Mientras no llegaba el autobús
Finales de octubre en Madrid tienen ese aire denso y frío, un susurro de hojas caídas y la promesa perdida de la primera helada. Aquel atardecer, Jimena, envuelta en un pañuelo inmenso de cuadros, pisoteaba el bordillo de la parada en la Gran Vía, mirando con anhelo el desfile lento de coches, luces y neblina. Su móvil, inexplicablemente, se negaba a captar señal alguna, y en su mente sonaba una melodía pegajosa de una serie vista la noche anterior. Ella había perdido el autobús. Otra vez.
No estaba sola. A su lado se hallaba alguien más. Un chico. Le divisó de reojo: manos en los bolsillos del abrigo, erguido sin pretensión, mirada observadora en vez de perdida. No miraba la carretera, sino el nido de urracas en las retorcidas ramas de un plátano enfrente. Jimena, casi sin querer, siguió su mirada. Las aves apuradas traían palitos y hojas, reforzando su refugio para el invierno que amenazaba.
Seguro que también hay atasco en ese nido, murmuró él, su voz serena, sin mirarla directamente. Y siempre hay una urraca que llega tarde.
A Jimena se le escapó la risa, suave y repentina.
Y seguro que pierde el pico en el túnel de la Castellana, añadió ella.
Él, entonces, giró por fin hacia ella y le dedicó una sonrisa cálida, cercana.
Diego.
Jimena.
El autobús nunca llegaba. Permanecieron quietos en la parada. No era ya el silencio solitario de antes, sino uno compartido, cómodo, sin prisa. Al poco tiempo llegó el número que debía tomar y, con un punto de pena, Jimena se encaminó hacia la puerta.
Mañana seguro que hiela, le lanzó Diego al despedirse.
Llevaré té en un termo, entonces, asintió ella, entrando al vehículo.
El mañana” volvió a reunirlos en la misma parada, a la misma hora, sin necesidad de mensajes. Jimena sostenía entre las manos un termo humeante de té verde. Diego le tendió una bolsita pequeña con dos mini napolitanas de chocolate.
Por si hacían falta para la digestión cultural, explicó, enigmático.
Así comenzó su ritual de espera. Nunca pactaban nada. Coincidían allí a eso de las seis y media, si ambos se retrasaban saliendo del trabajo. Si el autobús era puntual solo compartían un par de frases; si tardaba, entonces hablaban de todo: de jefes absurdos, sueños extraños, de por qué la piña en la pizza es casi un delito (coincidían) y sobre qué música es la mejor para las tardes de otoño (aquí discutían).
Hasta que un día Diego no apareció. Ni al siguiente tampoco. Jimena se sorprendió a sí misma mirando, no ya a la carretera, sino al nido de urracas, ahora vacío y apagado. Le invadió un hueco insólito, un desasosiego blando y real.
A la semana, ya en noviembre, Diego estaba de nuevo en su sitio. El rostro pálido, ojeras violetas.
Mi padre, en el hospital, dijo a modo de excusa. Ahora ya está mejor, gracias a Dios.
Se quedaron uno junto al otro en silencio. Ella, con cuidado, tomó su mano. Él se sobresaltó, pero no se apartó; sus dedos estaban helados. Jimena los atrapó entre los suyos, cálidos.
Vamos, susurró entonces. Hoy el autobús puede irse sin nosotros. Ven, tomemos un chocolate caliente con mucha espuma. Y dos napolitanas para compartir.
A partir de entonces, el trayecto cambió. Dejaron de esperar para caminar hacia una pequeña pastelería, de esas con aroma perpetuo a vainilla y canela, donde encontrar un rincón tibio y seguro.
Al principio, simplemente compartían el chocolate y charlaban de naderías. Luego, la conversación se fue volviendo vasta, pausada, como quien deja de oír el tic tac del reloj porque ha encontrado el espacio y la mirada del otro.
Descubrió Jimena que Diego no era solo ingeniero de caminos y arquitecto de puentes. Él narraba historias de sus obras como si fueran criaturas vivas, cada uno con su personalidad peculiar.
El de la M-30 es testarudo. No soporta los tráileres: cruje cada vez que pasa uno. El de la entrada de Alcalá es un niño, todavía tembloroso con el peso, decía, dibujando líneas invisibles en el cristal empañado de la pastelería.
Jimena le escuchaba con asombro, viendo la poesía donde otros verían únicamente hormigón y fórmulas. Preguntaba: «¿Y el puente donde nos quedamos esperando el bus? ¿Cuál es su carácter?» Y Diego, tras meditar, respondía: «Es un romántico. Hecho para paseos lentos y palabras susurradas».
Ella tampoco era solo chica que escribe textos en internet. Era coleccionista de lazos invisibles. Caminando por Malasaña con Diego, podía imaginar y decir:
¿Lo oyes? El aroma de sopa de acelgas viene de ese tercer piso. Allí vive la abuela Angustias, que la prepara siempre los martes. También se escucha el piano del piso de arriba, aprendiendo Für Elise… Siempre se equivocan en la misma nota.
Diego, hombre de números y planos, empezó a oír y notar el Madrid que nunca había percibido. Distinguía el color de las cortinas en las ventanas, compartía sus nuevas observaciones con Jimena.
Empezaron a visitarse en casa. Diego admiraba, un poco intimidado, el caos artístico del escritorio de Jimena: torres de libros, post-its de mil colores, una taza de té con hierbabuena marchita. Probó sus galletas de jengibre por primera vez y entendió que hogar es un sabor concreto y mullido.
En la pulcra casa de Diego donde el gran ventanal era el único lujo Jimena encontró un álbum de fotos. En una, su padre, joven y sereno, arreglaba un reloj de pie, mientras un Diego niño, solemne, observaba en silencio reverencial.
Mi padre me enseñó lo básico, explicó Diego, contemplando la foto. Todo sistema complicado tiene detalles sencillos. Si algo falla, no temas: busca la pieza que esté rota y repárala.
¿Solo hablas de relojes? quiso saber Jimena.
También hablo de la vida, sonrió él, ladeando la cabeza.
Ambos, en vez de esconder sus aristas, iban quitando hoja tras hoja, como quien pela una cebolla para llegar a la parte tierna y vulnerable. Jimena confesó que escribía poemas, demasiado ingenuos para mostrar. Diego, enrojecido, admitió que fue a un club de literatura en la universidad, pero lo dejó por crecer demasiado deprisa.
Un invierno, Jimena enfermó. Fiebre, mocos, mal cuerpo. Diego no duda: apareció una tarde cargado con limones, miel, infusiones y un poemario de la autora que mencionó Jimena tiempo atrás.
No sabía qué hacía falta, balbuceó, encogido en el umbral. Así que traje todas las piezas posibles, por si había que reparar el sistema.
Jimena, destemplada, rió primero y luego lloró de pura gratitud, porque por primera vez alguien estaba, de verdad, viendo su cansancio. No solo la capa de energía que mostraba a diario, y sin asustarse.
Y así dejaron de ser la chica del pañuelo y el chico de la parada para ser Jimena, que solo bebe té en la taza azul, y Diego, que cuando calla mirando la lluvia, lo que hace es poner orden en su cabeza.
Para el otro se convirtieron en algo más que un refugio amoroso: eran tierra firme en una ciudad frecuentemente inhóspita. Un lugar al que volver siempre, aunque perdiesen todos los autobuses del mundo.
Pasó el tiempo. Un año y dos meses después de la primera parada, Diego propuso, sudando frente a una taza de chocolate en la Pastelería La Mallorquina:
Jime, tengo una proposición. Pero contéstame con calma…
Ella dejó la cucharilla en suspenso.
Mira, mi bisabuela vive en un pueblito de Segovia. Me espera cada Nochevieja. Hay nieve de verdad hasta media pierna, una chimenea y gansos que atacan si te descuidas. Ella quiere que vaya con esa chica de la que siempre hablas. Diego le miraba, pequeño y vulnerable. No es un balneario, el WiFi solo se pilla cruzando la plaza, y hace un frío que pela. Puedes decirme que no.
Jimena, primero seria, fue ensanchando la sonrisa hasta reír con los ojos.
¿Gansos agresivos? ¿Nieve de verdad?
Nieve que suena al pisarla, como los vinilos antiguos, prometió él.
¿Chimenea? ¿Verdadera?
El corazón de la casa, aseguró Diego.
Entonces, confirmó Jimena, prepara la lista y explícame cómo sobrevivir al ataque de los gansos segovianos.
El pueblo nevado superó todas las expectativas. El aire sabía a anís y azúcar quemado. La bisabuela, Petra, menuda y despierta, acogió a Jimena como si fuera nieta suya: la atiborró a rosquillas, le prestó un abrigo de piel y la mandó con Diego al pinar a por muérdago.
La cena de Nochevieja era sencilla y gloriosa. Celebraron las campanadas con cava barato y, aún en la mesa, la abuela brindó por la salud de los jóvenes y desapareció, guiñando un ojo, dejándolos solos ante el resplandor de la chimenea y la soledad cómplice.
Tras la cena, sobrevino un silencio tan perfecto que solo lo rompía el chisporroteo de la leña y el parpadeo de las luces de Navidad. Todo el mundo parecía estar lejísimos, salvo ellos dos, resguardados en aquel refugio chispeante y diminuto.
Diego se levantó, atizó la chimenea y se giró hacia ella, los ojos centelleando entre las sombras.
¿Sabes? murmuró, ronco de emoción. Al ir hoy a por muérdago contigo y verte tropezar entre la nieve, lo supe todo con claridad.
¿Qué supiste? inquirió Jimena.
Que esa estampa tuya, con la pelliza de la abuela, la nariz roja y la risa de campanilla… Ese ya es, para mí, el único puente que importa. Más que cualquier ciudad, obra o plano.
De rodillas, sacó una cajita de terciopelo del bolsillo del jersey. Tomó la mano de Jimena, los dedos ahora cálidos y temblorosos.
Jimena, chica de la parada, alumbradora de mi mundo. ¿Quieres casarte conmigo? ¿Construir juntos lo que venga, con tus versos, mis planos, las rosquillas de la abuela y todo lo que nos depare el camino?
Jimena, llorando y riendo, asintió. Era el sí más fácil y contundente de su vida. Cuando Diego deslizó el anillo exacto en su dedo, en el cielo nevado de Segovia estalló el primer fuego artificial del año. Sus reflejos flotaban en el cristal escarchado y en sus ojos, ya uno solo encajando en el sueño invernal.
Dentro de aquella casa, la luz era rotunda. Ya no titilaba como los faroles de la parada. Era tan firme y prometedora como el anillo dorado. Su viaje, que había empezado entre ráfagas de aire frío y esperas en la ciudad, los llevó al fuego, al calor del hogar compartido.
Y allí sabían, sin palabras, que construirían juntos todos los puentes. Porque lo esencial ya estaba unido: sus corazones, que supieron encontrarse precisamente porque, una vez, ambos llegaron tarde al autobús.







