—Llevamos cuarenta años bajo el mismo techo, ¿y ahora, a los sesenta y tres, quieres cambiar por completo de vida? María estaba sentada en su sillón favorito, mirando por la ventana e intentando olvidar lo sucedido aquel día. Unas horas antes preparaba la cena con esmero, esperando a Basilio, que regresaba de una jornada de pesca. No volvió cargado de peces, sino con unas noticias que llevaba tiempo acumulando y hoy, por fin, había decidido compartir. —Quiero divorciarme y te pido que lo entiendas —dijo Basilio de repente, desviando la mirada—. Los hijos ya son mayores y lo comprenderán, los nietos no tienen nada que ver en esto, y nosotros podemos acabar todo sin discutir. —¿De verdad, tras cuarenta años juntos, ahora quieres cambiar de vida a los sesenta y tres? —preguntó María, incrédula—. Tengo derecho a saber qué será de mí. —Tú te quedas con el piso en la ciudad, yo me voy a la casa del pueblo —respondió Basilio, como si ya lo tuviera todo decidido—. No hay nada que repartir, y después todo será para las hijas. —¿Cómo se llama ella? —preguntó María, resignada. Basilio se ruborizó, empezó a recoger sus cosas con torpeza e hizo como si no hubiese oído la pregunta. Maria ya no dudaba que había otra mujer detrás. En su juventud nunca pensó que, en la vejez, se quedaría sola porque su marido se iría con otra. —Todo puede cambiar todavía, mamá, y las cosas irán bien —le consolaban después sus hijas, Victoria e Irene—. No hagas caso a la actitud de papá. —Ya nada será igual —suspiraba María—. Es absurdo cambiar ahora, viviré el resto de mis años y me alegraré por vuestra felicidad. Victoria e Irene fueron a la casa del pueblo para hablar seriamente con su padre. Regresaron tristes, pero tardaron en contarle la verdad a su madre, que solo notó que le insistían en que, quizá, vivir sola sería mejor: no tendría que cuidar de nadie más. María lo entendió todo, pero decidió no preguntar y simplemente seguir adelante. No era fácil, porque familiares y conocidos no dejaban de hacer preguntas y comentar el tema. —¡Fíjate! toda la vida juntos y en la recta final se va con otra —criticaban las vecinas—. ¿Es más joven que tú, o acaso más rica? María no sabía qué responder, aunque cada vez pensaba más en la identidad de la amante y sentía curiosidad por verla. Con esa intención, fue al pueblo a por unas conservas que había preparado el verano anterior, sin avisar, para intentar encontrarse con la “destructora” del matrimonio, ¡y la encontró! —Basilio, no me habías dicho que tu ex vendría a visitarnos —protestó la extravagante dama, con un maquillaje excesivamente llamativo—. Creía que ya lo habíais solucionado, y aquí no pinta nada. —¿De verdad me cambiaste por esto? —le preguntó María, observando a la atrevida mujer. —¿Vas a permitir que esta me insulte? —chillaba la dama—. Por cierto, solo te llevo unos años y luzco muchísimo mejor. —Si a esta edad cree que la apariencia es lo más importante… —dijo María, buscando la mirada avergonzada de su ex marido. De camino a la parada del autobús escuchó los gritos de aquella “Barbie envejecida” pintarrajeada y se aguantó las ganas de llorar. Solo en casa se permitió desahogarse y llamó a su hermana Nina para pedirle compañía. —¡Anda ya! —le dijo Nina mientras preparaba té de menta—. Tú misma lo has dicho, la nueva de Basilio no es guapa y parece poco espabilada. —Igual tiene razón, y yo parezco una anciana —dudaba María. —Estás estupenda para tu edad —afirmó Nina sincera—. Lo que me parece un error es vestir con mallas de leopardo o minifaldas a los setenta… La belleza está en saber llevar tu edad. María se miró en el espejo y comprendió que su hermana tenía razón. Conservaba buena forma y no tenía grandes problemas de salud. Vestía bien y sus hijas siempre le regalaban cosméticos. Nunca fue vulgar, ni quiso parecer un loro, por eso no imaginaba comportarse como su rival. —Bueno, pues mira —siguió Nina—. Ahora estás libre, disfruta. Las hijas son independientes, hay muchas opciones culturales y de ocio; no te dejaré venirse abajo. Nina cumplió su promesa y empezó a llevar a María al teatro, de paseo, a conciertos, y pronto formaron un grupo de amigos de la misma edad. Incluso apareció un caballero que pretendía cortejar a María, pero ella cortó la situación y rechazó citas individuales. —Ya me han dicho que corres por los teatros, que tienes amigos nuevos… ¿No te habrás planteado volver a casarte? —le soltó Basilio tras un encuentro casual en el supermercado. —¿Y tú tan lejos de la casa del pueblo para comprar, no hay tiendas cerca, o tu nueva esposa no cocina? —le preguntas María. —Siempre he comprado aquí y me he acostumbrado, a estas edades es difícil cambiar de costumbres —refunfuñó Basilio. María no siguió con el tema y, con la excusa de estar ocupada, se fue a casa. Basilio sintió un impulso de correr tras ella y confesar lo mucho que lamentaba su divorcio. Siempre había estado con ella y las hijas, hasta que la activa Tatiana lo atrapó en un torbellino de pasiones. La vida con Tatiana parecía divertida al principio, pero pronto vio que no le gustaba encargarse de la casa, prefería los chismes, moverse entre hombres y fiestas ruidosas. Últimamente Basilio deseaba volver a casa, y tras aquella conversación con María, el deseo se hizo aún más fuerte. Ella nunca hizo escándalos ni reproches, mantuvo su dignidad y procuró sobrevivir a la situación. Basilio no podía imaginar que echaría de menos esa paz y calidez que solo encontraba con María. —Otra vez has traído orejones, te pedí ciruelas pasas —protestó Tatiana, revisando la compra—. El queso no es del que quería y ni has comprado mayonesa. —Antes hacía la compra María, o íbamos juntos; tú lo quieres dejar todo en mis manos ahora —explotó Basilio. —¡Ya está bien de compararme con tu ex! —gritó Tatiana—. Seguro que echas de menos haberla dejado por mí. Y Basilio sí lo lamentaba, aunque sabía que decírselo no serviría de nada. María no había hecho nada para buscarlo, solo siguió siendo ella misma, y él comprendió que no conseguiría jamás su perdón. Quizá más adelante, algún día, podría ir a pedirle disculpas y hablar. Tenía que hacerlo, si no, no encontraría paz. Soñaba con el perdón, aunque sin volver a ser pareja. Sabía que María nunca podría olvidar la traición, y que era consciente de ello cuando comenzó su aventura con Tatiana. Ahora, él vivía en la casa del pueblo, ella en el piso de la ciudad, con sus hijas, nietos y tardes de teatro. En esa nueva vida, el ex marido ya no tenía sitio.

Llevamos cuarenta años viviendo bajo el mismo techo, ¿y ahora, con sesenta y tres años, te planteas cambiar de vida?

María está sentada en su butaca favorita, observando la calle desde el balcón del piso en Madrid, intentando apartar de su mente los sucesos del día. Hace solo unas horas, preparaba la cena nerviosa mientras esperaba a Julián, su marido, que volvía de pescar en el embalse de San Juan. Llegó, pero no con pescado, sino con noticias que llevaba mucho tiempo queriendo contar y nunca se atrevía.

Quiero separarme y te pido que lo entiendas le dice Julián de repente, sin mirarla a los ojos. Las niñas ya son adultas y lo comprenderán; los nietos tampoco se enteran, y nosotros podemos terminar esto sin peleas.

¿De verdad, después de toda una vida juntos, ahora, a esta edad, quieres empezar de cero? responde María sin comprender. Tengo derecho a saber qué va a pasar.

Tú te quedas en el piso de la ciudad y yo me voy a la casa del pueblo, ya lo tengo pensado Julián ya lo ha decidido todo. No tenemos nada que repartir y, en cualquier caso, lo que queda será para nuestras hijas.

¿Cómo se llama? pregunta María resignada, sospechando que hay otra.

Julián se pone rojo, recoge nervioso sus cosas y finge no haber oído la pregunta. Esa reacción confirma a María que hay alguien más. De joven nunca pensó que acabaría sola, que él la dejaría por otra mujer al llegar la vejez.

Mamá, quizá todo se arregle y estarás bien trataban de consolarla sus hijas, Inés y Lucía. No le des importancia a la actitud de papá.

No hay nada que arreglar suspira María. Pero cambiar ya no tiene sentido, terminaré mis días aquí y seré feliz si vosotras lo sois.

Inés y Lucía fueron a la casa del pueblo a hablar con su padre. Regresaron muy abatidas pero no quisieron contarle la verdad a su madre. Cambiaron su discurso, intentando convencerla de lo bueno que puede ser vivir sola, sin más preocupaciones. María lo entendía todo, pero prefirió no interrogar a sus hijas y seguir adelante. No era fácil, porque todos los familiares y vecinos querían saber y curiosear.

Fíjate, tantos años juntos y ahora, al final, él se va con otra comentaban las vecinas sin mucha delicadeza. ¿Es más joven que tú o tiene más dinero?

María solo podía encogerse de hombros, pero cada vez pensaba más en la identidad de la rival y deseaba conocerla. Por eso se acercó un día a la casa del pueblo con la excusa de buscar unos tarros de conserva del verano. No avisó, para asegurarse de toparse con esa mujer… y justo así fue.

Julián, ¿no me dijiste que tu ex vendría por aquí? protestó la mujer, extravagante, con maquillaje demasiado llamativo. Pensaba que todo estaba resuelto y que no tenía nada que hacer aquí.

¿De verdad me cambiaste por esto? pregunta María, mirando a la otra mujer con desdén.

¿Vas a dejar que esta me falte al respeto? grita la mujer. Por cierto, solo soy unos años más joven que vosotros, pero estoy mucho mejor.

Si a cierta edad piensa que el maquillaje y la ropa chillona es lo más importante, poco puede ofrecer murmuró María, buscando la mirada incómoda de Julián.

María regresó andando hasta la parada del autobús, escuchando las voces de la “Barbie” venida a menos, conteniendo las lágrimas. Sólo en casa se permitió llorar y llamó a su hermana, pidiéndole compañía.

Venga, mujer le decía Nina, preparándole un té de menta. Tú misma has dicho que la nueva no es guapa y, por lo visto, tampoco demasiado lista.

A lo mejor tiene razón y yo parezco una vieja dudaba María.

Estás estupenda para tu edad afirma Nina sinceramente. Eso sí, jamás entenderé que a los setenta alguien se ponga unos leggins de leopardo o una minifalda. Una mujer es bella siempre que sabe presentarse y vestirse acorde.

María se contempla en el espejo y decide que su hermana tiene razón: se conserva bien, está sana y se viste con estilo. Sus hijas siempre le regalan cosméticos y nunca ha sido vulgar, ni se imagina comportarse como aquella rival.

Ahora eres una mujer libre continúa Nina. Tus hijas ya están hechas, puedes disfrutar de la vida: hay conciertos, paseos, exposiciones… No dejaré que te hundas.

Nina cumple su palabra y lleva a María al teatro, a museos y a pasear por El Retiro. Pronto forman un grupo de amigos jubilados afines. Incluso aparece un hombre que intenta cortejar a María, pero ella corta el asunto enseguida y rechaza encuentros a solas.

¡Me han dicho que ahora vas al teatro y sales con amigos nuevos! ¿No pensarás en casarte otra vez? le suelta Julián tras encontrarse en el mercado de Chamberí.

¿Y tú qué haces tan lejos de la casa del pueblo? ¿No hay supermercados por allí o tu nueva amiga no cocina? responde María.

Es que siempre he comprado aquí y estoy acostumbrado, cuesta cambiar las rutinas a nuestra edad se queja Julián.

María no sigue con la conversación y, esgrimiendo ocupaciones, se despide y vuelve a casa. Julián siente unas ganas tremendas de seguirla y explicarle lo arrepentido que está. Siempre había estado junto a María y sus hijas, hasta que se dejó llevar por el torbellino de la vivaz Carmen.

Al principio, la vida junto a Carmen parecía divertida; luego se percató de que ella detestaba las tareas domésticas, prefería cotillear y alternar con hombres en tertulias ruidosas.

Últimamente, Julián solo desea volver a casa y tras el encuentro con María ese deseo se intensifica. Ella no monta escenas ni discusiones, solo vive con dignidad y serenidad. Julián jamás imaginó echar tanto de menos ese sosiego y el calor del hogar que solo tenía con María.

Has vuelto a comprar orejones y te pedí ciruelas pasas reprocha Carmen revisando la compra. El queso no tiene bastante grasa y se te ha olvidado la mayonesa.

Antes María se encargaba de las compras, o íbamos juntos; tú me lo dejas todo a mí se lamenta Julián.

¡Ya está bien de compararme con tu exmujer! grita Carmen. Por qué no reconoces que la echas de menos.

Julián lo reconoce para sí, aunque sabe que decírselo en alto no sirve de nada. María no ha hecho nada para buscar esto, ni lo ha planeado; simplemente es ella misma, y Julián se desespera arrepentido, soñando con merecer su perdón.

Pero sabe perfectamente que María nunca volverá a confiar en él ni lo aceptará de vuelta. Más de una vez ha querido llamarla y, tras otra discusión con Carmen, hasta se atreve a acercarse a su antigua casa.

¿Vienes a recoger algo? pregunta María desde la puerta, sin dejarle pasar.

Quería hablar contigo… ¿tienes un momento? balbucea Julián, percibiendo el aroma de su tarta de ciruelas favorita.

No tengo tiempo, ni ganas ni necesidad responde ella serena. Así que recoge lo que te haga falta; yo espero visitas.

Julián no tiene nada que recoger, pero querría decirle tantas cosas que no encuentra palabras. Vuelve a la casa del pueblo para prepararse la cena porque Carmen vuelve a estar de juerga por la aldea. Cuando ella regresa, contenta y alborotada, Julián toma la decisión final y le concede unos días para que recoja sus cosas.

Después de la bronca con Carmen, Julián piensa en llamar a María para contárselo, pero al final se arrepiente y se calma. Conoce demasiado bien a su exmujer para albergar esperanzas de reconciliación y olvido.

Quizá algún día, dentro de un tiempo, se atreva a pedir perdón y puedan hablar. Debe hacerlo para estar en paz consigo mismo. Sabe que no habrá vuelta atrás; María nunca le perdonaría del todo la traición, y cuando empezó con Carmen lo sabía perfectamente.

Ahora, la vida de Julián transcurre en la casa del pueblo, y María sigue la suya en el piso de Madrid, rodeada de hijas, nietos y salidas culturales. En el cuadro de su vida actual, el exmarido ya no tiene sitio.

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MagistrUm
—Llevamos cuarenta años bajo el mismo techo, ¿y ahora, a los sesenta y tres, quieres cambiar por completo de vida? María estaba sentada en su sillón favorito, mirando por la ventana e intentando olvidar lo sucedido aquel día. Unas horas antes preparaba la cena con esmero, esperando a Basilio, que regresaba de una jornada de pesca. No volvió cargado de peces, sino con unas noticias que llevaba tiempo acumulando y hoy, por fin, había decidido compartir. —Quiero divorciarme y te pido que lo entiendas —dijo Basilio de repente, desviando la mirada—. Los hijos ya son mayores y lo comprenderán, los nietos no tienen nada que ver en esto, y nosotros podemos acabar todo sin discutir. —¿De verdad, tras cuarenta años juntos, ahora quieres cambiar de vida a los sesenta y tres? —preguntó María, incrédula—. Tengo derecho a saber qué será de mí. —Tú te quedas con el piso en la ciudad, yo me voy a la casa del pueblo —respondió Basilio, como si ya lo tuviera todo decidido—. No hay nada que repartir, y después todo será para las hijas. —¿Cómo se llama ella? —preguntó María, resignada. Basilio se ruborizó, empezó a recoger sus cosas con torpeza e hizo como si no hubiese oído la pregunta. Maria ya no dudaba que había otra mujer detrás. En su juventud nunca pensó que, en la vejez, se quedaría sola porque su marido se iría con otra. —Todo puede cambiar todavía, mamá, y las cosas irán bien —le consolaban después sus hijas, Victoria e Irene—. No hagas caso a la actitud de papá. —Ya nada será igual —suspiraba María—. Es absurdo cambiar ahora, viviré el resto de mis años y me alegraré por vuestra felicidad. Victoria e Irene fueron a la casa del pueblo para hablar seriamente con su padre. Regresaron tristes, pero tardaron en contarle la verdad a su madre, que solo notó que le insistían en que, quizá, vivir sola sería mejor: no tendría que cuidar de nadie más. María lo entendió todo, pero decidió no preguntar y simplemente seguir adelante. No era fácil, porque familiares y conocidos no dejaban de hacer preguntas y comentar el tema. —¡Fíjate! toda la vida juntos y en la recta final se va con otra —criticaban las vecinas—. ¿Es más joven que tú, o acaso más rica? María no sabía qué responder, aunque cada vez pensaba más en la identidad de la amante y sentía curiosidad por verla. Con esa intención, fue al pueblo a por unas conservas que había preparado el verano anterior, sin avisar, para intentar encontrarse con la “destructora” del matrimonio, ¡y la encontró! —Basilio, no me habías dicho que tu ex vendría a visitarnos —protestó la extravagante dama, con un maquillaje excesivamente llamativo—. Creía que ya lo habíais solucionado, y aquí no pinta nada. —¿De verdad me cambiaste por esto? —le preguntó María, observando a la atrevida mujer. —¿Vas a permitir que esta me insulte? —chillaba la dama—. Por cierto, solo te llevo unos años y luzco muchísimo mejor. —Si a esta edad cree que la apariencia es lo más importante… —dijo María, buscando la mirada avergonzada de su ex marido. De camino a la parada del autobús escuchó los gritos de aquella “Barbie envejecida” pintarrajeada y se aguantó las ganas de llorar. Solo en casa se permitió desahogarse y llamó a su hermana Nina para pedirle compañía. —¡Anda ya! —le dijo Nina mientras preparaba té de menta—. Tú misma lo has dicho, la nueva de Basilio no es guapa y parece poco espabilada. —Igual tiene razón, y yo parezco una anciana —dudaba María. —Estás estupenda para tu edad —afirmó Nina sincera—. Lo que me parece un error es vestir con mallas de leopardo o minifaldas a los setenta… La belleza está en saber llevar tu edad. María se miró en el espejo y comprendió que su hermana tenía razón. Conservaba buena forma y no tenía grandes problemas de salud. Vestía bien y sus hijas siempre le regalaban cosméticos. Nunca fue vulgar, ni quiso parecer un loro, por eso no imaginaba comportarse como su rival. —Bueno, pues mira —siguió Nina—. Ahora estás libre, disfruta. Las hijas son independientes, hay muchas opciones culturales y de ocio; no te dejaré venirse abajo. Nina cumplió su promesa y empezó a llevar a María al teatro, de paseo, a conciertos, y pronto formaron un grupo de amigos de la misma edad. Incluso apareció un caballero que pretendía cortejar a María, pero ella cortó la situación y rechazó citas individuales. —Ya me han dicho que corres por los teatros, que tienes amigos nuevos… ¿No te habrás planteado volver a casarte? —le soltó Basilio tras un encuentro casual en el supermercado. —¿Y tú tan lejos de la casa del pueblo para comprar, no hay tiendas cerca, o tu nueva esposa no cocina? —le preguntas María. —Siempre he comprado aquí y me he acostumbrado, a estas edades es difícil cambiar de costumbres —refunfuñó Basilio. María no siguió con el tema y, con la excusa de estar ocupada, se fue a casa. Basilio sintió un impulso de correr tras ella y confesar lo mucho que lamentaba su divorcio. Siempre había estado con ella y las hijas, hasta que la activa Tatiana lo atrapó en un torbellino de pasiones. La vida con Tatiana parecía divertida al principio, pero pronto vio que no le gustaba encargarse de la casa, prefería los chismes, moverse entre hombres y fiestas ruidosas. Últimamente Basilio deseaba volver a casa, y tras aquella conversación con María, el deseo se hizo aún más fuerte. Ella nunca hizo escándalos ni reproches, mantuvo su dignidad y procuró sobrevivir a la situación. Basilio no podía imaginar que echaría de menos esa paz y calidez que solo encontraba con María. —Otra vez has traído orejones, te pedí ciruelas pasas —protestó Tatiana, revisando la compra—. El queso no es del que quería y ni has comprado mayonesa. —Antes hacía la compra María, o íbamos juntos; tú lo quieres dejar todo en mis manos ahora —explotó Basilio. —¡Ya está bien de compararme con tu ex! —gritó Tatiana—. Seguro que echas de menos haberla dejado por mí. Y Basilio sí lo lamentaba, aunque sabía que decírselo no serviría de nada. María no había hecho nada para buscarlo, solo siguió siendo ella misma, y él comprendió que no conseguiría jamás su perdón. Quizá más adelante, algún día, podría ir a pedirle disculpas y hablar. Tenía que hacerlo, si no, no encontraría paz. Soñaba con el perdón, aunque sin volver a ser pareja. Sabía que María nunca podría olvidar la traición, y que era consciente de ello cuando comenzó su aventura con Tatiana. Ahora, él vivía en la casa del pueblo, ella en el piso de la ciudad, con sus hijas, nietos y tardes de teatro. En esa nueva vida, el ex marido ya no tenía sitio.