Conseguí que mi hijo se divorciara… y ahora me arrepiento: la historia de una suegra controladora, un matrimonio marcado por las diferencias de edad y cómo la vida le dio la vuelta a todo en España

Otra vez mi nuera me ha dejado con mi nieta el fin de semana pasado me susurraba mi vecina, Ramona, en la escalera, con el eco resonando como si estuviéramos dentro de una catedral abandonada. ¡Que no logro que esa niña coma nada en condiciones! “Mi madre me ha dicho que las princesas no comen mucho”, me suelta la criatura. Dos cucharadas y se acabó. ¡Tiene un brillo verdoso en la cara de la falta de alimento! Parece salida de un cuadro de El Greco.

A Ramona nunca le encajó su nuera Jimena, la esposa de su hijo Álvaro. Desde el primer momento, al verla cruzar el portal de su piso en Toledo, le nació una antipatía helada. Y es que Jimena era siete años mayor que Álvaro. Él acababa de recoger su orla del instituto, aún con el perfume de la adolescencia en la ropa.

¡Si no había conocido mujer antes que a ella! me solía decir Ramona, casi en trance. Normal que perdiera la cabeza, tanto mundo, tanta experiencia. Lo ha embaucado como si fuera una sirena de las que pintan en los mosaicos de los baños públicos, y claro…

Jimena era espectacular, de belleza llamativa y vestía como si la moda fuera un conjuro para sobrevivir en la ciudad vieja. Se cuidaba, comía sano, siempre hablaba del equilibrio. No me parecía nada raro que Álvaro se sintiera hechizado: los hombres, hasta dormidos, buscan donde mirar. Para Jimena la alimentación y la salud eran fe como para otros la procesión del Corpus.

Y por un guiño de aquel destino caprichoso o acaso por el impulso de llevar la contraria a la futura suegra, tras apenas unos meses de idilios y meriendas en el Parque del Retiro, Jimena se quedó embarazada. Álvaro, terco como un burro manchego, decidió casarse con ella sin importar que solo tenía dieciocho años y que Jimena ya contaba veinticinco primaveras, pero de esas bien llevadas.

Así, mientras sus amigos iban a la universidad a Salamanca o Sevilla, él se matriculó en el módulo de electricidad del instituto politécnico y empezó a trabajar. El joven matrimonio buscó fortuna en el alquiler minúsculo de un piso compartido en la periferia de Toledo, después lograron comprar una modesta habitación en un antiguo convento reconvertido, donde las voces y los olores de los vecinos se entremezclaban cada noche en el aire.

A pesar de la felicidad inicial, Ramona no desperdiciaba ocasión para pinchar a su nuera: que si la comida de Jimena no sabía a nada, que si la camisa de Álvaro siempre sin planchar, que si la niña vestía como una duquesa exiliada. Atizaba, erosionando su paciencia como la brisa del Cantábrico frente a la costa.

Jimena, cansada del estrépito, casi dejó de ver a Ramona. Ella misma llevó a su hija, Mencía, al colegio, al club de gimnasia donde los espejos se desteñían de tanto reflejar niños pálidos y flexibles, a clases de ajedrez en el centro cívico. Siempre corriendo: del trabajo al parque, de ahí al gimnasio, luego la peluquería, el manicuro; una mezcla surrealista, como si viviera dentro de un cuadro de Dalí, con relojes derretidos marcando la hora entre secadores y columpios.

Álvaro, al volver a casa, encontraba solo el eco: la niña en alguna clase, su mujer ocupada o quizá en la cola del supermercado.

Una noche, tocó a la puerta su vecina del piso: Carmen, una viuda de 38 años con dos hijos, ambos con el ceño fruncido de la adolescencia y el corazón lleno de grafitis. Un grifo cascado inundaba la cocina común. Álvaro, que tenía manos de oro, arregló la fuga sin apenas palabras.

Mientras él se peleaba con la tubería, Carmen entre el vapor de la olla y los chismes de la televisión cocinaba macarrones con albóndigas. Como agradecimiento, le sirvió un plato enorme. Álvaro recordó el sabor de la comida de su infancia, esa que ya casi no probaba porque Jimena, entre trabajo y deporte, apenas pisaba la cocina.

Desde entonces, Carmen le invitaba a cenar a menudo, compartiendo tertulias largas y platos de pisto manchego bajo las bombillas que zumbaban como insectos adormecidos. Aquellas noches se fueron convirtiendo en refugio y, casi sin entenderlo, una chispa extraña, sensual, de esas que solo existen en los sueños, les arrastró a otro tipo de vínculo. Como si las reglas del mundo hubieran cambiado y solo importaran las risas y el olor a vino tinto.

Pero la pensión tenía ojos por todas partes, paredes finas, oídos hasta en los azulejos. Algún vecino, más atento al cotilleo que a los crucigramas, corrió a contarle a Jimena que su marido pasaba las noches en la cocina de Carmen.

El escándalo fue tan grande que la vecindad parecía un coro de Semana Santa. Jimena, digna y herida, echó a Álvaro de casa entre cajas improvisadas y promesas de no volver jamás. A esas horas ya ni los taxis pasaban por la calle; solo le quedaba refugiarse en casa de Carmen, quien le abrió la puerta con una sonrisa cansada.

Mencía, la hija de Jimena y Álvaro, tenía seis años. Álvaro, veinticinco. Jimena, treinta y dos. Carmen, treinta y nueve.

Ramona, al enterarse de que su hijo no solo había dejado a Jimena, sino que se había ido con una mujer aún mayor y con dos hijos, se quedó muda, como si se le hubiera cruzado un fantasma en la procesión del pueblo.

Fue extraño observar ese silencio resignado. Después de años minando a Jimena por su edad, ahora aceptaba esa nueva realidad con una tranquilidad casi fantasmal. Quizá era el peso del fracaso o la nostalgia de un amor mal entendido.

De aquello han pasado unos quince años, aunque en los sueños no existe el tiempo. Álvaro sigue al lado de Carmen; no tienen hijos juntos, pero viven sabiéndose compañía, dejándose querer en el ir y venir de los días. Hoy, Carmen tiene cincuenta y cuatro años, Álvaro cuarenta. Ramona recibe a los dos en su casa como si la historia nunca hubiera sido una batalla. Todo fluye, todo es plácido, como la siesta después de la misa del domingo.

A veces me pregunto, allí sentada en la plaza mirando a las palomas, si no será esta felicidad, que ignora la edad y el reloj, una especie de milagro escondido en los lugares más cotidianos, como si en los sueños españoles se tejiera el hilo invisible de la verdadera fortuna.

Rate article
MagistrUm
Conseguí que mi hijo se divorciara… y ahora me arrepiento: la historia de una suegra controladora, un matrimonio marcado por las diferencias de edad y cómo la vida le dio la vuelta a todo en España