¡No quiero una hija paralizada! dijo la nuera y se marchó
Pero no podía imaginar lo que ocurriría después
En un pueblecito de Castilla vivía un anciano cualquiera. Los fines de semana se tomaba algún que otro vino blanco. Tenía un sueño: tener un perro, pero no uno cualquiera, sino un mastín español de pura raza. Estaba dispuesto a viajar hasta Andalucía si hacía falta, con tal de comprar el perro y traerlo a casa.
Al abuelo todos lo llamaban Manolo, quizá por el nombre, o quizá por el apodo, pero nadie sabía a ciencia cierta. Manolo era Manolo para todos y nunca corregía a nadie. Se sentaba, tras trabajar en el huerto, en el banco frente a su casa para recordar viejos tiempos. A veces venía la juventud y se reunía a su alrededor para escuchar cómo eran antes las cosas en el pueblo.
A la esposa de Manolo la enterró hace años. Se llamaba Jacinta, tenía el corazón delicado. Los médicos le prohibieron quedar embarazada, pero ella quería un hijo con todas sus fuerzas. Así nació el hijo de Manolo y Jacinta quedó aún más enferma. Manolo adoraba a Jacinta; hacía todo por ella en casa, ni el cartón de leche la dejaba cargar cuando iban a la tienda. ¡No puedes! le decía. ¡Te lo han prohibido los médicos! Él mismo se ocupaba del niño, cocinaba, cuidaba de todo. Jacinta solía lamentar:
¡Vas a dejarme en ridículo! ¡Las mujeres del pueblo se burlarán! ¡No hago nada en casa, todo lo haces tú!
Pero las mujeres no se reían, sino que le tenían envidia:
Oye, Jacinta ¡Déjanos a tu Manolo en alquiler! Por un día me gustaría tener su vida
Ella sonreía de respuesta. Así, con la sonrisa en la cara, se marchó de este mundo. Manolo la encontró fría por la mañana. Lloró como un niño, tres días enteros. Después se dedicó a su hijo.
Al muchacho le llegó la mala edad de los catorce. Tras hacer el servicio militar, se casó demasiado joven y se quedó a vivir donde le habían destinado. Así, Manolo se vio solo. Pero el abuelo no se rendía, le gustaba conversar con los jóvenes en el banco.
El hijo de Manolo tuvo una hija, y Manolo esperaba que vinieran de visita, pero nunca lo hacían: que si el trabajo, que si no hay tiempo, que si este lío, que si el otro Solo veía a su nieta por fotos.
De repente, los vecinos notaron que Manolo andaba más triste que una noche oscura, como si cargara el mundo sobre sus hombros: no sonreía, ni bromeaba como solía, no salía a sentarse al banco. Al empezar a preguntar, se enteraron de que había recibido un telegrama: la nuera avisaba que habían tenido un accidente de coche. La nieta, niña de quince años, estaba en estado grave en el hospital; su hijo había muerto.
¡Qué desgracia! ¡Qué pena! comentaban todos en el pueblo pero ¿qué palabras pueden consolar en semejante dolor?
Manolo aceptaba los pésames, pero no le ayudaban. Añoraba a su hijo, pero no iba a volver; maldecía que la nieta estuviera tan mal. En el hospital, en coma, la chica apenas podía respirar. Y la nuera, ni señales: no escribía cartas, no respondía telegramas, no cogía el teléfono. ¿Cómo saber cómo estaba la nieta? Y aunque nunca la había visto en persona, Manolo la quería tanto como si la hubiera criado él. Por las fotos, la niña era igualita a Jacinta en su juventud.
Manolo estaba ya por irse al pueblo donde vivía el hijo, cuando la víspera de la partida, aparece un coche ante su casa. Sacan una camilla. Entra una señora casi sin llamar. Al principio, Manolo no reconoce a la esposa de su hijo. Detrás de ella, meten la camilla con la nieta, literalmente la dejan caer sobre el sofá y se van.
Está paralizada de la cabeza a los pies. Yo no quiero una hija así. Ya me casaré de nuevo y tendré un hijo sano dice la nuera.
¡Pero yo no soy médico! acierta a decir Manolo.
No hace falta médico. Ellos no pueden ayudarle. Necesita una cuidadora. Si no quieres encargarte, entiérrala viva, que yo no voy a arruinar mi vida. Yo no soy su enfermera contesta la mujer y, de un portazo, se va.
¡Parece que no eres su madre! le grita Manolo desde la puerta.
Ahora entendía por qué el hijo nunca vino de visita con la familia. Con esa mujer, sólo podría ir a pelear al mercado, no a ver amigos ni familia. ¿Cómo su hijo acabó casado con semejante lagarta? Ya no había a quién preguntar. Si hubiese sabido que renunciaría a su propia hija, seguro que ni muerto lo toleraba. Así quedaron solos Manolo y su nieta.
La chica, efectivamente, estaba completamente paralizada. Pero Manolo ya tenía experiencia en cuidar personas enfermas y arreglarse solo en la casa. Ahora, su máxima en la vida era sanar a la niña.
Los médicos habían renunciado a la nieta y la dieron de alta; ni entendían cómo había sobrevivido al accidente, tenía lesiones incompatibles con la vida según ellos. Ya solo quedaban los remedios de la abuela y curanderas. En el pueblo no había ninguna, la más cercana estaba muy lejos. No podía llevar a la niña paralizada allí, la mujer tampoco iba a domicilio, era muy mayor.
Cada semana Manolo iba hasta aquella curandera, ella le daba hierbas y ungüentos para la niña. Así la fue tratando. Más de un año pasó, sin que la nieta moviera ni la mano ni el pie, siempre tumbada bajo la manta como un tronco. Ni hablar podía, apenas murmuraba sonidos inarticulados.
A veces el abuelo veía cómo una lágrima le caía por la mejilla. Se le partía el corazón. Pensaba que la niña echaba de menos a su padre y su madre. Manolo le leía libros, le hablaba, pero ella no podía contestar. Era duro para los dos.
Una noche ocurrió algo insólito. El abuelo estaba sentado junto a la cama como cada noche, cuando de repente entró una pandilla de jóvenes borrachos. Resulta que Manolo, por descuido, había dejado la puerta sin cerrar. La cuadrilla volvía de la verbena, vieron luz y pensaron en divertirse; sabían que en la casa vivía la niña paralizada. Propusieron entrar y, según ellos, como estaba paralítica, no opondría resistencia. Empujaron la puerta: estaba abierta.
¡Venga, abuelo! Quita la manta y separa las piernas ordenó el más borracho. Vamos a echar a suertes quién va primero
¡Por Dios, tiene sólo 15 años! exclamó el abuelo.
Espera que sólo voy a lavarme los dientes dijo Manolo, y corrió a la cocina, abre la puerta del sótano y grita: “¡A por ellos!”
De allí salió disparado un enorme mastín español. Agarró a los maleantes por los pantalones y casi castra al cabecilla; a los demás les rasgó los pantalones de la trasera. Salieron corriendo por el pueblo con el culo al aire, la gente murmurando y riéndose, y el mastín detrás hasta la salida del pueblo.
Vuelve Manolo a la habitación y encuentra a la nieta sentada en la cama, gritando por la ventana:
¡Atos! ¡Atos! ¡Dale, abuelo, agárralo que no se escape!
Y ahí Manolo se echó a llorar. Desde esa noche la nieta comenzó a mejorar y pronto hasta pudo andar. Quizás los ungüentos de la curandera ayudaron, quizás el susto con el perro, pero desde entonces la chica empezó a hablar sin parar; tenía mucho guardado después de tanto tiempo callada.
¿El perro, de dónde salió? Fácil: Atos, el mastín español, vivía con el hijo de Manolo, pero tras el accidente y la muerte de su dueño, la impía nuera se deshizo de la hija y del perro. Los llevó juntos, pero no le dijo nada al anciano. Al irse la nuera, Manolo fue a cerrar la cancela y encontró al perro sentado fuera, flaco, triste, con los ojos de vaca enferma y llorando de verdad. Manolo ni sabía que su hijo tenía perro. No pudo dejarlo fuera, así que lo adoptó.
El perro sirvió a Manolo con lealtad; y cuando llegaron los sinvergüenzas, estaba en el sótano porque hacía un verano especialmente caluroso. Manolo lo metía allí para que no pasara el calor, y lo soltaba por las tardes. Aquella noche simplemente no le dio tiempo a sacarlo antes. Si Atos hubiese estado en el patio, los chavales jamás habrían entrado en la casa.
La nieta le confesó luego que cuando lloraba, no era por sus padres; lo hacía porque extrañaba al perro. El abuelo nunca dejaba entrar al animal en la casa y la niña lo añoraba, aunque no podía decírselo.
Atos, tras ahuyentar a los malhechores, volvió y con alegría lamió el rostro de su pequeña dueña. Él también había echado mucho de menos a la niña. Así se quedaron los tres: Manolo, la nieta y Atos. De la madre, nunca volvieron a oír nada más.







