El amor que se agarra de la mano incluso en el último instante

En los últimos meses de vida de mi abuela, Doña Carmen, cuando la casa se tornó más callada y el tiempo parecía frágil, fui testigo de algo que nunca había comprendido del todo. No fue un drama estruendoso, ni gestos grandilocuentes; se manifestó en pequeños instantes sostenidos, compartidos por dos personas que, durante casi sesenta años, se habían elegido cada día como un acto sagrado.

Siempre había visto a mis abuelos, Don José y Doña Carmen, como una pareja inseparable, cuyas rutinas parecían fundirse en una sola melodía. Pero no comprendí la profundidad de su vínculo hasta que, de pronto, sus papeles se invirtieron.

Gran parte del matrimonio, Doña Carmen dirigía el hogar con la precisión de un reloj. Se encargaba de la comida, la colada, los cumpleaños, las cuentas y las fiestas, cuidando cada detalle que mantenía fluida la vida familiar. Don José, por su parte, permanecía a su lado tranquilo, satisfecho de dejarla al mando; solíamos bromear diciendo que sin ella no sobreviviría ni una semana.

Sin embargo, la vida tiene su manera de subvertir nuestras certezas. Cuando la enfermedad golpeó a mi abuela, quien creíamos necesitaba más apoyo, fue él quien se convirtió en el sostén de ambos. Incluso el personal sanitario notó cuán firme permanecía.

Los primeros signos de la enfermedad se deslizaron sin alarde. Luego llegó el diagnóstico que ninguno de nosotros esperaba: cáncer. La quimioterapia le agotó las fuerzas. La mujer que antes cruzaba la casa con paso ligero ahora necesitaba descansar a mitad de habitación. El cuidador pasó a ser quien necesitaba cuidados.

Don José, sin saberlo, había estado preparándose para ese momento. Instintivamente dio un paso adelante. Después de cincuenta años evitando la cocina, comenzó a cocinar, hojeando libros de recetas y llamándome cada vez que algo no salía. Aprendió a usar la lavadora, repitiendo cada gesto en voz baja para no olvidar. La llevaba a cada consulta, le aferraba la mano en la sala de espera y le masajeaba los nudillos cuando temblaba. Las enfermeras murmuraban que desearían que todos sus pacientes tuvieran a alguien como él. Incluso los desconocidos se suavizaban al verlos juntos.

No quiso abandonarla. Cuando la ingresaron al hospital, él se quedó allí de mañana a noche. Cuando la trasladaron al hospicio, él la siguió, llevando su almohada favorita, arropándola y acariciando cada movimiento que hacía en la cama. Las enfermeras le sugerían descansar, pero la idea de que ella despertara sin él le resultaba insoportable.

Una noche, me llamó con la voz temblorosa, cargada de una esperanza tan frágil como un susurro. Me pidió que le ayudara a confeccionar carteles con la frase «Bienvenido a casa», convencido de que algún día se curaría. Reunió cintas, rotuladores y fotos antiguas, todo lo que podía arrancarle una sonrisa. Mientras trabajábamos sobre la mesa del comedor, vi sus manos temblar, no por la edad, sino por el amor que los movía.

En el hospicio se sentaba al pie de su cama, le acariciaba el rostro y trazaba los contornos que recordaba de toda la vida. Le hablaba, aunque ella ya no podía responder, vigilaba su respiración temiendo que se sintiera incómoda. Cada arruga en su cara hacía que sus ojos se llenaran de lágrimas; no podía soportar la idea de su sufrimiento.

«Está más bonita que nunca», me dijo una tarde, y en sus ojos ella era, de hecho, la joven que había conocido en el club de ciclistas de Granada cuando ambos rondaban los veinte años. Su amor había nacido sobre ruedas: recorrían caminos, descubrían pueblos y se animaban mutuamente en las subidas. La vida les presentó batallas inesperadas, pero siempre las enfrentaron juntos. Incluso en ese último tramo, él se negó a dejar de pedalear.

El personal del hospicio se detenía en la puerta solo para observarlos. Los visitantes susurraban acerca del anciano que jamás se alejaba de su esposa. Cuando ella entraba y salía de la conciencia, él permanecía a su lado, contándole historias, recordándole sus aventuras y llenando el silencio con recuerdos.

El mes siguiente debía celebrarse su sexagésimo aniversario de bodas: sesenta años de risas, comidas, discusiones, reconciliaciones, labores compartidas y pequeñas alegrías. Pero Don José aseguró que eso no bastaría; decía que tomaría otros sesenta si fuera necesario.

En su última noche, cuando su respiración se volvió entrecortada, se inclinó más cerca y le susurró las últimas palabras que jamás escucharía:

«Oh, cuánto te quiero. Que tengas un buen descanso, mi vida».

Poco después, ella se fue. Él siguió aferrando su mano mucho tiempo después de que su pulso desapareciera, y las lágrimas fluían sin sonido. Capturé esos momentos con la cámara, no por curiosidad morbosa, sino porque el amor que impregnaba la habitación me parecía sagrado. Un cálido resplandor llenó el aire.

Días después de su partida comprendí que las grandes historias de amor no son estruendosas ni dramáticas. Se construyen en silencio, día tras día, en las cocinas, en los hospitales, en los pasillos y en la quietud compartida. Crecen en pequeños gestos, en el perdón, en la rutina. Sobreviven a las enfermedades, a la vejez y al lento descenso del cuerpo.

Su amor no se fundó en la perfección, sino en la ternura y la lealtad, en la decisión constante de elegirse, una y otra vez, a través de seis décadas de montañas y valles.

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