Viajaba flotando por una niebla espesa que olía a azahar y sal. En mi maleta de cuero había guardado el anillo que una vez significó para siempre, unas fotos antiguas de dos rostros sonrientes y una esperanza temblorosa y absurda, como esas semillas que crecen en los sueños. Atravesé fronteras empañadas sin saber cómo, los billetes de tren parecían escritos en mi propio corazón. Había decidido ir a Madrid, justo tres meses después de que él mi antiguo prometido me dejase atrás como si fuera solo un otoño demasiado largo.
Sabía perfectamente dónde trabajaba: era médico en el hospital Gregorio Marañón, vestido siempre de blanco como una silueta entre la bruma. Llegué sola, con la maleta rodando sobre los adoquines y el estómago encogido como una aceituna. Me senté en el vestíbulo fingiendo preguntar por una paciente inexistente, mientras las paredes susurraban nombres que no entendía. Cuando apareció al fondo del pasillo, el aire se hizo pesado, como si alguien hubiese retirado la luna del cielo. Igual que siempre: agotado, apresurado, inexplicablemente lejano.
Me acerqué. Le dije que teníamos que hablar. Su rostro no supo si debía sorprenderse o continuar siendo indiferente. Caminamos por pasillos que temblaban bajo los pies, en un tiempo que parecía girar al revés. Quise ser firme. Le confesé que mi viaje era solo una súplica disfrazada: no quería que lo nuestro acabara así, le seguía amando, quería que intentáramos salvarlo. Pero él ya había cerrado todas las puertas. Me habló como quien da diagnósticos graves: su decisión estaba tomada, su vida era su trabajo, yo debía seguir adelante. No levantó la voz, pero su tono era tan frío que casi dolía.
Reprimí las lágrimas para no regalarlas a su indiferencia. Saqué el anillo del bolsillo escondido de mi bolso; se lo devolví con manos temblorosas y me despedí como si fuese solo una sombra furtiva. Afuera, me senté en un banco de cemento bajo el sol madrileño, justo enfrente de la entrada. Las palomas me miraban sin entender por qué cubría mi rostro entre las manos y lloraba, como si el Manzanares llorase por mí. Lloré por el viaje, por la ilusión rota, por la despedida que quise evitar, por un amor que nunca fue correspondido.
No me fijé en el hombre vestido de bata que descansaba en la banca opuesta, un poco más allá, con la mirada perdida entre los azulejos. Otro médico, compañero de historias invisibles. Pudo escuchar mi llanto durante largos minutos, como quien escucha el agua de una fuente tapada. Cuando empecé a respirar otra vez, se acercó despacio y me dijo con acento de Castilla:
Perdona que te moleste si necesitas algo, aquí estoy. ¿Estás bien?
Agaché la cabeza y solo alcancé a susurrar:
No acaban de romperme el corazón por segunda vez la misma persona.
Me miró con auténtica preocupación, los ojos tan serios como los de alguien que conoce las grietas de la vida. Se sentó a mi lado, como si esa acción no perteneciera a la vigilia sino a las reglas extrañas de los sueños. Me ofreció agua, preguntó si tenía alguien en Madrid, si estaba sola. Bajo el cielo roto, le conté todo: que había viajado solo para verle, que fue mi prometido, que teníamos planes de boda, que hace tres meses me dejó, y que yo todavía no podía despertar de esa pesadilla.
No me juzgó. Solo escuchaba las palabras mientras su respiración calmaba los relámpagos. Me dijo que nadie merece suplicar por amor; que estar deshecha es humano, pero un día se debe abandonar esa estación. Su tono nunca fue un intento de seducción, sino el de quien ayuda a una extraña bajo el sol de una tarde cualquiera delante de un hospital madrileño.
Hablamos. Luego empezamos a escribirnos mensajes. Le confesé que no quería quedarme mucho en España, que buscaba huir de nuevo. Me preguntó cuándo tenía el vuelo de regreso. Le confesé el secreto que se esconde bajo las sábanas de los sueños: no había comprado el billete, llegué solo con la esperanza de volver reconciliada. Entonces él me dijo:
Quédate al menos unos días. Sal conmigo y mis amigos. No te encierres sola en un hotel para llorar.
Acepté. Salimos a comer tapas, paseamos por El Retiro, me presentó a sus compañeros del hospital. Yo vivía en modo corazón roto: no hubo besos ni insinuaciones, solo largas conversaciones y sonrisas tímidas que por momentos hacían olvidar el llanto.
Una semana después regresé a mi tierra, a Valladolid, pensando que la historia terminaría allí. Pero seguimos hablando todos los días. Durante seis meses. Mensajes infinitos, llamadas tardías, notas de voz pequeñas cosas que iban cosiendo los días uno a uno. Sin darme cuenta, empezamos a unirnos. Como si fuera normal en los sueños, donde uno no sabe cuándo empieza a amar.
Un día, sin previo aviso, él apareció en mi ciudad. Me escribió:
Estoy aquí. Necesito verte.
Me aguardaba en el aeropuerto. Acudí como quien atraviesa un capítulo incoherente de su propia vida, viéndole de pie con una maleta junto a los relojes gigantes. Me abrazó y me susurró con voz clara:
Estoy enamorado de ti. No quiero vivir solo en pantallas. He venido para mirarte a los ojos y saber si tú también lo sientes.
Lloré. Pero esta vez, no de tristeza. Lloré de miedo, de nervios, de sorpresa, de todo a la vez. Le dije sí, que yo también me había enamorado sin darme cuenta. Y desde ese día comenzó, oficialmente, nuestro presente.
Hoy se cumplen tres años. Ya estamos prometidos. Nos casamos en agosto pasado en Segovia, bajo los arcos del acueducto. Repartimos invitaciones como quien reparte abrazos en primavera. A veces pienso, en los días en que la siesta se convierte en sueño, que si no hubiese viajado hasta Madrid para buscar a quien nunca quiso quedarse jamás habría conocido al hombre que hoy es mi esposo.
Aunque todo empezó con aquel llanto desconsolado en un banco frente al hospital, la historia terminó convertida en el amor más inesperado y surrealista de mi vida.







