Abre, que ya hemos llegado
¡Carlita, cariño! ¡Soy tía Manuela! La voz en el móvil sonaba tan pegajosa y alegre que a Carla se le pusieron los dientes como para morder piedras. La semana que viene estaremos en Madrid, tenemos que arreglar unos papeles. Nos quedamos en tu casa, una semanita, quizá dos, ¿vale?
A Carla se le fue el sorbo de té al otro lado. Así, sin hola, sin un ¿qué tal, hija? sólo: nos quedamos. Nada de ¿te parece bien? o ¿te viene mal?. Nos quedamos. Punto.
Tía Manuela Carla intentó sonar dulce, casi como si le saliera natural Qué alegría oírte. Mira, para lo de quedarnos ¿te ayudo mejor a buscar un hotel? Hay opciones muy buenas en Madrid, y no salen caros, ¿eh?
¿Pero qué hotel ni qué hotel? La tía gruñó como si hubieras dicho el mayor disparate desde que la paella lleva chorizo. ¿Para qué tirar euros a la basura? Si tú tienes el pisazo del abuelo Javier. ¡Tres habitaciones para ti sola!
Carla se tapó los ojos con la mano. Ya estamos…
Es mi piso, tía.
¿Tu piso? De repente la voz se afiló como el cuchillo del jamón. ¿Tu padre, de quién era? ¿No de la familia? La sangre no es agua, Carla. Somos de los tuyos, y tú nos mandas a un hotel como si fuéramos turistas de Cuenca.
No estoy mandando a nadie a ningún lado. Es que no puedo acogeros, sin más.
¿Y eso por qué?
Porque la última vez que vinisteis convertisteis mi vida en una versión de Gran Hermano, pero en modo pesadilla, pensó Carla. Lo que dijo fue más educado:
Por circunstancias, tía Manuela. No puedo recibiros.
¡Circunstancias dice la niña! Ya no había ni pizca de cortesía en la voz de la tía. Tres habitaciones vacías y aquí las circunstancias. Tu padre jamás le habría cerrado la puerta a la familia. Pero tú, igualita que tu madre…
Tía
¿Qué, tía? El sábado, a la hora del aperitivo, llegamos. Samuel y Martín vienen conmigo. Nos recibes bien.
Ya te he dicho que no podré.
¡Carla! Voz de general del ejército. Esto no se discute. El sábado estamos ahí.
Bip, bip, bip.
Carla dejó el móvil en la mesa como si fuera una bomba de relojería. Se quedó mirando el mármol, soltó un suspiro largo y se dejó caer en la silla. Eso sí que era empezar bien la semana.
Hace dos años ya hosteó a la tía Manuela. Llegaron cuatro, prometieron tres días, se quedaron dos semanas. Carla aún recordaba el show: Samuel, el marido, espatarrao en el sofá con las zapatillas de calle y el mando de la tele en la mano hasta las tres de la madrugada; Martín, el hijo, veintitrés años y comiendo como si acabara de salir de Burgos durante la guerra, pero jamás lavó un plato. La propia tía Manuela se erigía reina absoluta de la cocina, criticando desde las cortinas hasta el azulejo rarísimo que tenía.
Cuando dejaron el piso, Carla se encontró con la funda del sillón quemada, una estantería del baño rota y unas manchas misteriosas en la alfombra del salón. ¿Dinero? Ni para las tostadas, ni la luz, ni para un mísero kilo de naranjas. Cogieron sus maletas, soltaron una frase de Gracias, Carlita, eres un sol, y hasta luego, Lucas.
Se frotó las sienes.
No. Se acabó. Que grite lo que quiera sobre el abuelo y la familia. Que vengan el sábado si les apetece la puerta va a estar cerrada.
Fue directa al móvil y abrió el navegador. Tocaba buscarles hotel. Uno decente, con desayuno continental y baño propio. Les mandaría la dirección y les explicaría lo que hay: eso es toda la ayuda que pensaba ofrecer.
Si no les vale pues ya no era su asunto.
Los siguientes días pasaron entre bendito silencio y tranquilidad absoluta. Carla curraba, salía a pasear por Malasaña, cocinaba cenas para una sola y casi logró convencerse de que el mensaje de la tía había sido una pesadilla tonta. Si se arrepienten, o encuentren otro primo para colonizar, quién sabe.
El móvil sonó el jueves por la tarde, como quien viene a estropear el sofá. Tía Manuela en pantalla. El estómago de Carla se encogió como las tortas del desayuno.
¡Carla, hija! Atravesó el salón la voz, arrolladora igual que el AVE Mañana llegamos, el tren entra a las dos. Ven a buscarnos y ten la mesa puesta, que hay que darle de comer a la familia.
Carla se sentó en el borde del sofá, dedos lívidos apretando el móvil.
Tía Manuela, habló despacio, notando cada palabra contra los dientes ya te lo he dicho. No os abro la puerta. No vengáis a mi casa.
¡Pero anda ya! La tía se carcajeó como si la broma fuera espectacular. Qué niña más exagerada Ni que fuera esto la Inquisición. Ya tenemos los billetes.
Eso es cosa vuestra.
Pero, ¿tú eres familia o qué? Es ley de vida ayudar. ¡La sangre tira!
Yo no debo nada a nadie.
¡Y tanto que sí! Tu padre, que en paz descanse
Tía, deja de hablarme de él. Mi última palabra es no.
La tía suspiró, como actriz en el Teatro Real, dramática, preparándose para la ovación ante un público de piedra:
Carlita, tu opinión aquí no importa, ¿lo tienes claro? Somos familia. Y tú ahí, poniendo malas caras como si fuéramos del Betis. Mañana, a las dos, no te olvides.
Pero si
Bueno, besos, hasta mañana.
Bip, bip, bip.
Carla contempló la pantalla del móvil, algo caliente y furioso subía desde la tripa. Lo lanzó al sofá, empezó a pasear por el salón, tres pasos de ida, tres de vuelta, igual que si fuera una leona enjaulada.
Así que su opinión no importa. Maravilloso. Premio Nobel.
Alto ahí, mona.
Cogió el móvil y marcó a Mamá.
¿Carla? La voz de la madre, cálida pero un poco perpleja. ¿Pasa algo?
Hola, mami, mira Quería ir a verte mañana. Una semana, o lo que sea.
Silencio.
¿Mañana? Pero si estuviste hace nada
Lo sé, pero me hace falta. Trabajo desde donde sea. ¿Puedo ir?
La madre tardó. Carla casi podía verla frunciendo el ceño, calculando si esto era el Apocalipsis.
Por supuesto, hija. Siempre eres bienvenida. ¿Seguro que todo bien?
Sí, mamá, sólo tenía ganas de verte.
Cerró la llamada y se permitió sonreír. Mañana, cuando la tía y su séquito lleguen al portal, la puerta estará cerrada y la dueña del piso a trescientos kilómetros. Que llamen, griten, pataleen si quieren: no hay nadie en casa, ni en la compra ni de cañas, sino en otra provincia. Abrió la app de billetes. Tren de las 6:45, perfecto. Cuando la tía llame al timbre, ya estará tomando café con leche en la cocina de su madre.
A veces hay que decir no, hasta a la familia, que la sangre no es siempre Ribera del Duero.
En el tren, Carla escuchaba el traqueteo y pensaba en la cara que pondría la tía frente a la puerta cerrada. Los ojos se le cerraron, la cabeza ruidosa como una feria, pero el alma en paz.
Mamá la recibió en el andén, la abrazó como si no hubiera visto el sol, la llevó a casa y la cebó con torrijas, té y después directa a la cama.
Ya hablamos luego, hija. Primero descansa dijo, llevándose la taza.
Y Carla cayó en coma en ese colchón bendito.
La despertó el móvil, chillando como un gallo en San Isidro. Tía Manuela parpadeaba en la pantalla.
¡Carla! Rugido de leona frustrada. ¡Llevamos veinte minutos en tu puerta! ¿Por qué no abres?
Carla se sentó en la cama y se frotó la cara.
Ya oscurecía el parque había dormido medio día.
Porque no estoy allí contestó, y hasta sonrió.
¿Qué significa eso? ¿Dónde estás?
En otra ciudad.
Silencio. Y luego, explosión:
¡Estás loca! ¿Así nos dejas tirados sabiendo que veníamos? ¿Cómo se te ocurre?
Facilísimo. Ya dije que no os quería en casa. No me hicisteis caso.
¡Pero cómo te atreves! La tía se ahogaba del mosqueo. ¡Habrá gente con llave! ¡La vecina, la amiga de la esquina! ¡Llama, que nos abran! Nos apañamos solos, ¿eh?
Carla se quedó clavada. Esto ya era de récord Guinness.
¿En serio me lo dices?
¡Y tanto! Venimos molidos y tú haciendo el numerito.
No tenía ninguna intención de convivir con vosotros. Y menos dejaros entrar sin mí.
¡Tu!
La puerta del cuarto crujió. En el marco, su madre: bata, pelo despeinado, mirada criminal. Le tendió el móvil y Carla, sin saber por qué, se lo pasó.
Manuela dijo mamá con voz helada , soy Teresa. Escucha y no interrumpas.
Por el altavoz se oía un gluglú extraño.
A Javier nunca le caíste bien. Nunca. Yo lo sé mejor que nadie. ¿Por qué te empeñas en molestar a su hija? ¿Qué quieres de ella?
Podía oír a la tía intentando contestar, a punto de atragantarse.
Muy bien cortó mamá No la llames más. Jamás. Si Carla necesita ayuda, sabe a quién acudir. Y créeme: no eres tú. Fin del asunto.
Pulsó a colgar y devolvió el móvil.
Carla miró a su madre como si fuera la Virgen en procesión.
Mamá eres Nunca te había visto así.
Mamá rebufó, ajustó la bata:
Eso lo aprendí de tu padre. Con Manuela, sólo funciona a gritos. Si le metes miedo una vez, desaparece años.
De repente esbozó una sonrisa y las arrugas saltaron como fuegos artificiales.
Hasta hoy, oye tú.
Carla se echó a reír, fuerte, de esas risas que curan de verdad. Su madre la acompañó.
Anda, agitó una mano hacia la cocina ven a tomar un té. Así me cuentas el líoCarla siguió a su madre, sintiéndose ligera como una pluma recién soltada. Mientras el agua hervía y la tarde se volvía naranja detrás de la ventana, pensó en los años que había pasado temiendo desagradar, desobedecer, decepcionar a la familia. Pero ahora, entre el aroma de la infusión y el murmullo casero, supo que lo importante había cambiado de lugar: estaba segura, en paz, protegida por los brazos correctos.
¿Y si Manuela intenta llamarme otra vez? preguntó, medio en broma, mojando la galleta en el té.
Que insista todo lo que quiera contestó su madre . Aquí, sólo entran quienes saben cuidar.
El timbre sonó en la televisión y Carla soltó una carcajada. Ya era hora de aprender que las puertas más valiosas son las que uno decide abrir. Levantó la taza, brindó silenciosa por el pequeño triunfo, y vio el reflejo de su madre sonreírle desde la porcelana.
Familia, pensó. A veces está donde menos la esperas, y donde más la necesitas.
Luego, con el primer sorbo, el peso de todas las tías del mundo se desvaneció. Había elegido bien. Y, por fin, era libre.







