No te lo vas a creer, pero te cuento lo que me ha pasado en casa últimamente. Resulta que yo no me explicaba por qué desaparecía toda la comida que preparaba mi mujer. Hasta que, el otro día, mi suegra nos soltó la verdad.
Al principio, estaba encantado de que mi suegra estuviera viniendo a ayudarnos en casa, porque la verdad es que nos daba un respiro tremendo. Nuestro hijo lleva una temporadita mala de salud y, claro, optamos por no llevarle a la guardería. Así que mi mujer le pidió a su madre, Carmen, que cuidase del niño.
Carmen aceptó, pero dejó claro que prefería venir a casa cada día y poder volver por la tarde a su propio piso, para estar tranquila y descansar allí.
A veces, por las tardes, tenemos algún plan importante o necesitamos salir a hacer recados, y entonces pedimos ayuda a la vecina de enfrente y mi suegra se vuelve a su casa, así no la sobrecargamos más de la cuenta.
Al principio todo iba sobre ruedas: volvíamos corriendo del trabajo, el niño estaba limpio, comido y feliz. Pero luego Carmen empezó a irse antes de que llegáramos. Y mi mujer, Lucía, suele dejar comidas hechas para varios días, por si acaso. Cada mes, le damos a mi suegra un sobrecito con euros, como agradecimiento por el esfuerzo y el tiempo que nos dedica.
Pues oye, hace unas semanas me di cuenta de que la comida preparada por Lucía volaba. Carmen apenas prueba bocado, y el niño, imagínate, más aún. Y un día, no sé, me dio por preguntarle a mi suegra a ver si sabía algo. Me dice que mi suegro, Antonio, suele pasarse por la tarde por nuestra casa, y que le prepara un plato porque él tampoco tiene tiempo para cocinarse al llegar a casa. Así que, sin decirnos nada, el hombre cena casi todos los días en nuestro comedor.
No sabía ni qué contestarle. Que sí, que mi suegra tiene derecho a descansar en su casa, y que mi suegro puede venir un día puntual a cenar con nosotros, pero de ahí a que cene a diario… no lo veo. Además, es que ni a nosotros nos queda apenas nada para la cena.
Haciendo cuentas con Lucía, nos hemos dado cuenta de que casi nos saldría más económico contratar a una canguro. Pero claro, no me hace ninguna gracia esta situación. Lucía prefiere no decir nada para no liarla, pero yo no sé cómo gestionarlo. Si ya todos los meses les damos dinero por cuidar del niño, ¿de verdad es justo que sigan viniendo a comer y cenar a nuestra casa como si nada? Nosotros también tenemos que apretarnos el cinturón.
No sé, tío, ¿te ha pasado alguna vez algo por el estilo? Porque yo ya no sé ni cómo manejarlo y me da rabia todo el asuntoEsa misma noche, mientras recogíamos la cocina, se me ocurrió ese viejo truco de mi abuela, que siempre decía: “Las cosas de casa se arreglan en la mesa, nunca en la escalera”. Así que le propuse a Lucía algo sencillo: el viernes invitaríamos a cenar a Carmen y Antonio, los dos juntos, oficialmente, con todo preparado. Pero después del postre, antes de que los platos estuvieran vacíos del todo, sacaríamos el tema con naturalidad, sin dramas.
Llegó el viernes y, entre cucharadas y risas, les agradecimos todo lo que estaban haciendo por nosotros. Luego, sin rodeos, les contamos que contar con su ayuda era vital; pero que estábamos preocupados por el desajuste, que necesitábamos buscar juntos una solución.
Como si ambos respiraran aliviados, Antonio confesó que se sentía incómodo cenando “de prestado”, casi a escondidas, pero que era la única manera de ver a su nieto al final del día. Carmen propuso una alternativa: ella seguiría cuidando al niño por las mañanas, y las tardes nos las apañaríamos entre la vecina y nosotros. A cambio, los domingos todos juntos, abuelos incluidos, haríamos una comida familiar en la que cada uno trajera su especialidad.
No te voy a engañar: costó ceder en ciertos detalles, pero desde entonces todo fluye mejor. El tupper se llena solo los domingos, pero la nevera entre semana ya no desaparece por arte de magia.
De alguna manera, todo empezó a saber menos a reproche y mucho más a familia. Y fíjate: al final no fue el dinero ni la comida, fue sentarnos todos y hablar sin miedo lo que salvó los platos y, de paso, también los lazos.







