Diario personal, 8 de mayo
Todavía me cuesta ordenar lo que siento después de todo lo que ha ocurrido en nuestra familia. Cuando mi marido y yo recibimos la noticia de que nuestro hijo, Javier, se casaba, la ilusión fue inmensa. Queríamos que este momento fuera realmente especial y planeamos, a espaldas de los demás, regalarle un piso en Madrid. Cuando se lo contamos, no cabía en sí de felicidad; enseguida se lo fue diciendo a todos sus amigos. Parecía que nada podía salir mal en una época tan feliz.
Pero entonces todo se torció de forma inesperada.
Nuestra hija, Carmen, fue trasladada al hospital directamente desde su trabajo. Cayó enferma de repente y, en cuanto nos llamaron, fuimos corriendo al hospital. Tras unas pruebas, los médicos nos informaron de que tenía un tumor y que había que operar sin perder tiempo. Nos hacía falta mucho dinero, y todo tan de repente… Menos mal que le detectaron el problema a tiempo.
Resultaba imposible comprarle un piso a Javier dadas las circunstancias. Toda nuestra energía y recursos debían ir a salvar la vida de Carmen. Afortunadamente, nuestra familia y amigos, con esa forma tan nuestra de no fallar nunca en los momentos difíciles, se volcaron con nosotros. Algunos nos dieron dinero sin siquiera plantear devolución, otros nos ayudaron de todas las formas posibles Entre todos logramos reunir rápidamente la cantidad necesaria para la operación.
Lo que jamás imaginé fue la reacción de Javier. Cuando le explicamos la situación, me soltó, sin reparo:
¿Y el piso? ¡Me prometisteis que me lo regalaríais! Me estáis destrozando la vida.
Me quedé helada. No podía creer que mi propio hijo dijera algo así. ¿Cómo podía ser tan egoísta? Carmen es su hermana, han crecido juntos en nuestra casa, compartiendo tantas cosas ¿De verdad podía poner al mismo nivel la operación de su hermana y el regalo del piso? No hallaba palabras, estaba tan herida Pero Javier siguió insistiendo:
¿Por qué ella lo tiene todo y yo nada?
No aguanté más y le grité, le dije que no quería verle, que sus palabras eran una puñalada. Hizo las maletas y se fue directamente a casa de su prometida. Estuvimos sin hablar durante dos semanas.
En ese tiempo, Carmen fue operada. Gracias al cielo, todo salió bien, y a las pocas semanas pudimos traerla de vuelta a casa. Nunca le conté nada sobre el comportamiento de Javier; su salud era lo más importante y no quería que le afectaran esas cosas. Lo que más me dolió fue que Javier, en todos esos días, ni siquiera llamó para preguntar por su hermana. Parecía que, para él, un piso era más valioso que los lazos familiares.
No sé cómo reparar este dolor ni si podré mirar a Javier de la misma manera. Solo espero que, algún día, recapacite y entienda lo que de verdad importa en esta vida.







