Ese incómodo regusto: Cuando los calcetines de tu novio hacen tambalear una boda soñada

Ese regusto desagradable

¡Se acabó, no vamos a casarnos! soltó Lucía, bastante alterada.

Espera, ¿pero qué ha pasado? respondió confundido Javier, ¡si todo iba bien!

¿Bien? se rió Lucía, bueno, sí según tú, bien. Es que se quedó callada unos segundos, pensando en cómo explicárselo Pero al final soltó la pura verdad ¡tus calcetines huelen fatal! ¡No estoy preparada para aguantar eso el resto de mi vida!

¿Así se lo dijiste? preguntó atónita Emilia, la madre de Lucía, cuando su hija le contó que iba a retirar los papeles del registro civil ¡No me lo puedo creer!

¿Y por qué no? se encogió de hombros Lucía, si es la verdad. No me digas que tú no lo has notado nunca.

Claro que lo he notado se ruborizó su madre, pero no sé, eso es humillante. Yo pensé que le querías. A ver, el chico tampoco está mal Lo de los calcetines tiene solución.

¿Y cómo se soluciona? ¿Enseñarle a lavarse los pies? ¿A cambiarse los calcetines? ¿A usar desodorante? Mamá, ¿te oyes? ¡Que yo me iba a casar! Esperaba poder apoyarme en un hombre, no tener que adoptar a otro niño grande.

¿Y entonces por qué llegaste hasta aquí? ¿Por qué fuiste a presentar los papeles?

¡Por ti, mamá! Javi es buen chico, muy majo. Me cae genial, ¿tuyas esas palabras, verdad? Y encima: Tienes ya veintisiete, hija, ya toca casarse y darme nietos. ¿Ahora te callas?

Pero Luci, yo pensaba que tú lo tenías claro, que iba en serio replicó su madre, y mira, me alegro de no haberme equivocado contigo: te has parado, lo has pensado y has decidido. Solo te digo, hija, que decir eso de calcetines que huelen mal es un poco bestia. No eres tú.

Es que era adrede, mamá. Para dejarlo claro. En su idioma. Sin vuelta atrás

***

Al principio, Javier le pareció a Lucía gracioso y un poco torpe. Siempre iba con vaqueros y la misma camiseta. No era un genio del arte ni hablaba de Dalí, pero te podía contar anécdotas de pelis antiguas durante horas. Cuando lo hacía, los ojos le brillaban.

La verdad, era fácil estar con él y era un descanso.

Eso justo la atrajo, cansada como estaba Lucía de dramas y de buscar el adecuado.

Tras dos meses de cines y cafeterías, Javier, rojo como un tomate, le propuso:

¿Te animas a venir a mi casa? Te hago unas croquetas. Las he preparado yo mismo.

A Lucía se le aceleró el corazón con ese plan tan casero. Aquello de hechas por mí la mató del gusto.

Aceptó sin pensárselo.

***

El piso de Javier no le gustó nada a Lucía.

No es que estuviera sucio, pero era un caos total, sin gusto alguno y con un aire de abandono. Paredes grises sin cuadros, un sofá viejo con solo un cojín, y por todo el suelo montones de cajas, libros, revistas antiguas. Unas deportivas justo en medio. Y, para colmo, el ambiente era seco y olía a polvo y cerrado.

Aquello parecía más una estación de paso que un hogar.

¿Qué te parece mi fortaleza? Javier abrió los brazos, orgulloso, sin mostrar ni pizca de vergüenza. Él estaba tan satisfecho que ni veía nada raro.

Lucía se esforzó en sonreír; el chico le gustaba, no quería discutir.

Fueron a la cocina, pero aquello no mejoró. La mesa estaba cubierta con una fina capa de polvo. El fregadero lleno de platos y tazas con posos negros. En los fogones, una olla medio desbaratada. Lucía clavó la mirada en la tetera.

¿De qué color sería eso en sus días buenos?, pensó para sí.

Y se le empezó a torcer el ánimo.

Javier charlaba y se reía, poniéndose serio en hacerla feliz. Pero cuando le ofreció las croquetas, Lucía se negó tajante y se escudó en que estaba a dieta.

Ni hablar de probar nada salido de aquella cocina.

Ya en casa, Lucía no paraba de darle vueltas a la visita.

En realidad, lo que había visto eran minucias insignificantes. Al fin y al cabo, vive solo ¿qué más da si no se apaña con la casa?

Pero en el fondo, ella vio algo más grande y preocupante. ¿Cómo se puede estar así, de verdad? No es por pereza, sino porque ¡para él es lo normal!

Total, que el regusto se le quedó, vaya

***

Tiempo después, Javier fue a casa de Lucía, le pidió la mano oficialmente y hasta le regaló un anillo. Presentaron los papeles, los padres empezaron con los preparativos de la boda.

Ser la novia mola mucho, claro. Pero cuando Lucía se quedaba a solas y pensaba en Javier, que siempre quería agradarla, le preparaba croquetas y contaba chistes, lo único que se le venía a la cabeza era ¡la tetera de color indescifrable!

Comprendió: no era solo una tetera. Era una prueba. Hablaba de la manera de ser de Javier. Su relación con el día a día, consigo mismo y con ella.

Un día, imaginó una mañana juntos y se le heló la sangre.

Se vería entrando en la cocina y encontrando restos de té y migas por todas partes. Y al decirle: Cariño, ¿puedes recoger esto, por favor?, él la miraría con cara de sorpresa igual que miraba su piso y no entendería. No discutiría, no gritaría. Simplemente no lo comprendería. Y cada día Lucía tendría que volver a explicar y limpiar, y recordar. Así el amor se iría desgastando lento y sin remedio, a base de mil pinchacitos invisibles para él.

Mientras, su madre estaba encantada con la boda.

***

Casarse

Toda la paz y ternura que sentía Lucía cuando estaba con Javier fue dando paso a una inquietud pegajosa y pesada.

Luci, preguntaba Javier casi a diario, mirándola con miedo ¿todo va bien entre nosotros? Nos queremos, ¿verdad?

Claro que sí, respondía ella, notando algo roto por dentro.

Al final, Lucía ya no pudo más y lo soltó todo a su amiga Carmen.

Bueno, ¿y qué? replicó Carmen, sin entender nada. ¿Un poco de polvo, un cacharro? Mi marido me deja la cocina como si hubiese pasado un tractor y ni se inmuta. Los hombres no ven esas cosas.

Justo susurró Lucía Ellos no lo ven. Y él nunca lo verá. Pero yo sí. Cada día. Y eso me va a matar poco a poco.

***

No sentía que Javier la hubiese engañado. Él era sincero. Simplemente vivía en otro planeta: uno en el que un plato sucio en el fregadero es normal. Para ella, sin embargo, era la señal definitiva de incomprensión y de pasotismo.

No era cuestión de limpieza. Es que miraban la vida desde sitios opuestos. Y la grieta que nació en su cabeza se convertiría en un abismo, tarde o temprano.

Era mucho mejor parar ya, antes de acabar en el fondo de ese abismo, cuando ya sea tarde.

Solo faltaba el momento

***

Lucía y Javier fueron invitados a una fiesta en casa de unos amigos.

Llegaron, se quitaron los abrigos y los zapatos

Entraron en el salón

El olor iba con ellos pegado, terrible.

Lucía tardó un poco en notar de dónde venía. Y cuando se dio cuenta, y vio que todos los demás también notaron el aroma, la vergüenza la aplastó. Sin decir una palabra, salió pitando al recibidor, se vistió rápido y se marchó.

Javier corrió tras ella, la alcanzó, le cogió del brazo. Lucía se volvió y le soltó a la cara, casi con rabia:

¡Ya está! ¡No hay boda!

***

Y boda, desde luego, no hubo.

Lucía está convencida de que hizo lo correcto y no se arrepiente de nada.

¿Y Javier?

Él aún no entiende dónde estuvo el problema. Total, ¿qué más da si huelen los calcetines? Si total, se los puede quitarPero mientras los demás reanudaban la fiesta y Javier se marchaba cabizbajo, Lucía caminó sola bajo la luz fría de la calle, sintiéndose extrañamente ligera. Por primera vez en meses, no tenía sobre los hombros una decisión por tomar ni una expectativa ajena cumpliendo el papel de su propia voluntad.

Mientras cruzaba el parque vacío, se detuvo a mirar sus zapatillas blancas, limpias y pulcras, como si fueran la pequeña declaración silenciosa de que sí puede elegir la vida que desea, sin rencores ni dudas. Suspiró, y una sonrisa tímida le asomó en los labios.

Un viento suave le rozó la cara y le trajo el aroma de la panadería cercana. Lucía pensó en todo lo que estaba por delante: nuevos cafés, conversaciones, risas y tal vez, algún día, algún encuentro casual con alguien cuyo regusto no fuese nunca desagradable.

Quizás Javier seguiría sin entender. Pero Lucía ya no necesitaba que nadie entendiera nada; le bastaba con haberlo entendido ella, finalmente.

Y caminó un poco más rápida, aliviada. El mundo estaba lleno de historias nuevas y de personas diferentes, y ahora, al fin, estaba lista para descubrirlas sin miedo a manchas, olores o expectativas.

El regusto incómodo se había ido, y en su lugar, solo quedaba el sabor fresco de la libertad.

Rate article
MagistrUm
Ese incómodo regusto: Cuando los calcetines de tu novio hacen tambalear una boda soñada