Mi madre está enferma y va a quedarse una temporada con nosotros; tendrás que cuidarla declaró a Aurora su marido, Ignacio.
Perdona, ¿qué has dicho? Aurora bajó despacio el móvil en el que hacía un momento estaba revisando el chat del trabajo.
Ignacio se encontraba en el umbral de la cocina, los brazos cruzados. Adoptaba esa postura que siempre había significado que acababa de anunciar una decisión definitiva, sin vuelta atrás.
He dicho que mi madre vendrá a vivir con nosotros un tiempo. Necesita ayuda constante. El médico ha asegurado que serán como mínimo dos o tres meses. Tal vez más.
Aurora notó cómo dentro de ella algo se retorcía suavemente, muy despacio.
¿Y esto cuándo lo has decidido? preguntó, esforzándose por mantener la voz serena.
Esta mañana. Hablé con mi hermana Carmen. También hablé con el médico. Ya está todo resuelto.
Ya veo. O sea, que habéis tomado la decisión entre los tres, y a mí solo me queda enterarme y asentir, ¿no?
Ignacio frunció el ceño levemente. Esperaba resistencia, pero aun así parecía desconcertado de que la hubiera.
Aurora, es mi madre, tú lo entiendes. ¿Quién más podría hacerse cargo de ella? Carmen vive en Barcelona, tiene niños pequeños, trabaja… Y nosotros tenemos un piso grande, tú sueles estar en casa…
Trabajo cinco días a la semana, Nacho. Jornada completa. De nueve a siete, y a veces hasta más tarde. Lo sabes bien.
Ya, pero… alzó las manos con un gesto de indiferencia mamá no es una carga, solo necesita compañía. Que le des la medicación, le calientes la comida, ayudarle en el baño… Lo harás bien.
Aurora miraba a su marido y sentía en el pecho una extraña insensibilidad. No era enfado, todavía. Solo ese frío, diáfano pensamiento: él de verdad consideraba aquello lo normal. Que su trabajo, su cansancio, su tiempo le pertenecían a «la necesidad de su madre».
¿Habéis pensado en una asistenta? preguntó bajito.
Ignacio torció la boca.
Sabes lo que cuesta eso. Una buena asistenta no baja de mil setecientos euros al mes. ¿De dónde vamos a sacar ese dinero?
¿Has pensado en cogerte una excedencia o al menos una jornada reducida durante un tiempo?
Él la miró como si le acabara de sugerir tirarse por el acueducto.
Aurora, tengo mucha responsabilidad en el trabajo. No me soltarían durante dos o tres meses. Además, yo no soy sanitario. No sé pinchar, ni medir tensión, ni organizar pastillas…
¿Y yo sí? ni siquiera alzó la voz. Solo preguntó, pausada.
Ignacio vaciló, por primera vez en la conversación percibiendo que no tenía el guion bajo control.
Eres mujer acabó por decir, con tal honestidad que a Aurora le dieron ganas de reír. Lo lleváis dentro. Siempre has sabido cómo tratar a los enfermos mejor que yo.
Ella asintió, más para sí misma que para él.
El instinto, ya.
Pues eso.
Aurora dejó el móvil boca abajo sobre la mesa. Miró sus manos, los dedos apenas temblaban.
Bien, dijo pues propongo esto. Tú coges una excedencia durante dos meses. Yo sigo trabajando. Cuidamos juntos a tu madre. Yo me encargo por las tardes y los fines de semana. Tú, durante el día. ¿Lo vemos?
Ignacio abrió la boca. Luego la cerró.
¿Hablas en serio?
Absolutamente.
Pero si ya te he dicho… ¡no me dejan en el trabajo!
Entonces buscamos una asistenta. Yo pago la mitad, o incluso el sesenta por ciento si crees que mi sueldo es menor. Pero no asumo en solitario la responsabilidad completa de tu madre, y menos sin hablarlo conmigo. No.
Hubo un silencio denso, tan denso que se oía perfectamente el tictac del reloj de pared.
Ignacio carraspeó.
¿Estás diciendo que te niegas?
No Aurora alzó la vista me niego a ser enfermera sin salario y sin derechos, soportando mi jornada completa, sin contar con mi opinión. Es muy distinto.
Él la miraba largamente, como intentando descifrar si bromeaba o si de verdad lo había dicho.
¿Sabes que es mi madre, verdad? preguntó, y en su voz latía ya ese resquemor profundo, el de un adulto al que por primera vez obligan a asumir el cuidado de un progenitor.
Lo sé Aurora contestó suave por eso propongo alternativas que nos permitan a todos conservar la dignidad y la salud. Incluso la suya.
Ignacio se dio la vuelta y salió de la cocina. La puerta del salón se cerró, no muy fuerte, pero suficiente.
Aurora se quedó sentada a la mesa, mirando su taza de té frío. Solo pensaba, con claridad extraña:
«Pues ya está. Ha empezado».
Sabía que aquello era el inicio.
Sabía que llamaría a su hermana. Luego a su madre. Otra vez a su hermana. Que en una hora o dos la suegra llamaría a la puerta: vivía a diez minutos andando y, por supuesto, «siempre se entera de todo». Sabía que habría un largo diálogo en voz alta, le llamarían fría, desagradecida, egoísta, mujer que «olvida qué es la familia».
Pero lo más importante: comprendió, de repente, algo muy sencillo.
No pensaba pedir perdón nunca más por querer dormir más de cuatro horas diarias. Ni porque su trabajo no fuera un hobby. Ni porque también tenía nervios, venas y derecho a una vida que no se pareciera a una guardia interminable.
Se levantó, fue hacia la ventana y abrió la hoja.
El aire de la noche, frío, entró en la cocina trayendo olor de asfalto húmedo y el humo lejano de alguna hoguera.
Aurora respiró hondo.
«Que digan lo que quieran, pensó lo importante es que hoy he dicho mi primer no».
Y aquel no fue lo más rotundo que había dicho en doce años de matrimonio.
A la mañana siguiente, Aurora se despertó con el chirrido de la puerta principal. La llave giró dos veces despacio, casi con culpa. Después sonaron pasos arrastrados y una tos sorda, quebrada.
No se movió, escuchando el ritual conocido de quitarse el abrigo, dejar el bolso, descalzarse. Solo que aquella vez sonaba diferente: era el principio de una guerra declarada sin previo aviso.
Nacho… la voz de Pilar, la madre de Ignacio, era débil, pero irremediablemente mandona. ¿Estás en casa?
Nacho, que quizá no había dormido en toda la noche, contestó enseguida, con excesiva energía:
En casa, mamá. Pasa a la cocina, he puesto el agua para el té.
Aurora cerró los ojos. «Ni si quiera me avisó que la traería hoy. Simplemente lo hizo.»
Se obligó a levantarse. Se puso la bata. Salió al pasillo.
Pilar estaba en medio del recibidor, menuda, encorvada, vestida con un abrigo azul descolorido de hacía más de una década. Llevaba un paquete de medicinas y un termo. Al verla, sonrió cansada, pero con esa nota habitual de superioridad.
Buenos días, Aurorita. Perdona por la hora. El médico dijo que cuanto antes me mudara, mejor.
Aurora asintió.
Buenos días, Pilar.
Ignacio salió de la cocina con una bandeja té, bizcochos, pastillas bien dispuestas.
Mamá, ve al salón, te he preparado el sofá cama.
¿Y las cosas quién me las coloca? Pilar miró a su nuera Aurora, ¿me ayudas?
A Aurora le latía una sien.
Por supuesto, después del trabajo.
¿Después del trabajo? elevó Pilar la voz. ¿Y quién está conmigo hoy?
Ignacio tosió.
Por la mañana estoy en la oficina, mamá. Pero a mediodía salgo antes. Aurora… miró a su esposa, ¿puedes pedirte un día libre hoy?
Aurora le sostuvo la mirada. Largo, muy largo.
Tengo hoy presentación ante el cliente. Imposible ausentarme.
¿Y después? Pilar ya se quitaba el abrigo. ¿Después de la presentación?
Llegaré a la hora de siempre. Siete, siete y media.
Silencio.
Pilar se dejó caer en un banco del recibidor.
O sea, que estaré sola todo el día.
Ignacio miró a su esposa, suplicante.
Aurora respondió con calma:
Pilar, le dejo comida preparada para todo el día. Las pastillas separadas y marcadas. Si ocurre algo urgente, me llama, atiendo incluso durante la presentación.
Pilar apretó los labios.
¿Y si me caigo? ¿O si me equivoco con la medicina?
Pues llama a urgencias. Es mejor que esperarme a que vuelva de punta a punta de la ciudad.
Ignacio abrió la boca para hablar. Luego calló.
Pilar se dirigió a su hijo:
Nacho, ¿has oído?
Mamá, dijo casi en susurros Aurora tiene razón. No somos médicos. Si pasa algo grave, hay que llamar a urgencias.
Aurora se sorprendió a sí misma. Era la primera vez en siete años que oía aquel Aurora tiene razón.
Pilar se levantó despacio.
Bueno, accedió si así lo habéis decidido, así será.
Cruzó hacia el salón, arrastrando su bolsa. La puerta se cerró suave, casi teatral.
Ignacio se volvió hacia su esposa.
Podrías, al menos…
No, Aurora se anticipó no podría. Y no lo voy a hacer.
Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y lo bebió de un trago.
Ignacio se acercó por detrás.
Aurora… sé que esto te pesa. Pero es mi madre.
Lo sé.
Y de verdad se encuentra mal.
Lo creo.
Entonces ¿por qué…?
Aurora le sostuvo la mirada.
Porque si acepto hacerlo todo yo sola, eso será la norma. Y para siempre. ¿Lo entiendes?
Él bajó la cabeza.
Hablaré con Carmen otra vez. Quizás pueda venir los fines de semana.
Me parece bien.
Él levantó la vista.
¿No te vas a enfadar conmigo?
Aurora esbozó una sonrisa, la primera en días.
Ya estoy enfadada. Pero intento que no me dure toda la vida.
Él asintió.
Intentaré arreglar esto.
Aurora consultó el reloj.
Tengo que prepararme. La presentación es en dos horas.
Se fue a la habitación. Ignacio quedó en la cocina, mirando su taza vacía.
El día pasó sorprendentemente sereno. Aurora defendió la presentación con brillantez; el cliente quedó encantado, incluso prometiendo una pequeña prima por la urgencia. Salió del despacho cerca de las siete, ligera.
En el metro, escribió a Ignacio:
«¿Cómo va la madre?»
La respuesta llegó al momento:
«Duerme. Llevo en casa desde las tres. He preparado la cena. Te esperamos.»
Aurora miró por la ventana negra del vagón.
«Te esperamos».
Una palabra que no sonaba tan hogar hacía tiempo.
Y sí, la esperaban.
Sobre la mesa: ensalada, merluza al horno, patatas. Pilar sentada en una butaca, con un libro. Al ver a su nuera, dejó la lectura.
Aurorita… ya llegaste.
Sí, aquí estoy.
Siéntate, come. Nacho lo ha hecho todo. Hasta fregó los platos.
Aurora miró a su marido.
Él encogió los hombros, quitándose importancia.
Aurora se sentó.
Pilar carraspeó.
He estado pensando… Igual sí conviene buscar una asistenta. Al menos para el día. Nacho va como loco con el trabajo, pidiendo favores para salir antes…
Aurora la miró fijamente.
Sería sensato.
Hablaré con Carmen añadió Ignacio A ver si puede ayudar económicamente. Me lo prometió.
Pilar suspiró.
Jamás pensé vivir lo bastante como para que un desconocido me ayudara así…
Nadie es un extraño, mamá replicó, suave, Ignacio Somos familia. Solo que ahora cada uno tiene también sus límites.
Aurora miró a su suegra. Pilar, tras una breve pausa, asintió.
Supongo que… toca aprender.
En ese momento sonó el móvil de Pilar.
Miró la pantalla, resoplando.
Es tu hermana Carmen.
Ignacio cogió el aparato.
Sí, mamá sí, estamos en casa Oye necesitamos ayuda. No solo de dinero. Vente este fin de semana. Lo hablamos en persona.
Colgó.
Miró a Aurora.
Vendrá.
Aurora asintió.
Bien.
Por primera vez en muchos años, no le daba miedo volver a casa.
No era que todo fuera silencio.
Era que por fin, en casa, escuchaban.
Pasaron tres semanas.
Pilar ya no tosía tanto por la noche. Las medicinas habían hecho efecto, las piernas no se le hinchaban tanto, e incluso ya iba sola alguna vez hasta la cocina a por té. Pero lo importante: el piso estaba tranquilo. No con ese silencio opresivo en el que nadie se atreve a decir nada, sino con la calma de quienes aprenden a entenderse.
El sábado, Carmen llegó de Barcelona. Entró en el recibidor con dos maletas, su hija pequeña en brazos y una sonrisa de disculpa.
Mamá, hola Aurora, Ignacio Perdón por tardar tanto.
Pilar, sentada en la butaca junto a la ventana, se volvió despacio, como temiendo que el momento desapareciera si se movía deprisa.
Has venido, al final.
Claro que sí Carmen dejó las bolsas, pasó la niña a brazos de Ignacio y se acercó a su madre. Te lo prometí.
Aurora, desde el umbral de la cocina, observaba. Sin intervenir.
Carmen se acuclilló frente a la butaca.
Mamá, Nacho y yo estuvimos hablando ayer. Hemos decidido esto.
Sacó un papel doblado.
Es un anuncio. Asistenta sanitaria. Vendría de nueve de la mañana a siete de la tarde. Cinco días a la semana. Los fines de semana, nosotros.
Pilar lo cogió con las manos temblorosas. Lo leyó. Miró a su hijo.
¿Y el dinero?
Lo ponemos los tres contestó Ignacio con calma Carmen, tú y yo. A partes iguales.
A partes iguales Pilar saboreó la frase.
Carmen asintió.
Mamá, entiendes que ninguno puede dejar el trabajo para quedarnos a tu lado todo el día. Y necesitas vigilancia. Así que pagamos por ayuda profesional.
Aurora habló por vez primera en la reunión.
Ya hemos quedado con la señora. Se llama Olga Sánchez. Cincuenta y ocho años, veinte de experiencia cuidando enfermos crónicos y personas dependientes. Mañana viene a conocerte.
Pilar guardó silencio prolongado.
Luego miró a su nuera. Sin la habitual dureza en los ojos.
Aurora podrías haberte desentendido. Muchos habrían hecho eso.
Aurora encogió los hombros.
Podía. Pero así habríamos salido perdiendo todos. Especialmente tú.
Pilar bajó la mirada.
He estado pensando mucho estas semanas. Sola todo el día. Sabes cuesta acostumbrarse a que, siendo madre, sentía que todo giraba en torno a mí. Que todos tienen que titubeó buscando palabras adaptarse. Y resulta que la que tengo que aprender a adaptarse ahora soy yo.
Carmen la tomó de la mano.
Nadie te obliga, mamá. Solo deseamos vivir de forma que a todos nos quede espacio para respirar.
Pilar las miró a las tres.
Perdóname, Aurora dijo bajito, casi susurrando De verdad creía que tenía derecho a exigir.
Aurora notó como se le deshacía un dolor antiguo en el pecho.
Te acepto las disculpas, Pilar.
Por primera vez en mucho tiempo, Pilar sonrió sin altivez.
Pues conozcamos a esa tal Olga entonces. Si todos estáis de acuerdo en que ya no soy la reina de esta casa.
Ignacio soltó una risita ligera.
Ni reina ni diosa. Nuestra madre. Y la vamos a seguir queriendo y cuidando. Pero respetando a todos.
Por la noche, cuando Carmen y la niña regresaron a la estación y Pilar dormía, Aurora y Nacho se sentaron en la cocina con un vaso de vino cada uno.
Sabes dijo él suavemente creí que te irías.
Aurora lo miró sorprendida.
¿De verdad?
Sí. Cuando dijiste no aquella primera noche creí que era el final. Que harías las maletas y te largarías.
Aurora giró el vaso entre los dedos.
Lo pensé, sinceramente.
¿Y qué te detuvo?
Tardó en responder.
Me di cuenta de que si me iba, jamás sabría si serías capaz de aprender lo que significa ser un hombre responsable, no solo de palabra.
Ignacio bajó los ojos.
He aprendido mucho estas semanas. Y me queda.
Eso veo.
Gracias por darme la oportunidad.
Aurora sonrió, sin rastro de amargura.
Gracias por aprovecharla.
Chocaron las copas en silencio, casi solemnemente.
Afuera empezaba a nevar de verdad por primera vez en el invierno. Los copos caían mansos bajo la luz de las farolas, cubriendo la acera con una alfombra blanca.
En la habitación de Pilar brillaba la lamparilla.
Y por primera vez en mucho tiempo, en la alcoba de Aurora y Nacho no olía a medicinas ni a inquietud, sino sencillamente a hogar. Al suyo.







