¿Me echas un favor con 50 euros? No tengo pasta y el coche está sin gasolina terminó el mensaje de voz de mi colega.
Almudena abrió la aplicación del banco sin decir nada, pulsó el botón de transferencia y, en un segundo, cincocientos euros volaron a la cuenta de Luis. Lo hizo antes de que terminara de formular la idea irritada que llevaba en la cabeza.
¡Gracias, sol! ¡Eres la mejor! llegó el mensaje de voz un minuto después.
Colgó el móvil y se quedó mirando el techo de su habitación. La mejor, claro. ¿Quién más le mandaría dinero a las once de la noche sin hacer preguntas? ¿Quién no le recordaría los tres mil euros que le prestó hace dos semanas?
Hace medio año todo era diferente. Luis, Margarita y Joaquín ganábamos casi lo mismo: más o menos cinco mil euros al mes, una miseria. Compartíamos la pizza a partes iguales, la cuenta del café la dividíamos entre los cuatro, nadie se metía con la pasta del otro. Y entonces Almudena defendió su TFG, le ascendieron y pasó a otro departamento.
Su sueldo se cuadruplicó. No se hizo a 1,5 ni a 2, sino a 4.
Al principio no se dio cuenta del cambio. Los primeros dos meses siguió como siempre: ahorraba para el día gris, compraba productos en oferta y contaba cada gasto como si fuera de mil euros. Era un hábito. En cambio, sus amigos lo notaron al instante, como si en su frente se hubiera encendido un cartel de neón: «Ahora soy millonaria, que empiece la fiesta».
Almudena se sentó en la cama, llevó las rodillas al pecho y recordó aquella noche, la primera reunión en su casa después del ascenso. Margarita llegó con una botella de refresco barato, Joaquín con una bolsa de patatas. Luis apareció con las manos vacías pero con una sonrisa de oreja a oreja.
Almudena pidió sushi, compró bebidas decentes, queso y fruta. Como siempre, dividió la cuenta entre los cuatro y la lanzó al chat grupal. Nadie pagó. Esperó un día, dos, una semana. Finalmente les mandó un recordatorio educado, con un emoticono sonriente.
Almudena, ¿qué te pasa? Ya no te falta ni una moneda le contestó Margarita.
Tranquilos, la próxima vez nos repartimos añadió Joaquín.
La siguiente ronda no llegó. O sí, llegó, pero volvió a pasar lo mismo: Almudena puso la mesa, los amigos vinieron, comieron y ella volvió a pagar todo sola. Después decidió preguntar directamente. Estaban en su cocina terminando la pasta que ella había cocinado durante dos horas.
Chavales empezó, ¿cómo vamos a repartir los gastos? He gastado unos cinco mil euros en todo.
Luis se atragantó con el vino, Margarita abrió los ojos de par en par y Joaquín fingió que estudiaba el diseño del mantel.
Almudena le dijo Margarita con ese tono que se usa con los niños consentidos, ahora eres rica. Para ti cinco mil euros son como quinientos para nosotros.
Exacto añadió Luis. No vas a empobrecerte y a nosotros ya nos aprieta bastante.
No seas tacaña, Almudena le dio una palmada Joaquín en el hombro. Somos amigos.
Amigos. Almudena asintió, sonrió y cambió de tema. No quería una pelea, no quería parecer la avarienta que cuenta cada céntimo pese a ganar seis cifras. Pero desde aquella noche empezó a invitarles cada vez menos, excusándose con el trabajo, el cansancio o planes. A veces mentía, solo para no sentirse usada.
Ir de compras con ellos se volvió una tortura. Cada vez alguien «olvidaba la cartera», «no había sacado efectivo», «había dejado la tarjeta en casa». Dos mil euros aquí, tres mil allá. Almudena siempre les sacaba del apuro, porque rechazarles resultaba incómodo con la fila detrás.
Nadie les devolvía el dinero. Jamás.
Llegó el día de Nochevieja. El treinta y uno de diciembre Almudena estaba en medio de su salón, contemplando la mesa puesta. Ensalada rusa, anchoas bajo abrigos, pollo asado, embutidos, mandarinas apiladas en una jarra de cristal. Todo bonito, todo festivo. Todo a su cargo.
No tenía intención de pasar la noche con ellos. Quería estar sola, ver alguna película cursi de Año Nuevo y acostarse a las dos de la madrugada. Pero sus amigos se presentaron sin avisar.
¡Almudena, cómo vas a estar sola en Nochevieja! Vamos, será divertido.
Tu piso es amplio, ¡cabe todo el mundo!
¿Nos vas a dejar tirados?
Acabó aceptando, porque todavía albergaba la esperanza de que hubieran cambiado, de que al menos se presentaran con algo o, al menos, le dieran las gracias.
El televisor murmuraba de fondo. Almudena acomodó la bola brillante del árbol artificial y miró el reloj. Once. Pronto llegarían.
El timbre del portero sonó a las doce y cuarto. Margarita irrumpió primero, envuelta en una nube de perfume empalagoso y brillantina.
¡Almudena! ¡Feliz año! ¡Te traigo un regalito!
Le siguieron Luis y Joaquín.
¡Menuda mesa! se lanzó Joaquín al sofá y se abalanzó sobre la ensalada rusa. Almudena, eres una máquina. No he comido nada desde la mañana.
Almudena sirvió copas, rellenó vasos y brindaron por el año que se iba, por el que venía y por la amistad. Sonreía, decía las frases correctas. Dentro, algo le retorcía, pero no lo dejaba salir. No ahora, no a diez minutos de la medianoche.
Cuando las campanadas resonaron, Almudena pidió un deseo: que el próximo año fuera más honesto.
¡Regalos! exclamó Margarita. ¡A verlos!
Almudena entregó los paquetes a sus amigos.
¡Toma, Almudena! Margarita le dio una bolsa.
Dentro había un gel de ducha con aroma a sandía.
¡Gracias! dijo Almudena, inspeccionando el envase. Sandía, qué mono.
¡De mí! Joaquín le pasó su paquete.
Calcetines rojos con renos. La etiqueta todavía colgaba: 120 euros.
Guay los apartó.
¡Y de mí! Luis le entregó una cajita.
Tres bolas de Navidad de plástico, con la pintura desconchada.
Almudena contempló sus regalos: gel, calcetines y bolas. El total no superaba los trescientos euros. Asintió para sí misma. Correcto. Todo bien.
Ahora van mis regalos dijo.
Margarita rompió su envoltorio primero. Dentro había una agenda, caramelos y unos calcetines con renos, pero más bonitos.
Joaquín recibió un kit de afeitado y dulces. Luis, una taza térmica y una bufanda.
Los tres estiraron sus caras al unísono, como ensayando.
¿Esto es todo? dijo Margarita, mirando la agenda. Almudena, ¿de verdad?
¿Qué quieres decir?
Pues agitó la agenda en el aire, ¿es este todo el regalo?
Almudena se recostó, cruzó las piernas.
Sí. ¿Algo te molesta?
Almudena intervino Luis, pensábamos que ibas a derrochar. Tú puedes permitirlo.
Yo os doy lo que vosotros me dais respondió firme, más o menos del mismo precio. Es justo.
¡Injusto! exclamó Margarita. ¡Ganas cien veces más que nosotras!
Cuatro veces. Pero eso no me obliga a gastar más en vosotros que vosotros en mí.
¡Obligada! saltó Margarita. ¡Los amigos deben compartir!
Almudena la miró de abajo hacia arriba, a la cara sonrojada, al brillo en el pelo, a los labios temblorosos de indignación.
¿Compartir? repreguntó. Yo llevo medio año pagando todo. Cada reunión, la cuenta es mía. No me devolvéis nada. Venís con las manos vacías y coméis mi comida. ¿Y ahora me decís que debo qué?
Eres tacaña tiró Joaquín. Solo que tacaña. Tienes pasta, pero actúas como una pobre.
Yo actúo como quien está harta de ser usada se levantó Almudena. Este año me debéis mucho. Ni un centavo habéis devuelto. La cena de hoy me ha costado quince mil euros. ¿Nos habéis echado una mano? No. ¿Al menos habéis ofrecido algo? No. Venís, os sentáis y coméis.
¡Porque eres rica! gritó Margarita. ¡Para ti son centavos!
No importa si son centavos o millones. Lo que importa es que son MI dinero. Lo gané. No tengo por qué gastarlo en gente que me ve como un cajón con patas.
Silencio. Joaquín exhaló ruidosamente. Luis se volvió hacia la ventana. Margarita permanecía con manchas rojas en las mejillas, la agenda aún en la mano.
Has cambiado dijo ella, en voz baja. Antes eras normal.
Margarita arrojó la agenda al sofá.
Vámonos, chicos. No hay nada que hacer aquí.
Se levantaron sin decir nada, se pusieron chaquetas, se calzaron zapatos y se alejaron sin mirarla. Luis, al fin, se giró en la puerta.
Qué lástima, Almudena. Hemos sido amigos tantos años.
Amigos asintió ella. Y luego decidís que debería manteneros.
La puerta se cerró con estrépito. Los pasos en la escalera se desvanecieron. Almudena quedó sola en su piso, ondeando el aroma de la ensalada rusa y de los fuegos artificiales de bengala quemados.
Volvió a la mesa, llenó la copa, se tomó una cucharada de ensaladadeliciosa, con mayonesa casera, se comió dos mandarinas. El televisor mostraba la «Ironía del destino». Almudena sonrió, sacó el móvil y bloqueó primero a Margarita, luego a Luis y después a Joaquín. Los borró de sus contactos y eliminó los mensajes.
Esa amistad no pasó la prueba del dinero. Creía que los amigos seguirían siendo amigos, sin importar los ceros de su sueldo. Pero el dinero resultó ser como una tira de tornasol: muestra quién está por ti y quién está por tu cartera.
Terminó la ensalada, se envolvió en una manta y cambió de canal. Afuera alguien disparaba fuegos artificiales; destellos de colores iluminaban el cielo sobre los tejados. Los miró y sonrió, una sonrisa auténtica, sin fingimientos.
Esto no es el final. Encontrará a otras personas, a quienes les importe ella misma, con o sin pasta. A quienes no empiecen a calcular su salario ni a planear cuánto pueden sacarle.
Las mandarinas olían a fiesta y a infancia. Almudena peló otra, la partió en gajos y la llevó a la boca. Dulce, jugosa, perfecta.
Feliz año, Almudena. Con una vida nueva susurró a sí misma.







