa gastada, pidiendo las revistas técnicas que iban al contenedor, preguntando si podía llevarse manuales rotos, catálogos viejos, cualquier papel con un dibujo de una pieza o un diagrama eléctrico.
Al principio algunos vendedores se quejaban:
«Un chaval que rebusca en la basura, tirando la atención de los clientes»
Pero Teresa nunca permitió que lo expulsaran.
«Si tuvieras la mitad de la sed de aprender que tiene este chico, el concesionario ya habría duplicado su tamaño», replicaba, sin titubeos.
Allí estaba él, diminuto ante un motor que parecía un monstruo desarmado. Los ojos entrecerrados, concentrados, los dedos delgados rozando cada pieza como si intentaran sentir una historia invisible.
Teresa respiró hondo, tomó su botella de agua y descendió a la zona de trabajos.
«¿No has comido, verdad?» preguntó, apoyada contra una columna, sin invadir su espacio.
Diego se sobresaltó al oír su voz. El ruido de cilindros, mangueras y sensores lo había absorbido tanto que había olvidado hasta el propio estómago.
«Señora Teresa todavía no. Quería aprovechar que se fueron a almorzar para ordenar todo esto», murmuró, un tanto avergonzado.
Miró la mesa. Las piezas, antes esparcidas sin orden, ahora estaban agrupadas: tornillos alineados por tamaño, anillos de sellado como collares, engranajes mayores sobre paños limpios.
«Tienes método», comentó, impresionada. «No es sólo valor, es cabeza.»
Él esbozó una media sonrisa.
«Los libros dicen que si no captas la lógica solo memorizas, y cuando surge un problema distinto te pierdes». «Yo prefiero entender, por eso me demoro al principio, pero después»
Teresa abrió su bolso y sacó dos panes envueltos en papel manteca.
«Toma», ofreció. «Los compré para mí, pero tú los necesitas más».
Diego vaciló.
«No tengo cómo pagarte».
«Págame cuando seas gerente, por favor», respondió ella, irónica. «Come rápido, antes de que el señor Felipe vuelva con esa sonrisa insoportable».
El chico no necesitó más estímulo. Mientras masticaba el pan, Teresa lo observaba. No veía sólo a un muchacho delgado de ropa sencilla; veía a Doña Guadalupe, años atrás, entrando al concesionario con un trapo en mano y los ojos cansados, pidiendo trabajo de limpiadora.
«Solo hasta que el chaval crezca un poco», había dicho, con voz humilde que ocultaba la dureza de la vida.
Ese «chaval» ahora miraba el motor más caro del local como un enigma, no como una sentencia.
«Diego», llamó cuando terminaba el último bocado. «Sabes que el señor Felipe lo dijo de broma, ¿no? No cree en que lo arregles».
«Lo sé», respondió, limpiándose las manos en el pantalón. «Pero si no lo intento, seguiré fuera siempre. Y», inhaló hondo, «estoy harto de solo mirar».
Teresa sintió un nudo en el pecho.
«¿Tu madre sabe que estás aquí?» preguntó.
Él se encogió de hombros.
«Sabe que vengo a buscar revistas. No sabe del motor. Si lo supiera, me mataría de un susto y pensaría que voy a volar la tallería».
Ambos rieron.
«Vamos a intentar que esto salga bien antes de que ella haga explotar al gerente», dijo Teresa. «Si necesitas algo herramienta, manual, café llámame. No entiendo de motores, pero sí de gente que merece una oportunidad».
Diego asintió.
«Gracias, doña Teresa».
Ella subió de nuevo, dejándole el pan en el estómago y la valentía en el alma.
Los días siguientes fueron una maratón silenciosa. Por la mañana, Diego asistía a la escuela pública del barrio, anotando todo con la misma intensidad con que observaba los motores, preguntando cuando nadie preguntaba, absorbiendo. Los compañeros lo apodaban «Cerebro», sin intención de halagarlo, pero a él no le importaba.
Por la tarde ayudaba a Doña Guadalupe en casa: cargaba cubos de agua, reparaba una gaveta, remendaba una silla.
«Lo manipulas como si fuera un cariño», comentaba la anciana. «Tu padre biológico debía ser mecánico o carpintero».
Diego guardaba silencio; no recordaba a ningún padre, ni a su madre antes de Guadalupe. Sabía que lo habían encontrado envuelto en una manta, junto a la puerta, al caer la tarde fría. El resto era imaginación. Tal vez algún día preguntara a la vieja si había algo más.
Mientras tanto, el motor seguía allí, esperando. Felipe no le había entregado ninguna identificación formal, pero Teresa, discreta, había avisado a los guardias:
«Dejad entrar al chico. Está ayudando en un trabajo. Si el gerente se complica, puede hablar conmigo».
Así, todas las tardes, Diego se colaba en el taller. Algunos mecánicos se reían.
«¿Ya encontraste la pieza milagrosa, jefe?»
Él fingía no oír. Otros, poco a poco, se acercaban.
«¿Has visto ese tipo de inyección electrónica?» preguntó uno, curioso.
«No de cerca, solo en los diagramas», respondió Diego, señalando los cables. «Creo que alguien conectó el chicote al módulo equivocado. Mirad las marcas».
El mecánico, intrigado, se acercó.
«Nunca había notado eso».
Con gestos pequeños, Diego empezó a ganar un respeto que Felipe jamás imaginó.
En la tercera noche, tras desmontar y volver a montar mentalmente el motor unas diez veces, Diego percibió un detalle inquietante: arañazos en lugares extraños, marcas repetidas como si alguien hubiera forzado la misma pieza más de una vez. Sacó su móvil viejo y amplió una foto del antes.
Allí estaba: la marca de un tornillo de cabeza achatada, que no encajaba con el estándar original. Frunció el ceño, tomó un manual viejo que Teresa había conseguido de un vendedor a cambio de café y un bizcocho de nata. En la página del modelo, en letra diminuta, decía: «Tornillo de especificación X, cabeza sextavada, par de apriete exacto». En la bancada había otro, más pequeño y frágil.
«Alguien ha ahorrado en la pieza», murmuró. Sabía lo que implicaba: concesionarios que sustituyen piezas originales por equivalentes más baratos para subir los márgenes, culpando después al mecánico.
Respiró hondo. No era momento de acusar; era hora de arreglar.
El viernes, dos días antes del plazo, Felipe entró en la oficina, de humor peor que nunca.
«¿Dónde está el chaval?» preguntó, mirando alrededor.
Uno de los mecánicos señaló al fondo. Diego estaba arrodillado, con la cabeza metida casi en el cofre del motor, manipulando la parte eléctrica. Felipe se acercó, los zapatos de cuero brillando contra el suelo manchado de aceite.
«¿Y ahora, genio?», provocó. «¿Ya eres gerente o sigues jugando a los Legos?»
Diego se enderezó, secándose el sudor.
«Queda poco, señor Felipe». «He descubierto el problema principal y uno secundario».
Felipe arqueó una ceja.
«Dos problemas, ¿eh? Claro, siempre hay un problema secundario cuando no sabes lo que haces».
«No», contestó Diego, manteniendo la voz firme. «Si falla, es culpa mía. Asumí el reto. Solo sería bueno que estuviera aquí cuando lo encienda por primera vez, y quizás el dueño también».
Felipe se quedó helado.
«El dueño no necesita saber nada», espetó, cortante. «Solo quiere el coche funcionando. Y si fallas, vuelves a buscar papel en la basura. ¿Trato?»
Diego lo miró un instante, sin gustarle la frase «el dueño no necesita saber». Pero respiró hondo y asintió.
«Trato».
Al salir, Felipe se cruzó con Teresa.
«Teresita, mi flor», intentó, usando un apodo que sólo él consideraba cariñoso. «No deberías rondar el taller. Tienes mucho papel que mover arriba».
«Yo resuelvo el papel», replicó ella sin sonrisa. «Me preocupa este motor y el chico».
Felipe hizo un gesto despectivo.
«Si falla, llamo al remolque de la importadora. Mandan a un técnico, pagamos caro y listo. El dueño ni se entera del lío».
«¿Y lo que le prometiste al chico?», insistió Teresa.
«¿Qué chico?», fingió despiste.
Los ojos de Teresa se estrecharon.
««Si arreglas este motor, te paso mi puesto». Yo estaba en la sala cuando tú lo dijiste, Felipe. Y lo escuché otros también lo oyeron».
Felipe rodó los ojos.
«Teresita, por favor. Eso fue una broma, una frase hecha».
«Divertido», murmuró ella. «No recuerdo que hayas hecho una broma así con el hijo del dueño. Sólo con quien no tiene apellido importante».
Felipe perdió el color.
«No mezcles las cosas».
«Yo no mezclo», contestó ella, bajando la voz. «Quién mezcla eres tú, con ego y negocio. Si ese coche no está listo para el domingo, el contrato con el señor Salazar se va al traste. Y entonces no será sólo el mecánico despedido».
El nombre Salazar resonó como una piedra pesada. El sedán importado no era sólo caro; era el coche personal de Rogelio Salazar, dueño de una cadena de concesionarios que controlaba gran parte del centro de Madrid.
Salazar había dejado una nota sencilla:
«Si resuelven el defecto que nadie ha podido arreglar, firmamos contrato exclusivo con la línea de lujo. Si no busco competencia».
Felipe sabía que, si fracasaba, su carrera podría enterrarse junto al motor.
El sábado amaneció nublado. Diego llegó temprano, con los ojos rojos por la falta de sueño, después de pasar la noche repasando diagramas. Doña Guadalupe lo vio salir con la mochila.
«¿Vas temprano, hijo?», preguntó.
«Voy a ayudar a alguien en el concesionario, mamá», respondió, dándole un beso al rostro arrugado. «Es importante».
Ella asintió, desconfiada pero confiada. Sabía que él no se metía en líos, solo en tornillos.
En el taller, el motor ya lo esperaba, montado, brillante, silencioso, como si se burlara.
«Hoy es el día, jefe», bromeó uno de los mecánicos al pasar. «Si funciona, te llamo «doctor».»
Diego sonrió, aunque el estómago le revuélvese. Teresa apareció minutos después, con termos de café y vasos.
«Habrá público», avisó. «El señor Salazar llamó ayer. Viene a ver el coche hoy».
Diego tragó saliva.
«¿Él mismo?»
«Sí», confirmó ella. «Y si tienes miedo, recuerda: todos sentimos miedo. El coraje es lo que llamamos cuando actuamos a pesar de él».
Felipe entró, visiblemente tenso, sin corbata impecable, la camisa desabrochada en los primeros botones.
«¿Listo?», preguntó, evitando la burla. «¿Preparado?»
Diego asintió.
«Sí, señor. Lo he revisado dos veces».
«Tres es mejor».
«Ya he revisado tres», respondió con media sonrisa.
Felipe hizo un gesto y pidió a uno de los empleados que acercara el coche. El sedán blanco, elegante, parecía una fiera dormida.
Diego se subió al asiento del conductor, pasó la mano por el volante de cuero y, por un instante, imaginó conducir por la Gran Vía. Pero sacudió la cabeza: no estaba allí para soñar, sino para probar.
Teresa, de pie junto a él, anunció:
«Habrá audiencia».
Los mecánicos y vendedores formaron un círculo discreto. El ambiente se cargó como antes del primer acorde de una sinfonía.
Diego giró la llave. Un segundo eterno, nada ocurrió. El corazón de todos se detuvo con el silencio. Entonces el tablero se iluminó, los sistemas empezaron a dar señales de vida. El motor tosió, tosió de nuevo y, finalmente, rugió con un sonido firme, redondo, una vibración limpia recorrió el coche.
Diego sintió lágrimas quemar sus ojos. Felipe exhaló sin darse cuenta, y Teresa aplaudió, emocionada.
«Está redondo, chaval», murmuró un mecánico al lado. «Parece recién salido de fábrica».
Diego no se movió; su cerebro seguía comprobando invisibles datos. Miró el panel: ninguna luz de error, ningún ruido extraño, todo como en los anuncios perfectos.
Apagó, volvió a encender, solo para estar seguro. El motor obedecía, dócil.
En ese instante, los pasos firmes resonaron en la entrada. Rogelio Salazar entró, acompañado de un vendedor y un joven asistente. Teresa enderezó la postura. Felipe secó discretamente las manos en el pantalón.
«Buenos días, señores», saludó el dueño con voz firme. «¿Dónde está mi problema de millones?».
Felipe forzó una sonrisa.
«Esperándolo, señor Salazar», indicó, señalando el sedán. «Ya no es un problema».
Salazar se acercó, examinando el coche con la mirada de quien conoce el olor del metal mejor que el de las flores.
«El motor estaba inutilizable», comentó. «Me lo dijeron en la importadora: comprad otro. Yo dije: antes de tirarlo, dejad que alguien aquí en Madrid demuestre que aún sabe escuchar el motor, no solo los ordenadores.».
Puso la mano sobre el capó.
«¿Y entonces?», preguntó. «¿Quién se atrevió a tocarlo?»
Felipe abrió la boca, pero no dijo nada. Todos miraron a Diego. El chico retrocedió instintivamente, pero Teresa le tocó el hombro.
«Fue él», afirmó, sin titubeos. «Diego».
Los ojos de Salazar se posaron en el niño, sin desprecio, sólo curiosidad.
«¿Cuántos años tienes, Diego?», preguntó.
«Catorce», respondió, intentando mantener la voz firme.
Salazar arqueó una ceja.
«¿Crees que entiendes este motor más que los ingenieros de fábrica?».
«No, señor», contestó rápidamente. «Ellos lo diseñaron. Yo solo escuché lo que intentaba decir».
Hubo un murmullo. Salazar sonrió con un dejo de ironía.
«Bonita respuesta». «Veamos si realmente habéis aprendido a hablar motorese».
Diego volvió al coche, giró la llave y el motor respondió como antes: firme, sin tropiezos. Salazar dio la vuelta al vehículo mientras el sonido llenaba el espacio, observó el escape, acercó el oído al capó, inspeccionó el tablero.
«Nada de luces encendidas», comentó. «Ni ese maldito problema de inyección».
Felipe no sabía si sonreía, lloraba o abrazaba al chico. La empresa acababa de salvarse de un desastre.
«¿Puedo conducir, si quiere?», arriesgó Diego desde el asiento del pasajero. «He ajustado la central para lectura dinámica. Si algo sale del estándar, lo muestra en el monitor», señaló un portátil viejo conectado al sistema.
Salazar asintió.
«DemosAsí, el motor volvió a latir y, con él, la promesa rota se reparó, sellando un futuro donde el coraje y el talento de Diego abrirían puertas que nunca antes se habían imaginado.







