No remuevas el pasado Taísia reflexiona a menudo sobre su vida al sobrepasar los cincuenta años. No puede decir que su matrimonio haya sido feliz, especialmente por su esposo Yuri. Se casaron jóvenes por amor, ambos enamorados, y sin darse cuenta un día todo cambió. Vivían en una aldea en la casa de su suegra Ana. Siempre procuró que reinara la paz, respetaba a su suegra y ésta la trataba con cariño. La madre de Taísia vivía en el pueblo vecino con el hermano menor y enfermaba con frecuencia. —Ana, ¿cómo te llevas con tu nuera Taís? —le preguntaban las cotillas al cruzarse en el pozo, en la tienda o por el camino. —De Taís no puedo decir nada malo, es respetuosa, todo lo sabe hacer y lleva muy bien la casa. Me ayuda en todo —respondía siempre la suegra. —¡Vamos, claro que sí! Como si la suegra alguna vez hablara bien de la nuera. No nos lo creemos —respondían las vecinas. —Allá vosotras —zanjaba Ana y seguía su camino. Taísia tuvo una hija, Vera, todos estaban felices. —Taís, la pequeña Vera se parece a mí —la suegra buscaba sus rasgos en la nieta, la nuera reía y le era indiferente a quién se pareciera la niña. Cuando Vera cumplió tres años, Taísia tuvo un hijo. Más alegrías en casa. Yuri trabajaba, Taísia se quedaba con los hijos, y la suegra ayudaba en todo. Vivían tranquilos, quizás mejor que otros. El marido no bebía, a diferencia de otros hombres del pueblo. Algunas mujeres iban a buscar a sus esposos detrás del casino, allí bebían tanto que no podían volver a casa, y ellas los arrastraban entre insultos y lamentos. Ya embarazada del tercer hijo, Taísia descubrió la infidelidad de Yuri. En el pueblo no hay secretos, pronto corrió el rumor sobre Yuri y Tania, la viuda. La vecina Valentina vino a contárselo. —Taís, llevas el tercer hijo de Yuri y él… —dijo bruscamente —es un desagradecido, va de mujer en mujer. —¿De veras, Valen? No había notado nada raro —se sorprendió la mujer. —Claro, ¿cuándo vas a darte cuenta? Dos niños, el tercero en camino, la casa, la suegra, la finca. Él vive a su aire. En el pueblo todo el mundo sabe que tiene líos con Tania, y ella no lo esconde. Taísia se disgustó, la suegra también lo sabía pero callaba, temía que la nuera lo supiera y sentía pena por ella. Regañó varias veces a su hijo, que se justificaba diciendo que eran rumores de mujeres. Una tarde Valentina volvió corriendo. —Taís, tu Yuri acaba de entrar al patio de Tania, lo vi yo saliendo de la tienda. ¿Quieres quedarte sola con tres niños? Ve con esa descarada y arráncale los pelos. Estás embarazada, Yuri no se atreverá a tocarte —la incitaba. Taísia sabía que no tendría valor para pelearse. Conocía a Tania, vivaz y conflictiva, su marido se ahogó borracho en el río y vivían mal, con peleas diarias. Tania era dura, sabía defenderse. Igual, pensó y fue. —Voy a mirar a los ojos a mi Yuri y a descubrir la verdad. Él dice que son habladurías —le confesó a su suegra, que intentaba disuadirla. —Taís, ¿adónde vas con tripa? Cuídate… Era finales de otoño, ya oscuro. Tocó la ventana de Tania esperando que saliera, pero desde dentro le contestó. —¿Qué quieres? ¿Por qué tocas? —Ábreme la puerta, sé que mi Yuri está contigo, me lo han contado. —Ahora mismo, sí, corre que te abro —oyó cómo reía Tania, pero no abrió. Tras esperar un rato, se fue a casa con la certeza de que no abriría. El marido volvió borracho de madrugada. Rara vez bebía, pero alguna vez sí. La esposa no dormía. —¿Dónde has estado? Sé que andas con Tania, ya fui y no abrió la puerta. Lo sabes bien. —¿Por qué inventas? No estuve ahí. Bebí con Genaro el cojo, se nos pasó el tiempo. Taísia no le creyó, pero no discutió, era tarde y no le gustaban los escándalos. ¿Qué podía hacer? “No hay delito sin pruebas”, pensó. Pero no durmió, inquieta. —¿Dónde voy con dos pequeños y el tercero en camino? La madre enferma, el hermano con familia e hijos… No cabremos todos. La madre le repetía, cuando se quejaba de los engaños: —Aguanta, hija, ya que te casaste y tienes hijos. ¿Crees que fue fácil con tu padre? Bebía y nos pegaba, lo recuerdas. Dios se lo llevó, pero aguanté. Por mucho que tu hombre no beba ni te pegue, siempre ha sido cosa de mujeres aguantar. Taísia no estaba del todo de acuerdo, pero sabía que no podría dejar a su esposo. La suegra también la consolaba. —Hija, ¿a dónde vas con los niños? En todo caso, entre las dos podremos controlar a Yuri. La tercera, Aris, nació delicada y enfermiza, seguro por los disgustos pasados durante el embarazo. Con el tiempo se calmó, la suegra se volcó en ella. —¿Has oído la última? —Valentina volvió con chismes— Tania ha metido a Miguel en casa, la mujer lo echó. —Que lo meta, me da igual —respondió Taísia, pero por dentro se alegró, su marido ya no iría allí. Pero al mes, otra vez Valentina. —Miguel volvió con la esposa, Tania buscará otro, y tú sujeta a tu Yuri, a ver si no vuelve a las andadas. Yuri y Taísia vivieron tranquilos un tiempo, la suegra estaba feliz. Pero si un hombre tiene inquietud, no se puede calmar cerca de su esposa. Un día Ana habló con su vieja amiga Anisia en el mercado. —Ana, ¿cómo salió tu Yuri? Taís es buena y guapa, tú misma la elogias. ¿Para qué busca más? —¿No me digas que Yuri sigue con otras mujeres? —¡Y bien que sigue! Vive a cuerpo de rey con vosotras, cuidado, comida… Ahora anda con Vera, la divorciada que trabaja en el comedor del pueblo. Ana no se lo dijo a Taísia, regañaba en secreto a su hijo, pero los secretos no paran en el pueblo. La esposa lo supo por Valentina. Ni lágrimas ni súplicas lograron cambiar a Yuri. Seguía con sus aventuras, pero nunca pensó en marcharse de casa. Le convenía: mujer, hijos, madre y hogar asegurado, y también otra mujer fuera para sus placeres. Ana regañaba abiertamente a Yuri, intentaba hacerle entrar en razón. Pero ¿qué hombre adulto escucha a su madre? Él gritaba, que no metiera la nariz en sus asuntos. —Trabajo para la familia, traigo dinero y ahora me culpáis las dos. Solo creéis los rumores. Antes no abusaba, y ahora dejó de beber por completo Pasaron los años. Los hijos crecieron. La mayor, Vera, se casó en la ciudad donde estudió en el instituto y se quedó allí. El hijo también estudió fuera y se casó con una chica local. La pequeña Aris termina el colegio y quiere irse al distrito. Yuri se calmó, ya no sale, sólo trabajo y casa. Para colmo, la salud le falla. Ya ni bebe, y antes tampoco era dado a ello. —Taís, el corazón me da punzadas, me duele la espalda —se queja—. Los tobillos me duelen, ¿serán los huesos? ¿Voy al médico del distrito? A Taísia no le da pena. Lleva años con el alma endurecida, tantas lágrimas y decepciones por Yuri mientras él no paraba. —La salud le falla, así sí se queda en casa y se queja —pensaba—. Que lo cuiden sus antiguas amigas. Ahora que se apañe. Ana murió, la enterraron junto a su marido. La casa de Yuri y Taísia quedó en silencio. A veces vienen los hijos y nietos. Los dos se alegran. El padre se queja de la salud, hasta echa la culpa a su esposa por no cuidarle. La hija mayor trae medicinas y se desvive por el padre, y reprocha a la madre: —Mamá, no riñas a papá, está enfermo —Taísia se resiente, la hija se pone de parte de él. —Hija, la culpa es suya, vivió demasiado intensamente y ahora quiere lástima. Yo también sufrí y mi salud se resentió por tanto disgusto —protesta la madre. El hijo anima al padre, habla sobre todo con él, es normal, son hombres. Los hijos parece que no entienden a la madre cuando les cuenta que su padre la engañaba y ella aguantó por ellos. No quería dejarles sin padre. ¿Y qué le decían en respuesta? —Mamá, no remuevas el pasado, no amargues a papá —decía la hija mayor, el hijo también la apoyaba. —Mamá, lo que pasó, pasó —le consolaba él y la acariciaba. Taísia se resiente un poco porque sus hijos están del lado de él, pero lo entiende y no se lo toma a mal. Así es la vida. Gracias por leer, suscribirte y por tu apoyo. ¡Te deseo mucha suerte en la vida!

No revuelvas el pasado

A veces, Isabel reflexiona sobre su vida, ahora que ha sobrepasado la barrera de los cincuenta años. Nunca ha podido llamar a su matrimonio feliz, y todo por culpa de su marido, Javier. Al principio, de jóvenes, se casaron enamorados, se adoraban mutuamente. Cuando aquel cambio en Javier sucedió, Isabel no se dio cuenta de cuándo ocurrió.

Vivían en un pueblo de la provincia de Salamanca, en la casa de la suegra, Carmen. Isabel ponía todo de su parte para que hubiera calma en el hogar, respetaba a Carmen, que siempre le mostraba cariño. Su propia madre vivía en el pueblo de al lado, junto a su hijo pequeño, y padecía problemas de salud con frecuencia.

Carmen, ¿qué tal con tu nuera, Isa? preguntaban las vecinas cuando se encontraban en la fuente o en la tienda del pueblo, o a veces por la calle.

Qué voy a decir de Isa, es respetuosa, sabe llevar la casa, se maneja bien con el campo, me ayuda en todo respondía siempre la suegra, con orgullo.

Ay, sí, como si fuera posible que todo fuera miel sobre hojuelas, nunca hemos visto a una suegra alabar a su nuera, no nos lo creemos replicaban las mujeres del pueblo.

Allá vosotras respondía Carmen, y seguía su camino.

Isabel tuvo una hija, Beatriz, lo que fue motivo de alegría para todos.

Isa, pues la Bea tiene mi aire le decía Carmen, buscando sus rasgos en la niña, pero la nuera se reía, pues le daba igual a quién se pareciese la niña.

Cuando Beatriz cumplió tres años, Isabel dio a luz a un niño. Volvieron las alegrías y revuelos típicos. Javier trabajaba duramente, Isabel se ocupaba de los hijos, y la suegra colaboraba mucho en todo. Vivían bien, quizá mejor que otros, tranquilos y callados. Javier no bebía, como sí lo hacían otros del pueblo. Algunas mujeres salían a buscar a sus maridos detrás del centro social, donde solían beber y olvidar el camino de vuelta a casa. Entonces sus esposas los arrastraban como podían, maldiciendo todo lo habido y por haber.

Estando Isabel embarazada del tercer hijo, le llegó la noticia de que Javier le era infiel. En los pueblos no existe secreto que los chismosos no acaben por contar, y pronto se supo lo de Javier y Teresa, la viuda. No tardó en venir la vecina María a contarle todo.

Isa, llevas dentro el tercer hijo de Javier, y él… soltó una grosería es un desagradecido, anda detrás de otras.

María, ¿de verdad? Yo no he notado nada raro replicó Isabel, sorprendida.

¿Y cuándo vas a notarlo? Con dos críos, otro en camino, la casa, la suegra, el campo… Si no tienes tiempo. El pueblo entero sabe lo suyo con la viuda. Y, total, Teresa ni lo esconde.

Isabel se entristeció al oírlo; Carmen también lo sabía, pero callaba, temía que su nuera lo descubriera y le daba pena. Varias veces riñó a su hijo Javier, pero él siempre zanjaba las reprimendas rápido.

Madre, no hagas caso de habladurías, seguro que las mujeres inventan, es lo que tienen.

Un día, María llegó corriendo.

Isa, tu Javier acaba de entrar en casa de la viuda, lo he visto con mis propios ojos, iba camino de la tienda. ¿De verdad quieres quedarte sola con tres hijos? Ve y arráncale las greñas a esa descarada. Estás embarazada, Javier no se atrevería a tocarte le aconsejaba la vecina.

Isabel sabía que no tenía valor para enfrentarse a Teresa, mujer avispada y pendenciera. Su marido murió ahogado en el Tormes, por culpa del vino, vivían a gritos y golpes constantes, lo que la había endurecido mucho. Tras pensarlo, fue a buscar a su marido.

Voy a mirarle a la cara, a ver qué dice. Siempre niega todo, culpando a las mujeres de chismosas le confesó a Carmen, pero su suegra intentó disuadirla.

Isa, con el embarazo, por Dios… cuídate.

Era pleno otoño, y ya había anochecido. Isabel llamó a la ventana de Teresa y esperó a que saliera. Pero la viuda, desde dentro, le contestó por la puerta cerrada.

¿Qué quieres, por qué das golpes a la ventana?

Abre la puerta, déjame pasar. Sé que mi Javier está aquí, me lo han dicho proclamó la esposa, alto y claro.

Sí, sí, ahora mismo te abro Anda, vete a tu casa y deja de hacer el ridículo, Isa la oyó reír al final.

Al cabo de un rato, se fue resignada de vuelta. Sabía que Teresa jamás le abriría. Javier volvió de madrugada, borracho. No bebía mucho, pero a veces caía.

¿Dónde estabas? Sé que andas con Teresa, bebiendo juntos. Fui a su casa y ni se dignó a abrirme Tú lo sabes mejor que nadie.

Qué cosas se te ocurren protestó él , no he estado allí. Estaba con Manuel, el cojo, nos pusimos a charlar y se nos pasó el tiempo.

Isabel no creyó nada, pero guardó silencio, no era de armar escándalo. ¿Qué más podía hacer? Como se dice aquí, “si no te pillan, no eres ladrón”. No durmió aquella noche, pensaba:

¿A dónde iría con dos hijos, otro casi nacido? Mi madre enferma, y mi hermano con su familia y tres niños, apenas caben en su casa. ¿Cómo íbamos a apañarnos?

Su madre siempre le decía, cuando se quejaba de los deslices de Javier:

Hay que aguantar, hija. Ya estás casada y tienes hijos, resiste. ¿Crees que conmigo fue fácil? Tu padre bebía y nos echaba, ¿recuerdas cuando nos escondíamos en casas ajenas? Dios dispuso lo suyo y se lo llevó. Yo soporté mucho. Pero al menos tu Javier ni bebe tanto ni te pega. Las mujeres, hija, hemos nacido para aguantar.

Aunque Isabel no estaba del todo de acuerdo, entendía que no podía marcharse de casa. Carmen también intentaba animarla.

Hija mía, ¿adónde vas a ir con los niños? Pronto tendrás otro. Entre las dos, saldremos adelante con Javier.

A la tercera niña, la llamaron Luz. Nació débil y enfermiza, según parece, por las penas que Isabel había sufrido durante el embarazo. Con los años, la niña se volvió más tranquila, y Carmen le prestó mucha atención.

Isa, ¿sabes lo último? volvió corriendo María, que siempre llevaba y traía chismes por todo el pueblo Teresa ha recogido a Miguel, al que la mujer echó de casa.

Pues que lo haya hecho, que Dios la guarde contestó Isabel, aunque por dentro se alegró: su marido dejaría de ir allí.

Pero al mes, vino otra vez María.

Miguel se ha ido de casa de Teresa, volvió con su esposa soltó la noticia como quien da el parte , así que Teresa volverá a buscar hombre. Vigila a tu Javier, que igual le da por volver a sus locuras advertía, entre susurros.

Volvió la calma para Isabel y Javier, y Carmen se alegró también. Pero hay hombres que llevan el diablo dentro y no pueden estar tranquilos.

Un día Carmen se cruzó en el mercado con su vieja amiga, Felisa.

Carmen, ¿y a quién habrá salido tu Javier? Isa es buena, guapa, madre estupenda, tú misma lo dices. ¿Qué más busca?

¿Qué me dices, Felisa, no estará Javier otra vez tonteando por ahí?

Tontea, claro que sí… Lo tiene todo, viven bajo tu ala, bien comidos y cuidados. Ahora va con Verónica, la divorciada que trabaja en la cantina.

Carmen no le decía nada a Isa, que ya intuía los sucesos por los avisos de María. Ni lágrimas ni ruegos surtían efecto, Javier seguía con sus aventuras. Eso sí, nunca pensó en abandonar a su familia; sabía que no podría dejarles. Pero tampoco fue nunca fiel. Le resultaba cómodo: casa y vida ordenada, mujer, hijos, madre, y una amiga fuera para entretenerse.

Carmen ya le regañaba sin tapujos, pero ¿qué hombre adulto hace caso de su madre? Javier le gritaba que no se metiera más en su vida.

Madre, trabajo por la familia, traigo euros a casa, y vosotras dos me acusáis. ¡Os creéis los cotilleos del pueblo! se defendía él.

Años pasaron. Los hijos crecieron. La mayor, Beatriz, se casó en la ciudad, donde estudiaba en la universidad, y allí se quedó con su marido. El hijo terminó la carrera en Salamanca y también se casó con una joven de allí.

La pequeña, Luz, está por acabar el colegio y quiere marcharse también a la capital. Javier, por fin, ha asentado la cabeza. Ahora no sale de casa, apenas va a la plaza, y la salud empieza a flaquearle. Ya ni prueba el vino, y antes apenas lo hacía; pero ahora ni por costumbre.

Isa, el corazón me da vuelcos, me llega hasta la espalda después de un tiempo, Isa, me duelen las rodillas, ¿serán los huesos? Igual tengo que ir al médico del centro.

A Isabel no le da pena su marido. Su alma quedó endurecida por tantas lágrimas y decepciones antes de que Javier cambiara.

Ahora que la salud tirita, se queda quieto en casa y se queja pensaba ella , que vaya y se queje a sus antiguas… Que ahora se ocupen de él.

Carmen falleció hace tiempo, la enterraron junto a su marido. La casa de Isabel y Javier se llenó de silencio. De vez en cuando los hijos y nietos vienen de visita. Los dos se alegran. Javier se queja ante los hijos de sus males, y hasta acusa a Isabel de no cuidarlo. Beatriz trae medicinas, se preocupa por su padre y dice, incluso a su madre:

Mamá, no te enfades con papá, está malito a Isabel le duele, su hija toma partido por Javier.

Hija, él es responsable de sus propios achaques. Tuvo su juventud demasiado revuelta, y ahora quiere que le compadezcan. Yo tampoco soy de hierro, y casi perdí la salud por los disgustos que él me dio intentaba justificar la madre.

El hijo también procura animar al padre cuando viene, y habla más con Javier, cosas de hombres

Los hijos como si no comprendieran a su madre, cuando ella les quiso contar todo lo que sufrió por culpa de la infidelidad de su padre, cómo aguantó por ellos, cómo le dolía. Pero sólo respondían:

Mamá, no revuelvas el pasado, no amargues a papá decía Beatriz, y su hermano lo apoyaba.

Mamá, lo que fue, fue decía el hijo, dándole una palmadita en el hombro para calmarla.

Y, aunque a Isabel le duele un poco que sus hijos estén más cerca del padre, los comprende y no se lo toma a mal. Así es la vida.

Gracias por leer, por seguirme y por vuestro apoyo. ¡Mucha suerte en la vida!

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MagistrUm
No remuevas el pasado Taísia reflexiona a menudo sobre su vida al sobrepasar los cincuenta años. No puede decir que su matrimonio haya sido feliz, especialmente por su esposo Yuri. Se casaron jóvenes por amor, ambos enamorados, y sin darse cuenta un día todo cambió. Vivían en una aldea en la casa de su suegra Ana. Siempre procuró que reinara la paz, respetaba a su suegra y ésta la trataba con cariño. La madre de Taísia vivía en el pueblo vecino con el hermano menor y enfermaba con frecuencia. —Ana, ¿cómo te llevas con tu nuera Taís? —le preguntaban las cotillas al cruzarse en el pozo, en la tienda o por el camino. —De Taís no puedo decir nada malo, es respetuosa, todo lo sabe hacer y lleva muy bien la casa. Me ayuda en todo —respondía siempre la suegra. —¡Vamos, claro que sí! Como si la suegra alguna vez hablara bien de la nuera. No nos lo creemos —respondían las vecinas. —Allá vosotras —zanjaba Ana y seguía su camino. Taísia tuvo una hija, Vera, todos estaban felices. —Taís, la pequeña Vera se parece a mí —la suegra buscaba sus rasgos en la nieta, la nuera reía y le era indiferente a quién se pareciera la niña. Cuando Vera cumplió tres años, Taísia tuvo un hijo. Más alegrías en casa. Yuri trabajaba, Taísia se quedaba con los hijos, y la suegra ayudaba en todo. Vivían tranquilos, quizás mejor que otros. El marido no bebía, a diferencia de otros hombres del pueblo. Algunas mujeres iban a buscar a sus esposos detrás del casino, allí bebían tanto que no podían volver a casa, y ellas los arrastraban entre insultos y lamentos. Ya embarazada del tercer hijo, Taísia descubrió la infidelidad de Yuri. En el pueblo no hay secretos, pronto corrió el rumor sobre Yuri y Tania, la viuda. La vecina Valentina vino a contárselo. —Taís, llevas el tercer hijo de Yuri y él… —dijo bruscamente —es un desagradecido, va de mujer en mujer. —¿De veras, Valen? No había notado nada raro —se sorprendió la mujer. —Claro, ¿cuándo vas a darte cuenta? Dos niños, el tercero en camino, la casa, la suegra, la finca. Él vive a su aire. En el pueblo todo el mundo sabe que tiene líos con Tania, y ella no lo esconde. Taísia se disgustó, la suegra también lo sabía pero callaba, temía que la nuera lo supiera y sentía pena por ella. Regañó varias veces a su hijo, que se justificaba diciendo que eran rumores de mujeres. Una tarde Valentina volvió corriendo. —Taís, tu Yuri acaba de entrar al patio de Tania, lo vi yo saliendo de la tienda. ¿Quieres quedarte sola con tres niños? Ve con esa descarada y arráncale los pelos. Estás embarazada, Yuri no se atreverá a tocarte —la incitaba. Taísia sabía que no tendría valor para pelearse. Conocía a Tania, vivaz y conflictiva, su marido se ahogó borracho en el río y vivían mal, con peleas diarias. Tania era dura, sabía defenderse. Igual, pensó y fue. —Voy a mirar a los ojos a mi Yuri y a descubrir la verdad. Él dice que son habladurías —le confesó a su suegra, que intentaba disuadirla. —Taís, ¿adónde vas con tripa? Cuídate… Era finales de otoño, ya oscuro. Tocó la ventana de Tania esperando que saliera, pero desde dentro le contestó. —¿Qué quieres? ¿Por qué tocas? —Ábreme la puerta, sé que mi Yuri está contigo, me lo han contado. —Ahora mismo, sí, corre que te abro —oyó cómo reía Tania, pero no abrió. Tras esperar un rato, se fue a casa con la certeza de que no abriría. El marido volvió borracho de madrugada. Rara vez bebía, pero alguna vez sí. La esposa no dormía. —¿Dónde has estado? Sé que andas con Tania, ya fui y no abrió la puerta. Lo sabes bien. —¿Por qué inventas? No estuve ahí. Bebí con Genaro el cojo, se nos pasó el tiempo. Taísia no le creyó, pero no discutió, era tarde y no le gustaban los escándalos. ¿Qué podía hacer? “No hay delito sin pruebas”, pensó. Pero no durmió, inquieta. —¿Dónde voy con dos pequeños y el tercero en camino? La madre enferma, el hermano con familia e hijos… No cabremos todos. La madre le repetía, cuando se quejaba de los engaños: —Aguanta, hija, ya que te casaste y tienes hijos. ¿Crees que fue fácil con tu padre? Bebía y nos pegaba, lo recuerdas. Dios se lo llevó, pero aguanté. Por mucho que tu hombre no beba ni te pegue, siempre ha sido cosa de mujeres aguantar. Taísia no estaba del todo de acuerdo, pero sabía que no podría dejar a su esposo. La suegra también la consolaba. —Hija, ¿a dónde vas con los niños? En todo caso, entre las dos podremos controlar a Yuri. La tercera, Aris, nació delicada y enfermiza, seguro por los disgustos pasados durante el embarazo. Con el tiempo se calmó, la suegra se volcó en ella. —¿Has oído la última? —Valentina volvió con chismes— Tania ha metido a Miguel en casa, la mujer lo echó. —Que lo meta, me da igual —respondió Taísia, pero por dentro se alegró, su marido ya no iría allí. Pero al mes, otra vez Valentina. —Miguel volvió con la esposa, Tania buscará otro, y tú sujeta a tu Yuri, a ver si no vuelve a las andadas. Yuri y Taísia vivieron tranquilos un tiempo, la suegra estaba feliz. Pero si un hombre tiene inquietud, no se puede calmar cerca de su esposa. Un día Ana habló con su vieja amiga Anisia en el mercado. —Ana, ¿cómo salió tu Yuri? Taís es buena y guapa, tú misma la elogias. ¿Para qué busca más? —¿No me digas que Yuri sigue con otras mujeres? —¡Y bien que sigue! Vive a cuerpo de rey con vosotras, cuidado, comida… Ahora anda con Vera, la divorciada que trabaja en el comedor del pueblo. Ana no se lo dijo a Taísia, regañaba en secreto a su hijo, pero los secretos no paran en el pueblo. La esposa lo supo por Valentina. Ni lágrimas ni súplicas lograron cambiar a Yuri. Seguía con sus aventuras, pero nunca pensó en marcharse de casa. Le convenía: mujer, hijos, madre y hogar asegurado, y también otra mujer fuera para sus placeres. Ana regañaba abiertamente a Yuri, intentaba hacerle entrar en razón. Pero ¿qué hombre adulto escucha a su madre? Él gritaba, que no metiera la nariz en sus asuntos. —Trabajo para la familia, traigo dinero y ahora me culpáis las dos. Solo creéis los rumores. Antes no abusaba, y ahora dejó de beber por completo Pasaron los años. Los hijos crecieron. La mayor, Vera, se casó en la ciudad donde estudió en el instituto y se quedó allí. El hijo también estudió fuera y se casó con una chica local. La pequeña Aris termina el colegio y quiere irse al distrito. Yuri se calmó, ya no sale, sólo trabajo y casa. Para colmo, la salud le falla. Ya ni bebe, y antes tampoco era dado a ello. —Taís, el corazón me da punzadas, me duele la espalda —se queja—. Los tobillos me duelen, ¿serán los huesos? ¿Voy al médico del distrito? A Taísia no le da pena. Lleva años con el alma endurecida, tantas lágrimas y decepciones por Yuri mientras él no paraba. —La salud le falla, así sí se queda en casa y se queja —pensaba—. Que lo cuiden sus antiguas amigas. Ahora que se apañe. Ana murió, la enterraron junto a su marido. La casa de Yuri y Taísia quedó en silencio. A veces vienen los hijos y nietos. Los dos se alegran. El padre se queja de la salud, hasta echa la culpa a su esposa por no cuidarle. La hija mayor trae medicinas y se desvive por el padre, y reprocha a la madre: —Mamá, no riñas a papá, está enfermo —Taísia se resiente, la hija se pone de parte de él. —Hija, la culpa es suya, vivió demasiado intensamente y ahora quiere lástima. Yo también sufrí y mi salud se resentió por tanto disgusto —protesta la madre. El hijo anima al padre, habla sobre todo con él, es normal, son hombres. Los hijos parece que no entienden a la madre cuando les cuenta que su padre la engañaba y ella aguantó por ellos. No quería dejarles sin padre. ¿Y qué le decían en respuesta? —Mamá, no remuevas el pasado, no amargues a papá —decía la hija mayor, el hijo también la apoyaba. —Mamá, lo que pasó, pasó —le consolaba él y la acariciaba. Taísia se resiente un poco porque sus hijos están del lado de él, pero lo entiende y no se lo toma a mal. Así es la vida. Gracias por leer, suscribirte y por tu apoyo. ¡Te deseo mucha suerte en la vida!