EL REGALO DE LUNA
La perra Luna había aullado toda la noche, impidiendo que su dueña descansara. Cuando la mujer abrió la puerta del refugio al alba, se quedó paralizada de terror.
La tormenta había sido una furia desbocada, como si la propia tierra descargara su ira. La lluvia caía a chorros, intentando lavar la injusticia y el olvido. Los relámpagos desgarraban la oscuridad con destellos cegadores, y el trueno retumbaba como si el suelo temblara bajo cada golpe.
Los árboles se doblaban como seres vivos, sus ramas golpeaban los muros y el agua se desbordaba por los patios, convirtiéndolos en lagos. Parecía que el mundo se había sumido en el caos y nadie sabía qué encontraría la mañana siguiente.
Pero cuando los primeros rayos del sol se colaron por la cortina, todo quedó atrás. No quedó rastro de la tempestad, ni pista de la tormenta de la noche anterior. El cielo brillaba con una claridad azul como recién lavado, y el aire se volvió transparente y fresco, perfumado por la tierra mojada y la hierba que despertaba.
Alba, estirándose tras un sueño inquietante, salió al portal y respiró la mañana a bocanadas. Parecía que la naturaleza había renacido, y todo a su alrededor vibraba con una energía renovada.
Sin embargo, en su recuerdo surgió un instante extraño: en la mitad de la tormenta, su fiel compañera, la perra Luna, había empezado a aullar de forma melancólica, sin ladrar ni gruñir, como si percibiera un peligro inminente. Alba no le dio importancia entonces; tal vez el trueno la había asustado o había escuchado algo. Pero ahora, al mirar el patio, una inquietud la invadió.
Luna siempre la recibía en el portal, moviendo la cola, saltando y acurrucándose. Hoy todo era distinto: yacía dentro del refugio sin prisa por salir. El corazón de Alba se encogió. ¿Y si la tormenta le ha hecho daño? pensó. Un rayo tan fuerte podría haberla herido. Se acercó y la llamó en voz baja:
Luna, niña, ¿todo bien?
Desde la sombra del refugio surgió lentamente una cabeza con ojos tristes y alerta. Luna no salió corriendo ni saltó como de costumbre. Se quedó recostada, con las orejas pegadas a la cabeza, mirando a su dueña con una melancolía extraña, como guardando un secreto importante.
¿Qué te pasa, mi buena? susurró Alba, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
Al volver al interior, tomó un cuchillo y cortó unos trozos jugosos de chorizo, el manjar favorito de Luna. Quizá tenga hambre se dijo, pero ni el olor a carne la agitó. Luna no se movía. Parecía agotada, o quizá despertara en ella un instinto materno antiguo que le prohibía abandonar lo oculto bajo el refugio.
Alba frunció el ceño. Algo no cuadraba. Luna nunca se había comportado así. Incluso en la tormenta más intensa, siempre corría a su lado en busca de refugio. Ahora hacía lo contrario: se alejaba, defendía su espacio. En su cabeza giraban preguntas: ¿estará enferma? ¿La habrá mordido una serpiente? ¿Alguna enfermedad la acecha?
Sin perder tiempo, marcó al veterinario, el doctor Leonardo Márquez, a quien conocía desde hacía años. Él le prometió llegar lo antes posible.
Veinte minutos después, una vieja pero cuidada furgoneta se detuvo frente al patio. De ella descendió un hombre alto, canoso, con gafas y un maletín negro bajo el brazo. Leonardo no era sólo un veterinario; era un curandero que percibía a los animales como si escuchara sus gritos mudos.
¿Qué tenemos aquí? preguntó, mirando alrededor.
Alba le relató brevemente el extraño comportamiento de Luna. El doctor se acercó al refugio, se sentó en cuclillas y, con voz suave, llamó:
Luna, niña, sal. Entrégate al tío Leonardo.
Luna sólo gruñó enmudecida, aferrada a la pared. Nunca antes había gruñado a quien conocía. No sólo era raro, era aterrador.
Algo no encaja murmuró el doctor. Antes corría a mí como si fuera su familia. ¿Qué le habrá pasado?
Temo que esté enferma respondió Alba, con la voz temblorosa.
¿Un ácaro? ¿Alguna picadura? reflexionó Leonardo. Necesitamos examinarla.
Alba se acercó al refugio y, con delicadeza, tomó a Luna por el collar. El animal no se resistía, pero tampoco se apresuraba a salir. Cuando quedó claro que no podía escapar, la perra, con evidente descontento, salió lentamente, mirando atrás una y otra vez.
¡Algo se mueve allí dentro! exclamó el doctor, señalando el interior del refugio.
Alba corrió y se quedó paralizada. En el fondo del refugio, encogido como un puñuelo sobre una vieja manta, yacía un niño pequeño. Dormía abrazado a una muñeca sucia. Su rostro estaba pálido, los ojos llorosos, la ropa rota y empapada. No llevaba zapatos. Parecía haber sido abandonado, perdido entre la realidad y la pesadilla.
¿Qué es eso? susurró el doctor, incrédulo.
No es lo que, sino quién exclamó Alba. ¡Es un niño! No puedo sacarlo sola ¡Ayúdenme!
Ahora, ahora respondió Leonardo, ajustándose las gafas y mirando con cuidado dentro del refugio. Luna volvió a gruñir, pero Alba la tranquilizó:
Tranquila, Luna. No le haremos daño a nadie. Eres una heroína, lo has salvado.
Llevó a la perra al balcón, mientras el doctor, con manos temblorosas, levantó al niño. El pequeño se despertó, se frotó los ojos, miró asustado y sollozó en silencio.
Alba lo tomó en brazos. Era ligero como una pluma, como si nadie lo hubiera alimentado de verdad durante mucho tiempo. Llevaba una camiseta sucia con los bordes deshilachados, unos pantalones manchados y las piernas llenas de rasguños.
¿Quién eres, pequeño? preguntó suavemente.
El niño no respondió, sólo la miró con ojos grandes y temerosos, como esperando una bofetada.
Llamaré a la policía dijo Alba, dirigiéndose a la casa. No se deja a un niño así. Seguro lo están buscando.
El doctor la detuvo:
Espera. Conozco a ese niño. Es Román, hijo de Óscar de Óscar la delincuente.
Alba se estremeció. Óscar, la chica de la escuela que antes era alegre y ahora había caído en la oscuridad, asociada al mundo del crime, bebida fuerte y préstamos. Primera vez recibió una condena condicional, pero la volvió a romper robando al cartero y hurtando a los pensionistas. Tras la cárcel, tuvo a Román, quien fue entregado al orfanato.
¿La dejaron ir? preguntó Alba.
Sí, hace poco. Lo sacó del internado, pero no por amor. Sólo para demostrar que también es madre.
Alba sintió una amargura y furia crecientes. Recordó sus propios sueños de maternidad, las dos veces que había esperado un hijo y lo había perdido. Los médicos nunca sabían la causa; cada vez era como una puñalada en el pecho. Ahora tenía ante sí a un niño vivo, tembloroso, abandonado como una cosa sin valor.
Déjalo conmigo, por ahora declaró con firmeza. Lo alimentaré, lo calentaré, lo bañaré. Después lo llevaré a Óscar para que vea lo que hace con su propio hijo.
Preparó agua tibia, una toalla suave y jabón infantil, y lo lavó con una ternura que parecía propia. Luego lo vistió con su camiseta, lo envuelve en una manta y lo sentó a la mesa. El niño comía en silencio, rápido, como temiendo que le arrebataran la comida.
En ese momento entró en la casa Andrés, su marido. Alto, robusto, de ojos bondadosos.
Amor, ¿has preparado algo? Traje pan se quedó mirando al niño. ¿Y quién es?
Es Román, el hijo de Óscar. Lo encontré en el refugio de Luna.
Andrés miró al niño, luego a su esposa. Sabía lo mucho que ella sufría por no poder tener hijos. Cada vez que veía a otro bebé, algo se partía dentro de ella.
Entiendo dijo en voz baja. ¿Qué necesitas?
Compra calzado y ropa. Todo nuevo.
Andrés no hizo más preguntas. Salió, volvió una hora después con bolsas. No sólo trajo ropa; también una cochecita de juguete roja, reluciente. Román, por primera vez en mucho tiempo, soltó una carcajada.
Más tarde, cuando el niño se quedó dormido, murmuró:
No quiero ir a casa de mi madre
Duerme, pequeño le susurró Alba. Nadie te llevará a ningún lado.
Andrés abrazó a su esposa.
No quiere volver con ella. Yo lo entiendo.
Iré a ver a Óscar, averiguaré qué ocurre.
La casa de Óscar estaba medio derruida, con ventanas rotas y un olor a cerveza, tabaco y desesperación. Dentro reinaba la oscuridad, la suciedad y el vacío. Cuando Alba entró, una bocanada de humo la hizo carraspear.
¿Quién anda ahí? grió una voz ronca. ¿Hay alguna niña?
Óscar, soy Alba. Estudiamos juntas.
Ah no te reconocí. ¿Qué buscas?
Tu hijo está conmigo. Lo encontré en el refugio. Venía sin zapatos, hambriento, aterrado.
¿Y qué? ¿Que ande libre? ¿Dónde ha dormido?
¡Eres madre! ¿Cómo puedes decir eso?
¿Y tú quién eres para decirme qué hacer? gritó Óscar. ¡Devuélveme a mi hijo! ¡Si no, le doy una correa!
No volverá a ti replicó Alba, mirándola directamente a los ojos. Llamaré a la policía. Un niño no debe crecer en ese infierno.
Óscar se quedó inmóvil.
Espera no llames a la policía Sólo tengo a él, mi sangre
Entonces cuida el hogar, pon orden, vive como gente. Entonces hablaremos.
Pasó una semana sin que nadie apareciera. Alba volvió y encontró una escena desgarradora: Óscar yacía en la cama, sin signos de vida, víctima de una resaca mortal. Su corazón no pudo resistir.
Alba y Andrés lo enterraron. Tras esa tragedia, decidieron adoptar a Román como su hijo.
Tras meses de inspecciones, interrogatorios y análisis, los servicios sociales dieron el visto bueno. Román se convirtió en su hijo.
Dos años después, la primavera volvió a florecer. En el patio jugaba Román, ya notablemente mayor, riendo y correteando con los cachorros de Luna, la perra que lo había salvado aquella noche tormentosa.
¡Cuidado, hijo! gritó Alba.
Nada, los niños adornan al hombre bromeó Andrés, ajustando el gorro de su hija, Dariana, que había nacido un año antes.
La pequeña sonreía, balbuceando en su propio lenguaje infantil mientras observaba a su hermano. En ese instante la felicidad se completó. Eran una familia, verdadera, no sólo de sangre, sino también de corazón.
Así termina esta increíble historia de humanidad, compasión y amor.







