Habían pasado dos años desde aquel día y ahora me la volví a encontrar. Una mujer preciosa caminaba por la calle delante de mí, y al verla se me paró el corazón de inmediato. En ella reconocí a mi ex, Mónica, la que siempre hacía girar cabezas de hombres. Después de la boda, ya no reconocía a mi mujer; se transformó en una de esas mujeres de pelo graso recogido y camisetas enormes. Nunca más la vi con vestidos que realzaran su figura ni con lencería elegante. Tras la boda, mi esposa empezó a llevar al hogar “bolsas”. Camisetas gigantes. Olvidó también cuidarse. No iba a la manicura, ni se maquillaba. Por no hablar de que dejó de hacer ejercicio, la barriga después del parto nunca desapareció y la celulitis tampoco… En los dos años que convivimos juntos, se fue transformando en un monstruo. Engordó cada vez más y empezó a llevar “bolsas” cada vez más grandes. Cuando le sugería que era hora de mirarse al espejo, se ofendía y dejaba de hablarme. Llegué a comprender que seguía enamorado de la Mónica anterior a nuestro matrimonio, pero ahora vivía con una persona completamente distinta. Aquella Mónica era apasionada, divertida, hermosa; todos mis amigos me envidiaban y se preguntaban cómo había conseguido estar con ella. Después de esos cambios en mi mujer, me di cuenta de que ya no me atraía como mujer, no me inspiraba, y cuando la miraba solo sentía pena y tristeza. La última vez que la vi, llevaba una camiseta gris enorme, con manchas de leche, pantalones cortos y anchos por los que asomaba la celulitis de sus piernas, y ni siquiera se había depilado. Llevaba un moño recogido que se iba deshaciendo y el pelo le salía en todas direcciones. Su rostro siempre reflejaba tristeza, y ni hablar de las enormes ojeras. Aquella noche le dije que ya no podía estar con ella, que solo me provocaba tristeza y compasión, no amor. Han pasado dos años desde ese día y me la he vuelto a encontrar. Una mujer preciosa caminaba por la calle frente a mí, y al verla, el corazón se me paró inmediatamente. Reconocí en ella a mi ex Mónica, la que hacía girar la cabeza de los hombres. Llevaba un vestido precioso, el pelo suelto y rizado. Durante este tiempo había adelgazado, pasando de ser “el patito feo” a volver a convertirse en reina. Una reina que ha criado a nuestros dos hijos. Por algún motivo, fue entonces cuando me di cuenta de que mi esposa no había tenido tiempo ni energía para cuidar de sí misma. Se dedicaba en cuerpo y alma a crear un hogar cómodo y a criar a nuestros hijos. Yo dejé de interesarme por ella y no supe reconocer cuánto esfuerzo ponía en todo eso ni entendí por qué no podía ocuparse de sí misma. Cuando de vez en cuando me quedaba solo con los gemelos, en dos horas ya estaba agotado. Ella los llevaba todo el día en brazos, además de limpiar la casa, cocinar y aún así dedicarme tiempo a mí. Obviamente, entre tantas responsabilidades, no le quedaba tiempo para una manicura ni para el gimnasio. Y yo debería haber entendido que su cuerpo necesitaba recuperarse tras el parto, no obligarla a ir enseguida a hacer ejercicio. Y nunca íbamos a ningún sitio donde pudiera lucir joyas o vestidos bonitos, y estar así en casa no es cómodo… Fue culpa mía no dejarle mostrar sus prendas elegantes. Solo dos años después logré mirar nuestra relación desde fuera y comprender que, todo el tiempo, ella llevó la familia sobre sus hombros sin reprocharme nada, siempre me recibía en casa tras el trabajo y nunca se enfadaba. Creó un hogar al que siempre podía volver, y yo me di cuenta de ello demasiado tarde. Solo tenía que haberle ayudado a tiempo, para que pudiera cuidar más de sí misma. Fui un auténtico necio al perder un tesoro sin darme cuenta. Estaba tan seguro de tener razón que no me importó la vida de ella ni la de mis hijos y, por eso, arruiné todo. Ahora la miro y la quiero de vuelta, pero no sé si podrá perdonarme alguna vez por mi bajeza. Intentaré hablar con ella y redimirme a sus ojos, aunque sea solo para poder comunicarme con mis hijos, porque ya he perdido dos años de su infancia… Ahora mi ex tiene muchos admiradores, pero no deja que nadie se acerque a ella; parece que fui yo quien le causó tanto daño. Y ahora no sé qué hacer con este sentimiento de vergüenza y culpa al darme cuenta de todo lo que hice…

Habían pasado dos años desde aquel día y, ahora, volvía a cruzármela. Caminando por la Gran Vía de Madrid, frente a mí, una mujer bellísima, imposible de ignorar, hacía que los hombres girasen la cabeza a su paso. En ella reconocí a mi antigua esposa, Inés, la misma que antaño eclipsaba a todos allá donde íbamos.

Tras la boda, Inés había cambiado por completo. Ya no era la mujer de vestidos ajustados y lencería delicada, sino alguien ajeno a sí misma. Ahora usaba camisetas enormes y viejas que ocultaban su figura, el pelo recogido deprisa, como si no tuviera tiempo ni para mirarse al espejo. Había dejado de maquillarse, de ir a la peluquería; ni siquiera cuidaba sus uñas. El cuerpo, marcado por la maternidad, lucía cansado; la celulitis y el vientre no recuperado tras el parto quedaban al descubierto bajo aquellos pantalones que más bien parecían sacos.

Durante los dos años que vivimos juntos en aquel piso del barrio de Salamanca, Inés fue perdiendo poco a poco la chispa que la caracterizaba. Cada vez más cansada, más ensimismada en el cuidado de los niños y la casa, apenas quedaba rastro de aquella mujer apasionada y alegre que todos mis amigos envidiaban.

Aquel último día, la vi sentada en el salón, con una camiseta gris manchada de leche, pantalones cortos que dejaban a la vista sus piernas sin depilar y una coleta deshecha, mientras el rostro mostraba una tristeza constante y ojeras profundas por tantas noches en vela. Yo, sencillamente, no pude soportarlo más y le dije que no podía seguir a su lado. Que lo único que me despertaba era tristeza y compasión, nunca amor.

Han pasado dos años desde entonces y vuelvo a ver a Inés frente a la Puerta del Sol. Va vestida con un vestido precioso, su cabello suelto en rizos relucientes. Se ha transformado de nuevo en una reina, una mujer segura que hace girar las miradas a su paso. Ahora me doy cuenta de cuánto se había sacrificado. Había olvidado cuidar de sí misma por entregarse por completo a nuestra familia, a nuestros dos hijos.

Me doy cuenta de que yo me distancié de ella cuando más necesitaba comprensión. No supe ver todo el esfuerzo que dedicaba a nuestro hogar, su energía volcada en los niños, limpiar, cocinar y aún así encontrar fuerzas para prestarme atención. Cuando me quedaba solo con los gemelos durante un par de horas, acababa agotado, pero nunca pensé en lo que debía de ser para ella hacerlo todos los días, durante todo el día. La sala de deportes, los tratamientos de belleza, las joyas, los vestidos… no tenían lugar en su vida bajo ese huracán de responsabilidades. Yo mismo fui quien no se lo permitió.

Ahora, viéndola resplandecer, siento una vergüenza insoportable. Me hago cargo de mi inmenso error: no entendí, ni valoré el enorme peso que Inés llevaba sobre sus espaldas, ni la ausencia absoluta de reproches. Ella siempre me recibía al regresar del trabajo con una sonrisa, me construyó un hogar acogedor, y yo no supe apreciarlo. Bastaba con haberla apoyado, haberme hecho cargo, al menos en parte, para darle un respiro y permitirle cuidarse, tener un momento para ella misma.

Fui un insensato. Perdí un auténtico tesoro sin darme cuenta, tan convencido de mi razón que ignoré la vida de mi familia. Y con ello lo arruiné todo.

Hoy, mientras la observo alejarse entre la multitud, pienso si algún día podré ser digno de su perdón. Intentaré acercarme a ella, aunque sea solo para poder participar en la vida de mis hijos, porque ya he perdido dos años de su crecimiento. Inés ahora tiene admiradores, pero no permite que nadie atraviese el muro que he levantado yo mismo. Fui yo quien la hirió de verdad. Y ahora no sé qué hacer con esta culpa que me consume desde dentro, después de darme cuenta de todo lo que destruí.

Rate article
MagistrUm
Habían pasado dos años desde aquel día y ahora me la volví a encontrar. Una mujer preciosa caminaba por la calle delante de mí, y al verla se me paró el corazón de inmediato. En ella reconocí a mi ex, Mónica, la que siempre hacía girar cabezas de hombres. Después de la boda, ya no reconocía a mi mujer; se transformó en una de esas mujeres de pelo graso recogido y camisetas enormes. Nunca más la vi con vestidos que realzaran su figura ni con lencería elegante. Tras la boda, mi esposa empezó a llevar al hogar “bolsas”. Camisetas gigantes. Olvidó también cuidarse. No iba a la manicura, ni se maquillaba. Por no hablar de que dejó de hacer ejercicio, la barriga después del parto nunca desapareció y la celulitis tampoco… En los dos años que convivimos juntos, se fue transformando en un monstruo. Engordó cada vez más y empezó a llevar “bolsas” cada vez más grandes. Cuando le sugería que era hora de mirarse al espejo, se ofendía y dejaba de hablarme. Llegué a comprender que seguía enamorado de la Mónica anterior a nuestro matrimonio, pero ahora vivía con una persona completamente distinta. Aquella Mónica era apasionada, divertida, hermosa; todos mis amigos me envidiaban y se preguntaban cómo había conseguido estar con ella. Después de esos cambios en mi mujer, me di cuenta de que ya no me atraía como mujer, no me inspiraba, y cuando la miraba solo sentía pena y tristeza. La última vez que la vi, llevaba una camiseta gris enorme, con manchas de leche, pantalones cortos y anchos por los que asomaba la celulitis de sus piernas, y ni siquiera se había depilado. Llevaba un moño recogido que se iba deshaciendo y el pelo le salía en todas direcciones. Su rostro siempre reflejaba tristeza, y ni hablar de las enormes ojeras. Aquella noche le dije que ya no podía estar con ella, que solo me provocaba tristeza y compasión, no amor. Han pasado dos años desde ese día y me la he vuelto a encontrar. Una mujer preciosa caminaba por la calle frente a mí, y al verla, el corazón se me paró inmediatamente. Reconocí en ella a mi ex Mónica, la que hacía girar la cabeza de los hombres. Llevaba un vestido precioso, el pelo suelto y rizado. Durante este tiempo había adelgazado, pasando de ser “el patito feo” a volver a convertirse en reina. Una reina que ha criado a nuestros dos hijos. Por algún motivo, fue entonces cuando me di cuenta de que mi esposa no había tenido tiempo ni energía para cuidar de sí misma. Se dedicaba en cuerpo y alma a crear un hogar cómodo y a criar a nuestros hijos. Yo dejé de interesarme por ella y no supe reconocer cuánto esfuerzo ponía en todo eso ni entendí por qué no podía ocuparse de sí misma. Cuando de vez en cuando me quedaba solo con los gemelos, en dos horas ya estaba agotado. Ella los llevaba todo el día en brazos, además de limpiar la casa, cocinar y aún así dedicarme tiempo a mí. Obviamente, entre tantas responsabilidades, no le quedaba tiempo para una manicura ni para el gimnasio. Y yo debería haber entendido que su cuerpo necesitaba recuperarse tras el parto, no obligarla a ir enseguida a hacer ejercicio. Y nunca íbamos a ningún sitio donde pudiera lucir joyas o vestidos bonitos, y estar así en casa no es cómodo… Fue culpa mía no dejarle mostrar sus prendas elegantes. Solo dos años después logré mirar nuestra relación desde fuera y comprender que, todo el tiempo, ella llevó la familia sobre sus hombros sin reprocharme nada, siempre me recibía en casa tras el trabajo y nunca se enfadaba. Creó un hogar al que siempre podía volver, y yo me di cuenta de ello demasiado tarde. Solo tenía que haberle ayudado a tiempo, para que pudiera cuidar más de sí misma. Fui un auténtico necio al perder un tesoro sin darme cuenta. Estaba tan seguro de tener razón que no me importó la vida de ella ni la de mis hijos y, por eso, arruiné todo. Ahora la miro y la quiero de vuelta, pero no sé si podrá perdonarme alguna vez por mi bajeza. Intentaré hablar con ella y redimirme a sus ojos, aunque sea solo para poder comunicarme con mis hijos, porque ya he perdido dos años de su infancia… Ahora mi ex tiene muchos admiradores, pero no deja que nadie se acerque a ella; parece que fui yo quien le causó tanto daño. Y ahora no sé qué hacer con este sentimiento de vergüenza y culpa al darme cuenta de todo lo que hice…