¿Pero se te ha ido la cabeza? ¡Le dije a Ana que ibas a venir! ¡Me aseguré de que te guardara el mejor trozo!
Rosa se queda petrificada, sujetando la bolsa. Su suegra, Teresa Luengo, está plantada en el umbral de la cocina, con los brazos cruzados, mirándola como si en vez de comprar carne en el supermercado hubiera atracado el Banco de España.
Señora Teresa, es que no tuve tiempo de pasar por el mercado intenta responder Rosa, esforzándose por sonar tranquila. Salí tarde del trabajo, fui a la tintorería por su vestido y después a la farmacia…
¿Y no pudiste llamar? ¿Avisar? ¡Ana te esperó hasta la hora de cerrar! ¡Y después tuve que escucharla llorar por teléfono una hora porque la dejé mal!
Rosa deja la bolsa sobre la mesa. Siente un pinchazo incómodo en el estómago.
La carne es buena, fresca saca la bandeja de la bolsa y se la muestra. Miren, ternera de Ávila, refrigerada…
Teresa ni siquiera le echa un vistazo. Se acerca, aparta la bolsa como si estuviera contaminada.
Esa porquería de supermercado está llena de aditivos. A Javier eso le sienta fatal, que tiene el estómago delicado.
Javier la compró la semana pasada, se le escapa a Rosa.
Error. Teresa se pone roja como un tomate.
¡Eso! ¡Que tu marido tiene que ir a la compra porque tú no haces nada útil! Tres años, Rosa. Tres años en esta familia, y nada. No sabes cocinar, en casa no ayudas, ni siquiera te animas a tener hijos…
Señora Teresa, eso no es justo.
¿Que no es justo? resopla la suegra. Yo a mi suegra le besaba los pies y ni me atrevía a llevarle la contraria. Y tú… siempre con tu actitud, ignorando mis consejos, haciendo lo que te da la gana…
Teresa se marcha al recibidor, coge su bolso con movimientos tensos que a Rosa le crispan los nervios.
Yo se lo digo a Javier desde hace tiempo: que te deje antes de que sea tarde. Ya encontrará una mujer de verdad. Que lo valore, no…
Hace un gesto despectivo. Se pone los zapatos sin ni siquiera ajustarlos.
Rosa se queda en la puerta de la cocina, agarrando el marco con las manos.
Adiós, señora Teresa.
La suegra no responde. Cierra la puerta tras ella y la casa se llena de un silencio denso. Rosa se deja caer despacio al suelo frío de la cocina. La ternera se queda sobre la mesa, tan sola como ella. Ni ganas de mirarla, ni ganas de ver la cocina impecable, ni los marcos con fotos de boda en las paredes, donde Teresa sonreía tan forzada que parecía tener chinchetas en los zapatos.
Tres años. Tres años intentándolo. Aprendiendo recetas que Javier apreciaba desde niño, soportando los domingos en casa de su suegra, con ese eterno comentario: «A Javi le gusta la patata cortada en cuadraditos, no en tiras». Sonreía, asentía, se disculpaba por cosas que ni siquiera eran culpa suya.
Y aún así… inútil. Y aún así… mejor que te deje. Rosa reclina la cabeza contra la pared. El techo necesita una mano de pintura. Se lo diría a Javier.
Aunque, ¿para qué?
Quince días vive Rosa como si estuviera al otro lado de las líneas enemigas. Teresa solo llama para hablar con Javier, los domingos los excusan por compromisos, y cuando la ven por casualidad, apenas se cruzan un hola y Rosa escapa.
Hasta que llama el notario.
El abuelo de Rosa, al que apenas había visto cinco veces, ha fallecido. Resulta que le deja una finca en la sierra, en la provincia de Segovia. Un pequeño terreno en una urbanización llamada Alba.
Habrá que ir a ver qué tal está eso, Javier da vueltas a unas llaves con un llavero de una fresa descolorida. ¿Vamos el sábado?
Rosa asiente. Sábado, pues.
Lo que no espera es lo siguiente.
¡Javier, voy con vosotros! Teresa aparece en la puerta a las siete y media de la mañana, con botas de goma y una cesta. Dice Ana que por allí hay muchos níscalos.
Rosa prepara el termo en silencio. Se avecina un día maravilloso.
La finca es exactamente como se la imaginaba rosa: una casa medio derruida, terreno salvaje, valla a punto de caerse y olor a humedad y periódicos viejos.
Javi, le susurra Rosa a su marido, ¿vendemos esto? ¿Qué vamos a hacer aquí? Venir todos los fines de semana, desbrozar la huerta… Esta no es nuestra vida.
Javier va a responder, pero no le da tiempo.
¡¿Venderlo?! Teresa aparece a sus espaldas, como emergiendo del suelo. ¿Os habéis vuelto locos? ¡Esto es tierra! ¡Un terreno propio! Yo daría lo que fuera…
Teresa se lleva las manos al pecho, y sus ojos brillan.
Dadme las llaves. Yo me ocupo, planto flores, arreglo la casa. Ya veréis que me lo vais a agradecer en menos de un año.
Rosa observa a la suegra con escepticismo. Ella, de pie en medio del secarral, con las botas hundidas en las hojas y casi resplandeciendo.
Teresa, aquí hay trabajo para…
Rosa, Javier le aprieta el codo suavemente. Déjala, le hace ilusión. ¿Te importa?
No, no le importa. Le sorprende. Pero menos ganas tiene de discutir.
Rosa le entrega las llaves con la fresa descolorida.
…Dos meses se deslizan como en una nube. Una nube surrealista donde Teresa solo llama para consultas, no aparece sin avisar, y lo más increíble ni una sola vez menciona la carne del supermercado, los nietos que faltan ni la patata mal cortada. Al teléfono suena alegre, casi vital: «Javi, niño, estoy perfecta, ocupadísima, ya hablaremos».
Rosa no entiende nada. ¿Trampa? ¿La calma antes de la tempestad? ¿Estará enferma, pero lo esconde?
Javi, pregunta una noche, ¿tu madre está bien de verdad?
Mejor que nunca, Javier se encoge de hombros. Está de lo más entretenida con la finca. Dice que necesita más horas en el día.
El viernes llama por sí sola Teresa.
Mañana os espero en la casa. ¡Haré chuletas, os enseño el terreno! ¡He hecho de todo, tenéis que verlo!
Javi, no quiero ir Rosa niega cuando le pasan la invitación. Dos meses de paz y ahora otra vez.
Rosa, que le haría mucha ilusión. Se va a enfadar si no vamos.
Si no se enfada por una cosa, es por otra.
Por favor, Javier la mira con cara de cachorro, y Rosa cede.
Sábado, pues
Ese día, Rosa no reconoce a su suegra.
Teresa está en la puerta, con un vestido de lino y los brazos dorados por el sol, las mejillas vivas, sonriendo de verdad, una sonrisa que le borra diez años de encima.
¡Por fin! exulta Teresa y le abre los brazos; Rosa avanza por instinto y se deja abrazar. Teresa huele a tierra, a eneldo y, por increíble que parezca, a miel.
La finca está irreconocible: bancales perfectamente alineados, la valla restaurada y firme, brotes de grosellas junto a la casa, bajo las ventanas parterres de claveles.
Venid, venid, os enseño todo Teresa los arrastra detrás de ella. Aquí las fresas, variedad buenísima, me las dio la vecina. En junio ya tendremos fruto. Aquí irán los tomates, los pepinos. En otoño haré conservas: os daré de todo, para mí apenas quedará algún tarro.
Rosa comparte una mirada de asombro con Javier.
¿Lo has hecho sola todo esto, mamá? pregunta él.
¿Quién si no? se ríe Teresa, ágil, casi juvenil. Manos tengo, cabeza también. Las vecinas ayudan, si hace falta. ¡Gente buena aquí, nada que ver con la ciudad!
Les muestra la casa, ahora con cortinas limpias, ventanas relucientes, sobre la mesa un mantel bordado. Ya no huele a humedad, sino a empanada y hierbas.
Mirad, Teresa saca un tarro de leche y un paquete envuelto en papel. Se lo compré a Antonia, la vecina. Leche de sus cabras. Y carne también, que cría terneros. Os vais a llevar, que tengo más cosas: queso fresco y nata.
Rosa mira el paquete, impresionada. Carne casera, sin reproches por Ana del mercado.
Teresa se le escapa, ¿de verdad está feliz aquí?
La suegra se sienta y sus ojos se llenan de algo blando, desconocido.
Rosita, por primera vez la llama así, toda mi vida he soñado con esto. Mi casa, mi huerto, meter las manos en la tierra y respirar. En la ciudad me ahogaba, y ni sabía por qué. Pero aquí…
Hace un gesto hacia la ventana.
Aquí sí que vivo.
Regresan a Madrid en silencio. Javier conduce, en el asiento de atrás las botellas tintinean.
Oye, por fin rompe el silencio Javier, ahora sí podemos pensar en tener niños. Tendremos dónde llevarlos en verano.
Rosa se ríe por lo bajo, pero sonríe.
Pensar que quería vender la finca, aquel día. Pensaba, ¿para qué una ruina?
Me acuerdo.
Pero esta casa Rosa busca las palabras. Ha arreglado todo. Entre tu madre y yo. En dos meses hizo lo que en tres años yo no he conseguido.
Javier se para en el semáforo, le dedica una sonrisa.
Mamá solo estaba infeliz. Ahora, no.
Rosa asiente. Fuera, las luces de la ciudad empiezan a encenderse, y por primera vez en tres años, volver a casa no pesa nada.
Habrá que irla a visitar más a menudo, dice en voz baja.
Y se sorprende de decirlo de corazón. De verdad.







