Diario de Martina Rodríguez
¿Dónde está mi cena, Martina? Te pregunto, ¿dónde está la comida?
Ni siquiera giré la cabeza hacia Pablo. Sentada en el borde del sofá, acunaba a mi hija, que recién se había quedado dormida y resoplaba despacito.
Pablo, baja la voz susurré, agotada. Por fin está tranquila. He pasado la mañana en el centro de salud, luego en la farmacia y después…
Me da igual dónde hayas estado entró en la sala sin quitarse la chaqueta. Yo soy el que trabaja, el que mantiene a la familia, ¡a ti y a la niña! Y cuando llego a casa, quiero ver un plato de comida caliente en la mesa, no tu cara agria ni oír el berrinche eterno de la cría. ¿Se puede saber a qué te dedicas todo el día?
A cuidar de tu hija le miré, cansada. Tiene otra vez el sarpullido en las mejillas. Los médicos no aciertan y he tenido que buscar la pomada por mi cuenta. ¿Has preguntado alguna vez cómo se encuentra?
¿Para qué? Si llora, es que está viva. Eres la madre, te encargas tú. Tu deber es ponerme la vida fácil. ¿Qué crees que me casé para esto? ¿Para comer croquetas congeladas y no dormir por las noches?
Te casaste porque era lo que te venía bien solté. Y yo porque todos a mi alrededor decían: Ya es hora. Pues aquí tienes el ya es hora.
Pablo frunció el ceño, se acercó al carrito y de una patada lo empujó contra la cómoda. Mi pequeña, en brazos, se puso a llorar desconsolada.
¡Hazla callar! gritó Pablo. O no respondo de mis actos.
Hace solo un año mi vida era otra. Era de esas chicas a las que todo el mundo mira: vestía impecable, era ingeniosa, siempre tenía planes, amigos, fines de semana ocupados. Pablo parecía el príncipe azul: guapo, ambicioso, seguro de sí mismo.
Nos peleábamos y reconciliábamos a gritos y besos, montando el drama delante de todos. Cuando Pablo me dio el anillo, dudé, pero mis padres insistieron.
Martina, ya está bien de hacerte la interesante decía mi madre sirviéndome torrijas. Tienes veintisiete. Pablo es buen chico, de buena familia, con futuro. Y los hijos, ¿no quieres? Piensa que nadie te va a cuidar mejor.
Mamá, no me importa eso ahora. Me gusta trabajar, acabo de asumir un proyecto nuevo.
El trabajo es humo interrumpió mi padre desde el Marca. Una mujer sin familia es como un olivo sin tierra, hija. Así te marchitas y ni lo ves.
Pablo te quiere. El carácter ya te acostumbrarás.
Cedí. Me dejé llevar por la presión y acepté. Esa debilidad es la que recordaré cada noche de insomnio.
La boda, una fiesta. El piso, hipotecado. El embarazo llegó sin esperarlo, como un jarro de agua fría.
Todo fue tan rápido que ni asumí ser esposa cuando ya era madre gestante. Soñaba con un niño: que jugaría al fútbol conmigo, tranquilo, sensato. En la ecografía: Una niña. Sentí un vacío inexplicable.
El parto fue un infierno: complicaciones, sueros, pasillos de hospital oliendo a lejía y resignación. Cuando por fin volví a casa, me sentía como un jarrón roto y mal pegado.
Miraba a mi hija y solo sentía un cansancio y un fastidio que me avergonzaba. ¿Por qué no deja de llorar, mamá? preguntaba a mi madre, que vino a ayudarme.
Son cólicos, aguanta, hija. Todos lo hemos hecho.
No mama, mamá, me duele todo
Es que no te esfuerzas. Olvida lo que quieras, ahora sólo importa lo que tengas que hacer. Eres madre.
Pablo se borró. Dos semanas actuando de padre solícito y dejó de intentarlo. Le molestaba el olor a bebé, la casa patas arriba, y sobre todo que yo ya no fuera su geisha particular.
***
Ha llamado mi madre Pablo en la cocina, yo removiendo el caldo con una mano y calmando a la niña con la otra. Dice que Lucía está llorando otra vez.
Lucía, su hermana mayor, lleva cinco años casada. Sin hijos. Siempre que ve una foto mía con la nena, se le cruzan los cables y monta el drama.
¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Pedirle perdón por haber dado a luz? tiré la cuchara al fregadero.
Tienes que ser más humilde. Dice mamá que presumes de maternidad delante de ella. Además, piensa que eres mala ama de casa. Hay polvo en los rodapiés.
Tu madre no ha pasado por aquí en dos semanas, Pablo. ¿Cómo lo sabe?
Ella lo nota golpeó la mesa con la mano. Y tiene razón. Mírate, andas todo el día en bata, con los ojos rojos. Te has convertido en una señora de pueblo.
Si ayudaras, si alguna vez te levantaras por la noche
¡Yo trabajo! ¿Te enteras tú con esa cabeza de chorlito? Yo traigo los euros. Tu obligación es casa e hija.
Por cierto, el sábado vamos a casa de tus padres. Dicen que el campo le vendrá bien a la niña. Irán los míos también.
No quiero ir al pueblo. Hace frío, el agua no sirve para lavarla, tu madre no parará de criticarme
Me da igual lo que quieras. Tus padres lo han dicho: es necesario. Prepara las maletas para las ocho y ahórrame las quejas.
***
En el pueblo todo fue peor. Mis padres, entusiasmados con la abuelidad, se turnaban para discutir cómo debía cuidar a la niña.
La sujetas mal, Martina ¡La cabeza! ¿Quién te ha enseñado a arropar así? Anda, déjame a mí.
¡Dejadme tranquila! me marché, enfadada, al fondo del corral.
Pablo ignoraba a su hija y a mí. Charlaba de coches con mi padre, atizando el fuego cuando su madre me picaba.
Ay, Martina, ¿y esos granitos en la carita? Mal cuidas de ella, seguro que comes lo que no debes. Si Lucía tuviera una hija
Pues que la tenga, ¿qué problema hay? contesté seca.
Mi suegra, Manuela, puso la mano en el pecho y el grito en el cielo.
¡Pablo! ¿Oyes cómo se burla del dolor de tu hermana?
Se acercó y me apretó fuerte el brazo.
Pide perdón a mi madre. Pero ya.
Suéltame, me haces daño.
He dicho que pidas perdón. ¿Te crees que puedes pasarte de lista?
Mis padres estaban ahí. Pero en vez de defenderme, mi padre gruñó:
Martina, respeta a tu suegra. Pablo tiene razón.
Ese día lo comprendí: estaba sola. Mi marido me veía como criada, mis padres anteponían el qué dirán, y mi suegra destruía mi matrimonio por pura envidia.
***
Todo explotó a la semana de volver a Madrid. La niña no paraba de llorar, no dormía y yo estaba al borde. Por fin, cuando se quedó sopa, me senté en el suelo, sobre el suelo frío de la cocina, con los ojos cerrados.
La puerta golpeó fuerte. Pablo volvía de mal humor.
¿Por qué está ahí la basura? sin molestar en saludar.
No respondí. Ni fuerzas tenía para moverme.
¿Te estoy hablando o qué? me pegó en el pie al pasar a la cocina. Levanta y tira eso. Ahora.
Sácalo tú. No puedo más. Me duele la espalda y solo quiero dormir. Una hora. Por favor.
¿Que no puedes? me agarró del cuello de la bata y me levantó de golpe. La tela crujió. Mírala, la princesita. Otras tienen cinco hijos y trabajan en el campo y tú no sirves ni para estar en casa.
La niña se despertó y lloró más fuerte. Él, furioso, entró al cuarto.
¡Otra vez! ¡Siempre igual! sacudió la cuna con rabia. ¡Ya cállate de una vez!
La pequeña se ahogó llorando de puro miedo.
Corrí y traté de apartarlo.
¡No la toques! ¡Apártate de ella!
¡Me habéis destrozado la vida! y me pegó. Me dio un bofetón que me lanzó contra la pared, golpeándome la cabeza contra el armario.
Me mareé. Pero lo peor fue que Pablo no paró. Se acercó a la cuna y le pellizcó la piernecilla, con maldad.
El grito de mi hija fue tan desgarrador que me partió el alma.
En ese momento algo estalló dentro de mí. Adiós pena y agotamiento; solo quedó la rabia. Agarré una figura pesada, ese horrendo toro de cerámica que su madre había regalado.
Hazlo otra vez le amenacé, alzando la mano. Una sola vez más y te abro la cabeza. Vete.
Pablo se quedó blanco.
¿Qué te crees que haces? ¡Estás en mi casa!
El piso es de los dos. Hipoteca pagada con mi baja y tus pagas, y con el dinero que pusieron mis padres, está a medias. Pero ahora no me importa. Vete o llamo a la policía y denuncio los golpes. Los tuyos están en mi cara y los de la niña en su pierna. Quizá no vayas a la cárcel, pero arruinado te vas a quedar.
Salí al pasillo y llamé a la policía.
***
El lío judicial duró meses. Pablo intentó meter a su madre y a Lucía en la historia, me mandaban mensajes y llamadas llenas de amenazas y reproches, pero no piqué: números bloqueados.
Cuando mis padres vinieron a mediar, no los dejé pasar del recibidor.
O estáis conmigo, o podéis olvidar mi dirección.
Vuestro yerno ha pegado a vuestra nieta recién nacida. Si os parece normal, nada tenemos ya que hablar.
Mi padre no sabía dónde mirar, mi madre enmudeció al ver el morado de la pierna de la niña.
Reconocieron que nada justificaba la brutalidad contra una bebé.
No solo pedí el divorcio, también fui a su oficina. Seria, impecable, carpeta en mano. No hubo gritos, ni escenas. Enseñé al jefe de seguridad amigo de mi padre el vídeo de la cámara que Pablo mismo había instalado antes de nacer la niña.
Allí estaba todo, grabado. Y el momento en la habitación.
A Pablo le dieron la carta de despido voluntario. La reputación vale mucho y no iban a cargar con ese escándalo.
Mi suegra, al saberlo, terminó ingresada por la tensión. Lucía, temiendo que subiera el vídeo a las redes (donde teníamos conocidos comunes), dejó de acosarme.
***
Ahora, por fin, respiro tranquila. El dinero no abunda, pero no me quejo.
Pablo renunció a su parte del piso a cambio de no pasarme la pensión completa. A mí me convino.
Su familia se olvidó de la existencia de la niña. Su padre nunca ha venido a verla. Y a las mujeres que Pablo conoce, les dice que nunca estuvo casado.







