Mi hermano me llamó para decirme que nuestra madre le había puesto la mano encima a su mujer, y enseguida supe que algo olía a chamusquina, pero no por una tortilla.
Estábamos de vacaciones en la playa, cuando recibí una llamada de mi madre en pleno ataque de nervios. Lloraba a moco tendido, como si la hubiesen dejado sin su serie favorita, y no conseguía articular palabra. Colgué e inmediatamente marqué el número de mi hermano para ver qué demonios había pasado. Pero él, como quien no quiere la cosa, me contestó de malos modos y me soltó que ya sabía por qué lloraba, que preguntase yo mismo, y que además ella se lo había buscado. Más perdido que un pulpo en un garaje, hablé con mi marido y, tras ver que aquello pintaba peor que un examen de matemáticas, cortamos las vacaciones a mitad. Por mucho que nos costara el billete de tren, nos volvimos echando leches a Madrid.
Al llegar, encontré a mamá descompuesta y sin consuelo, dándole vueltas a todo. Le preparé una tila cargada, a falta de valeriana, para que se calmase y por fin nos relató la película digna de sobremesa. Resulta que, ese fatídico día, cuando llegó del trabajo, vio a su nuera, Lucía, con más moratones que un tomate pasado, y todavía peor, estando embarazada. Se lanzó a abrazarla, preocupadísima, preguntándole qué había pasado. Pero justo en ese momento entró mi hermano, Andrés, y Lucía pegó un brinco como posesa, señalando a mamá y chillando que le había puesto la mano encima.
Mamá se quedó petrificada, igual que cuando anuncian recortes en el café, sin entender nada. Mi hermano, creyéndose el cuento de Lucía, montó en cólera y echó a mamá de casa sin pestañear; luego se llevó a Lucía al hospital, donde lamentablemente perdió el bebé. Mi hermano se cerró en banda, no quiso escuchar razones, y culpó a mamá de todo, haciéndole el vacío. Pero algo no me cuadraba; en mi fuero interno sabía que mamá no era capaz de semejante cosa. Menos mal que la verdad siempre sale, como el sol después de la lluvia, y esta vez lo hizo de la mano menos esperada.
Un día, la mejor amiga de Lucía me llamó, y en confianza me soltó el pastel. Al parecer, Lucía había estado maquinando para echar a mi madre de la casa, y todo aquello del embarazo y los moratones era un montaje digno de Almodóvar. Además, fue ella misma quien, con toda la premeditación del mundo, interrumpió el embarazo. Cuando mi hermano se enteró, puso el grito en el cielo y a Lucía en la calle ipso facto. Después, vino a pedirle perdón a mamá con más humildad que un monje.
Y claro, que el corazón de una madre es más grande que la catedral de Burgos, así que después de semejante telenovela, abrió los brazos y recibió a mi hermano de vuelta, como si nada. En nuestra familia, los disgustos se van, pero el amor de madre nunca se acaba.







